0 Al Este del Sol, al Oeste de la Luna 0

reginald knowles

Hubo un tiempo en el que aceptar que nunca podemos dar por cierto que veremos otra primavera era más sencillo. En aquel pasado, el paisaje era el escenario, y no había otra iluminación que la proporcionada por el sol, la luna o el fuego. La huella viva en la memoria de lo terrible y maravilloso hacia incecesarios trucos y embelesamientos. En esas noches crueles y bellísimas hombres, mujeres y todo tipo de espírituas y criaturas se reunían, y así mismo se reunían sus glorias y sus miserias, y compartían las historias que hacían de su vida algo más que mera supervivencia.

Aún hoy, si por algún motivo nos vemos momentáneamente liberados de las redes del convencionalismo, notamos cómo cuando la oscuridad gana terreno, y el frío araña los cristales de nuestras ventanas, renace un impulso al relato, al tejido común de la palabra sobre el silencio helado. Un sombrío mendigo, anciano y ranqueante, toca a nuestra puerta y si decidimos darle cobijo, descubrimos que lo sigue un desfile interminable de recuerdos, una corte innumerable de historias que, siendo ajenas, podemos reconocer y, siendo nuestras, no nos pertenecen por completo.

Un programa largo y relativamente denso, como los platos que se cocinan en invierno y por los mismos motivos. Dos cuentos noruegos nos servirán de guía en este recorrido por las noches más oscuras del año: Al Este del Sol, al Oeste de la Luna y Valemon el Rey Oso Blanco, compilados por los folkloristas Peter Christen Asbjørnsen y Jørigen Moe, y publicados por primera vez en 1841.

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Imagen: Reginald L. Knowles y Horace J. Knowles, para Norse Fairy Tales, 1910

El Mirall Màgic / El Espejo Mágico

Presente desde la antiguedad en el inventario de las herramientas mágicas, las aplicaciones operativas del espejo son extensas y variadas y van más allá de sus usos folclóricos como objeto protector y propiciatorio, o como componente en la fabricación de talismanes más elaborados. Empleado con conocimiento y comprensión de sus facetas más profundas, el espejo en contexto ritual tiene la propiedad de potenciar los efectos de la conjuración y la clarividencia, y puede jugar un papel clave en la comunicación con espíritus y potencias, así como en iniciaciones y ritos de paso. […]

a través de El Mirall Màgic / El Espejo Mágico — El Gremi de l’Art

Diotima acerca de Eros, Platón

Eugène Médard (French, 1847-1887), L_Amour et Psyche

–   ¿Ves, pues – dijo ella-, que tampoco tú consideras dios a Eros?

–   ¿Qué puede ser, entonces, Eros? – dije yo- ¿Un mortal?

–   En absoluto.

–   ¿Pues qué entonces?

–    Como en los ejemplos anteriores – dijo- algo intermedio entre lo mortal y lo inmortal.

–    ¿Y qué es ello, Diotima?

–    Un gran demon, Sócrates. Pues también todo lo demónico está entre la divinidad y lo mortal.

– ¿Y qué poder tiene? – dije yo.

– Interpreta y comunica a los dioses las cosas de los hombres y a los hombres las de los dioses, súplicas y sacrificios de los unos, y de los otros órdenes y recompensas por los sacrificios. Al estar en medio de unos y otros llena el espacio entre ambos, de suerte que todo queda unido consigo mismo como un continuo. A través de él funciona toda la adivinación y el arte de los sacerdotes relativa tanto a los sacrificios como a los ritos, ensalmos, toda clase de mántica y la magia. La divinidad no tiene contacto con el hombre, sino que es a través de este demon como se produce todo contacto entre dioses y hombres, tanto como si están despiertos como si están durmiendo. Y así, el que es sabio en tales materias es un hombre demónico, mientras que el que lo es en cualquier otra cosa, ya sea en las artes o en los trabajos manuales, es un simple artesano. Estos démones, en efecto, son numerosos y de todas clases, y uno de ellos es también Eros.

