[TN 12] Savitrí y Satyavan

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Jueves, 15 de Agosto de 2019

Fuera de toda programación, queremos agradecer vuestra compañía, vuestra presencia y los mensajes que nos hacéis llegar. Así que los espíritus de la Encrucijada y la Torre Negra nos hemos confabulado para crear un talismán digno de una noche de plenilunio como ésta.

Los talismanes, esos preciados objetos destinados a recibir y contener las influencias celestes no se realizan exclusivamente con metales y piedras preciosas. Una pintura, un tapiz, pueden cumplir las mismas funciones. Y, por supuesto, también puede hacerlo una historia.

En esta noche viajaremos a la antigua India al encuentro de los reyes míticos para recordar a dos amantes, Savitrí y Satyavan, separados por la muerte y reunidos por el conocimiento. Un relato que nos habla acerca del trono y el exilio, el gobierno y la renuncia, lo civilizado y lo salvaje, el cuerpo y la palabra. Pero, sobre todo, nos devuelve al Misterio profundo de la Transmutación.

El texto completo de “Savitri: Una Leyenda y un Símbolo” de Sri Aurobindo en español puede encontrarse aquí: http://savitr.blogspot.com/

TN10 – La Dama y el Jándalo

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Capítulo X
De los efectos de lo Terrible y lo Maravilloso

El cuento de hoy es el último audio que grabé para Encrucijada Pagana, antes de recuperar el proyecto. No se llegó a publicar, y en agradecimiento por vuestro apoyo en esta nueva etapa, quería entregároslo como una de esas cartas que llegan mucho después de lo previsto a su destinatario, pero que llegan, quizá, en el momento adecuado. Aunque sea en susurros…

La de hoy es una leyenda, una historia de traición y justicia poética, contada a medias entre Cantabria y Cataluña, dado que en cada uno de estos territorios se conserva una versión que recuerda lo que la otra ha olvidado. La Dama y el jándalo, recopilada por el cántabro Manuel Llano, se encuentra entre los apuntes del catalán Joan Amades referida como la leyenda del Gos Nonell (Perro Nonell). De este modo, lo que algunos autores relacionan con los gigantes y criaturas de la nieve, se puede vincular también con los sabuesos infernales, ligados -cómo no- a la Caza Salvaje. Aparecerán también en el relato las Anjanas, entidades feéricas relacionadas con las damas del agua y del invierno. A través de estos personajes, y sus interacciones, hablaremos de los efectos de lo Terrible y lo Maravilloso en aquellos que recorren los caminos torcidos.

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Imagen: Hellhounds, Inc.

0 Al Este del Sol, al Oeste de la Luna 0

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Hubo un tiempo en el que aceptar que nunca podemos dar por cierto que veremos otra primavera era más sencillo. En aquel pasado, el paisaje era el escenario, y no había otra iluminación que la proporcionada por el sol, la luna o el fuego. La huella viva en la memoria de lo terrible y maravilloso hacia incecesarios trucos y embelesamientos. En esas noches crueles y bellísimas hombres, mujeres y todo tipo de espírituas y criaturas se reunían, y así mismo se reunían sus glorias y sus miserias, y compartían las historias que hacían de su vida algo más que mera supervivencia.

Aún hoy, si por algún motivo nos vemos momentáneamente liberados de las redes del convencionalismo, notamos cómo cuando la oscuridad gana terreno, y el frío araña los cristales de nuestras ventanas, renace un impulso al relato, al tejido común de la palabra sobre el silencio helado. Un sombrío mendigo, anciano y ranqueante, toca a nuestra puerta y si decidimos darle cobijo, descubrimos que lo sigue un desfile interminable de recuerdos, una corte innumerable de historias que, siendo ajenas, podemos reconocer y, siendo nuestras, no nos pertenecen por completo.

Un programa largo y relativamente denso, como los platos que se cocinan en invierno y por los mismos motivos. Dos cuentos noruegos nos servirán de guía en este recorrido por las noches más oscuras del año: Al Este del Sol, al Oeste de la Luna y Valemon el Rey Oso Blanco, compilados por los folkloristas Peter Christen Asbjørnsen y Jørigen Moe, y publicados por primera vez en 1841.

