Diotima acerca de Eros, Platón

Eugène Médard (French, 1847-1887), L_Amour et Psyche

–   ¿Ves, pues – dijo ella-, que tampoco tú consideras dios a Eros?

–   ¿Qué puede ser, entonces, Eros? – dije yo- ¿Un mortal?

–   En absoluto.

–   ¿Pues qué entonces?

–    Como en los ejemplos anteriores – dijo- algo intermedio entre lo mortal y lo inmortal.

–    ¿Y qué es ello, Diotima?

–    Un gran demon, Sócrates. Pues también todo lo demónico está entre la divinidad y lo mortal.

– ¿Y qué poder tiene? – dije yo.

– Interpreta y comunica a los dioses las cosas de los hombres y a los hombres las de los dioses, súplicas y sacrificios de los unos, y de los otros órdenes y recompensas por los sacrificios. Al estar en medio de unos y otros llena el espacio entre ambos, de suerte que todo queda unido consigo mismo como un continuo. A través de él funciona toda la adivinación y el arte de los sacerdotes relativa tanto a los sacrificios como a los ritos, ensalmos, toda clase de mántica y la magia. La divinidad no tiene contacto con el hombre, sino que es a través de este demon como se produce todo contacto entre dioses y hombres, tanto como si están despiertos como si están durmiendo. Y así, el que es sabio en tales materias es un hombre demónico, mientras que el que lo es en cualquier otra cosa, ya sea en las artes o en los trabajos manuales, es un simple artesano. Estos démones, en efecto, son numerosos y de todas clases, y uno de ellos es también Eros.

Platón, El Banquete, ca. 385–370 a.n.e.

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Imagen: Eugène Médard (1847-1887), L’Amour et Psyche.

El susurro de las Sombras

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Nadie puede escapar de la Sombra, pero unas veces aliviados y otras apenados, despertamos y nos aferramos casi con desesperación a la luz de la vigilia, hasta que en nuestro anhelo de seguridad, este exceso va secando lentamente nuestras vidas. Lo contrario tal vez sea comprender que más que andar por un firme suelo bajo nuestros pies, somos llevados en una corriente mayor que nosotros, en la que nuestra identidad no es más que un ligero parpadeo de la existencia.

Huímos de lo que vemos en nuestros sueños y pesadillas, de lo que llegamos a percibir cada vez que escapamos de nuestro propio control. Nos decimos que no es real, y lo que ocurre es que habla otro idioma, más antiguo, primitivo… Olvidamos, en este esfuerzo heredado y colectivo, que la luz del día es sólo otra forma de distorsión a la que aprendimos a rendir pleitesía, y a la que a menudo convertimos, llevados por nuestra ignorancia, en el tirano que no debiera ser.

La sombra late bajo tierra, es potencialidad. Un lodo oscuro y nutricio compuesto de aquello que escapa al tiempo porque ya fue, o espera ser. Esta es la función de aquel que se adentra en las sombras, abrir camino a la serpiente bajo tierra para que pueda acompañarlo a la luz del día, en lugar de tratar de diseccionarla, para que revivivifique los suelos, renovando su fertilidad. Por esto es necesaria la muerte del héroe, rindiendo su ciego orgullo de conquistador, abriéndolo como un umbral a la manifestación de lo que, hasta el momento permanecía oculto. En el mundo de las sombras la conciencia debe permanecer despierta, con el fin de guardar en la memoria las impresiones recibidas, pero debe permanecer también inanimada, para no alterarlas con la torpeza de sus imperativos dictados diurnos. Una vez vencido y entregado, una vez convertido en en umbral, el héroe volverá a levantarse, con vigor renovado, convertido en heraldo de esas potencias rescatadas del Inframundo.

El temor a la Serpiente no es otro que el temor a la pérdida del control o la esquiva “razón”, al derrumbe de los muros que construimos para proteger lo que creemos ser, del mismo modo que trazamos fronteras en los mapas, del mismo modo que clasificamos nuestro universo y vendemos nuestras almas a cambio de poder convencernos de nuestras propias ficciones sobre el mundo, sobre nosotros mismos. A partir de aquí, incluso si se trata de nuestra propia percepción, todo cuanto contradiga estas seleccionadas ficciones será declarado enemigo, será combatido, reprimido, silenciado, exiliado y alimentará en las Sombras la Serpiente que no hemos sido capaces de traer a la luz. La misma Serpiente que, convertida ya en monstruo, irrumpirá cualquier día de forma violenta en esa falsa seguridad de nuestra existencia, destrozándola para liberarnos de nuestro encierro.

