Por más vida, Miquel Martí i Pol

Karl Wilhelm Diefenbach

 

Nombras la belleza y todo se ilumina.

Deja que el tiempo fluya lentamente
entre el paisaje y tú
y que el silencio ponga acentos
de leve melancolía en cada cosa.

La blanda quietud que te rodea poco a poco
acoge aquel misterio
que te une a todo y a todo te incita.

No pienses jamás que es tarde, ni hagas preguntas.
Ahógate de horizontes.
Agotado,
en cada gesto te sentirás renacer.

“Por más vida”, Miquel Martí i Pol (1929 – 2003)

Separador

Imagen: Karl Wilhelm Diefenbach, L’Innocence (La Jeune Fille au Serpent),1902

0 Al Este del Sol, al Oeste de la Luna 0

reginald knowles

Hubo un tiempo en el que aceptar que nunca podemos dar por cierto que veremos otra primavera era más sencillo. En aquel pasado, el paisaje era el escenario, y no había otra iluminación que la proporcionada por el sol, la luna o el fuego. La huella viva en la memoria de lo terrible y maravilloso hacia incecesarios trucos y embelesamientos. En esas noches crueles y bellísimas hombres, mujeres y todo tipo de espírituas y criaturas se reunían, y así mismo se reunían sus glorias y sus miserias, y compartían las historias que hacían de su vida algo más que mera supervivencia.

Aún hoy, si por algún motivo nos vemos momentáneamente liberados de las redes del convencionalismo, notamos cómo cuando la oscuridad gana terreno, y el frío araña los cristales de nuestras ventanas, renace un impulso al relato, al tejido común de la palabra sobre el silencio helado. Un sombrío mendigo, anciano y ranqueante, toca a nuestra puerta y si decidimos darle cobijo, descubrimos que lo sigue un desfile interminable de recuerdos, una corte innumerable de historias que, siendo ajenas, podemos reconocer y, siendo nuestras, no nos pertenecen por completo.

Un programa largo y relativamente denso, como los platos que se cocinan en invierno y por los mismos motivos. Dos cuentos noruegos nos servirán de guía en este recorrido por las noches más oscuras del año: Al Este del Sol, al Oeste de la Luna y Valemon el Rey Oso Blanco, compilados por los folkloristas Peter Christen Asbjørnsen y Jørigen Moe, y publicados por primera vez en 1841.

Ir a descargar

Separador

Imagen: Reginald L. Knowles y Horace J. Knowles, para Norse Fairy Tales, 1910

Verde Emperatriz

Thomas Edwin Mostyn Tutt'Art@ (13)

El camino que lleva al lugar de las ofrendas, está ahora bordeado de campos verdes. No asoman aún los brotes de la cosecha, sinó esa hierba espontánea que nace de la tierra revuelta, humedecida por las lluvias y acariciada por un sol joven.  En uno de los últimos paseos, este verdor captó toda mi atención, y me trajo el recuerdo de un tiempo en el que, como estudiante de Qabalah, parte del trabajo consistía en pintar las láminas del tarot de Foster Case. En el tarot de Case, el manto de la Emperatriz es verde, y dado que se emplean varias tonalidades de verde en el conjunto de arcanos, el “verde emperatriz” se convirtió  en un referente.

Miro los campos, y me doy cuenta que éste es el verdadero “verde emperatriz”, del que nuestras pinturas no eran más que una imitación, un tosco acercamiento. Una fotografía no podría captarlo, porque no es sólo un color, sino el resultado de una intersección de fuerzas: en él está la calidez del sol que regresa después del invierno, y la tierra misma maltratada por el arado, enternecida por la lluvia, entregada a dejar pasar a través de sus capas las nuevas generaciones, al tiempo que sostiene sus raíces. Una fotografía no puede captarlo, porque no es sólo un color, es algo que se ve, se respira y se siente al mismo tiempo.