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Imagen: Reginald L. Knowles y Horace J. Knowles, para Norse Fairy Tales, 1910

TN09 – La Hija Desobediente

 

Capítulo IX
De los encuentros con el Diablo

La Leyenda del Pas de la Guineu (Paso del Zorro) guarda cierto parecido con otras leyendas y baladas tradicionales protagonizadas por jóvenes desobedientes. A diferencia, sin embargo, de la mayoría de las historias de este tipo, el encuentro con los seres de otro mundo tiene lugar a mediados de agosto y  el habitual punto de confluencia entre mundos, la encrucijada, es sustituido por otro tramo característico de los caminos: un paso estrecho.

¿Cuál es el secreto de los cuentos? Los cuentos están hechos para desafiar los límites del tiempo y la geografía, sobreviven a lo largo de incontables generaciones, adaptando sus formas con tal de agradar a los anfitriones que les dan morada y llegan a considerarlos parte de su familia, pues creen que abraza su espíritu y les pertenece.

Y sin embargo, el cuento no es de nadie, es un eterno extraño, porque pertenece al mundo, y sigue siempre su viaje dejando una parte de sí en cada huella trazada. El cuento es un espejo de palabras, antiguo como el reflejo de la luna sobre las aguas, e igualmente ambiguo. Puede bajar el cielo a la tierra, o devenir un sendero a las profundidades, puede mostrarnos lo que somos y lo que no somos, lo que fuimos o podemos llegar a ser. Como una puerta, puede señalar un límite, o invitarnos a cruzar al otro lado.


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Imagen: Jason Holley, portada de “Trouble”, álbum de Ray LaMontagne, 2004

TN08 – Cormac en la Tierra Prometida

Duncan, John, 1866-1945; The Riders of the Sidhe

Capítulo VIII
Donde se viaja al Otro Mundo, y de las cosas que se aprenden en él

Cerca del Solsticio de Verano, bajo el influjo del cielo estrellado, parece apropiado recordar las leyendas de las entidades feéricas en su aspecto más amable y honrar a sus protagonistas, pues en muchos territorios esta es la gran noche de la época luminosa para el encuentro con lo maravilloso. Lo terrible suele reservarse al periodo oscuro… Aunque, por supuesto, no tiene por qué ser necesariamente así.

La Aventura de Cormac en la Tierra Prometida se encuentra en una recopilación del s.XIX, realizada por Lady Augusta Gregory titulada Gods and Fighting Men. The Story of the Tuatha De Danaan and of the Fianna of Ireland. Se trata de una elaboración literaria de la autora basada en fuentes más antiguas.  En este relato Manannan Mac Lir aparece como Rey de la Tierra Prometida, el Otro Mundo, el Paraíso en la Tierra, donde la vida se renueva y convergen los antiguos dioses y antepasados, los espíritus humanos y las huestes feéricas; el lugar en el que arde el fuego perpetuo y donde nacen todas las corrientes.

Aunque la historia de Lady Gregory es una redacción moderna conserva símbolos y patrones antiguos, a través de los que podemos vislumbrar otra comprensión del mundo que nos rodea. Seguir la pista a estos símbolos es aventurarse en la analogía, en las correspondencias o resonancias que éstos puedan encontrar con aquello que llevamos dentro y, tal vez, descubrimos en este ejercicio.

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Imagen: The Riders of the Sidhe, John Duncan, 1911.

Dionisio y el espejo

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… ¡Ah, doncella Perséfone! ¡No podrías encontrar modo de escapar de tu apareamiento! No, un dragón fue tu compañero, cuando Zeus cambió su rostro y acudió, rodando en una espiral amorosa a través de la oscuridad hasta el rincón de la habitación de la doncella, y sacudiendo sus velludas cabelleras, deslizándose, arrulló los ojos de esas criaturas de su misma forma que custodiaban la puerta hasta el sueño. Lamió suavemente la figura de la chica con labios seductores. Por este matrimonio con el dragón celestial, el útero de Perséfone se hinchó de frutas vivas, y ella le dio a Zagreo, el bebé cornudo, quien ascendió al trono celestial de Zeus y blandió un rayo en su pequeña mano, y recién nacido, se irguió con rayos en sus tiernos dedos.

