Diotima acerca de Eros, Platón

Eugène Médard (French, 1847-1887), L_Amour et Psyche

–   ¿Ves, pues – dijo ella-, que tampoco tú consideras dios a Eros?

–   ¿Qué puede ser, entonces, Eros? – dije yo- ¿Un mortal?

–   En absoluto.

–   ¿Pues qué entonces?

–    Como en los ejemplos anteriores – dijo- algo intermedio entre lo mortal y lo inmortal.

–    ¿Y qué es ello, Diotima?

–    Un gran demon, Sócrates. Pues también todo lo demónico está entre la divinidad y lo mortal.

– ¿Y qué poder tiene? – dije yo.

– Interpreta y comunica a los dioses las cosas de los hombres y a los hombres las de los dioses, súplicas y sacrificios de los unos, y de los otros órdenes y recompensas por los sacrificios. Al estar en medio de unos y otros llena el espacio entre ambos, de suerte que todo queda unido consigo mismo como un continuo. A través de él funciona toda la adivinación y el arte de los sacerdotes relativa tanto a los sacrificios como a los ritos, ensalmos, toda clase de mántica y la magia. La divinidad no tiene contacto con el hombre, sino que es a través de este demon como se produce todo contacto entre dioses y hombres, tanto como si están despiertos como si están durmiendo. Y así, el que es sabio en tales materias es un hombre demónico, mientras que el que lo es en cualquier otra cosa, ya sea en las artes o en los trabajos manuales, es un simple artesano. Estos démones, en efecto, son numerosos y de todas clases, y uno de ellos es también Eros.

Platón, El Banquete, ca. 385–370 a.n.e.

Separador

Imagen: Eugène Médard (1847-1887), L’Amour et Psyche.

Carta VIII, Rainer M. Rilke

A Seat on the Summit Charles Courtney Curran - 1920

(…)”Quien fuera llevado, casi sin preparación ni transición alguna, desde su aposento a la cúspide de una gran montaña, tendría que experimentar algo semejante. Se sentiría casi anonadado por una inseguridad sin igual y por el verse abandonado al capricho de algo que no tiene nombre. Le parecería estar cayendo, o se creería lanzado al espacio, o bien estallando en mil pedazos. ¡Qué enorme mentira debería inventar entonces su cerebro para alcanzar a recuperar el anterior estado de sus sentidos y devolverles su serenidad! Así se transforman, para quien se vuelva solitario, todas las distancias, todas las medidas. Muchos de estos cambios se producen de un modo repentino, brusco. Y, al igual que en aquel hombre transportado a la cima de una montaña, surgen entonces aprensiones insólitas, sensaciones extrañas, que parecen rebasar todo lo humanamente soportable. Pero es necesario que también esto lo vivamos. Debemos aceptar y asumir nuestra  existencia del modo más amplio posible. Todo, incluso lo inaudito, ha de ser viable en ella. Este es, en realidad, el único valor que se nos pide y exige: tener ánimo ante las cosas más extrañas, más portentosas y más inexplicables, que nos puedan acaecer.

El que los hombres hayan sido cobardes en este terreno ha causado infinito daño a la vida. Los sucesos a los que se da el nombre de “fenómenos” o de “apariciones”, el llamado “mundo espectral”, la muerte, todas esas cosas que nos son tan afines, han sido de tal modo desalojadas de la vida por el diario afán de defenderse de ellas, que los sentidos con que podríamos aprehenderlas se han atrofiado -¡y de Dios, ni hablar! Mas el miedo ante lo inexplicable no sólo ha empobrecido la existencia del individuo. También las relaciones de ser a ser han quedado cercenadas por él. Valga el símil, han sido descuajadas del cauce de un río caudaloso en posibilidades infinitas, para ser llevadas a un lugar yermo de la ribera, donde nada sucede. Pues no sólo por desidia se repiten las relaciones humanas con tan indecible monotonía y sin renovación alguna de un caso a otro, sino también por temor y recelo ante cualquier vivencia nueva y de imprevisible trascendencia, que uno cree superior a sus fuerzas. Pero sólo quien esté apercibido para todo, sólo quien no excluya nada de su existencia -ni siquiera lo que sea enigmático y misterioso- logrará sentir hondamente sus relaciones con otro ser como algo vivo. Sólo él estará en condiciones de apurar por sí mismo su propia vida. Pues en cuanto consideramos la existencia de cada individuo como una habitación mayor o menor, queda de manifiesto que los más sólo llegan a conocer apenas un rincón de su aposento. Un sitio junto a la ventana. O bien alguna estrecha faja del entarimado, que van y vienen recorriendo de un lado para otro. Así disfrutan de alguna seguridad…