Platón, El Banquete, ca. 385–370 a.n.e.

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Imagen: Eugène Médard (1847-1887), L’Amour et Psyche.

No debe usted…, Hermann Hesse

'Pomegranate'. Hades and Persephone.

“No debe usted entregarse a deseos en los que no cree. Sé lo que desea. Pero tiene que saber renunciar a esos deseos o desearlos de verdad. Cuando llegue a pedir con la plena seguridad de que su deseo va a ser cumplido, éste será satisfecho. Sin embargo, usted desea y al mismo tiempo se arrepiente de ello con miedo. Hay que superar eso.”

Hermann Hesse, Demian, 1919
Imagen: Pommegranate, Zelda Devon

TN 02 – El oro de las hadas

Ludwig_Richter-The_Star_Money-2-1862

Capítulo II
Donde se habla de cosas que no son lo que parecen

Bienvenidos a la Torre Negra, en el capítulo de hoy hablaremos del oro de las hadas. Cómo se gana, cómo se trae del Otro Mundo, cómo se desvanece al amanecer, o nos transforma por completo… Y además, del sabor a queso y los filtros de instagram. Con el cuento de Madre Holda, y la leyenda de les Dones d’Aigua de les Estunes.

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TN 01 – Pies de cabra

Capítulo I
Donde se presenta un Experimento

Bienvenidos a la Torre Negra…

Encontrad un rincón cómodo entre estos muros de piedra antigua, cerca del fuego, y escuchad, porque para explicar dónde estamos y qué hacemos aquí, empezaré contándoos una historia. Porque, cómo sabéis, todas las historias, todos los cuentos, todas las leyendas tienen varias versiones. Y aquella que nos llega, que resuena en nosotros, que nos acompaña a lo largo del tiempo, es la que se encargará de abrir o cerrar determinadas puertas. Vayamos al encuentro de lo Terrible y lo Maravilloso.


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Lo Maravilloso, Alejo Capentier

Wifredo Lam, el rumor de la tierra, 1950

“Lo maravilloso, buscado a través de los viejos clisés de la selva de Brocelianda, de los caballeros de la Mesa Redonda, del encantador Merlín y del ciclo de Arturo. Lo maravilloso, pobremente sugerido por los oficios y deformidades de los personajes de feria —¿no se cansarán los jóvenes poetas franceses de los fenómenos y payasos de la fête foraine, de los que ya Rimbaud se había despedido en su Alquimia del Verbo?—. Lo maravilloso, obtenido con trucos de prestidigitación, reuniéndose objetos que para nada suelen encontrarse: la vieja y embustera historia del encuentro fortuito del paraguas y de la máquina de coser sobre una mesa de disección, generador de las cucharas de armiño, los caracoles en el taxi pluvioso, la cabeza de león en la pelvis de una viuda, de las exposiciones surrealistas. O, todavía, lo maravilloso literario: el rey de la Julieta de Sade, el supermacho de Jarry, el monje de Lewis, la utilería escalofriante de la novela negra inglesa: fantasmas, sacerdotes emparedados, licantropías, manos clavadas sobre la puerta de un castillo.

Pero, a fuerza de querer suscitar lo maravilloso a todo trance, los taumaturgos se hacen burócratas. Invocado por medio de fórmulas consabidas que hacen de ciertas pinturas un monótono baratillo de relojes amelcochados, de maniquíes de costurera, de vagos monumentos fálicos, lo maravilloso se queda en paraguas o langosta o máquina de coser, o lo que sea, sobre una mesa de disección, en el interior de un cuarto triste, en un desierto de rocas. Pobreza imaginativa, decía Unamuno, es aprenderse códigos de memoria. Y hoy existen códigos de lo fantástico, basados en el principio del burro devorado por un higo, propuesto por los Cantos de Maldoror como suprema inversión de la realidad, a los que debemos muchos «niños amenazados por ruiseñores», o los «caballos devorando pájaros» de André Masson. Pero obsérvese que cuando André Masson quiso dibujar la selva de la isla de Martinica, con el increíble entrelazamiento de sus plantas y la obscena promiscuidad de ciertos frutos, la maravillosa verdad del asunto devoró al pintor, dejándolo poco menos que impotente frente al papel en blanco. (…)