Por el resentimiento feroz de la implacable Hera, los Titanes se untaron astutamente sus rostros redondos con una tiza engañosa, y mientras contemplaba su rostro cambiante reflejado en un espejo, lo destruyeron con un cuchillo infernal. Allí donde sus extremidades habían sido cortadas lentamente por el acero de los Titanes, el final de su vida fue el comienzo de una nueva vida como Dionisio. Apareció en otra forma y se transformó en muchas formas: ahora joven como el astuto Crónida [Zeus] sacudiendo la égida, ahora como el antiguo Kronos de rodillas pesadas, portador de la lluvia. A veces un bebé curiosamente formado, a veces un joven loco con la sombra de los primeros vellos oscuros bajo su barbilla. Otra vez, un león mimético emitió un horrible rugido de rabia furiosa desde una salvaje garganta, mientras levantaba un cuello cubierto por una espesa melena oscura, golpeando su cuerpo a ambos lados con el látigo la cola ondeando sobre su peluda espalda. Luego, abandonó la apariencia del león para lanzar un relincho resonante, apareciendo un caballo indómito alzando el cuello para rechazar el imperioso diente de la mordida, y en ese movimiento, blanqueó su mejilla con blanca espuma. Luego surgió de su boca un siseo silbante, en la forma de una encrespada serpiente cornuda, cubierta de escamas, sacando la lengua de su garganta abierta, y saltando sobre la sombría cabeza de algún Titán que rodeaba su cuello en serpentinas espirales. Luego dejó la forma del inquietante reptador y se convirtió en un tigre con hermosas rayas en su cuerpo; y aún como un toro rugiente, golpeó a los Titanes con cuerno afilado. Así luchó por su vida, hasta que Hera de la garganta celosa bramó ásperamente por el aire, ¡esa madrastra resentida! Y las puertas del Olimpo resonaron con el eco en su garganta celosa desde el cielo. Entonces el toro audaz se derrumbó: los asesinos, cada uno ansioso por su turno con el cuchillo, despedazaron a Dionisio en forma de toro.

Después de que los primeros Dionisos fueron masacrados, el padre Zeus aprendió el truco del espejo con su imagen reflejada. Atacó a la madre de los Titanes [Gaia, la Tierra] con una marca vengativa, y encerró a los asesinos del astado Dionisio tras la puerta del Tártaro: los árboles ardieron, el cabello de la sufriente Gaia se chamuscó con el calor. Él encendió el Este: las tierras de la aurora de Bactria ardieron bajo relámpagos candentes, las olas asirias incendiaron el vecino mar Caspio y las montañas indias, el Mar Rojo hizo rodar oleadas de llamas y calentó al árabe Nereo [mar]. El oeste opuesto, también el fogoso Zeus, arremetió con el rayo en amor por su hijo; y bajo el pie de Céfiro [el Viento del Oeste] el ardiente mar occidental escupió una corriente brillante; los picos septentrionales, e incluso la superficie del helado mar del Norte burbujeó y ardió: bajo el clima del nevado Capricornio, el cuarto meridional hirvió con chispas aún más calientes. Océano derramó ríos de lágrimas de sus ojos llorosos, una libación de oración suplicante. Entonces Zeus calmó su ira a la vista de la tierra quemada; se compadeció de ella y lavó con agua las cenizas de las ruinas y las heridas del fuego de la tierra. Entonces Zeus portador de la lluvia cubrió todo el cielo con nubes e inundó toda la tierra…”

Nonno, Dionysiaca, Libro VI

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Imagen: Joven Dionisio en un tigre, Mosaico de la Casa del Fauno, Pompeya.

Flora, Ovidio

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 «Yo era Cloris, que ahora me llamo Flora(…) Cloris era, ninfa de las llanuras felices, donde sabes que antes afortunados hombres tenían su medio de vida; modesta como soy, se me hace duro exponer la belleza que tuve. Pero esa belleza le encontró a mi madre un dios por yerno. Era primavera; yo iba paseando; el Céfiro me descubrió, yo iba a alejarme. Me persiguió, yo huía; él era más fuerte. Y el Bóreas, que se había atrevido a llevarse un botín de la casa de Erecteo , había dado a su hermano pleno derecho para el pillaje. Sin embargo, enmendó su acto violento, dándome el nombre de esposa, y no tengo queja ninguna de mi matrimonio. Gozo de una primavera eterna: el año está siempre sonriente, los árboles tienen siempre hojas, la tierra siempre pastizales. Tengo en los campos que constituyen mi dote un jardín exuberante: el viento lo respeta, una fuente de agua cristalina lo riega. Mi marido cubrió este jardín de flores generosas y me dijo: “Tú, diosa, ostenta la soberanía de las flores”.
Yo quise muchas veces contar la serie de colores y no pude; su cantidad sobrepasaba la cuenta. Tan pronto como la escarcha y el rocío se sacudieron de las hojas y el follaje variado se entibió con los rayos del sol, acudieron las Horas, embutidas en sus ropas variopintas, y recogieron mis regalos en ligeros canastillos. Al punto se aproximaron las Cárites y tejieron coronas y guirnaldas que sirviesen para ceñir las cabelleras de los celestiales. Fui la primera en desparramar a lo ancho de los pueblos las nuevas simientes. Antes la tierra tenía un solo color.

