El canto me conduce… , Carles Riba

Edward Burne Jones, The Wine of Circe, 1900
El canto me conduce, y  extraños animales
me rodean, puros, avezados a servir;
los reconozco como hijos de mi destino,
dulces al fuego y fieros a los augurios.

Ya para la muerte no preciso intérpretes;
vida arriba mi camino torna;
si lo que he aprendido no ha de dar fruto,
lo que he vivido no se contará por años.

Siento tan absoluto como mi paso el mundo:
la luz revela el clamor del corazón profundo
y es su medida. ¿Qué podría la sabiduría

valer? Locos actos míos que habéis hecho de mí
lo que soy, jauría ardiente, os confío el magno litigio;
de amor nos llenaremos, como de una presa.

Carles Riba, Salvatge Cor, 1952

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El cant em mena, i animals estranys
em volten purs, avesats a servir;
els reconec per fills del meu destí,
dolços al foc i fers als averanys.

Ja per la mort no em calen torsimanys:
és vida amunt que torna el meu camí;
si el que he après no fruitarà per mi,
el que he viscut no es comptarà per anys.

Sento absolut com el meu pas el món:
la llum revela el crit del cor pregon
i n’és la mida. ¿En què la saviesa

valdria? Folls actes meus que m’heu fet,
canilla ardent, us passo el magne plet;
i ens omplirem d’amor com d’una presa.

Carles Riba, Salvatge Cor, 1952

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Imagen: Edward Burne Jones, The Wine of Circe, 1900

Carta VIII, Rainer M. Rilke

A Seat on the Summit Charles Courtney Curran - 1920

(…)”Quien fuera llevado, casi sin preparación ni transición alguna, desde su aposento a la cúspide de una gran montaña, tendría que experimentar algo semejante. Se sentiría casi anonadado por una inseguridad sin igual y por el verse abandonado al capricho de algo que no tiene nombre. Le parecería estar cayendo, o se creería lanzado al espacio, o bien estallando en mil pedazos. ¡Qué enorme mentira debería inventar entonces su cerebro para alcanzar a recuperar el anterior estado de sus sentidos y devolverles su serenidad! Así se transforman, para quien se vuelva solitario, todas las distancias, todas las medidas. Muchos de estos cambios se producen de un modo repentino, brusco. Y, al igual que en aquel hombre transportado a la cima de una montaña, surgen entonces aprensiones insólitas, sensaciones extrañas, que parecen rebasar todo lo humanamente soportable. Pero es necesario que también esto lo vivamos. Debemos aceptar y asumir nuestra  existencia del modo más amplio posible. Todo, incluso lo inaudito, ha de ser viable en ella. Este es, en realidad, el único valor que se nos pide y exige: tener ánimo ante las cosas más extrañas, más portentosas y más inexplicables, que nos puedan acaecer.

El que los hombres hayan sido cobardes en este terreno ha causado infinito daño a la vida. Los sucesos a los que se da el nombre de “fenómenos” o de “apariciones”, el llamado “mundo espectral”, la muerte, todas esas cosas que nos son tan afines, han sido de tal modo desalojadas de la vida por el diario afán de defenderse de ellas, que los sentidos con que podríamos aprehenderlas se han atrofiado -¡y de Dios, ni hablar! Mas el miedo ante lo inexplicable no sólo ha empobrecido la existencia del individuo. También las relaciones de ser a ser han quedado cercenadas por él. Valga el símil, han sido descuajadas del cauce de un río caudaloso en posibilidades infinitas, para ser llevadas a un lugar yermo de la ribera, donde nada sucede. Pues no sólo por desidia se repiten las relaciones humanas con tan indecible monotonía y sin renovación alguna de un caso a otro, sino también por temor y recelo ante cualquier vivencia nueva y de imprevisible trascendencia, que uno cree superior a sus fuerzas. Pero sólo quien esté apercibido para todo, sólo quien no excluya nada de su existencia -ni siquiera lo que sea enigmático y misterioso- logrará sentir hondamente sus relaciones con otro ser como algo vivo. Sólo él estará en condiciones de apurar por sí mismo su propia vida. Pues en cuanto consideramos la existencia de cada individuo como una habitación mayor o menor, queda de manifiesto que los más sólo llegan a conocer apenas un rincón de su aposento. Un sitio junto a la ventana. O bien alguna estrecha faja del entarimado, que van y vienen recorriendo de un lado para otro. Así disfrutan de alguna seguridad…