Pero es que muchos se olvidan, con disfrazarse de magos a poco costo, que lo maravilloso comienza a serlo de manera inequívoca cuando surge de una alteración de la realidad (el milagro), de una revelación privilegiada de la realidad, de una iluminación inhabitual o singularmente favorecedora de las inadvertidas riquezas de la realidad, de una ampliación de las escalas y categorías de la realidad, percibidas con particular intensidad en virtud de una exaltación del espíritu que lo conduce a un modo de «estado límite». Para empezar, la sensación de lo maravilloso presupone una fe. Los que no creen en santos no pueden curarse con milagros de santos, ni los que no son Quijotes pueden meterse, en cuerpo, alma y bienes, en el mundo de Amadís de Gaula o Tirante el Blanco. Prodigiosamente fidedignas resultan ciertas frases de Rutilio en Los trabajos de Persiles y Segismunda, acerca de hombres transformados en lobos, porque en tiempos de Cervantes se creía en gentes aquejadas de manía lupina. Asimismo el viaje del personaje, desde Toscana a Noruega, sobre el manto de una bruja. Marco Polo admitía que ciertas aves volaran llevando elefantes entre las garras, y Lutero vio de frente al demonio a cuya cabeza arrojó un tintero. Víctor Hugo, tan explotado por los tenedores de libros de lo maravilloso, creía en aparecidos, porque estaba seguro de haber hablado, en Guernesey, con el fantasma de Leopoldina. A Van Gogh bastaba con tener fe en el Girasol, para fijar su revelación en una tela. De ahí que lo maravilloso invocado en el descreimiento —como lo hicieron los surrealistas durante tantos años— nunca fue sino una artimaña literaria, tan aburrida, al prolongarse, como cierta literatura onírica «arreglada», ciertos elogios de la locura, de los que estamos muy de vuelta. No por ello va a darse la razón, desde luego, a determinados partidarios de un regreso a lo real —término que cobra, entonces, un significado gregariamente político—, que no hacen sino sustituir los trucos del prestidigitador por los lugares comunes del literato «enrolado» o el escatológico regodeo de ciertos existencialistas. Pero es indudable que hay escasa defensa para poetas y artistas que loan el sadismo sin practicarlo, admiran el supermacho por impotencia, invocan espectros sin creer que respondan a los ensalmos, y fundan sociedades secretas, sectas literarias, grupos vagamente filosóficos, con santos y señas y arcanos fines —nunca alcanzados—, sin ser capaces de concebir una mística válida ni de abandonar los más mezquinos hábitos para jugarse el alma sobre la temible carta de una fe.

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Alejo Carpentier, Prólogo a El Reino de este Mundo,  1949
Imagen: Wifredo Lam, El rumor de la tierra, 1950

La rosa de Paracelso, J.L. Borges

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Nunca se sabe de dónde puede llegarnos una buena historia. Había en el mercado de Coyoacan – quiero creer que allí sigue- una pequeña herboristeria prodigiosa, en la que entre otros implementos para la vida bruja comprábamos cierto tipo de velas que no he vuelto a encontrar. En recipientes de cristal, quemaban limpias durante horas y horas, tiñendo suavemente el aire con sus aromas; coco, guayaba, vainilla, limon, canela, alumbre, rosa… Cada semana íbamos a buscar una o dos, y aunque lo cierto es que funcionaban muy bien para el trabajo mágico, muchas veces lo hacíamos simplemente por el placer de encenderlas, observar la danza de su llama y respirar aquellas fragancias. Es posible que las cosas funcionaran aún mejor entonces.
En cualquier caso, en una de aquellas etiquetas tan poco pretenciosas, concretamente la que pertenecía a la rosa, en lugar de las oraciones o instrucciones que suelen acompañar este tipo de productos, se escondía agazapada en un anónimo resumen la historia de “la rosa de Paracelso”, que yo reencontraría más tarde en la forma literaria, supongo que original, de Borges.