Sin embargo, ¡cuánto más humana es aquella inseguridad llena de peligros, que, en los cuentos de Poe, impulsa a los cautivos a palpar las formas de sus horribles mazmorras y a familiarizarse con los indecibles terrores de su estancia! Pero nosotros no somos presos. Ni trampas, ni redes, ni lazos, se hallan aparejados en torno nuestro. Ni hay nada que deba causarnos angustia o darnos tormento. Si hemos sido puestos en medio de la vida, es por ser éste el elemento al que mejor correspondemos, al que somos más adecuados. Además, por obra de una adaptación milenaria, nos hemos vuelto tan semejantes a esa vida, que cuando permanecemos inmóviles, apenas si -merced a un feliz mimetismo- se nos puede distinguir de cuanto nos rodea. Ninguna razón tenemos para recelar y desconfiar del mundo en que vivimos. Si entraña terrores, son nuestros terrores. Si contiene abismos, estos abismos nos pertenecen. Y si en él hay peligros, debemos procurar amarlos. Con tal que cuidemos de ordenar y ajustar nuestra vida conforme a ese principio que nos aconseja atenernos siempre a lo difícil, cuanto ahora nos parece ser lo más extraño acabará por sernos lo más familiar, lo mas fiel.” (…)

Separador
Imagen: A Seat on the Summit, Charles Courtney Curran, 1920

El Tigre en el templo

amur-tiger-painting-david-stribbling

Había una iglesia cerca de la selva, y las gentes del pueblo, congregadas en el patio de tierra adyacente festejaban bajo guirnaldas de flores mientras grandes jarras de barro que pasaban de unas manos a otras entre el bullicio. Pero el templo permanecía en silencio, y allí la frescura de las sombras se interumpía a penas por un rayo de sol que iluminaba el polvo flotando en el aire.

Por por el pasillo entre los bancos vi acercarse, con pasos tranquilos, al Tigre. Hermoso, inocente en su peligrosidad, su pelaje resplandeció unos segundos bajo la caricia furtiva del sol mientras seguía avanzando hasta la pila bautismal. Como una proyección última de las formas de la vida abriéndose paso, como la oscura promesa de la muerte que llega para todos en el momento menos esperado, la bestia era terriblemente hermosa; animada por un fuego de tierra que relucía en los ojos ambarinos.

Como un enorme gato se irguió sobre sus patas traseras, apoyó las garras delanteras en el mármol blanco, y con la lengua rosada bebió del agua bendita con tanta confianza como si se tratara de una ofrenda para él dispuesta.

Espiaba fascinante la escena tras el refugio ofrecido por el confesionario. Un enorme tigre bebiendo tranquilamente de la pila bautismal transformaba por completo el templo, no sólo alterando su atmósfera, sino golpeando con el peso de una montaña la estructura de palabras sobre las que se había levantado allí, como una extraña protuberancia en el territorio.

Me vi urgida a abrirle la puerta, a pesar del miedo que sembraría entre la gente, había que encontrar una salida. Así, de primeras, uno podía pensar que el tigre había quedado atrapado en el edificio, uno podría haberlo pensado acaso si fuera otro tigre, si su movimiento fuera menos fluido y seguro ¿Cómo había entrado?

