El canto me conduce… , Carles Riba

Edward Burne Jones, The Wine of Circe, 1900
El canto me conduce, y  extraños animales
me rodean, puros, avezados a servir;
los reconozco como hijos de mi destino,
dulces al fuego y fieros a los augurios.

Ya para la muerte no preciso intérpretes;
vida arriba mi camino torna;
si lo que he aprendido no ha de dar fruto,
lo que he vivido no se contará por años.

Siento tan absoluto como mi paso el mundo:
la luz revela el clamor del corazón profundo
y es su medida. ¿Qué podría la sabiduría

valer? Locos actos míos que habéis hecho de mí
lo que soy, jauría ardiente, os confío el magno litigio;
de amor nos llenaremos, como de una presa.

Carles Riba, Salvatge Cor, 1952

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El cant em mena, i animals estranys
em volten purs, avesats a servir;
els reconec per fills del meu destí,
dolços al foc i fers als averanys.

Ja per la mort no em calen torsimanys:
és vida amunt que torna el meu camí;
si el que he après no fruitarà per mi,
el que he viscut no es comptarà per anys.

Sento absolut com el meu pas el món:
la llum revela el crit del cor pregon
i n’és la mida. ¿En què la saviesa

valdria? Folls actes meus que m’heu fet,
canilla ardent, us passo el magne plet;
i ens omplirem d’amor com d’una presa.

Carles Riba, Salvatge Cor, 1952

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Imagen: Edward Burne Jones, The Wine of Circe, 1900

Endymion, John Keats

Hans Thoma 1886, Endymion.jpg

 

Una cosa bella es un gozo eterno:
Su hermosura incrementa; nunca
se perderá en la nada, sino que guardará
un refugio para nosotros, y un reposo
lleno de dulces sueños, salud, y calmo respirar.
Así, cada mañana, tejemos
una guirnalda de flores que nos ate a la tierra,
a pesar del desaliento, de la inhumana carencia
de naturalezas nobles, de los días lúgubres,
de todos los senderos insalubres y oscuros
trazados para nuestra búsqueda. A pesar de todo,
alguna forma de belleza levanta el velo mortuorio
de nuestros espíritus oscuros. Así el sol, la luna,
los árboles viejos y jóvenes, brotando sombras benditas
para las simples ovejas; Así los narcisos
y el verde mundo que moran; Así los claros arroyos
que hacen de sí un refrescante cobijo
contra el rigor de la estación calurosa; Así el claro en medio del bosque,
salpicado en abundancia de rosas almizcleras:
Así también es la grandeza de los condenados
que hemos imaginado para los muertos poderosos;
Todos los encantadores cuentos que hemos escuchado o leído:
Una inagotable fuente de néctar inmortal,
derramada sobre nosotros desde las fronteras del cielo.

No sentimos meramente estas esencias
por una única, breve, hora. Tal como los árboles
que susurran entorno al templo pronto
aúnan su ser al templo mismo, así la luna,
la pasión poética, la gloria infinita,
nos acechan hasta convertirse en una luz encendida
en nuestras almas, y se vinculan tan pronto a nosotros
que, ya sea que brille el sol o nos cubra la sombra,
debe permanecer con nosotros, o perecemos.”

 

“Endymion” (Libro I, v. 1-33), John Keats, 1884.

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Imagen: Endymion, Hans Thoma, 1886

0 Al Este del Sol, al Oeste de la Luna 0

reginald knowles

Hubo un tiempo en el que aceptar que nunca podemos dar por cierto que veremos otra primavera era más sencillo. En aquel pasado, el paisaje era el escenario, y no había otra iluminación que la proporcionada por el sol, la luna o el fuego. La huella viva en la memoria de lo terrible y maravilloso hacia incecesarios trucos y embelesamientos. En esas noches crueles y bellísimas hombres, mujeres y todo tipo de espírituas y criaturas se reunían, y así mismo se reunían sus glorias y sus miserias, y compartían las historias que hacían de su vida algo más que mera supervivencia.