Sospeché que, si uno pudiera cruzar la lámina empleándola como puerta o umbral, se encontraría justamente donde yo estaba aquella mañana. Y, como yo, probablemente se sentiría imbuido por esa abrumadora sensación que resulta de empezar a ver la maravilla que, de hecho, es posible que siempre estuviera allí.

Esto es parte de lo que el Territorio ha hecho conmigo, ayudarme a recuperar los sentidos perdidos y guiarme en la experiencia de un mundo al que sólo nuestra conciencia adormecida nos cierra las puertas, pero que está aquí mismo. Cuando la hierba del campo, el azul del cielo, el paso lento de las nubes majestuosas, el discurrir del agua en el lavadero, el viento que mece los árboles, el aleteo de las aves, nos salen al encuentro en su verdadera dimensión, cuando captamos un pedacito más de ella de lo que tenemos por costumbre, hay algo en nosotros que se derrumba como una vieja cúpula por la que entran los rayos de sol. Hay una derrota que es también liberación, una entrega mútua, un deleite en la plenitud del momento que parece escapar del tiempo.

Esto no viene a arrebatarme lo que aprendí acerca de la Emperatriz, de hecho, las sensaciones que mi cuerpo recibe al contacto con la experiencia del verde de los campos,  corren a vincularse con la referencia mental, aunque la excedan. Posiblemente saben dónde ir porque años atrás se creo un espacio en esta mente para ellas, y ahora ese espacio mental, habitado por su presencia, está siendo reformado, ampliado, matizado… Esto es algo que el Territorio y la Sombra han hecho por mí, a menudo puedo pasearme por el mundo mientras las sinconicidades florecen a mi alrededor, bajo mis pasos, sobre mi cabeza…

Este es el tiempo de la Emperatriz para mí, una segunda ronda a todo lo que una vez creí, una manera radicalmente distinta de ver (y estar) en lo de siempre, un amor por lo manifiesto que conlleva una profunda transformacion de todo lo conocido. Por primera vez en mi vida me detuve a abrazar mis terrores, por primera vez el Inframundo me llamó a sus profundidades, dónde del mismo modo que la Tierra se nutre de las hojas y los frutos caídos, devoré los despojos últimos de mi propio cadáver.

Y, como la Emperatriz, regreso grávida de este encuentro con la oscuridad.

Cargada con algunos proyectos a punto de salir a la luz, los últimos pasos se hacen pesados y, en ocasiones, me enojo con mi propia torpeza, experimento repentinos antojos o me pierdo en ensoñaciones; me pregunto si estarán bien colocados y bajo qué signo nacerán, me preocupa cómo los va a recibir el mundo de la superficie.
A ratos, experimento cierta reticencia a dejarlos ir, hasta que concedo que no serán sólo lo que yo he imaginado o planeado para ellos, que tendrán su propia trayectoria y no pueden pertenecerme por completo, que debo doblegarme a la fuerza que se agita y pugna por salir del cálido y seguro refugio de mi regazo, de mi silencio.

Será lo que deba ser.

Separador

Imagen: Thomas Edwin Mostyn, Womanhood, 1925

¿Qué harás, buscador?

Frederic,_Lord_Leighton_-_Perseus_and_Andromeda_-_Google_Art_Project

¿Qué haras, buscador, cuando encuentres? Cuando en la oscura profundidad de la cueva la impía garra destroce tu corazón. Cuando tu corazón se abra como un fruto rojo y en un charco de sangre descubras ese centro aún palpitante que, por más que lo desees, se niega a morir.

¿Qué harás cuando, aniquilado por las fauces del dragón, sepas que ya no hay camino que pueda regresarte a lo que una vez fuiste, o creíste ser? ¿Qué harás cuando volver sea un dolor en tus ojos y el imperio diurno un pálido recuerdo?

¿Qué harás cuando el mundo te pertenezca? ¿Cómo asumirás el terrible peso, sabiendo -como ahora sabes- que no es más que un juego de niños?¿Cómo caminarás entre los hombres cuando la risa te sacuda por completo? Ellos te llamarán loco, con el mismo desdén que mostraste cuando estabas al otro lado y aquello parecía todo.

