[TN16] John The Conqueror

Mart
Capítulo XIV
De las virtudes de Marte

Martes, 3 de Diciembre de 2019

Sumidos ya en la oscuridad, aún arde el fuego en el centro de la reunión de los vivos y las sombras. A veces no es necesario ir al encuentro de lo Terrible y lo Maravilloso, porque de vez en cuando, también vienen a tocar a nuestra puerta, y entonces hay que aprestarse a atenderlo como se merece, como un huésped de honor.

Damos la bienvenida al Rey Rojo, y dedicamos un audio especial al tránsito del poderoso y conflictivo Marte por el signo de Escorpio. Es tiempo de hablar de poder, violencia, y otros temas incómodos. Visitaremos el arcano XVI, La Torre. Y por último, de la mano de los escritos de Zora Neale Hurston, nos acercaremos a la tradición Hoodoo para conocer al héroe asociado a la raíz de High John o John the Conqueror.


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Imagen: Cristoforo de Predis, “Marte”, miniatura del códice De Sphaera, ca.1450
Artículo completo de Zora Neale Hurston:  High John de Conquer, American Mercury, 1943.

Nota: El nombre de High John o John The Conqueror presenta muchas variantes, algunas de ellas: John De Conquer, John the Conqueroo, Johnny Cocheroo o Johnny Conqueroo, además de la traducción hispana como “Juan el Conquistador”.

 

[EP 110] – Brujería y Territorio

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La brujería demanda cuestionar a cada paso, cada lección o noción aprendida acerca de lo que tanto nosotros, como el mundo que nos rodea, somos. Empezamos cuestionando qué significa ser humano, cuáles son nuestras posibilidades reales, y a medida que tiramos del hilo vamos descubriendo una realidad oculta, refugiada tal vez, bajo la apariencia de lo más cotidiano. Tarde o temprano en esta búsqueda reencontramos la noción del Territorio.

En el programa de hoy hablamos de brujería tradicional y su relación con el Territorio, os contamos de dónde surgió la iniciativa TERRA, cómo está planeada, y cómo podéis inscribiros. Por último, relatamos un cuento iroqués: “El viejo al que atacaban todas las enfermedades”.

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0 Al Este del Sol, al Oeste de la Luna 0

reginald knowles

Hubo un tiempo en el que aceptar que nunca podemos dar por cierto que veremos otra primavera era más sencillo. En aquel pasado, el paisaje era el escenario, y no había otra iluminación que la proporcionada por el sol, la luna o el fuego. La huella viva en la memoria de lo terrible y maravilloso hacia incecesarios trucos y embelesamientos. En esas noches crueles y bellísimas hombres, mujeres y todo tipo de espírituas y criaturas se reunían, y así mismo se reunían sus glorias y sus miserias, y compartían las historias que hacían de su vida algo más que mera supervivencia.

Aún hoy, si por algún motivo nos vemos momentáneamente liberados de las redes del convencionalismo, notamos cómo cuando la oscuridad gana terreno, y el frío araña los cristales de nuestras ventanas, renace un impulso al relato, al tejido común de la palabra sobre el silencio helado. Un sombrío mendigo, anciano y ranqueante, toca a nuestra puerta y si decidimos darle cobijo, descubrimos que lo sigue un desfile interminable de recuerdos, una corte innumerable de historias que, siendo ajenas, podemos reconocer y, siendo nuestras, no nos pertenecen por completo.

Un programa largo y relativamente denso, como los platos que se cocinan en invierno y por los mismos motivos. Dos cuentos noruegos nos servirán de guía en este recorrido por las noches más oscuras del año: Al Este del Sol, al Oeste de la Luna y Valemon el Rey Oso Blanco, compilados por los folkloristas Peter Christen Asbjørnsen y Jørigen Moe, y publicados por primera vez en 1841.

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Imagen: Reginald L. Knowles y Horace J. Knowles, para Norse Fairy Tales, 1910

El Mirall Màgic / El Espejo Mágico

Presente desde la antiguedad en el inventario de las herramientas mágicas, las aplicaciones operativas del espejo son extensas y variadas y van más allá de sus usos folclóricos como objeto protector y propiciatorio, o como componente en la fabricación de talismanes más elaborados. Empleado con conocimiento y comprensión de sus facetas más profundas, el espejo en contexto ritual tiene la propiedad de potenciar los efectos de la conjuración y la clarividencia, y puede jugar un papel clave en la comunicación con espíritus y potencias, así como en iniciaciones y ritos de paso. […]

a través de El Mirall Màgic / El Espejo Mágico — El Gremi de l’Art

Diotima acerca de Eros, Platón

Eugène Médard (French, 1847-1887), L_Amour et Psyche

–   ¿Ves, pues – dijo ella-, que tampoco tú consideras dios a Eros?