Si escucha la historia y dibuja en su mente la imagen de un tigre bebiendo agua de una pila bautismal, uno podría pensar que el Tigre estaba fuera de lugar; pero el Tigre era a la vez el suelo y los bancos, la sombra, el sol, el mármol… y parecía avanzar sobre un sí mismo desplegado con la sutileza de una flor que se abre por una superficie infinita, que incluía la muchedumbre al otro lado de los muros, la alegría por la celebración que llevaban a cabo y el pánico que experimentarían en unos minutos. Incluso yo era también Tigre, algo de aquel ser proyectado al otro lado del cristal de sus pupilas, y el gesto de abrir la puerta que había considerado mío, no era sino un impulso lanzado desde el misterio que ardía callado tras aquellos ojos.

Comprendí que los muros del templo eran una ilusión que pretendía limitar un espacio santo, como si la selva de la que vivíamos no lo fuera, que aquellos eran muros que nos separaban sólo de nosotros mismos. Comprendí que la sed es una necesidad profunda que debe ser satisfecha, que el deseo es una fuerza que avanza imparable hacia su destino, que es siempre comunión, y que todas las Aguas son sagradas.

No es el Tigre el que está atrapado.

Separador
Imagen:
Amur Tiger Painting, David Stribbling.

 

El Discípulo, Oscar Wilde

echoandnarcissus_620_wide

 

Cuando murió Narciso el estanque que amaba mudó de un cáliz de aguas dulces a uno de lágrimas saladas, y las Oréades acudieron sollozando a través de los bosques para confortar al estanque con su canto.

Y cuando vieron que el estanque había mudado de un cáliz de aguas dulces a uno de lágrimas saladas, soltaron las verdes trenzas de sus cabellos y lloraron, diciendo al estanque: “No nos sorprende que plañas de este modo a Narciso, tan hermoso como era”.

“¿Acaso era hermoso Narciso?” , preguntó el estanque.

“¿Quién podría saberlo mejor que tú?’ respondieron las Oréades. “Alguna vez pasó a nuestro lado, pero era a ti a quien buscaba, y yacía en tus orillas mirando abajo, hacia ti, y en el espejo de tus aguas contemplaba su propia belleza”.

Y el estanque respondió, ‘Pero yo amé a Narciso porque, cuando yacía en mis orillas y miraba abajo, hacia mí, en el espejo de sus ojos yo veía mi propia belleza reflejada”.

Oscar Wilde, Poemas en Prosa, 1894

Separador

Imagen: Eco y Narciso, John William Waterhouse, 1903

La elección de Odiseo, Pierre Louÿs

Vittorio Emanuele Bressanin – Modestia e vanità (1899)

(…) El sabio Prodicos de Cos, que florecía a fines del siglo V de nuestra era, es el autor del célebre apólogo que San Basilio recomendaba para las meditaciones cristianas: Heracles entre la Virtud y el Vicio. Sabemos que Heracles optó por la primera, lo que le permitió realizar algunos grandes crímenes contra las Ciervas, las Amazonas, las Manzanas de Oro y los Gigantes.

Si Prodicos se hubiera detenido allí, sólo habría escrito una fábula de un simbolismo bastante fácil: pero era un buen filósofo, y su conjunto de historias, Las Horas, dividido en tres partes, presentaba las verdades morales según los distintos aspectos que comprenden, en las tres edades de la vida. A los niños le gustaba proponer como ejemplo la elección austera de Heracles; a los jóvenes contaba, sin duda, la elección voluptuosa de Paris, e imagino que a los hombres maduros les decía más o menos esto:

– Un día Odiseo cazaba al pie de las montañas de Delfos, cuando encontró en su camino a dos vírgenes tomadas de la mano. Una tenía cabellos de violetas, ojos transparentes y labios graves; le dijo: “Yo soy Aretea”. La otra tenía párpados débiles, manos delicadas y senos tiernos; le dijo: “Yo soy Trifera”. Y las dos continuaron: “Elige entre nosotras”. Pero el sutil Odiseo respondió sabiamente: ” ¿Cómo elegiría? Sois inseparables. Los ojos que os han visto pasar a la una sin la otra sólo sorprendieron una sombra estéril. Así como la virtud sincera no se priva de los placeres eternos que la voluptuosidad le concede, del mismo modo la molicie iría mal sin una cierta grandeza del alma. Os seguiré a ambas. Mostradme el camino.” En cuando terminó de hablar, las dos visiones se fundieron y Odiseo supo que había hablado a la gran diosa Afrodita. (…)