Aún hoy, si por algún motivo nos vemos momentáneamente liberados de las redes del convencionalismo, notamos cómo cuando la oscuridad gana terreno, y el frío araña los cristales de nuestras ventanas, renace un impulso al relato, al tejido común de la palabra sobre el silencio helado. Un sombrío mendigo, anciano y ranqueante, toca a nuestra puerta y si decidimos darle cobijo, descubrimos que lo sigue un desfile interminable de recuerdos, una corte innumerable de historias que, siendo ajenas, podemos reconocer y, siendo nuestras, no nos pertenecen por completo.

Un programa largo y relativamente denso, como los platos que se cocinan en invierno y por los mismos motivos. Dos cuentos noruegos nos servirán de guía en este recorrido por las noches más oscuras del año: Al Este del Sol, al Oeste de la Luna y Valemon el Rey Oso Blanco, compilados por los folkloristas Peter Christen Asbjørnsen y Jørigen Moe, y publicados por primera vez en 1841.

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Imagen: Reginald L. Knowles y Horace J. Knowles, para Norse Fairy Tales, 1910

Dionisio y el espejo

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… ¡Ah, doncella Perséfone! ¡No podrías encontrar modo de escapar de tu apareamiento! No, un dragón fue tu compañero, cuando Zeus cambió su rostro y acudió, rodando en una espiral amorosa a través de la oscuridad hasta el rincón de la habitación de la doncella, y sacudiendo sus velludas cabelleras, deslizándose, arrulló los ojos de esas criaturas de su misma forma que custodiaban la puerta hasta el sueño. Lamió suavemente la figura de la chica con labios seductores. Por este matrimonio con el dragón celestial, el útero de Perséfone se hinchó de frutas vivas, y ella le dio a Zagreo, el bebé cornudo, quien ascendió al trono celestial de Zeus y blandió un rayo en su pequeña mano, y recién nacido, se irguió con rayos en sus tiernos dedos.

Por el resentimiento feroz de la implacable Hera, los Titanes se untaron astutamente sus rostros redondos con una tiza engañosa, y mientras contemplaba su rostro cambiante reflejado en un espejo, lo destruyeron con un cuchillo infernal. Allí donde sus extremidades habían sido cortadas lentamente por el acero de los Titanes, el final de su vida fue el comienzo de una nueva vida como Dionisio. Apareció en otra forma y se transformó en muchas formas: ahora joven como el astuto Crónida [Zeus] sacudiendo la égida, ahora como el antiguo Kronos de rodillas pesadas, portador de la lluvia. A veces un bebé curiosamente formado, a veces un joven loco con la sombra de los primeros vellos oscuros bajo su barbilla. Otra vez, un león mimético emitió un horrible rugido de rabia furiosa desde una salvaje garganta, mientras levantaba un cuello cubierto por una espesa melena oscura, golpeando su cuerpo a ambos lados con el látigo la cola ondeando sobre su peluda espalda. Luego, abandonó la apariencia del león para lanzar un relincho resonante, apareciendo un caballo indómito alzando el cuello para rechazar el imperioso diente de la mordida, y en ese movimiento, blanqueó su mejilla con blanca espuma. Luego surgió de su boca un siseo silbante, en la forma de una encrespada serpiente cornuda, cubierta de escamas, sacando la lengua de su garganta abierta, y saltando sobre la sombría cabeza de algún Titán que rodeaba su cuello en serpentinas espirales. Luego dejó la forma del inquietante reptador y se convirtió en un tigre con hermosas rayas en su cuerpo; y aún como un toro rugiente, golpeó a los Titanes con cuerno afilado. Así luchó por su vida, hasta que Hera de la garganta celosa bramó ásperamente por el aire, ¡esa madrastra resentida! Y las puertas del Olimpo resonaron con el eco en su garganta celosa desde el cielo. Entonces el toro audaz se derrumbó: los asesinos, cada uno ansioso por su turno con el cuchillo, despedazaron a Dionisio en forma de toro.