–   ¿Qué puede ser, entonces, Eros? – dije yo- ¿Un mortal?

–   En absoluto.

–   ¿Pues qué entonces?

–    Como en los ejemplos anteriores – dijo- algo intermedio entre lo mortal y lo inmortal.

–    ¿Y qué es ello, Diotima?

–    Un gran demon, Sócrates. Pues también todo lo demónico está entre la divinidad y lo mortal.

– ¿Y qué poder tiene? – dije yo.

– Interpreta y comunica a los dioses las cosas de los hombres y a los hombres las de los dioses, súplicas y sacrificios de los unos, y de los otros órdenes y recompensas por los sacrificios. Al estar en medio de unos y otros llena el espacio entre ambos, de suerte que todo queda unido consigo mismo como un continuo. A través de él funciona toda la adivinación y el arte de los sacerdotes relativa tanto a los sacrificios como a los ritos, ensalmos, toda clase de mántica y la magia. La divinidad no tiene contacto con el hombre, sino que es a través de este demon como se produce todo contacto entre dioses y hombres, tanto como si están despiertos como si están durmiendo. Y así, el que es sabio en tales materias es un hombre demónico, mientras que el que lo es en cualquier otra cosa, ya sea en las artes o en los trabajos manuales, es un simple artesano. Estos démones, en efecto, son numerosos y de todas clases, y uno de ellos es también Eros.

Platón, El Banquete, ca. 385–370 a.n.e.

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Imagen: Eugène Médard (1847-1887), L’Amour et Psyche.

No debe usted…, Hermann Hesse

'Pomegranate'. Hades and Persephone.

“No debe usted entregarse a deseos en los que no cree. Sé lo que desea. Pero tiene que saber renunciar a esos deseos o desearlos de verdad. Cuando llegue a pedir con la plena seguridad de que su deseo va a ser cumplido, éste será satisfecho. Sin embargo, usted desea y al mismo tiempo se arrepiente de ello con miedo. Hay que superar eso.”

Hermann Hesse, Demian, 1919
Imagen: Pommegranate, Zelda Devon

TN 02 – El oro de las hadas

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Capítulo II
Donde se habla de cosas que no son lo que parecen

Bienvenidos a la Torre Negra, en el capítulo de hoy hablaremos del oro de las hadas. Cómo se gana, cómo se trae del Otro Mundo, cómo se desvanece al amanecer, o nos transforma por completo… Y además, del sabor a queso y los filtros de instagram. Con el cuento de Madre Holda, y la leyenda de les Dones d’Aigua de les Estunes.

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TN 01 – Pies de cabra

Capítulo I
Donde se presenta un Experimento

Bienvenidos a la Torre Negra…

Encontrad un rincón cómodo entre estos muros de piedra antigua, cerca del fuego, y escuchad, porque para explicar dónde estamos y qué hacemos aquí, empezaré contándoos una historia. Porque, cómo sabéis, todas las historias, todos los cuentos, todas las leyendas tienen varias versiones. Y aquella que nos llega, que resuena en nosotros, que nos acompaña a lo largo del tiempo, es la que se encargará de abrir o cerrar determinadas puertas. Vayamos al encuentro de lo Terrible y lo Maravilloso.


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Lo Maravilloso, Alejo Capentier

Wifredo Lam, el rumor de la tierra, 1950

“Lo maravilloso, buscado a través de los viejos clisés de la selva de Brocelianda, de los caballeros de la Mesa Redonda, del encantador Merlín y del ciclo de Arturo. Lo maravilloso, pobremente sugerido por los oficios y deformidades de los personajes de feria —¿no se cansarán los jóvenes poetas franceses de los fenómenos y payasos de la fête foraine, de los que ya Rimbaud se había despedido en su Alquimia del Verbo?—. Lo maravilloso, obtenido con trucos de prestidigitación, reuniéndose objetos que para nada suelen encontrarse: la vieja y embustera historia del encuentro fortuito del paraguas y de la máquina de coser sobre una mesa de disección, generador de las cucharas de armiño, los caracoles en el taxi pluvioso, la cabeza de león en la pelvis de una viuda, de las exposiciones surrealistas. O, todavía, lo maravilloso literario: el rey de la Julieta de Sade, el supermacho de Jarry, el monje de Lewis, la utilería escalofriante de la novela negra inglesa: fantasmas, sacerdotes emparedados, licantropías, manos clavadas sobre la puerta de un castillo.