Sin embargo, ¡cuánto más humana es aquella inseguridad llena de peligros, que, en los cuentos de Poe, impulsa a los cautivos a palpar las formas de sus horribles mazmorras y a familiarizarse con los indecibles terrores de su estancia! Pero nosotros no somos presos. Ni trampas, ni redes, ni lazos, se hallan aparejados en torno nuestro. Ni hay nada que deba causarnos angustia o darnos tormento. Si hemos sido puestos en medio de la vida, es por ser éste el elemento al que mejor correspondemos, al que somos más adecuados. Además, por obra de una adaptación milenaria, nos hemos vuelto tan semejantes a esa vida, que cuando permanecemos inmóviles, apenas si -merced a un feliz mimetismo- se nos puede distinguir de cuanto nos rodea. Ninguna razón tenemos para recelar y desconfiar del mundo en que vivimos. Si entraña terrores, son nuestros terrores. Si contiene abismos, estos abismos nos pertenecen. Y si en él hay peligros, debemos procurar amarlos. Con tal que cuidemos de ordenar y ajustar nuestra vida conforme a ese principio que nos aconseja atenernos siempre a lo difícil, cuanto ahora nos parece ser lo más extraño acabará por sernos lo más familiar, lo mas fiel.” (…)

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Imagen: A Seat on the Summit, Charles Courtney Curran, 1920

TN07 – Rusalka

Rusalka, Lenka Šimečková, 2016

Capítulo VII
Donde las hadas se convierten en monstruos

Si hubo un cuento de hadas que cautivó a Europa en los inicios del mundo moderno, esa fue la historia de Ondina, escrita en 1811 por Friedrich de la Motte Fouqué. La novela, que aunó la tradición folclórica de Melusina con las ideas referentes a los habitantes de los reinos elementales de Paracelso, gozó de gran popularidad hasta principios del siglo XX y fue objeto de múltiples adaptaciones.

El cuento de La Sirenita de Andersen, publicado en 1837, posiblemente sea la más conocida de ellas. Sin embargo, existe una versión posterior a la obra de Andersen, pero más fiel en su espíritu a la original: Rusalka, ópera con libretto de J. Kvapil y música de A. Dvórak. En el mundo eslavo, una Rusalka es un espíritu de las aguas, que adquiere la apariencia de una hermosa doncella. Las rusalki danzan y cantan a la luz de la luna aunque en otras ocasiones se las considera seres terribles que seducen a los caminantes desprevenidos para ahogarlos en sus aguas. Otra figura de interés que aparece en esta versión es la bruja Jezibaba, uno de los nombres eslavos que recibe BabaYaga.

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Ilustración: Rusalka Rises, Lenka Šimečková

Entrañas

Langlois, Jerome Martin Cassandra Begging Minerva for Vengeance

 

¿Qué habita en tus entrañas?

Todas las puertas cerradas, bajadas las persianas, sellado cada resquicio por el que podía asomarse la luz de una verdad dolorosa. Día a día, año tras año, como si el encierro pudiera guardarnos de la bestia que aguarda tras los límites del artificio. No queria ver, no quería oír, no quería saber lo que sabía. Pero la bestia que aguarda en los límites de nuestra seguridad es la bestia que duerme en nuestras entrañas.