Pierre Louÿs, Afrodita, 1896

Separador

Imagen: Vittorio Emanuele Bressanin, Modestia e vanità , 1899

El Otro Fuego

“(…) A penas salimos a los caminos del mundo, nos rodean señales, indicaciones, consejos, más o menos bienintencionados. Nos hacen creer que hay un manual, una fórmula del éxito, y nos describen las opciones que tenemos para concebir ese éxito en cada uno de los ámbitos de nuestra existencia; éxito material, éxito profesional, éxito amoroso, éxito espiritual… Y sin embargo, cuando la llama ha seguido viva durante el suficiente tiempo, llega un momento en el que lo convierte todo en cenizas y nos recuerda que ese será algún día también nuestro destino. Los caminos se retuercen para llevarnos dónde ellos quieren, alejándonos de nosotros mismos; las fórmulas nos van envenenando, volviéndonos cansados, rabiosos, porque al llegar a nuestras metas se convierten en humo, dejando un sabor de fracaso que tratamos de disimular torpemente con las habilidades que hemos ganado en nuestro sendero de extravío, un segundo antes de saltar con avidez a por otro falso logro.

Seas quien seas, vengas de donde vengas, conserva esa llama en ti. Reavívala cuando tengas oportunidad. Llegado el momento, arrasará con las ilusiones que nos alejan de la vida para encajarnos en su teatro de títeres, pintándonos una máscara y escribiendo un guion que nada tiene que ver con lo que llevas dentro, sino con lo que a otros les interesa que repitas. Conserva esa llama que te mantiene con vida, aunque a veces esto suponga un sacrificio, y no sólo un sacrificio material, sino la terrible pérdida de inocencia que implica observar las fuerzas que mueven el mundo, y los dominios que han asentado en tu propia mente.

Conserva esa llama y agradece que en algún momento te arrastre al abismo y te deje allí solo, o sola, sin poder hacer mucho más que pensar si realmente no hay otros caminos a parte de los que ahora has considerado, si no hay objetivos con más significado que aquellos que hasta ahora has perseguido. Conserva esa llama, aunque no puedas hacer más que mantener esos sueños de grandes alas, tan inapropiados a las circunstancias, y por amor a ellos hayas tenido que renunciar al confort de una vida de catálogo, a la seguridad de estar haciendo las cosas bien, o a la aprobación de propios y extraños. Conserva esa llama aunque te duela ver la facilidad con qué las lenguas zalameras se tornan viperinas y las palmaditas en puñaladas, sigue adelante porque ni las unas ni las otras son más que una ilusión. Y aunque una y otra vez te aconsejen, pidan, ordenen o exijan que bajes la cabeza, sigue adelante porque sólo aquello que nos inspira respeto genuino puede enseñarnos algo acerca de la humildad.

Conserva esa llama, deja que sea tu única compañía, tu guía. Interrógala acerca de todo aquello que es necesario corregir o dejar atrás, acerca de todas las heridas que arrastras, acerca de tus propias culpas, acerca de tus frustraciones, acerca de aquello por lo que sea que llegaste a este mundo, acerca de lo que tienes para dar y las maneras de hacerlo, acerca de lo que en verdad necesitas y cómo encontrarlo. Permite que te responda con la sinceridad de un espejo que no encontrarás nunca entre los hombres y no temas sus respuestas, porque nada puede haber que lleves contigo a lo que no estés sobreviviendo en este mismo instante. Y una vez tengas las respuestas, sigue adelante.