Hay historias que nos esperan o nos buscan. Me alegro de haberla encontrado en aquella etiqueta, en vez de entre las páginas de un libro, que es donde les han contado a las historias que deben estar. Así sé – o me convenzo- que era para mí, que también a veces busco y espero agazapada en lugares insospechados. Cada inusual encuentro me parece digno de celebración.

La Rosa de Parcelso

“En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del sótano, Paracelso pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo. Atardecía. El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares. Levantarse para encender la lámpara de hierro era demasiado trabajo. Paracelso, distraído por la fatiga, olvidó su plegaria. La noche había borrado los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta. El hombre, soñoliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de sus hojas. Entró un desconocido. También estaba muy cansado. Paracelso le indicó un banco; el otro se sentó y esperó. Durante un tiempo no cambiaron una palabra.

El maestro fue el primero que habló.

-Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente -dijo no sin cierta pompa-. No recuerdo la tuya. ¿Quién eres y qué deseas de mí?

-Mi nombre es lo de menos -replicó el otro-. Tres días y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis haberes.

Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa. Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le había dado la espalda para encender la lámpara. Cuando se dio vuelta advirtió que la mano izquierda sostenía una rosa. La rosa lo inquietó.

Se recostó, juntó la punta de los dedos y dijo:

-Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no serás nunca mi discípulo.

-El oro no me importa -respondió el otro-. Estas monedas no son más que una prueba de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer a tu lado el camino que conduce a la Piedra.

Paracelso dijo con lentitud:

-El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta.

El otro lo miró con recelo. Dijo con voz distinta:

-Pero, ¿hay una meta?

Paracelso se rió.

-Mis detractores, que no son menos numerosos que estúpidos, dicen que no y me llaman un impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que «hay» un Camino.

Hubo un silencio, y dijo el otro:

-Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos años. Déjame cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino.

-¿Cuándo? -dijo con inquietud Paracelso.

-Ahora mismo- dijo con brusca decisión el discípulo.

Habían empezado hablando en latín; ahora en alemán.

El muchacho elevó en el aire la rosa.

-Es fama -dijo- que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi vida entera.

-Eres muy crédulo -dijo el maestro-. No he menester de la credulidad; exijo la fe.

El otro insistió.

-Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la resurrección de la rosa.

Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con ella.

-Eres crédulo -dijo-. ¿Dices que soy capaz de destruirla?

-Nadie es incapaz de destruirla- dijo el discípulo.

-Estás equivocado. ¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿Crees que el primer Adán en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba?

-No estamos en el Paraíso -dijo tercamente el muchacho-; aquí, bajo la luna, todo es mortal.

Paracelso se había puesto en pie.

-¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso?

-Una rosa puede quemarse -dijo con desafío el discípulo.

-Aún queda fuego en la chimenea -dijo Paracelso-. Si arrojaras esta rosa a las brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa es eterna y que sólo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que la vieras de nuevo.

-¿Una palabra? -dijo con extrañeza el discípulo-. El atanor está apagado y están llenos de polvo los alambiques. ¿Qué harías para que resurgiera?

Paracelso le miró con tristeza.

-El atanor está apagado -repitió- y están llenos de polvo los alambiques. En este tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos.

-No me atrevo a preguntar cuáles son -dijo el otro con astucia o con humildad.

-Hablo del que usó la divinidad para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraíso en que estamos y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseña la ciencia de la Cábala.

El discípulo dijo con frialdad:

-Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de la rosa. No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo.

Paracelso reflexionó. Al cabo dijo:

-Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas. Deja, pues, la rosa.

El joven lo miró, siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo:

-Además, ¿quién eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ¿Qué has hecho para merecer semejante don?

El otro replicó tembloroso:

-Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos años que estudiaré a tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la rosa. No te pediré nada más. Creeré en el testimonio de mis ojos.

Tomó con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso había dejado sobre el pupitre y la arrojó a las llamas. El color se perdió y sólo quedó un poco de ceniza. Durante un instante infinito esperó las palabras y el milagro.