Has buscado toda tu vida -aprendiste bien que eso era lo que debías hacer -. Pero no estabas preparado para encontrar aquello que te esperaba. ¿Qué harás, buscador, cuándo encuentres? ¿Intentarás convencerte de que no ha sido más que un sueño?

Es lo que todos hacen.

Recibir es demasiado femenino, una terrible humillación para el héroe inquieto que se queda de este modo sin nada que ganar o demostrar. La recompensa, para él, es también el fin de la aventura, su muerte.

Recibir es demasiado femenino, implica hacer algo con aquello que se recibe, implica abrazar la propia muerte, asumir la propia mortalidad, y nutrir con esto el germen de esa semilla que, como a una cáscara, abandona el ser que fuimos, y toma impulso hacia un futuro completamente desconocido.

Por eso ninguno quiere encontrar en realidad.
Por eso se llaman a sí mismos buscadores.
Juegan a buscar lo que ya tienen,
es más seguro así.
Separador

Imagen: Frederic Leighton, Perseo y Andrómeda, 1891

 

Terra, Joan Vinyoli

Takato Yamamoto
Takato Yamamoto, Woman in branches

 

La Terra

Arbre de càntic a mercè
de vents contraris a la terra,
meu estatge, la terra
m’ha nodrit les arrels:
la muntanya i el bosc,
el ponent i l’aurora,
són dintre meu, són ja la meva sang.

Diré tan sols: empara’m, terra,
damunt la teva falda i en els ulls
posa’m la mà feixuga de silenci.
M’adormiré en la tarda blava
dels teus ulls.

Joan Vinyoli, El Callat, 1946

 

No només en el llampec que enlluerna anunciant aquell brogit que farà tremolar el sòl sota els nostres peus, sinó també en la humil remor de la pluja que arrossega suaument la terra, creant senders insospitats al seu pas atzarós.

Un dia, i un altra dia, com denes en un collar que el temps va desgranant, les corrents desvetllades ens porten en elles, mentre allò que fórem va perdent-se en la callada tenebra de l’oblit. L’esbarzer amb les seves urpes, la roca amb el seu coltell, fan seva la pell que deixem pel camí,  i ja no ens dol el sacrifici, si es que se’n pot dir sacrifici de l’alliberament dels vells límits, de la dissolució de les fronteres del nostre ésser. No ens dol, però si fes mal, tant se valdria, amarats ja del daurat del capvespre de tardor, de l’aurora hivernal.

Algunes tardes quelcom crida, i jo em deixo portar, lluny de les veus del món, pels camins deserts entre els camps remoguts, fins el que ens queda de bosc. Jec sota el brancatge de l’alzina, en un jaç de roca i fulles seques, sobre la terra humida. Respiro el fred i sento el batec que ens uneix, mentre la nit va estenent-se al nostre voltant com un vel de foscor. Del laberint dels Salons Soterranis, grimpen per les arrels els càntics del cor de l’estiu, refugiat en la sina de la terra, com el foc de llar primera.

Sento la mort en cada alenar,  conscient de que allò que em conforma ha canviat com els colors d’aquest paratge que ens empara. A través de la cúpula de les fulles, des del nostre cel ferit, s’escola encara la llum d’alguns estels. Moro en cada alenar, de la mateixa manera que viuré quan no quedi res del que he estat, quan tota jo sigui ja terra.

Moren les paraules en creuar el llindar, superades per allò que voldríen dir però no acabaran mai de copsar, regna el silenci. Anem pels marges, amb tot el que som, alè i batec, ossos i carn, lliurant-nos, extraviant-nos, meravellats alhora de la nostra fragilitat, i de la força callada que s’amaga al darrera i ens empeny a través de les ombres i la llum.