Sigue adelante aunque el camino te lleve de paseo a tus propios infiernos, tan aparentemente lejos de todo lo que un día deseaste llegar a tener, conocer o ser. Sigue adelante incluso si un día te pide el sacrificio de los sueños de grandes alas que tanto costó mantener con vida, por los que llegaste aquí, y te abandona, desnudo, delante de una simple puerta. Porque por esa puerta se cruza a la única vida que merece ser vivida, aquella en la que abrazarás lo que tu alma ha buscado por tanto tiempo, creyéndose perdida y maltratada, y su presencia será tan real como te hayas hecho tú en el proceso de deshacerte de todo aquello que nos sobra.(…)”

 ***

 

Así me hablo desde el pasado, en un texto reencontrado. Así me asalta el recuerdo del agónico esfuerzo contra esa ilusión que llamamos mundo, que terminó por vencerme. Tal vez sólo estoy aquí  porque es necesario decir que, aún consumiéndonos por completo en el intento de conservarla, en ocasiones la llama de nuestro ser termina por ahogarse en las brumas ponzoñosas de lo convencional. Que así morimos, aún en vida, derrotados y olvidados de nosotros mismos.

Pero ningún sacrificio genuino puede ser desatendido.

En el abismo profundo existe una oscuridad que abraza cada estrella caída, un silencio cuyo canto hila un nuevo destino. En el seno de los Infiernos remotos la llama vuelve a nacer, con gozo e inocencia renovados. Y es un fuego de otro color, de otra naturaleza, el que ilumina y ciega en un temblor salvaje antes de ser irremediablemente empujado de vuelta a la superficie.

Tal vez sólo estoy aquí porque es necesario decir que siempre hay un sendero, por tortuoso que resulte. Que un fuego inextinguible habita el fondo de las cosas, y sólo aguarda, con paciencia infinita, el momento adecuado para darse a conocer.

Imagen: Franz von Stuck, The Sin (fragmento), 1893.

La Pantera, R. M. Rilke

1087062998
Su mirada, cansada de ver pasar
las rejas, ya no retiene nada más.
Cree que el mundo está hecho
de miles de rejas y, más allá, la nada.
Con su caminar blando, pasos flexibles y fuertes,
gira en redondo en un círculo estrecho;
al igual que una danza de fuerzas en torno a un centro
en el que, alerta, reside una voluntad imponente.
Algunas veces, se alza el telón de sus párpados,
mudo. Una imagen viaja hacia dentro,
recorre la calma en tensión de sus miembros
y, cuando cae en su corazón, se funde y desvanece.
Rainer Maria Rilke
Separador
Aún recuerdo el cruce de calles por el que pasaba el autobús cuando la imagen llegó a mi mente: me sentía como un gatito abandonado en una caja bajo la lluvia, soltando maullidos agudos, arañando impotente las paredes de cartón. Me prometí que nunca más volvería a sentirme así.
Y nunca he vuelto a sentirme exactamente como aquel día, pero a lo largo de los años he coleccionado cierta variedad de abandonos, trampas y encierros. La pantera de Rilke también me ha acompañado a lo largo de las décadas, desde un primer encuentro adolescente en el que aquellos versos no parecían tener demasiado sentido para mí, hasta que se convirtió en el espejo incómodo de mi situación.
El destino nos persigue, tal vez, como un acertijo a resolver. Uno imagina a la pantera y la fascinación que ejerce su visión, su manera de moverse; luego maldice el camino que la condujo a la jaula de hierro, y a esa otra jaula, invisible, de la estereotipia. Así, mi pantera repetía los mismos movimientos mil veces, una detrás de otra, sin sentido alguno; sin recordar cómo empezó todo, sin imaginar ya que hubiera una manera de salir. Sin embargo, como bien señalaba Rilke, allí, en el centro, una fuerza muda, forjada para la caza, aguarda siempre el momento de escapar y volver a la selva, por más que la selva sea sólo el recuerdo de un sueño que corre con la sangre.
Un día desperté como una pantera abandonada bajo la lluvia en una caja de cartón, y la fuerza tanto tiempo contenida regresaba a borbotones, derramándose desde el centro y empapando cada uno de mis sentidos dormidos. Tan ridículo como se pueda imaginar, al reír el dolor relampagueó en las cicatrices demasiado recientes.
No es fácil el camino de regreso a esa selva imaginada, a ese abrazo prometido, que nos espera sin conocernos. Es necesrio reconquistar el cuerpo, saber qué hacer con esas fuerzas que han transformado nuestra manera de ver el mundo. Es necesario reconquistar el corazón, aceptar el origen maldito de esa oportunidad de vivir que parece llegar demasiado tarde. Y reconquistar el basto territorio del sueño y la vigilia, paso a paso, con cada torpeza y cada acierto.
Y así me acerco a los miedos, mirando a los ojos sus constantes amenazas, recordándoles que poco pueden hacerme ya que no haya sido hecho. Cada día más cerca de la selva añorada, del refugio de la sombra y la canción de la sangre, sigo los dictados de esa fuerza que se transforma bajo la luna, y me convierte en mil vidas bajo una sola piel que, a pesar de todo, avanza con paciencia de animal.