Fui la primera en hacer de la sangre del Terapneo una flor, y en sus hojas subsiste escrita la queja. También tú, Narciso, tienes tu nombre en los jardines cultivados; desgraciado, que no tema un doble. ¿A qué hablar de Croco o Atis o del hijo de Ciniras, de cuya herida quedó la gloria por mediación mía?
También Marte, si no lo sabes, nació gracias a mi arte. Ruego a Júpiter siga sin saberlo como hasta ahora. La sagrada Juno sintió que Júpiter no hubiese precisado su colaboración cuando Minerva nació sin madre. Iba a quejarse ante Océano de la acción de su marido; se detuvo ante mi puerta cansada por la fatiga. Al verla, le dije: “¿Qué te ha traído, hija de Saturno?”. Ella me explicó el sitio donde iba y añadió el motivo. Yo la consolaba con palabras amistosas: “No es con palabras —dijo— como tengo que aliviar mis cuitas. Si Júpiter ha sido padre, desdeñando la colaboración de su esposa, y él solo tiene el nombre de padre y madre, ¿por qué voy a desesperar yo de ser madre sin esposo, y parir sin contacto con varón, bajo condición de ser casta? Voy a probar toda clase de fármacos a lo largo de la ancha tierra y escudriñaré los mares y los rincones del Tártaro”. Su voz seguía su curso, pero en mi cara surgieron señales de duda. Dijo: “No sé qué poder, ninfa, pareces tener”. Quise prometerle ayuda tres veces, tres veces quedó agarrotada mi lengua; la razón de mi gran miedo era la cólera de Júpiter. “Préstame auxilio, por favor —dijo—, no descubriré al autor y pondré por testigo a la divinidad del agua estigia”.
“Lo que deseas —le dije— te lo proporcionará una flor que te enviaré de los huertos olemos; es flor única en mi jardín. El que me la regaló, me dijo: ‘Toca también con ella a una novilla estéril, será madre’. La toqué, y sin pasar ningún tiempo, era madre.” Inmediatamente, corté con mis dedos la flor resistente. Toqué a Juno y ella se quedó en estado cuando le toqué el vientre. Y ya embarazada entró por Tracia y las costas de la izquierda de la Propóntide; sus deseos se hicieron realidad y había nacido Marte. El cual, recordando que había nacido por mediación mía, me dijo: “Ten tú también un puesto en la ciudad de Rómulo”.

¿Piensas tal vez que mi soberanía se limita únicamente a las tiernas coronas? Mi poder divino afecta también a los campos de labranza. Si las mieses cuajan bien las flores, habrá era rica; si cuaja bien la flor de la viña, habrá vino; si cuajan bien las flores del olivo, el año será muy fértil, y habrá producción de frutas ese año. Una vez que se pierde la flor, perecen con ella las arvejas y las habas, y perecen tus lentejas, Nilo, que llegas de tierras remotas. También los vinos florecen, encerrados trabajosamente en grandes barriles, y las heces cubren la superficie de los toneles. La miel es regalo mío; yo soy la que convoco los insectos que producirán la miel a las violetas, los codesos y los tomillos blanqueantes. Yo soy también la que hace lo mismo cuando los espíritus son exuberantes en los años de juventud y los cuerpos asimismo cobran vigor».

Ovidio, Fastos

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Imagen: La Primavera (detalle), Sandro Botticceli, 1480

 

TN07 – Rusalka

Rusalka, Lenka Šimečková, 2016

Capítulo VII
Donde las hadas se convierten en monstruos

Si hubo un cuento de hadas que cautivó a Europa en los inicios del mundo moderno, esa fue la historia de Ondina, escrita en 1811 por Friedrich de la Motte Fouqué. La novela, que aunó la tradición folclórica de Melusina con las ideas referentes a los habitantes de los reinos elementales de Paracelso, gozó de gran popularidad hasta principios del siglo XX y fue objeto de múltiples adaptaciones.