Después de que los primeros Dionisos fueron masacrados, el padre Zeus aprendió el truco del espejo con su imagen reflejada. Atacó a la madre de los Titanes [Gaia, la Tierra] con una marca vengativa, y encerró a los asesinos del astado Dionisio tras la puerta del Tártaro: los árboles ardieron, el cabello de la sufriente Gaia se chamuscó con el calor. Él encendió el Este: las tierras de la aurora de Bactria ardieron bajo relámpagos candentes, las olas asirias incendiaron el vecino mar Caspio y las montañas indias, el Mar Rojo hizo rodar oleadas de llamas y calentó al árabe Nereo [mar]. El oeste opuesto, también el fogoso Zeus, arremetió con el rayo en amor por su hijo; y bajo el pie de Céfiro [el Viento del Oeste] el ardiente mar occidental escupió una corriente brillante; los picos septentrionales, e incluso la superficie del helado mar del Norte burbujeó y ardió: bajo el clima del nevado Capricornio, el cuarto meridional hirvió con chispas aún más calientes. Océano derramó ríos de lágrimas de sus ojos llorosos, una libación de oración suplicante. Entonces Zeus calmó su ira a la vista de la tierra quemada; se compadeció de ella y lavó con agua las cenizas de las ruinas y las heridas del fuego de la tierra. Entonces Zeus portador de la lluvia cubrió todo el cielo con nubes e inundó toda la tierra…”

Nonno, Dionysiaca, Libro VI

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Imagen: Joven Dionisio en un tigre, Mosaico de la Casa del Fauno, Pompeya.

TN06 – Ojos de Estrella

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Capítulo VI
Donde desde lo más profundo se mira a lo más alto

A las puertas del Solsticio, en el corazón del invierno, en uno de los periodos más mágicos del año nos reunimos para compartir historias, como muchos antes que nosotros lo hicieron. Fuera, en la oscuridad, multitud de espíritus cabalga sobre el viento helado, como si el sueño de tierra, dormida bajo un manto de hielo corporeizara caprichosas imágenes en la bruma, mientras en su vientre las semillas empiezan a germinar. Todo en lo profundo de esta noche es un último canto de despedida a lo que fue, y una promesa encendida de lo que está por venir.

Así lo hemos notado a lo largo del tiempo, y hemos tratado de traducir en cantos, en ritos o en mitos que danzan entorno a un Misterio que no puede ser explicado, sino experimentado. El cuento de esta noche también es especial, y nos llega de Finlandia, de la mano de Zacrhis Topelius. Lleva por título Ojos de Estrella.

 

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Youtube

Ilustración: Summer night, Akageno Saru

Terra, Joan Vinyoli

Takato Yamamoto
Takato Yamamoto, Woman in branches

 

La Terra

Arbre de càntic a mercè
de vents contraris a la terra,
meu estatge, la terra
m’ha nodrit les arrels:
la muntanya i el bosc,
el ponent i l’aurora,
són dintre meu, són ja la meva sang.

Diré tan sols: empara’m, terra,
damunt la teva falda i en els ulls
posa’m la mà feixuga de silenci.
M’adormiré en la tarda blava
dels teus ulls.

Joan Vinyoli, El Callat, 1946

 

No només en el llampec que enlluerna anunciant aquell brogit que farà tremolar el sòl sota els nostres peus, sinó també en la humil remor de la pluja que arrossega suaument la terra, creant senders insospitats al seu pas atzarós.

Un dia, i un altra dia, com denes en un collar que el temps va desgranant, les corrents desvetllades ens porten en elles, mentre allò que fórem va perdent-se en la callada tenebra de l’oblit. L’esbarzer amb les seves urpes, la roca amb el seu coltell, fan seva la pell que deixem pel camí,  i ja no ens dol el sacrifici, si es que se’n pot dir sacrifici de l’alliberament dels vells límits, de la dissolució de les fronteres del nostre ésser. No ens dol, però si fes mal, tant se valdria, amarats ja del daurat del capvespre de tardor, de l’aurora hivernal.

Algunes tardes quelcom crida, i jo em deixo portar, lluny de les veus del món, pels camins deserts entre els camps remoguts, fins el que ens queda de bosc. Jec sota el brancatge de l’alzina, en un jaç de roca i fulles seques, sobre la terra humida. Respiro el fred i sento el batec que ens uneix, mentre la nit va estenent-se al nostre voltant com un vel de foscor. Del laberint dels Salons Soterranis, grimpen per les arrels els càntics del cor de l’estiu, refugiat en la sina de la terra, com el foc de llar primera.