Las palabras vivas

CirceBarker1890

Las palabras me acompañan desde la infancia como una jauría de perros errantes. Cierto es que a veces muerden, que no saben dejarse conducir, pero adoro acurrucarme junto a ellas en el silencio nocturno, al borde del barranco, contemplando las estrellas como en un reflejo.

A veces que alguien diga demasiado pronto “me gusta cómo escribes” me ofende o me entristece, como si se hubiera obligado a reír de un chiste que en realidad no tenía demasiada gracia, como si en realidad no hubiera leído nada y tratara de llegar a mi centro por forzados atajos.

Cierto es que las palabras que me siguen, tratando cada una a su indisciplinada manera de explicar el mundo, tal vez no sean las más hermosas. Son por lo común tan simples como parecen, hijas del mestizaje, o bien extraviadas de sus sentidos primeros, ya olvidados. Todas tienen algo de indomables, cabras que mascan zarzas en un recodo del camino como si no pasara nada, con la expresión de quien trama algo inasequible a la imaginación común. Estas asilvestradas palabras que trotan a mi alrededor se estremecen horrorizadas ante los cumplidos bien domesticados, que con precisión de autómatas realizan las gracias que se esperan de ellos agitando la cola.

Las palabras son mágicas por derecho propio, no por imposición de un tópico. Existen guerras secretas entre ellas, largos procesos de esclavitud y rebelión que pasan desapercibidos ante el lector o el oyente que no se detiene a prestar atención. Las palabras – al menos éstas que me siguen y, en cierto modo, me han susurrado la mayor parte de lo que sospecho de la Vida- no están ahí para recoger aplausos, ni para que el que las escribe olvide que ellas tienen una vida propia, secreta e independiente; que nos acompañan pero no nos pertenecen, que a veces nos ayudan y otras nos ponen la zancadilla… Que de vez en cuando gruñen cuando no toca y muerden donde más duele, sí, pero por eso mismo acarician donde pocos llegan y alimentan lo invisible en nosotros.

Las palabras están vivas, a menos que se apague ese fuego que respiran y está hecho para contagiarse. Las palabras no son fáciles, como no lo son las personas, a menos que uno esté dispuesto a ignorarlas, a tratarlas como si fueran cosas a las que no se puede mirar a los ojos. Las palabras, como las personas – es lo que ocurre cuando nos damos la mano el trecho suficiente- son un desafío a la mente y al corazón, que no cualquiera está en condiciones de aceptar. Porque la herida duele, y la cura también. Porque a veces la alegría deslumbra y el gozo nos rompe.

Por eso el que ama las palabras ama el silencio, el espacio en el que ellas pueden desplegar sus alas sin prisa, abrirse como las extrañas flores que son, cada una según su particular naturaleza. Del silencio toman ellas la fuerza para manifestarse, y se adquiere la hondura para acogerlas y abrazarlas como merecen, como necesitan, para no morir antes de alcanzar la vida. Por eso a veces es mejor callar hasta que ellas salgan por su propio pie de la profunda cueva en la que soñaban su despertar y su encuentro.