Aquello que vemos entre las Sombras no es real en los objetivos términos diurnos, pero esto no significa que sea falso, la Sombra es la parte del tapiz en la que se encuentran los nudos, de la que se deduce la técnica empleada en la creación de la imagen al otro lado. Ambas naturalezas, la diurna y la nocturna, se necesitan, se retroalimentan y forman parte de aquello que somos. Sólo el considerarlas inconexas conlleva la desgracia de la pérdida del sentido profundo, la pérdida de vitalidad y gusto por esta Vida que, en ausencia de equilibrio, llegamos a considerar un regalo sin valor, o una caprichosa imposición.

De nosotros depende,  atender o desoir las enseñanzas de la Serpiente, el susurro de las Sombras. De nosotros depende recorrer de forma deliberada o forzada la engañosa senda de la Muerte, y aquello en lo que empleamos cada segundo que se nos escapa con junto a los latidos de nuestro corazón.

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Imagen: Water Serpents. Gustav Klimt, 1907

El Tigre en el templo

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Había una iglesia cerca de la selva, y las gentes del pueblo, congregadas en el patio de tierra adyacente festejaban bajo guirnaldas de flores mientras grandes jarras de barro que pasaban de unas manos a otras entre el bullicio. Pero el templo permanecía en silencio, y allí la frescura de las sombras se interumpía a penas por un rayo de sol que iluminaba el polvo flotando en el aire.

Por por el pasillo entre los bancos vi acercarse, con pasos tranquilos, al Tigre. Hermoso, inocente en su peligrosidad, su pelaje resplandeció unos segundos bajo la caricia furtiva del sol mientras seguía avanzando hasta la pila bautismal. Como una proyección última de las formas de la vida abriéndose paso, como la oscura promesa de la muerte que llega para todos en el momento menos esperado, la bestia era terriblemente hermosa; animada por un fuego de tierra que relucía en los ojos ambarinos.

Como un enorme gato se irguió sobre sus patas traseras, apoyó las garras delanteras en el mármol blanco, y con la lengua rosada bebió del agua bendita con tanta confianza como si se tratara de una ofrenda para él dispuesta.

Espiaba fascinante la escena tras el refugio ofrecido por el confesionario. Un enorme tigre bebiendo tranquilamente de la pila bautismal transformaba por completo el templo, no sólo alterando su atmósfera, sino golpeando con el peso de una montaña la estructura de palabras sobre las que se había levantado allí, como una extraña protuberancia en el territorio.

Me vi urgida a abrirle la puerta, a pesar del miedo que sembraría entre la gente, había que encontrar una salida. Así, de primeras, uno podía pensar que el tigre había quedado atrapado en el edificio, uno podría haberlo pensado acaso si fuera otro tigre, si su movimiento fuera menos fluido y seguro ¿Cómo había entrado?

Si escucha la historia y dibuja en su mente la imagen de un tigre bebiendo agua de una pila bautismal, uno podría pensar que el Tigre estaba fuera de lugar; pero el Tigre era a la vez el suelo y los bancos, la sombra, el sol, el mármol… y parecía avanzar sobre un sí mismo desplegado con la sutileza de una flor que se abre por una superficie infinita, que incluía la muchedumbre al otro lado de los muros, la alegría por la celebración que llevaban a cabo y el pánico que experimentarían en unos minutos. Incluso yo era también Tigre, algo de aquel ser proyectado al otro lado del cristal de sus pupilas, y el gesto de abrir la puerta que había considerado mío, no era sino un impulso lanzado desde el misterio que ardía callado tras aquellos ojos.

Comprendí que los muros del templo eran una ilusión que pretendía limitar un espacio santo, como si la selva de la que vivíamos no lo fuera, que aquellos eran muros que nos separaban sólo de nosotros mismos. Comprendí que la sed es una necesidad profunda que debe ser satisfecha, que el deseo es una fuerza que avanza imparable hacia su destino, que es siempre comunión, y que todas las Aguas son sagradas.

No es el Tigre el que está atrapado.

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Imagen:
Amur Tiger Painting, David Stribbling.