Pero, a fuerza de querer suscitar lo maravilloso a todo trance, los taumaturgos se hacen burócratas. Invocado por medio de fórmulas consabidas que hacen de ciertas pinturas un monótono baratillo de relojes amelcochados, de maniquíes de costurera, de vagos monumentos fálicos, lo maravilloso se queda en paraguas o langosta o máquina de coser, o lo que sea, sobre una mesa de disección, en el interior de un cuarto triste, en un desierto de rocas. Pobreza imaginativa, decía Unamuno, es aprenderse códigos de memoria. Y hoy existen códigos de lo fantástico, basados en el principio del burro devorado por un higo, propuesto por los Cantos de Maldoror como suprema inversión de la realidad, a los que debemos muchos «niños amenazados por ruiseñores», o los «caballos devorando pájaros» de André Masson. Pero obsérvese que cuando André Masson quiso dibujar la selva de la isla de Martinica, con el increíble entrelazamiento de sus plantas y la obscena promiscuidad de ciertos frutos, la maravillosa verdad del asunto devoró al pintor, dejándolo poco menos que impotente frente al papel en blanco. (…)

Pero es que muchos se olvidan, con disfrazarse de magos a poco costo, que lo maravilloso comienza a serlo de manera inequívoca cuando surge de una alteración de la realidad (el milagro), de una revelación privilegiada de la realidad, de una iluminación inhabitual o singularmente favorecedora de las inadvertidas riquezas de la realidad, de una ampliación de las escalas y categorías de la realidad, percibidas con particular intensidad en virtud de una exaltación del espíritu que lo conduce a un modo de «estado límite». Para empezar, la sensación de lo maravilloso presupone una fe. Los que no creen en santos no pueden curarse con milagros de santos, ni los que no son Quijotes pueden meterse, en cuerpo, alma y bienes, en el mundo de Amadís de Gaula o Tirante el Blanco. Prodigiosamente fidedignas resultan ciertas frases de Rutilio en Los trabajos de Persiles y Segismunda, acerca de hombres transformados en lobos, porque en tiempos de Cervantes se creía en gentes aquejadas de manía lupina. Asimismo el viaje del personaje, desde Toscana a Noruega, sobre el manto de una bruja. Marco Polo admitía que ciertas aves volaran llevando elefantes entre las garras, y Lutero vio de frente al demonio a cuya cabeza arrojó un tintero. Víctor Hugo, tan explotado por los tenedores de libros de lo maravilloso, creía en aparecidos, porque estaba seguro de haber hablado, en Guernesey, con el fantasma de Leopoldina. A Van Gogh bastaba con tener fe en el Girasol, para fijar su revelación en una tela. De ahí que lo maravilloso invocado en el descreimiento —como lo hicieron los surrealistas durante tantos años— nunca fue sino una artimaña literaria, tan aburrida, al prolongarse, como cierta literatura onírica «arreglada», ciertos elogios de la locura, de los que estamos muy de vuelta. No por ello va a darse la razón, desde luego, a determinados partidarios de un regreso a lo real —término que cobra, entonces, un significado gregariamente político—, que no hacen sino sustituir los trucos del prestidigitador por los lugares comunes del literato «enrolado» o el escatológico regodeo de ciertos existencialistas. Pero es indudable que hay escasa defensa para poetas y artistas que loan el sadismo sin practicarlo, admiran el supermacho por impotencia, invocan espectros sin creer que respondan a los ensalmos, y fundan sociedades secretas, sectas literarias, grupos vagamente filosóficos, con santos y señas y arcanos fines —nunca alcanzados—, sin ser capaces de concebir una mística válida ni de abandonar los más mezquinos hábitos para jugarse el alma sobre la temible carta de una fe.

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Alejo Carpentier, Prólogo a El Reino de este Mundo,  1949
Imagen: Wifredo Lam, El rumor de la tierra, 1950

La rosa de Paracelso, J.L. Borges

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Nunca se sabe de dónde puede llegarnos una buena historia. Había en el mercado de Coyoacan – quiero creer que allí sigue- una pequeña herboristeria prodigiosa, en la que entre otros implementos para la vida bruja comprábamos cierto tipo de velas que no he vuelto a encontrar. En recipientes de cristal, quemaban limpias durante horas y horas, tiñendo suavemente el aire con sus aromas; coco, guayaba, vainilla, limon, canela, alumbre, rosa… Cada semana íbamos a buscar una o dos, y aunque lo cierto es que funcionaban muy bien para el trabajo mágico, muchas veces lo hacíamos simplemente por el placer de encenderlas, observar la danza de su llama y respirar aquellas fragancias. Es posible que las cosas funcionaran aún mejor entonces.
En cualquier caso, en una de aquellas etiquetas tan poco pretenciosas, concretamente la que pertenecía a la rosa, en lugar de las oraciones o instrucciones que suelen acompañar este tipo de productos, se escondía agazapada en un anónimo resumen la historia de “la rosa de Paracelso”, que yo reencontraría más tarde en la forma literaria, supongo que original, de Borges.