 

Separador

 

La Tierra

Árbol de cántico a merced
de vientos contrarios a la tierra,
mi morada, la tierra
ha nutrido mis raíces:
la montaña y el bosque,
el poniente y la aurora,
son en mi, son ya mi sangre.

Diré tan solo: ampárame, tierra,
sobre tu regazo y en los ojos
ponme la mano pesada de silencio.
Me dormiré en la tarde azul
de tus ojos.

Joan Vinyoli, El Callat, 1946

No sólo en el relámpago que deslumbra anunciando aquel ruido que hará temblar el suelo bajo nuestros pies, sino también en el humilde rumor de la lluvia que arrastra suavemente la tierra, creando senderos insospechados a su azaroso paso.

Un día, y otra día, como cuentas en un collar que el tiempo va desgranando, las corrientes desveladas nos llevan en ellas, mientras lo que fuimos va perdiéndose en la callada tiniebla del olvido. La zarza con sus garras, la roca con su cuchillo, hacen suya la piel que dejamos por el camino, y ya no nos duele el sacrificio, si es que puede llamarse sacrificio de la liberación de los viejos límites, de la disolución de las fronteras de nuestro ser. No nos duele, pero si lo hiciera, no importaría, empapados ya del dorado del atardecer de otoño, de la aurora invernal.

Algunas tardes algo llama, y ​​yo me dejo llevar, lejos de las voces del mundo, por los caminos desiertos entre los campos removidos, hasta lo que nos queda de bosque. Yazgo bajo el ramaje de la encina, en un lecho de roca y hojas secas, sobre la tierra húmeda. Rrespiro el frío y siento el latido que nos une, mientras la noche va extendiéndose a nuestro alrededor como un velo de oscuridad. Del laberinto de los Salones Subterráneos, trepan por las raíces los cánticos del corazón del verano, refugiado en el seno de la tierra, como el fuego del hogar primero.

Siento la muerte en cada aliento,  consciente de que lo que me conforma ha cambiado como los colores de este paraje que nos ampara. A través de la cúpula de las hojas, desde nuestro cielo herido, se cuela aún la luz de algunas estrellas. Moro en cada respirar, al igual que viviré aún cuando no quede nada de lo que he sido, cuando toda yo sea ya tierra.

Mueren las palabras al cruzar el umbral, superadas por lo que quisieran decir pero no acabarán nunca de alcanzar, reina el silencio. Vamos por los márgenes, con todo lo que somos, aliento y latido, huesos, carne; librándonos, extraviándonos, maravillados al mismo tiempo de nuestra fragilidad y de la callada fuerza que se esconde detrás de ella y nos empuja a través de las sombras y la luz. 

TN 04 – El Mal Cazador

Capítulo IV
Donde se habla de la Caza Salvaje

Adentrados ya en el otoño, es tiempo de encontrarnos con la Caza Salvaje, el cortejo de las almas descarnadas en el que se mezclan difuntos, entidades feéricas, brujas y cambia formas, una corriente que remueve cielos y tierra para disolver los últimos restos de un orden caduco como las hojas que van cayendo sobre la tierra. Lo haremos a través de las leyendas del Mal Cazador y del Comte Arnau, que nos llevaran a hablar del culto a los ancestos, el papel del brujo en el territorio, las visitas de la época oscura y las damas de la corte feérica.

Ir a descargar

Ilustración: Mikhail Chernodedov

El espíritu del zorro literato, y Saint-Exupéry

zorro

El Sueño es un territorio extenso… a través de sus umbrales accedemos a conocimientos y realidades que generalmente nos estan veladas durante el tiempo de la vigília. Al igual que sucede con nuestra geografía física, cada sueño tiene un clima, un paisaje, unos habitantes e incluso un código propio. Hay sueños que no son más que los restos acumulados de memorias reticentes, hay otros que nos adentran a Mundos que parecen más reales que aquel en el que despertaremos. Hay lugares en el Sueño a los que llegamos en una única noche y, sin embargo, nos acompañan a lo largo de los años, a veces como un misterio personal por descifrar. Hay lugares en el Sueño por los que estamos de paso, y otros a los que volvemos siempre como a un segundo hogar.