Paracelso no se había inmutado. Dijo con curiosa llaneza:

-Todos los médicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador. Quizá están en lo cierto. Ahí está la ceniza que fue la rosa y que no lo será.

El muchacho sintió vergüenza. Paracelso era un charlatán o un mero visionario y él, un intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes mágicas eran vanas.

Se arrodilló, y le dijo:

-He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor exigía de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea más fuerte y seré tu discípulo y al cabo del Camino veré la rosa.

Hablaba con genuina pasión, pero esa pasión era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿Quién era él, Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no había nadie?

Dejarle las monedas de oro sería una limosna. Las retomó al salir. Paracelso lo acompañó hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre sería bienvenido. Ambos sabían que no volverían a verse.

Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja. La rosa resurgió. ”

J.L. Borges, La memoria de Shakespeare, 1983

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Imagen: Edward Burne-Jones, The Pilgrim and the Heart of the Rose, 1890

El Censor

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Estamos en octubre de 2012, en México D.F. Mientras el mundo fantasea con su fin, limpio a conciencia la casa, y me preparo para celebrar Samhain y el Día de Muertos al mismo tiempo. Una parte de mí sabe perfectamente que no hay contradicción en esto, pero a menudo no es fácil de explicar, así que guardo silencio al respecto. La casa en la que vivo está en una colonia de sombría reputación y carece de suelo, pero el altar se verá majestuoso presidido por la cornamenta de venado rescatada de la buhardilla de mi jefa hace sólo unos días, qué casualidad. La miro y me recuerda a Niño Roto, y me hace pensar cómo, a veces, me gustaría que me llevara al otro lado, aún más lejos.

Me encanta preparar el Altar de Muertos. Voy y vengo como una abeja, completamente entregada a la labor, olvidada de mí misma. Es como tener diez años otra vez, sólo que algo retorcidos por el curso de la vida. Salgo al mercado a por papel picado y flores de cempasúchil. Y de camino la veo por el rabillo del ojo, sobre una sábana vieja, entre un montón de baratijas, restos de producción y trastos de segunda o tercera mano. Dorada y sonriente sobre la flor de loto, cuatro brazos. No la puedo identificar, pero es sin duda una divinidad hindú. En ese momento no pienso, sino siento, que ése no es su lugar, que no debe estar allí, y lo siento prácticamente como una ofensa. Sigo caminando.

Vuelvo a buscarla. Finjo desinterés, y pronto la tengo en mis manos por un precio irrisorio. Es ligera, pero aún así un gran peso. Yo no creo en los dioses, no en el sentido en que otros lo hacen; los dioses para mí son algo distante que de vez en cuando nos observa con curiosidad… Y sin embargo, la figurilla despierta en mí una idolatría insospechada; me acosa la necesidad de darle un lugar de honor, de ofrecerle velas e inciensos, de contemplar en silencio su belleza.

Al mismo tiempo, me siento ridícula por ello.

Investigo, cómo no. Es una imagen de Lakshmi. Cada año, por estas fechas, en India celebra el festival Diwali, en cierto modo un año nuevo. Entre otras tradiciones, las amas de casa limpian sus hogares y preparan altares para recibir a Lakshmi con alfombras de flores, incienso y lamparillas. Pienso “Ok, también es nuestro año nuevo; tenemos aquí un altar fabuloso, con flores y velas que señalan el camino para recibir la Visita. Posiblemente es lo más cercano que encuentres a un hogar, y desde luego es mejor que la acera de la calle”.