Hay historias que nos esperan o nos buscan. Me alegro de haberla encontrado en aquella etiqueta, en vez de entre las páginas de un libro, que es donde les han contado a las historias que deben estar. Así sé – o me convenzo- que era para mí, que también a veces busco y espero agazapada en lugares insospechados. Cada inusual encuentro me parece digno de celebración.

La Rosa de Parcelso

“En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del sótano, Paracelso pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo. Atardecía. El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares. Levantarse para encender la lámpara de hierro era demasiado trabajo. Paracelso, distraído por la fatiga, olvidó su plegaria. La noche había borrado los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta. El hombre, soñoliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de sus hojas. Entró un desconocido. También estaba muy cansado. Paracelso le indicó un banco; el otro se sentó y esperó. Durante un tiempo no cambiaron una palabra.

El maestro fue el primero que habló.

-Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente -dijo no sin cierta pompa-. No recuerdo la tuya. ¿Quién eres y qué deseas de mí?

-Mi nombre es lo de menos -replicó el otro-. Tres días y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis haberes.

Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa. Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le había dado la espalda para encender la lámpara. Cuando se dio vuelta advirtió que la mano izquierda sostenía una rosa. La rosa lo inquietó.

Se recostó, juntó la punta de los dedos y dijo:

-Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no serás nunca mi discípulo.

-El oro no me importa -respondió el otro-. Estas monedas no son más que una prueba de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer a tu lado el camino que conduce a la Piedra.

Paracelso dijo con lentitud:

-El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta.

El otro lo miró con recelo. Dijo con voz distinta:

-Pero, ¿hay una meta?

Paracelso se rió.

-Mis detractores, que no son menos numerosos que estúpidos, dicen que no y me llaman un impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que «hay» un Camino.

Hubo un silencio, y dijo el otro:

-Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos años. Déjame cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino.

-¿Cuándo? -dijo con inquietud Paracelso.

-Ahora mismo- dijo con brusca decisión el discípulo.

Habían empezado hablando en latín; ahora en alemán.

El muchacho elevó en el aire la rosa.

-Es fama -dijo- que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi vida entera.

-Eres muy crédulo -dijo el maestro-. No he menester de la credulidad; exijo la fe.

El otro insistió.

-Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la resurrección de la rosa.

Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con ella.

-Eres crédulo -dijo-. ¿Dices que soy capaz de destruirla?

-Nadie es incapaz de destruirla- dijo el discípulo.

-Estás equivocado. ¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿Crees que el primer Adán en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba?

-No estamos en el Paraíso -dijo tercamente el muchacho-; aquí, bajo la luna, todo es mortal.

Paracelso se había puesto en pie.

-¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso?

-Una rosa puede quemarse -dijo con desafío el discípulo.

-Aún queda fuego en la chimenea -dijo Paracelso-. Si arrojaras esta rosa a las brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa es eterna y que sólo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que la vieras de nuevo.

-¿Una palabra? -dijo con extrañeza el discípulo-. El atanor está apagado y están llenos de polvo los alambiques. ¿Qué harías para que resurgiera?

Paracelso le miró con tristeza.

-El atanor está apagado -repitió- y están llenos de polvo los alambiques. En este tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos.

-No me atrevo a preguntar cuáles son -dijo el otro con astucia o con humildad.

-Hablo del que usó la divinidad para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraíso en que estamos y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseña la ciencia de la Cábala.

El discípulo dijo con frialdad:

-Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de la rosa. No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo.

Paracelso reflexionó. Al cabo dijo:

-Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas. Deja, pues, la rosa.

El joven lo miró, siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo:

-Además, ¿quién eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ¿Qué has hecho para merecer semejante don?

El otro replicó tembloroso:

-Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos años que estudiaré a tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la rosa. No te pediré nada más. Creeré en el testimonio de mis ojos.

Tomó con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso había dejado sobre el pupitre y la arrojó a las llamas. El color se perdió y sólo quedó un poco de ceniza. Durante un instante infinito esperó las palabras y el milagro.

Paracelso no se había inmutado. Dijo con curiosa llaneza:

-Todos los médicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador. Quizá están en lo cierto. Ahí está la ceniza que fue la rosa y que no lo será.

El muchacho sintió vergüenza. Paracelso era un charlatán o un mero visionario y él, un intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes mágicas eran vanas.

Se arrodilló, y le dijo:

-He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor exigía de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea más fuerte y seré tu discípulo y al cabo del Camino veré la rosa.

Hablaba con genuina pasión, pero esa pasión era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿Quién era él, Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no había nadie?

Dejarle las monedas de oro sería una limosna. Las retomó al salir. Paracelso lo acompañó hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre sería bienvenido. Ambos sabían que no volverían a verse.

Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja. La rosa resurgió. ”

J.L. Borges, La memoria de Shakespeare, 1983

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Imagen: Edward Burne-Jones, The Pilgrim and the Heart of the Rose, 1890