Para mí, el Sueño configura un espacio y un tiempo sagrados para el encuentro con la Sombra, y todo lo que a través de ella permea hacia mí. Este es el motivo por el que me rehúso a programar mis sueños, a imponer la voluntad de mi conciencia en ellos. Los sueños que no nos dicen nada, los que no son significativos, los que no recordamos cumplen también su función, y nos dan el descanso necesario para funcionar en la vigilia. Antes que explotar este terreno para que rinda los resultados deseados por mi ego, prefiero cuidar este espacio para que las sombras, que requieren su tiempo, desarrollen su labor.  Las invito a contarme lo que necesito saber, y luego guardo silencio y presto atención. Recuperar el puente que vincula la experiencia onírica con la vigilia es recuperar una delicada red de senderos entre mundos o realidades; pero estos senderos se parecen más a las corrientes invisibles y cambiantes en las que viajan las aves que a las carreteras que surcan nuestra tierra como cicatrices de asfalto.

Hace algunas semanas, cuando empezaba a redactar algo acerca de la conexión con el territorio, tuve un sueño curioso. Estaba en un apartamento, en una zona urbana no demasiado bonita, ni recomendable; teníamos un patio y en su muro había un agujero. Un zorro decidía instalarse allí. No era un zorro como los que encontraríamos en el campo, sino algo así como la idealización de un zorro, una criatura de tamaño mucho mayor que se movia como una grácil pincelada de rojo fuego tras unos ojos verdes, brillantes e inteligentes.
Sorpendida – aunque honrada – por su presencia, lo único que se me ocurría decirle era “Eres demasiado hermoso para estar en un lugar como éste, no quiero domesticarte“. El zorro se reía, condescendiente, respondía “No estoy aquí para que me domestiques, estoy aquí porque me caes bien y me apetece. De todas formas no es domesticar. Vuélvelo a leer.”  Fin del sueño.

Al despertar obviamente recordé el Principito de Antoine de Saint Exupéry, obra a la que, sin haber leído, le tengo manía desde pequeña precisamente por  la famosa cita “domesticar es crear vínculos”, sacada del capítulo XXI. Teniendo en cuenta que en mi mente domesticar es sinónimo de dominar o someter lo salvaje a nuestros civilizados intereses, se comprenderá mi horror y mi manía a la sentencia. Pero era el tipo de sueño al que uno puede prestar atención, y realicé la correspondiente búsqueda rápida. A saber cómo, el zorro tenía razón. La palabra original es “apprivoiser”, que se puede traducir como domesticar, pero que tal vez sería más exacto traducir como “familiarizarse con”, lo que dejaría el texto así:

(…) -No -díjo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa “familiarizarse”? -volvió a preguntar el principito.
-Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa “crear vínculos… ”

(…)
Familiarízate conmigo -le dijo.
-Bien quisiera -le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas.
-Sólo se conocen bien las cosas con las que te familiarizas -dijo el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. (…)
-¿Qué debo hacer? -preguntó el principito.
-Debes tener mucha paciencia -respondió el zorro-. Te sentarás al principio ún poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca….

Así re-leído, el texto tenía otro sentido para mi. Se trataba de una mínima corrección, un afinar los conceptos [ La domesticación es un proceso en el que uno de los implicados en la relación impone su voluntad sobre el otro; la familiarización, sin embargo, conlleva una transformación mútua, por acercamiento y contacto de ambas partes], pero sobretodo se trató de una especie de guiño acerca de la interacción del mundo onírico con el vigil. Una anécdota para empezar a hablar del “trabajo” con sueños.