 

Endimión en Latmos, J. L. Borges

 

“Yo dormía en la cumbre y era hermoso
mi cuerpo, que los años han gastado.
Alto en la noche helénica, el centauro
demoraba su cuádruple carrera
para atisbar mi sueño. Me placía
dormir para soñar y para el otro
sueño lustral que elude la memoria
y que nos purifica del gravamen
de ser aquel que somos en la tierra.
Diana, la diosa que es también la luna,
me veía dormir en la montaña
y lentamente decendió a mis brazos
oro y amor en la encendida noche.
Yo apretaba los párpados mortales,
yo quería no ver el rostro bello
que mis labios de polvo profanaban.
Yo aspiré la fragancia de la luna
y su infinita voz dijo mi nombre.
Oh las puras mejillas que se buscan,
oh ríos del amor y de la noche,
oh el beso humano y la tensión del arco.
No sé cuánto duraron mis venturas;
Hay cosas que no miden los racimos
ni la flor ni la nieve delicada.
La gente me rehúye. Le da miedo
el hombre que fue amado por la luna.
Los años han pasado. Una zozobra
da horror a mi vigilia. Me pregunto
si aquel tumulto de oro en la montaña
fue verdadero o no fue más que un sueño.
Inútil repetirme que el recuerdo
de ayer y un sueño son la misma cosa.
Mi soledad recorre los comunes
caminos de la tierra, pero siempre
busco en la antigua noche de los númenes
la indiferente luna, hija de Zeus”.

Endimión en Latmos, Jorge Luis Borges, “Historia de la noche”, 1977

Imagen: Endimión y Selene, George Frederick Watts, (1869-1903)

El espíritu del zorro literato, y Saint-Exupéry

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El Sueño es un territorio extenso… a través de sus umbrales accedemos a conocimientos y realidades que generalmente nos estan veladas durante el tiempo de la vigília. Al igual que sucede con nuestra geografía física, cada sueño tiene un clima, un paisaje, unos habitantes e incluso un código propio. Hay sueños que no son más que los restos acumulados de memorias reticentes, hay otros que nos adentran a Mundos que parecen más reales que aquel en el que despertaremos. Hay lugares en el Sueño a los que llegamos en una única noche y, sin embargo, nos acompañan a lo largo de los años, a veces como un misterio personal por descifrar. Hay lugares en el Sueño por los que estamos de paso, y otros a los que volvemos siempre como a un segundo hogar.

Para mí, el Sueño configura un espacio y un tiempo sagrados para el encuentro con la Sombra, y todo lo que a través de ella permea hacia mí. Este es el motivo por el que me rehúso a programar mis sueños, a imponer la voluntad de mi conciencia en ellos. Los sueños que no nos dicen nada, los que no son significativos, los que no recordamos cumplen también su función, y nos dan el descanso necesario para funcionar en la vigilia. Antes que explotar este terreno para que rinda los resultados deseados por mi ego, prefiero cuidar este espacio para que las sombras, que requieren su tiempo, desarrollen su labor.  Las invito a contarme lo que necesito saber, y luego guardo silencio y presto atención. Recuperar el puente que vincula la experiencia onírica con la vigilia es recuperar una delicada red de senderos entre mundos o realidades; pero estos senderos se parecen más a las corrientes invisibles y cambiantes en las que viajan las aves que a las carreteras que surcan nuestra tierra como cicatrices de asfalto.

Hace algunas semanas, cuando empezaba a redactar algo acerca de la conexión con el territorio, tuve un sueño curioso. Estaba en un apartamento, en una zona urbana no demasiado bonita, ni recomendable; teníamos un patio y en su muro había un agujero. Un zorro decidía instalarse allí. No era un zorro como los que encontraríamos en el campo, sino algo así como la idealización de un zorro, una criatura de tamaño mucho mayor que se movia como una grácil pincelada de rojo fuego tras unos ojos verdes, brillantes e inteligentes.
Sorpendida – aunque honrada – por su presencia, lo único que se me ocurría decirle era “Eres demasiado hermoso para estar en un lugar como éste, no quiero domesticarte“. El zorro se reía, condescendiente, respondía “No estoy aquí para que me domestiques, estoy aquí porque me caes bien y me apetece. De todas formas no es domesticar. Vuélvelo a leer.”  Fin del sueño.