Preparo para ella un pequeño altar aparte, no vayamos a mezclar más. Algo después, durante la celebración del 31 de octubre, recibo un mensaje muy claro que viene de ella: “Cruzarás un océano“. Me toma por sorpresa, lo interpreto como algo simbólico, por supuesto. Tres meses más tarde estoy bajando del avión; cargo con mi gato, el portátil y la figurilla de Lakshmi, de vuelta definitiva a Barcelona.  He perdido todo lo que creía que era mi vida, estoy destrozada. Y aún así…

Sé, aunque a mi ego le cueste admitirlo y lo experimente a través de una terrible desolación, que yo tampoco estaba en el lugar más adecuado para mí. Que, a pesar de pretender que todo iba bien, vivía para trabajar y aún así costaba llegar a fin de mes, que nunca habría esfuerzo suficiente de mi parte para que aquella casa funcionara correctamente, que mi pareja estaba repartiendo su atención en mil asuntos, pero no en nuestros proyectos comunes – incluida nuestra relación -, y que todo aquello se robaba la energía que necesitaba para los propios, además de haber afectado muy seriamente a mi salud. (Aquí mis patrones, esto no ha pasado sólo una vez…).

De forma que, a pesar de la resistencia de mi ego, entiendo que lo que sea que anime a esa misteriosa figurilla, ha decidido hacer por mí lo que yo hice por ella, sacarme de donde estaba, llevarme a una vida mejor, por más que se sienta como una muerte.

***

En los meses que siguieron a mi regreso a Barcelona, viví una suerte de gozoso renacimiento, mi salud se reestableció como por arte de magia, me reencontré con viejos compañeros de viaje, conocí algunos nuevos, surgieron muchos proyectos, encontré algo parecido a un hogar y – lo más importante- amé y fui amada con una intensidad nunca antes conocida. Todo el proceso tuvo sus momentos de dificultad, sin embargo, muchas veces parecía increíble estar accediendo a cuotas de felicidad tan altas.

Ahora vamos a ver cuán fuerte puede ser la resistencia de nuestros egos. A pesar de que yo intuía qué se encuentra detrás de la imagen de Lakshmi, a pesar de haber llegado a vislumbrar aquello que confiere una absoluta coherencia a su presencia en mi vida, aquella presencia me pesaba. Me pesaba por un lado porque no soy hindú, y todos sabemos que la apropiación cultural es horrible. Pero sobretodo me pesaba porque uno de los proyectos que me esperaban en Barcelona era la coordinación regional de la Pagan Federation, lo que implicaba vincularme de forma participativa y pública al paganismo europeo, y si ya era complicado explicar que conectas Samhain y el Día de Muertos, esto ya era demasiado.
Algo realmente perverso en mí insistía en que tener a Lakshmi en casa era una licencia que, de cara al público, no podía pasar de la anécdota. Algo rematadamente retorcido en mí me señalaba con el dedo y me condenaba por adorar a dioses extranjeros, y me gritaba que, a pesar de haber sido una de las experiencias más mágicas de mi existencia, debía avergonzarme de aquello y esconderlo. Porque no era adecuado. Porque qué iban a pensar de mí, nadie te va a tomar en serio.

Esta vez hacía falta que nadie lo dijera, que ninguna persona representara el papel de censor. Para eso tengo a mi terrible Censor Interior, siempre dispuesto a hacerme callar, atarme y maltratarme sin miramientos. Le encanta repetirme lo poco que valgo, lo mal que lo hago todo, que nadie me va a entender, que no merezco nada, que soy una carga, un peligro, una vergüenza o un foco de caos para la gente que quiero; que mis cuestionamientos son impertinentes, mis deseos pecaminosos, mi presencia inadecuada… Que me castiga por mi bien porque es necesario corregirme, callar, comportarme como una buena chica. Sonreír y hacer fotos bonitas, en vez de salir a danzar como una loca con los demonios al otro lado de las fronteras de la tierra del confort.

Espero no morir antes de poder superar el poder que el Censor tiene sobre mí, y por lo pronto empiezo por escribir las historias que le gustaría callarme, y dejarlas correr por el mundo, para su absoluta desesperación.