El cuento de La Sirenita de Andersen, publicado en 1837, posiblemente sea la más conocida de ellas. Sin embargo, existe una versión posterior a la obra de Andersen, pero más fiel en su espíritu a la original: Rusalka, ópera con libretto de J. Kvapil y música de A. Dvórak. En el mundo eslavo, una Rusalka es un espíritu de las aguas, que adquiere la apariencia de una hermosa doncella. Las rusalki danzan y cantan a la luz de la luna aunque en otras ocasiones se las considera seres terribles que seducen a los caminantes desprevenidos para ahogarlos en sus aguas. Otra figura de interés que aparece en esta versión es la bruja Jezibaba, uno de los nombres eslavos que recibe BabaYaga.

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Ilustración: Rusalka Rises, Lenka Šimečková

Endimión en Latmos, J. L. Borges

 

“Yo dormía en la cumbre y era hermoso
mi cuerpo, que los años han gastado.
Alto en la noche helénica, el centauro
demoraba su cuádruple carrera
para atisbar mi sueño. Me placía
dormir para soñar y para el otro
sueño lustral que elude la memoria
y que nos purifica del gravamen
de ser aquel que somos en la tierra.
Diana, la diosa que es también la luna,
me veía dormir en la montaña
y lentamente decendió a mis brazos
oro y amor en la encendida noche.
Yo apretaba los párpados mortales,
yo quería no ver el rostro bello
que mis labios de polvo profanaban.
Yo aspiré la fragancia de la luna
y su infinita voz dijo mi nombre.
Oh las puras mejillas que se buscan,
oh ríos del amor y de la noche,
oh el beso humano y la tensión del arco.
No sé cuánto duraron mis venturas;
Hay cosas que no miden los racimos
ni la flor ni la nieve delicada.
La gente me rehúye. Le da miedo
el hombre que fue amado por la luna.
Los años han pasado. Una zozobra
da horror a mi vigilia. Me pregunto
si aquel tumulto de oro en la montaña
fue verdadero o no fue más que un sueño.
Inútil repetirme que el recuerdo
de ayer y un sueño son la misma cosa.
Mi soledad recorre los comunes
caminos de la tierra, pero siempre
busco en la antigua noche de los númenes
la indiferente luna, hija de Zeus”.

Endimión en Latmos, Jorge Luis Borges, “Historia de la noche”, 1977

Imagen: Endimión y Selene, George Frederick Watts, (1869-1903)

TN 05 – El soldado y la Muerte

Capítulo V
Donde se saluda con reverencia a la Muerte

Como un visitante al que ya no esperábamos, el frío llega en la noche a tocar a nuestra puerta. El golpear de sus dedos, viejos y rudos, nos causa un ligero estremecimiento, y nos acerca un poco más a la alegre danza de las llamas, y su tranquilizador resplandor. Cubierto con un manto de húmeda oscuridad, nos observa en silencio desde un rincón. Su respiración es un viento helado que sopla entre la desmarañada y blanca barba, y esquivamos sus ojos porque son brillantes y lejanos como estrellas. La Muerte, callada, lo acompaña como una sombra arrastrada a su espalda. Esa Muerte lo acompaña siempre, dejando a su paso un reguero de ausencias.

Ambos, el Frío y la Muerte, vienen a ocupar un lugar en nuestra mesa, en nuestra cama, para beber algo de nuestro aliento y llenar de brumas nuestros sueños, para roer nuestros recuerdos cuando vuelve a sonar la canción del hueso. Así regresan el Frío y la Muerte a tocar nuestras puertas… Pero no para todos, porque cada cosa, cada Visita, tiene su propio tiempo. Para algunos su presencia es, a penas, un susurro, un escalofrío, una idea extraña que pasa y se aleja como una nube solitaria que cruza el cielo claro arrastrada por los vientos. Para otros, es el anuncio de lo inevitable, un escuchar el toque de campanas de su propio entierro, sabiendo que son llamados a la despedida.

El relato que encontramos hoy en la Torre Negra es el Soldado y la Muerte, un cuento popular ruso recopilado, entre otros, por el folkorista Aleksandr Afanasiev.

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Ilustración: Darcy May