Al despertar obviamente recordé el Principito de Antoine de Saint Exupéry, obra a la que, sin haber leído, le tengo manía desde pequeña precisamente por  la famosa cita “domesticar es crear vínculos”, sacada del capítulo XXI. Teniendo en cuenta que en mi mente domesticar es sinónimo de dominar o someter lo salvaje a nuestros civilizados intereses, se comprenderá mi horror y mi manía a la sentencia. Pero era el tipo de sueño al que uno puede prestar atención, y realicé la correspondiente búsqueda rápida. A saber cómo, el zorro tenía razón. La palabra original es “apprivoiser”, que se puede traducir como domesticar, pero que tal vez sería más exacto traducir como “familiarizarse con”, lo que dejaría el texto así:

(…) -No -díjo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa “familiarizarse”? -volvió a preguntar el principito.
-Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa “crear vínculos… ”

(…)
Familiarízate conmigo -le dijo.
-Bien quisiera -le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas.
-Sólo se conocen bien las cosas con las que te familiarizas -dijo el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. (…)
-¿Qué debo hacer? -preguntó el principito.
-Debes tener mucha paciencia -respondió el zorro-. Te sentarás al principio ún poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca….

Así re-leído, el texto tenía otro sentido para mi. Se trataba de una mínima corrección, un afinar los conceptos [ La domesticación es un proceso en el que uno de los implicados en la relación impone su voluntad sobre el otro; la familiarización, sin embargo, conlleva una transformación mútua, por acercamiento y contacto de ambas partes], pero sobretodo se trató de una especie de guiño acerca de la interacción del mundo onírico con el vigil. Una anécdota para empezar a hablar del “trabajo” con sueños.

El zorro del sueño sabía cosas que mi conciencia no podía saber  – mi francés no da para tanto- , o tal vez fue a rescatarlas del fondo de mi memoria en un momento en quepodían tener sentido para mí. Una sincronicidad mínima que me invitaba a comprobar con un mensaje demasiado directo como para perder el tiempo buscando cosas como “qué significa soñar con zorros” o “el zorro como animal totémico/ de poder”, dándome un ejemplo de aquellos casos que resultan tan personales que una respuesta externa, general, localizable en una lista de correspondencias, carece de sentido.

El contexto es importante. Dado que mi lenguaje onírico tiene una clara preferencia por las formas animales, si debiera considerar cada animal que aparece en mis sueños como un “animal de poder” a mi disposición, podría hacer llorar de envidia al señor de las bestias. Por otra parte, los zorros reales que habitan los montes y los campos no leen libros y comentan al respecto – en todo caso, tienen otras cosas que enseñarnos-. No fue el “espíritu del zorro” lo que vino a visitarme, en todo caso, sería el espíritu del zorro literato. Naturalezas muy distintas pueden animar formas parecidas, lo cual no impide que cada experiencia pueda aportarnos algo valioso. Simplemente, se trata de tener paciencia, tener preparado el espacio y dar la bienvenida a las visitas cómo si fueran visitas de verdad, y no un programa mecánico de preguntas y respuestas automatizadas.

En la mayoría de casos no vendrán con grandes revelaciones, consejos o augurios -cuando lo hagan, seguramente marcaran un antes y un después en nuestras existencias-. En el sueño como en la vigilia, los aliados, los familiares, no son mascotas, ni bestias de carga. Así como es recomendable acercarse al mundo natural con delicadeza y respeto, también lo es en referencia al territorio onírico. Reparar el hilo quebrado, ganar la confianza de las sombras, de lo invisible. Quitarse los zapatos, dejar la mente del conquistador fuera de este espacio sagrado. Prestar atención, escuchar. Es mucho lo que tenemos que aprender antes de poder dejar una huella que no altere el manto de pétalos que pisamos, antes de poder articular una palabra con sentido en un reino al que nuestra larga ausencia nos devuelve como extraños.

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Imagen: Vulpes vulpes, Robert Farkas

TN 02 – El oro de las hadas

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Capítulo II
Donde se habla de cosas que no son lo que parecen

Bienvenidos a la Torre Negra, en el capítulo de hoy hablaremos del oro de las hadas. Cómo se gana, cómo se trae del Otro Mundo, cómo se desvanece al amanecer, o nos transforma por completo… Y además, del sabor a queso y los filtros de instagram. Con el cuento de Madre Holda, y la leyenda de les Dones d’Aigua de les Estunes.

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El pájaro azul, Charles Bukowski

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He visto en mi sueño un magnífico pájaro azul, agobiado por una parvada de ávidas palomas grises y ruidosas. Su imagen me ha acompañado todo el día. Luego, encuentro las palabras. Traer aquí a Bukowski es otra de tantas cosas que nunca pensé que haría.