Pero el caso aquí es cómo el Censor se alía con el ego y sus resistencias ante irrupción de la experiencia mágica en la vida real. El ego, la noción de la persona que queremos conservar como una máscara ante el mundo, dice algo así como: “Querida entidad/potencia más allá de mis límites ¿serías tan amable de manifestarte en una forma socialmente aceptable? Quiero decir, ¿podrías esforzarte un poco por encajar en los modelos de bueno/malo, bello/horrible, proporcionados por la tradición/corriente que he escogido seguir y que comparto con mis amigos/público? Es que… necesito poder hablar de tí sin comprometer la imagen que quiero proyectar en mi entorno, entiéndelo. Es súper importante para mí. Si no usas el uniforme que corresponde  -como yo me esfuerzo tanto por hacer- tendré que silenciarte. Porque, ahora mismo, lo que me ofreces no conviene a mis intereses“.

Una de las cosas que más me sorprende de mi ego es cómo intenta que me sienta avergonzada de todo, pero hace este tipo de cosas realmente ridículas cada dos por tres sin pestañear. Sin entrar en la naturaleza de los dioses u otras entidades, todo aquel que trata con la magia se vincula con la misma materia de la que están hechos los sueños. La magia es una experiencia subjetiva, incluso cuando sus efectos puedan verse en el lado objetivo de la realidad. Y en el mundo subjetivo las formas son fluidas, y no existe una respuesta única, las reglas son otras, el tiempo no es lineal, etc. Si intento adaptar los contenidos de mis sueños a las conveniencias del discurso que mi ego quiere defender, es posible que pierda demasiado en la traducción, de hecho, es posible perder lo esencial de la experiencia. Si, además, lo hago en busca de la confirmación o la validación externas de esta experiencia, asumo que no me atrevo a aceptar mi propia Vida sin el permiso previo de cualquier otra persona.

Me resulta imposible fingir que no he crecido en Barcelona, en el siglo XX, que no he pasado la vida recopilando historias mitológicas, que he visto muchas películas y he leído más libros… Puedo soñar prácticamente cualquier cosa y que ésta tenga un significado importante para mí. Tengo sueños temáticos, absurdos, abstractos, sueños que parecen cuentos, sueños anodinos, sueños terribles, y todo tipo de personajes circulan por ellos, como invitaciones que mi alma lanza a la conciencia para invitarla a adentrarse en los territorios ocultos. Puedo trabajar con estos elementos como medicinas específicas para mis dolencias, dentro o fuera de las tradiciones de las que formo parte. Y mi experiencia me hace pensar que posiblemente no sea la única a la que se le presentan oportunidades, incluso soluciones, a las que el ego cierra la puerta antes de tiempo, simplemente porque no encajan con sus lineamientos o tiene miedo que le estropeen la foto.

Aquí sigue Lakshmi, en el significado ultraespecífico que tiene su presencia en mi vida en este momento. No está sola, por supuesto, teniendo en cuenta que la novedad de la temporada es una corte de demonios. También tenemos ponis, por cierto.

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Una visita al Libro Rojo

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No recuerdo con exactitud la primera vez que escuché a Ritxi Ostáriz en la radio, aún en Terra Incognita; pero no mucho después pasé una semana con la música de la Diablada de Oruro en la cabeza. Desde entonces hasta la fecha parece que la vida ha dado varias vueltas a ambos lados del micro, y el Libro Rojo, programa indispensable para todos aquellos interesados en “El regreso a las fuentes de lo sagrado”, llega al programa número 50.

Si echáis una ojeada a la lista de programa e invitados que han pasado por sus páginas, podéis haceros una idea del honor que supone para la que escribe estar allí para tratar el tema de la brujería, por no hablar de la emoción de volver por unos minutos a la radio y reencontrar esas historias que los que me conocéis de hace algún tiempo sabéis que son mis preferidas; Los procesos de Sibila y Pierina, Las batallas nocturnas y la Caza Salvaje, el hombre lobo de Livonia y la Mulata de Córdoba… Con el privilegio que supone, además, poder confiar plenamente en que el discurso no va a ser tergiversado o retorcido en funcion de unos intereses concretos. Así que reitero mi admiración por todo el trabajo que hay detrás de cada programa de ELR, un enorme agradecimiento por la invitación, y mis mejores deseos -cuanto menos- para los próximos 50 programas.

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