No quiero que me digas que me entiendes, o que te gusta lo que escribo. Quiero saber si este puñado de palabras salvajes podría quemarte hasta los huesos como hizo conmigo; si abrirá en ti ese abismo por el que el universo se derrama constantemente por el mero placer de conocerse a sí mismo. No expliques nada, necesitaras del silencio; las huellas que dejan a su paso quedan danzando en los ojos, se gravan en el tacto. Las palabras no son sólo voz, ni tinta, ni promesa.

Puede que yo las quiera porque han sido mis compañeras por demasiado tiempo, pero aunque fueran siempre las fieras que a veces parecen, estas palabras que van vagando alrededor mío no son tristes animalillos de circo, no estan aquí para hacer trucos a cambio de aplausos. Podrán morder, o lamer, o ignorar, pero no van a dar la patita… Ni a creer cualquier respuesta que les salga al encuentro.

Imperfectas como yo misma, terrenas y orgullosas más allá de cualquier justificación posible, aspiran con descaro a grandezas mayores; respirar la luna, enraizar el fuego, despertar la antigua Magia y danzar en corro con todas aquellas cosas imposibles que ya no piden permiso para existir.

 SeparadorImagen: Circe, Wright Barker, 1898

El Vuelo

Algunas personas lo llaman, no sin razón, “el camino torcido”; pero para mí la brujería reside, precisamente, allí donde los caminos terminan. Un precipicio en el que el universo nos devuelve la mirada como un desafío, invitándonos a volver por dónde hemos venido, o a saltar a lo desconocido. En ocasiones nos gusta acercarnos al límite simplemente para mirar nuestro viejo mundo desde allí. Durante años nos planteamos si será realmente posible ir más allá, dar un paso adelante y dejarnos engullir por el vacío.

Otras veces nuestro momento llega, por un tropiezo, por un acto de locura, valentía o rendición. Porque ya no hay nada que perder o nada a lo que queramos regresar, y el viento nos ha embriagado con su canción y nos ha ofrecido su mano. Porque el mundo que conocíamos se ha apagado entre nuestros brazos, pero seguimos vivos, y necesitamos rescatar el fuego y volver a encenderlo, o al menos apagarnos con él.

Así que damos un paso, y luego otro, y no hay suelo ya bajo nuestros pies. Cruzando la frontera, rigen otras leyes. Atrás quedan la piel y las palabras que habitamos, y remontamos el vuelo en formas propias que nos eran desconocidas, descubriendo nuevos sentidos, viviendo sin pretender siquiera entender. Transitando los caminos sin nombre, las antiquísimas corrientes en las que uno se funde y se vuelve a forjar a intervalos, fuera del tiempo.

Despertamos en la orilla, como las sobras de un naufragio. Despertamos a nuestra vida de cada día, como después de haber soñado algo terriblemente extraño y hermoso, más real que la vigila. Nos reincorporamos al traqueteo constante de las horas conocidas, hacemos recados, barremos la casa, damos de comer al gato. Pero no somos ya los mismos; ahora la tenebrosa alegría discurre por nuestras venas aguardando enamorada el próximo salto al vacío.

Separador

Imagen: Ecstasy, Maxfield Parrish, 1930

La tela de Penélope, Augusto Monterroso

waterhouse_penelope_and_the_suitors

Hace muchos años vivía en Grecia un hombre llamado Ulises (quien a pesar de ser bastante sabio era muy astuto), casado con Penélope, mujer bella y singularmente dotada cuyo único defecto era su desmedida afición a tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar sola largas temporadas.

Dice la leyenda que en cada ocasión en que Ulises con su astucia observaba que a pesar de sus prohibiciones ella se disponía una vez más a iniciar uno de sus interminables tejidos, se le podía ver por las noches preparando a hurtadillas sus botas y una buena barca, hasta que sin decirle nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a sí mismo.

De esta manera ella conseguía mantenerlo alejado mientras coqueteaba con sus pretendientes, haciéndoles creer que tejía mientras Ulises viajaba y no que Ulises viajaba mientras ella tejía, como pudo haber imaginado Homero, que, como se sabe, a veces dormía y no se daba cuenta de nada.

Augusto Monterroso

Separador

Imagen: Penélope y los pretendientes, John William Waterhouse, 1912