El pájaro azul

hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy demasiado duro para él,
le digo, quédate ahí, no voy a
dejar que nadie te
vea.
hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero derramo whisky sobre él e inhalo
humo de cigarro
y las putas y los camareros
y los dependientes del colmado
nunca se dan cuenta de que
él
está ahí.

hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy demasiado duro para él,
le digo, quédate escondido, ¿es que quieres
complicarme la vida?
¿quieres joderme los
trabajos?
¿quieres arruinar las ventas de mis libros en
Europa?
hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy demasiado listo, sólo lo dejo salir
de noche, algunas veces,
cuando todos duermen.
Le digo, sé que estás ahí,
así que no estés
triste.
luego lo regreso al encierro,
y aún canta un poco
allí, no lo he dejado morir
por completo
y dormimos juntos
así
con nuestro
pacto secreto
y es tan bonito como
para hacer llorar
a un hombre, pero yo no
lloro,
¿lloras tú?

Charles Bukowski

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Imagen: Eric Sweet, Blue Jay (fragmento).

El Censor

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Estamos en octubre de 2012, en México D.F. Mientras el mundo fantasea con su fin, limpio a conciencia la casa, y me preparo para celebrar Samhain y el Día de Muertos al mismo tiempo. Una parte de mí sabe perfectamente que no hay contradicción en esto, pero a menudo no es fácil de explicar, así que guardo silencio al respecto. La casa en la que vivo está en una colonia de sombría reputación y carece de suelo, pero el altar se verá majestuoso presidido por la cornamenta de venado rescatada de la buhardilla de mi jefa hace sólo unos días, qué casualidad. La miro y me recuerda a Niño Roto, y me hace pensar cómo, a veces, me gustaría que me llevara al otro lado, aún más lejos.

Me encanta preparar el Altar de Muertos. Voy y vengo como una abeja, completamente entregada a la labor, olvidada de mí misma. Es como tener diez años otra vez, sólo que algo retorcidos por el curso de la vida. Salgo al mercado a por papel picado y flores de cempasúchil. Y de camino la veo por el rabillo del ojo, sobre una sábana vieja, entre un montón de baratijas, restos de producción y trastos de segunda o tercera mano. Dorada y sonriente sobre la flor de loto, cuatro brazos. No la puedo identificar, pero es sin duda una divinidad hindú. En ese momento no pienso, sino siento, que ése no es su lugar, que no debe estar allí, y lo siento prácticamente como una ofensa. Sigo caminando.

Vuelvo a buscarla. Finjo desinterés, y pronto la tengo en mis manos por un precio irrisorio. Es ligera, pero aún así un gran peso. Yo no creo en los dioses, no en el sentido en que otros lo hacen; los dioses para mí son algo distante que de vez en cuando nos observa con curiosidad… Y sin embargo, la figurilla despierta en mí una idolatría insospechada; me acosa la necesidad de darle un lugar de honor, de ofrecerle velas e inciensos, de contemplar en silencio su belleza.

Al mismo tiempo, me siento ridícula por ello.

Investigo, cómo no. Es una imagen de Lakshmi. Cada año, por estas fechas, en India celebra el festival Diwali, en cierto modo un año nuevo. Entre otras tradiciones, las amas de casa limpian sus hogares y preparan altares para recibir a Lakshmi con alfombras de flores, incienso y lamparillas. Pienso “Ok, también es nuestro año nuevo; tenemos aquí un altar fabuloso, con flores y velas que señalan el camino para recibir la Visita. Posiblemente es lo más cercano que encuentres a un hogar, y desde luego es mejor que la acera de la calle”.

Preparo para ella un pequeño altar aparte, no vayamos a mezclar más. Algo después, durante la celebración del 31 de octubre, recibo un mensaje muy claro que viene de ella: “Cruzarás un océano“. Me toma por sorpresa, lo interpreto como algo simbólico, por supuesto. Tres meses más tarde estoy bajando del avión; cargo con mi gato, el portátil y la figurilla de Lakshmi, de vuelta definitiva a Barcelona.  He perdido todo lo que creía que era mi vida, estoy destrozada. Y aún así…

Sé, aunque a mi ego le cueste admitirlo y lo experimente a través de una terrible desolación, que yo tampoco estaba en el lugar más adecuado para mí. Que, a pesar de pretender que todo iba bien, vivía para trabajar y aún así costaba llegar a fin de mes, que nunca habría esfuerzo suficiente de mi parte para que aquella casa funcionara correctamente, que mi pareja estaba repartiendo su atención en mil asuntos, pero no en nuestros proyectos comunes – incluida nuestra relación -, y que todo aquello se robaba la energía que necesitaba para los propios, además de haber afectado muy seriamente a mi salud. (Aquí mis patrones, esto no ha pasado sólo una vez…).