Sento la mort en cada alenar,  conscient de que allò que em conforma ha canviat com els colors d’aquest paratge que ens empara. A través de la cúpula de les fulles, des del nostre cel ferit, s’escola encara la llum d’alguns estels. Moro en cada alenar, de la mateixa manera que viuré quan no quedi res del que he estat, quan tota jo sigui ja terra.

Moren les paraules en creuar el llindar, superades per allò que voldríen dir però no acabaran mai de copsar, regna el silenci. Anem pels marges, amb tot el que som, alè i batec, ossos i carn, lliurant-nos, extraviant-nos, meravellats alhora de la nostra fragilitat, i de la força callada que s’amaga al darrera i ens empeny a través de les ombres i la llum.

 

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La Tierra

Árbol de cántico a merced
de vientos contrarios a la tierra,
mi morada, la tierra
ha nutrido mis raíces:
la montaña y el bosque,
el poniente y la aurora,
son en mi, son ya mi sangre.

Diré tan solo: ampárame, tierra,
sobre tu regazo y en los ojos
ponme la mano pesada de silencio.
Me dormiré en la tarde azul
de tus ojos.

Joan Vinyoli, El Callat, 1946

No sólo en el relámpago que deslumbra anunciando aquel ruido que hará temblar el suelo bajo nuestros pies, sino también en el humilde rumor de la lluvia que arrastra suavemente la tierra, creando senderos insospechados a su azaroso paso.

Un día, y otra día, como cuentas en un collar que el tiempo va desgranando, las corrientes desveladas nos llevan en ellas, mientras lo que fuimos va perdiéndose en la callada tiniebla del olvido. La zarza con sus garras, la roca con su cuchillo, hacen suya la piel que dejamos por el camino, y ya no nos duele el sacrificio, si es que puede llamarse sacrificio de la liberación de los viejos límites, de la disolución de las fronteras de nuestro ser. No nos duele, pero si lo hiciera, no importaría, empapados ya del dorado del atardecer de otoño, de la aurora invernal.

Algunas tardes algo llama, y ​​yo me dejo llevar, lejos de las voces del mundo, por los caminos desiertos entre los campos removidos, hasta lo que nos queda de bosque. Yazgo bajo el ramaje de la encina, en un lecho de roca y hojas secas, sobre la tierra húmeda. Rrespiro el frío y siento el latido que nos une, mientras la noche va extendiéndose a nuestro alrededor como un velo de oscuridad. Del laberinto de los Salones Subterráneos, trepan por las raíces los cánticos del corazón del verano, refugiado en el seno de la tierra, como el fuego del hogar primero.

Siento la muerte en cada aliento,  consciente de que lo que me conforma ha cambiado como los colores de este paraje que nos ampara. A través de la cúpula de las hojas, desde nuestro cielo herido, se cuela aún la luz de algunas estrellas. Moro en cada respirar, al igual que viviré aún cuando no quede nada de lo que he sido, cuando toda yo sea ya tierra.

Mueren las palabras al cruzar el umbral, superadas por lo que quisieran decir pero no acabarán nunca de alcanzar, reina el silencio. Vamos por los márgenes, con todo lo que somos, aliento y latido, huesos, carne; librándonos, extraviándonos, maravillados al mismo tiempo de nuestra fragilidad y de la callada fuerza que se esconde detrás de ella y nos empuja a través de las sombras y la luz. 

TN 03 – Capucha Andrajosa

Tatterhood

Capítulo III
Donde se habla de la Sombra

Ahora que los días se acortan, es tiempo de adentrarnos en los reinos de la Sombra, y lo haremos de la mano de “Capucha Andrajosa” (Tatterhood), un cuento noruego muy ligado a las tradiciones de brujería europea, recopilado en el siglo XIX por los folkloristas Peter Christen Asbjørnsen, y Jorgen Moe. Una historia fascinante que incluye trolls, brujas, niñas que montan cabras, batallas nocturnas, cabezas arrancadas y transformaciones feéricas.