El zorro del sueño sabía cosas que mi conciencia no podía saber  – mi francés no da para tanto- , o tal vez fue a rescatarlas del fondo de mi memoria en un momento en quepodían tener sentido para mí. Una sincronicidad mínima que me invitaba a comprobar con un mensaje demasiado directo como para perder el tiempo buscando cosas como “qué significa soñar con zorros” o “el zorro como animal totémico/ de poder”, dándome un ejemplo de aquellos casos que resultan tan personales que una respuesta externa, general, localizable en una lista de correspondencias, carece de sentido.

El contexto es importante. Dado que mi lenguaje onírico tiene una clara preferencia por las formas animales, si debiera considerar cada animal que aparece en mis sueños como un “animal de poder” a mi disposición, podría hacer llorar de envidia al señor de las bestias. Por otra parte, los zorros reales que habitan los montes y los campos no leen libros y comentan al respecto – en todo caso, tienen otras cosas que enseñarnos-. No fue el “espíritu del zorro” lo que vino a visitarme, en todo caso, sería el espíritu del zorro literato. Naturalezas muy distintas pueden animar formas parecidas, lo cual no impide que cada experiencia pueda aportarnos algo valioso. Simplemente, se trata de tener paciencia, tener preparado el espacio y dar la bienvenida a las visitas cómo si fueran visitas de verdad, y no un programa mecánico de preguntas y respuestas automatizadas.

En la mayoría de casos no vendrán con grandes revelaciones, consejos o augurios -cuando lo hagan, seguramente marcaran un antes y un después en nuestras existencias-. En el sueño como en la vigilia, los aliados, los familiares, no son mascotas, ni bestias de carga. Así como es recomendable acercarse al mundo natural con delicadeza y respeto, también lo es en referencia al territorio onírico. Reparar el hilo quebrado, ganar la confianza de las sombras, de lo invisible. Quitarse los zapatos, dejar la mente del conquistador fuera de este espacio sagrado. Prestar atención, escuchar. Es mucho lo que tenemos que aprender antes de poder dejar una huella que no altere el manto de pétalos que pisamos, antes de poder articular una palabra con sentido en un reino al que nuestra larga ausencia nos devuelve como extraños.

Separador

Imagen: Vulpes vulpes, Robert Farkas

La Via Nocturna

… O cómo hacer lo que debe ser hecho con nocturnidad y alevosía. De qué hablamos cuando diferenciamos la Vía Diurna y la Vía Nocturna. (Texto bilingüe)

El Gremi de l'Art

CATALÀ

La Via Nocturna

compendium maleficarum vol Compendium Maleficarum, 1608

Parlem de bruixes. Del vol de la bruixa. L’any 906 el Canon Episcopi recull la creença que certes dones segueixen a Diana en la seva cavalcada pels cels nocturns. Es considera a les creients “dones al·lucinades”, que seran amonestades per creure en aquesta superstició. Tot i així, als segles XIV-XV el vol de les bruixes, i el mal que son capaces de causar, s’accepten com una terrible realitat contra la que és necessari adoptar mesures dràstiques. La bruixeria és la darrera de les heretgies perseguides per la Inquisició, un culte a l’enemic del déu cristià i un perill per a la comunitat que ha d’ésser eradicat de la faç de la terra.

El model educatiu en el que hem crescut tendeix a emfatitzar la capacitat llibertadora de l’Edat de la Raó. Però, en parlar de l’Edat Moderna, s’esquiva convenientment el fet de que…

Ver la entrada original 3.190 palabras más

Complicidad del territorio

Golden Goddess, Michelle Janean Pier

Cuando hablamos de conexión con el territorio la literatura nos condiciona a pensar en lugares de poder. Sin embargo, no podemos olvidar que el primer territorio es nuestro cuerpo, el segundo, nuestra casa, y el tercero nuestro entorno inmediato. Estos no son sólo territorios con los que “conectamos“, sino que habitamos.
Cuando extendemos nuestros vínculos a la tierra que nos sostiene, al aire que respiramos, al resto de seres que laten en un lugar concreto, el Territorio responde. Formamos parte de una realidad que va más allá de los límites de nuestra piel y, al mismo tiempo, es capaz de permearla y afectarnos. A medida que tomamos conciencia de los vínculos que nos unen al entorno, empezamos a identificar los intercambios que se producen en esta relación, y del mismo modo que la afinidad puede hacer que dos personas ajusten el ritmo de sus pasos, de sus respiraciones, o del latido de sus corazones para sincronizarse, el Territorio con el que hemos conectado nos acompaña.