De forma que, a pesar de la resistencia de mi ego, entiendo que lo que sea que anime a esa misteriosa figurilla, ha decidido hacer por mí lo que yo hice por ella, sacarme de donde estaba, llevarme a una vida mejor, por más que se sienta como una muerte.

***

En los meses que siguieron a mi regreso a Barcelona, viví una suerte de gozoso renacimiento, mi salud se reestableció como por arte de magia, me reencontré con viejos compañeros de viaje, conocí algunos nuevos, surgieron muchos proyectos, encontré algo parecido a un hogar y – lo más importante- amé y fui amada con una intensidad nunca antes conocida. Todo el proceso tuvo sus momentos de dificultad, sin embargo, muchas veces parecía increíble estar accediendo a cuotas de felicidad tan altas.

Ahora vamos a ver cuán fuerte puede ser la resistencia de nuestros egos. A pesar de que yo intuía qué se encuentra detrás de la imagen de Lakshmi, a pesar de haber llegado a vislumbrar aquello que confiere una absoluta coherencia a su presencia en mi vida, aquella presencia me pesaba. Me pesaba por un lado porque no soy hindú, y todos sabemos que la apropiación cultural es horrible. Pero sobretodo me pesaba porque uno de los proyectos que me esperaban en Barcelona era la coordinación regional de la Pagan Federation, lo que implicaba vincularme de forma participativa y pública al paganismo europeo, y si ya era complicado explicar que conectas Samhain y el Día de Muertos, esto ya era demasiado.
Algo realmente perverso en mí insistía en que tener a Lakshmi en casa era una licencia que, de cara al público, no podía pasar de la anécdota. Algo rematadamente retorcido en mí me señalaba con el dedo y me condenaba por adorar a dioses extranjeros, y me gritaba que, a pesar de haber sido una de las experiencias más mágicas de mi existencia, debía avergonzarme de aquello y esconderlo. Porque no era adecuado. Porque qué iban a pensar de mí, nadie te va a tomar en serio.

Esta vez hacía falta que nadie lo dijera, que ninguna persona representara el papel de censor. Para eso tengo a mi terrible Censor Interior, siempre dispuesto a hacerme callar, atarme y maltratarme sin miramientos. Le encanta repetirme lo poco que valgo, lo mal que lo hago todo, que nadie me va a entender, que no merezco nada, que soy una carga, un peligro, una vergüenza o un foco de caos para la gente que quiero; que mis cuestionamientos son impertinentes, mis deseos pecaminosos, mi presencia inadecuada… Que me castiga por mi bien porque es necesario corregirme, callar, comportarme como una buena chica. Sonreír y hacer fotos bonitas, en vez de salir a danzar como una loca con los demonios al otro lado de las fronteras de la tierra del confort.

Espero no morir antes de poder superar el poder que el Censor tiene sobre mí, y por lo pronto empiezo por escribir las historias que le gustaría callarme, y dejarlas correr por el mundo, para su absoluta desesperación.

Pero el caso aquí es cómo el Censor se alía con el ego y sus resistencias ante irrupción de la experiencia mágica en la vida real. El ego, la noción de la persona que queremos conservar como una máscara ante el mundo, dice algo así como: “Querida entidad/potencia más allá de mis límites ¿serías tan amable de manifestarte en una forma socialmente aceptable? Quiero decir, ¿podrías esforzarte un poco por encajar en los modelos de bueno/malo, bello/horrible, proporcionados por la tradición/corriente que he escogido seguir y que comparto con mis amigos/público? Es que… necesito poder hablar de tí sin comprometer la imagen que quiero proyectar en mi entorno, entiéndelo. Es súper importante para mí. Si no usas el uniforme que corresponde  -como yo me esfuerzo tanto por hacer- tendré que silenciarte. Porque, ahora mismo, lo que me ofreces no conviene a mis intereses“.