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Ilustración: Sarah Diblasi Crain

Solsticio, Miquel Martí i Pol

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Acudimos al pasado en busca de respuestas. No a un pasado ajeno, sino al propio, para reencontrarnos lo que late debajo de la cáscara, de la crisálida, de la prisión que hemos tejido a nuestro alrededor, para confrontar nuestro propio ser: “Es importante aprender a desprenderse de lo que una vez fuimos, y comprender que en otro momento seremos otros. No dejarnos paralizar cuando las cosas nos sorprendan, y no se parezcan a nada de lo que nos habían dicho, o creíamos que debían ser. No temer cruzar los límites por los que nos definíamos. Porque no se trata de recortar la Vida hasta reducirla a nuestras dimensiones, sino de crecer tratando de abarcarla, aunque esto suponga rompernos por completo una y otra vez. “

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Solsticio

Reconduzcamos poco a poco, la vida,
poco a poco y con mucha confianza,
no por los viejos senderos ni por atajos
grandilocuentes, sino por el discretísimo
camino del hacer y deshacer de cada día.

Reconduzcámola con dudas y proyectos,
y con torpezas, anhelos y desfallecimientos,
humanamente, entre ruido y angustias,
por la cuenca de los años que nos corresponde vivir.

En soledad, pero no solitarios,
reconduzcamos la vida con la certeza
de que ningún esfuerzo cae en tierra estéril.
Llegará el día en que alguien beberá a manos llenas
el agua de luz que brote de las piedras
de este tiempo nuevo que ahora esculpimos.

Miquel Martí i Pol

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Imagen: Masaaki Sasamoto

Receptividad e inocencia

Arthur wardle, satyr resting with leopards

 

La receptividad no es un estado pasivo. Tampoco es un vacío a la espera de que cualquier cosa pase. Al urgirte a cultivar la receptividad, no quiero decir que te conviertas en alguien vago que carece de metas y reacciona ciegamente a cualquier cosa que la vida arroje ante ti.

La receptividad es una robusta disposición para ser sorprendido y movido, una vigorosa intención de estar consciente de todo aquello que no puedes controlar. Cuando eres receptivo en el sentido pronoiaco, tienes ideas firmes y una poderosa voluntad y un afan de diseminar tus particulares bendiciones, pero también te mueve la humilde certeza de que tienes mucho que aprender.

***

La mayoría de personas asocian inocencia con ingenuidad. La sabiduría convencional la considera propia de niños, locos y novatos faltos de sofisticación o experiencia para conocer las duras verdades de la vida.

Sin embargo, el Beauty and Truth Lab reconoce otro tipo de inocencia. Ésta se basa en la comprensión que el mundo cambia constantemente y por lo tanto merece ser visto de una forma nueva cada día. Esta forma alternativa de inocencia se nutre de una agresiva determinación para mantener limpiala imaginación de preconcepciones.

“Ignorancia es no conocer nada y ser atraído a lo bueno”, escribió Clarissa Pinkola Estes en Mujeres que corren con los lobos. “inocencia es conocerlo todo y aún así, ser atraído hacia lo bueno”.

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Rob Brezny, Pronoia, North Atlantic Books, Berkeley, 2009, pp.61-62
Imagen: Arthur Wardle, A satyr resting with leopards

Quiso la noche… Carles Riba

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X

Quiso la noche que noche fuésemos
también nosotros, térreos
como la sombra y los animales
que vagan desnudos a la caza del deleite.

El aire, entre tu pecho y mi pecho,
se cargó de hondas sales;
corríamos en fuentes abismales;
enlunábamos islas de olvido.

Nuestra vida, pobre si la entendíamos
según la luz, se había expandido
en una ardiente, oscura flor.

Todo cambiaba en la Aventura:
si me mirabas, no era yo;
si reías, no eras impura.

Carles Riba, Salvatge Cor, 1952

Rosa

X

La nit volgué que fóssim nit
nosaltres mateixos, terrals
com l’ombra i com els animals
que erren nus, caçant el delit.

L’aire, del teu pit al meu pit,
es carregà de fondes sals;
corríem en fonts abismals;
enllunàvem illes d’oblit.

Pobra, entesa, la nostra vida,
segons la llum, s’era expandida
en una ardent obscura flor.

Tot canviava en l’Aventura:
si em miraves, no era jo;
si reies, no eres impura.

Carles Riba, Salvatge Cor, 1952

Rosa

Imagen: Franz von Stuck, The kiss of the Sphinx (fragmento), 1895