A día de hoy, cuando salgo a la terraza siento una afinidad completa con el paisaje que me recibe, pero no siempre ha sido así. Tras el cañaveral que crece en el lecho de un riachuelo en letargo, resiste una humilde pineda rodeada de campos de cereal. El sonido de las campanas llega en el aire de la tarde, cargado de recuerdos de otras gentes, y de noche se ven las estrellas y se escucha a las cigarras. Las urracas graznan entre las ramas, las palomas acuden a abrevarse a la fuente, los gatos desarrollan sus interesantísimas vidas entre la sombra y el sol y, de vez en cuando, si ellos no están, se asoma algún conejo. Cuando los vecinos sueltan a sus caballos, se les puede ver paciendo o trotando a sus anchas y oír sus relinchos. Pero cuando llegué, era incapaz de ver nada de todo esto, y de hecho, hubiera dado cualquier cosa por estar en cualquier otro lugar.

A penas empezaba a familiarizarme con el entorno, cuando un día llamé para preguntar si hacía falta algo de supermercado, y supe del incendio. Mi madre me habló, aún asustada, de cómo se había extendido el fuego, crepitando furioso y aparentemente incontrolable… En lugar de acercarse a nuestro edificio, se había adentrado en los campos, devorándolos. Cuando llegué el aire aún olía a humo, y los bomberos estaban apagando los últimos rescoldos. Los campos estaban negros, el sotobosque convertido en cenizas, pero a excepción de un pino que fue necesario talar, el resto de los árboles  habían resistido sin demasiados daños. Recuerdo haber intentado tranquilizar a mi madre diciendo: “Está bien, es triste y nos hemos asustado, pero está bien. Se han perdido un par de campos, pero volverán a crecer. Hemos perdido un pino, pero el resto sigue en pie, y con el sotobosque limpio, nos aseguramos que no haya otro incendio este verano. Y si miras afuera, se sigue viendo verde.”

Algunas horas después, al meterme en la cama, sentí que algo por dentro me decía “Igual tú”. Como de costumbre, tardé unos días en darme cuenta de que, efectivamente, en los últimos meses se había producido una especie de maravilloso incendio en mi vida. Algunas veces la única manera de salir de una trampa es llevarla hasta las últimas consecuencias, quemar los barcos para asegurar que nunca regresaremos. Fue un fuego intenso, crepitante y sinceramente delicioso danzando sin piedad sobre una cosecha que no estaba destinada a ser recogida, sino a ser entregada en sacrificio. Y por más que mi nariz, mi boca y mis ojos se llenaran con las cenizas de la pérdida, lo cierto es que el paisaje seguía siendo verde. Y allí estaba mi nuevo Territorio para constatarlo.

Nunca he tenido paciencia, y pocas veces medida. He tratado de disimularlo, pero siempre se me ha dado mal mentir; lo quiero todo, y lo quiero ya (y a poder ser, a mi manera)… Aún así, cada mañana salgo a la terraza, y contemplo los campos a través del verde, y pienso que no está tan lejos el día en el que el viento del verano haga ondear nuevas cosechas sobre la piel de la tierra. No hay que esperar a que el sol salga por el oeste; sólo dejar que esa tierra repose, acune nuevas semillas en su seno y las devuelva, generosa, a la luz del sol.

Y está perfectamente bien para mí.
Las arañas tienden y recogen cada día sus preciosas redes en la barandilla de la terraza… Siempre me gustó tener una araña en el balcón. Y tengo otras muchas razones para estar aquí, ahora.

Separador

Imagen: Golden Goddess, Michelle Janean Pier