Una de las cosas que más me sorprende de mi ego es cómo intenta que me sienta avergonzada de todo, pero hace este tipo de cosas realmente ridículas cada dos por tres sin pestañear. Sin entrar en la naturaleza de los dioses u otras entidades, todo aquel que trata con la magia se vincula con la misma materia de la que están hechos los sueños. La magia es una experiencia subjetiva, incluso cuando sus efectos puedan verse en el lado objetivo de la realidad. Y en el mundo subjetivo las formas son fluidas, y no existe una respuesta única, las reglas son otras, el tiempo no es lineal, etc. Si intento adaptar los contenidos de mis sueños a las conveniencias del discurso que mi ego quiere defender, es posible que pierda demasiado en la traducción, de hecho, es posible perder lo esencial de la experiencia. Si, además, lo hago en busca de la confirmación o la validación externas de esta experiencia, asumo que no me atrevo a aceptar mi propia Vida sin el permiso previo de cualquier otra persona.

Me resulta imposible fingir que no he crecido en Barcelona, en el siglo XX, que no he pasado la vida recopilando historias mitológicas, que he visto muchas películas y he leído más libros… Puedo soñar prácticamente cualquier cosa y que ésta tenga un significado importante para mí. Tengo sueños temáticos, absurdos, abstractos, sueños que parecen cuentos, sueños anodinos, sueños terribles, y todo tipo de personajes circulan por ellos, como invitaciones que mi alma lanza a la conciencia para invitarla a adentrarse en los territorios ocultos. Puedo trabajar con estos elementos como medicinas específicas para mis dolencias, dentro o fuera de las tradiciones de las que formo parte. Y mi experiencia me hace pensar que posiblemente no sea la única a la que se le presentan oportunidades, incluso soluciones, a las que el ego cierra la puerta antes de tiempo, simplemente porque no encajan con sus lineamientos o tiene miedo que le estropeen la foto.

Aquí sigue Lakshmi, en el significado ultraespecífico que tiene su presencia en mi vida en este momento. No está sola, por supuesto, teniendo en cuenta que la novedad de la temporada es una corte de demonios. También tenemos ponis, por cierto.

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El Otro Fuego

“(…) A penas salimos a los caminos del mundo, nos rodean señales, indicaciones, consejos, más o menos bienintencionados. Nos hacen creer que hay un manual, una fórmula del éxito, y nos describen las opciones que tenemos para concebir ese éxito en cada uno de los ámbitos de nuestra existencia; éxito material, éxito profesional, éxito amoroso, éxito espiritual… Y sin embargo, cuando la llama ha seguido viva durante el suficiente tiempo, llega un momento en el que lo convierte todo en cenizas y nos recuerda que ese será algún día también nuestro destino. Los caminos se retuercen para llevarnos dónde ellos quieren, alejándonos de nosotros mismos; las fórmulas nos van envenenando, volviéndonos cansados, rabiosos, porque al llegar a nuestras metas se convierten en humo, dejando un sabor de fracaso que tratamos de disimular torpemente con las habilidades que hemos ganado en nuestro sendero de extravío, un segundo antes de saltar con avidez a por otro falso logro.

Seas quien seas, vengas de donde vengas, conserva esa llama en ti. Reavívala cuando tengas oportunidad. Llegado el momento, arrasará con las ilusiones que nos alejan de la vida para encajarnos en su teatro de títeres, pintándonos una máscara y escribiendo un guion que nada tiene que ver con lo que llevas dentro, sino con lo que a otros les interesa que repitas. Conserva esa llama que te mantiene con vida, aunque a veces esto suponga un sacrificio, y no sólo un sacrificio material, sino la terrible pérdida de inocencia que implica observar las fuerzas que mueven el mundo, y los dominios que han asentado en tu propia mente.

Conserva esa llama y agradece que en algún momento te arrastre al abismo y te deje allí solo, o sola, sin poder hacer mucho más que pensar si realmente no hay otros caminos a parte de los que ahora has considerado, si no hay objetivos con más significado que aquellos que hasta ahora has perseguido. Conserva esa llama, aunque no puedas hacer más que mantener esos sueños de grandes alas, tan inapropiados a las circunstancias, y por amor a ellos hayas tenido que renunciar al confort de una vida de catálogo, a la seguridad de estar haciendo las cosas bien, o a la aprobación de propios y extraños. Conserva esa llama aunque te duela ver la facilidad con qué las lenguas zalameras se tornan viperinas y las palmaditas en puñaladas, sigue adelante porque ni las unas ni las otras son más que una ilusión. Y aunque una y otra vez te aconsejen, pidan, ordenen o exijan que bajes la cabeza, sigue adelante porque sólo aquello que nos inspira respeto genuino puede enseñarnos algo acerca de la humildad.

Conserva esa llama, deja que sea tu única compañía, tu guía. Interrógala acerca de todo aquello que es necesario corregir o dejar atrás, acerca de todas las heridas que arrastras, acerca de tus propias culpas, acerca de tus frustraciones, acerca de aquello por lo que sea que llegaste a este mundo, acerca de lo que tienes para dar y las maneras de hacerlo, acerca de lo que en verdad necesitas y cómo encontrarlo. Permite que te responda con la sinceridad de un espejo que no encontrarás nunca entre los hombres y no temas sus respuestas, porque nada puede haber que lleves contigo a lo que no estés sobreviviendo en este mismo instante. Y una vez tengas las respuestas, sigue adelante.

Sigue adelante aunque el camino te lleve de paseo a tus propios infiernos, tan aparentemente lejos de todo lo que un día deseaste llegar a tener, conocer o ser. Sigue adelante incluso si un día te pide el sacrificio de los sueños de grandes alas que tanto costó mantener con vida, por los que llegaste aquí, y te abandona, desnudo, delante de una simple puerta. Porque por esa puerta se cruza a la única vida que merece ser vivida, aquella en la que abrazarás lo que tu alma ha buscado por tanto tiempo, creyéndose perdida y maltratada, y su presencia será tan real como te hayas hecho tú en el proceso de deshacerte de todo aquello que nos sobra.(…)”

 ***

 

Así me hablo desde el pasado, en un texto reencontrado. Así me asalta el recuerdo del agónico esfuerzo contra esa ilusión que llamamos mundo, que terminó por vencerme. Tal vez sólo estoy aquí  porque es necesario decir que, aún consumiéndonos por completo en el intento de conservarla, en ocasiones la llama de nuestro ser termina por ahogarse en las brumas ponzoñosas de lo convencional. Que así morimos, aún en vida, derrotados y olvidados de nosotros mismos.

Pero ningún sacrificio genuino puede ser desatendido.

En el abismo profundo existe una oscuridad que abraza cada estrella caída, un silencio cuyo canto hila un nuevo destino. En el seno de los Infiernos remotos la llama vuelve a nacer, con gozo e inocencia renovados. Y es un fuego de otro color, de otra naturaleza, el que ilumina y ciega en un temblor salvaje antes de ser irremediablemente empujado de vuelta a la superficie.

Tal vez sólo estoy aquí porque es necesario decir que siempre hay un sendero, por tortuoso que resulte. Que un fuego inextinguible habita el fondo de las cosas, y sólo aguarda, con paciencia infinita, el momento adecuado para darse a conocer.

Imagen: Franz von Stuck, The Sin (fragmento), 1893.

Una y otra vez, por siempre

 

Una vez más me tiendes tu copa de veneno.
Tus ojos brillan como brasas en la noche,
tu piel es mitad escamas, mitad áspero pelaje.
Como una rama me partiré, una vez más,
bajo la pisada de tus pezuñas.

Destrózame otra vez. Ámame.
Dame una nueva piel, permíteme olvidar.
Estoy cansada, quisiera quedarme aquí.
Yacente, inerme; mi cuerpo una colina
por la que transitan, atareadas, las hormigas.

Bajo la cúpula de las ramas que aún se tienden
al cielo, para alcanzar las estrellas,
aunque ya no se puedan ver.
Sobre los caminos de luz que se adentran
en la Tierra y discurren hacia
los secretos salones del Inframundo.

A veces lo único real es el dolor,
la herida que se abre como un umbral.
Para llevarme aún más lejos.

Muéleme, sóplame en el viento
allí donde van los recuerdos y las hojas muertas.
Entiérrame envuelta en las raíces que añoro,
las que fueron arrancadas.
Derrama en los ríos lo que queda de mí,
vacíame así, hasta adormecer el latido de la angustia.
Y deja que dance para ti, una vez más,
en el corazón del fuego,
flor y llama enlazadas,
convertidas en cenizas,
mientras otro mundo muere.

Devuélveme a la Vida con tu aliento
miel y leche, vino e higos.
Una y otra vez,

por siempre.

Imagen: Pan comforting Psique, Edward Coley Burne-Jones