Cada vez que la amabilidad era una soga deslizada entorno a un cuello demasiado confiado. Algo no está bien. Cada vez que las palabras tejían un paño de mentiras para ocultar la intención de la daga. Esto huele tan fuerte que hiere mi olfato. Arañaba mis adentros, como una fiera dando vueltas en un pozo. Hay enemigos tras esas sonrisas conciliadoras. Ojos brillantes abiertos en la oscuridad del olvido forzado. Sabes perfectamente lo que está pasando. Déjame salir, me necesitas. Y el dolor volvía, cada vez más intenso.

Algunas veces, presa del hambre, del frío, de la misma urgencia de sus desesperadas advertencias, se equivocó. Aún así, demasiado pocas. Toda una vida desoyéndola,  culpándola, culpándome, sintiendo vergüenza… Porque es sabido que la intuición es un don para almas sabias que transitan por la tierra con pasos leves y correctos, no un demonio que grita desgarrado desde las tripas. No el monstruo que te advierte contra aquellos en quien has puesto tus últimas reservas de confianza, con un saber que duele más que la herida anticipada.

Efectivamente, la necesitaba. Con la intensidad con que uno puede llegar a necesitarse a sí mismo. Por cada náusea en presencia de quienes no me querían bien, pero algo querían de mí. Por cada ardiente punzada cuando las palabras se enredaban en cadenas interminables mientras ojos callados, temerosos, las contradecían.

Mi saber no es el del clarividente, no es un cálculo tampoco, sino un olfato que susurra si estoy atenta, y me sacude como un terremoto si trato de negarlo. Todas las historias tienen muchas versiones, pero el engaño – propio, ajeno- tiene un olor particular. Yo encerré este saber con la violencia con la que Crono hundió a sus hijos en el seno de Gea, él me respondió con la violencia con la que Zeus, emergiendo, lo desterró. Así la bestia me abrió desde dentro, como una flor de carne expuesta a una oscura luz, y devoró pacientemente lo que quedaba de mí -capa tras capa, máscara tras máscara- para devolverme a la pureza del barro pisoteado, soplando en mis labios inertes un nuevo aliento, entregándome a una vida en la que somos indivisibles.

Así que sigo transitando por el mundo, y a veces sé de cosas que se esconden tras las apariencias, incapaz de negarlas por molestas que sean; Un presente envenenado, un hurto subrepticio, el hambre de un llamado a deshora, el llanto que la tierra debería haber tragado, pero vuelve una y otra vez como una maldición. Puede que calle, pero las sé.

Y tú también.
¿Qué habita en tus entrañas?
¿Vas a escucharlo, a dejarlo salir? ¿Tendrá que romperte, como a mí?

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Imagen: Jerôme Martin Langlois, Cassandra Begging Minerva for Vengeance,1810

El misterio del amor es más grande… Oscar Wilde

“¡Ah!, no me dejabas besar tu boca, Jokanaan. ¡Bueno! Ahora la besaré. La morderé con mis dientes como se muerde un fruto maduro. Sí, besaré tu boca, Jokanaan. Lo dije; ¿acaso no fue así? Lo dije. Ah! La besaré ahora… ¿Pero por qué no me miras, Jokanaan? Tus ojos que eran tan terribles, que estaban tan llenos de rabia y de desprecio, ahora están cerrados. ¿Por qué están cerrados? ¡Abre los ojos! ¡Levanta tus párpados, Jokanaan! ¿Por qué no quieres mirarme? ¿Acaso me temes, Jokanaan, y por eso no me miras…? Y tu lengua, que era como una roja serpiente escupiendo veneno, ya no se mueve, ya no suelta palabras, Jokanaan, esa víbora escarlata que arrojó su veneno sobre mí. ¿Es extraño, verdad? ¿Cómo es que la roja víbora ya no se mueve…? No querías tener nada conmigo, Jokanaan. Me rechazaste. Dijiste cosas terribles contra mí. ¡Hablaste de mí como si fuera una ramera, como a una mujer perdida, a mí, Salomé, hija de Herodías, princesa de Judea! Bueno, yo aún vivo, pero tú estás muerto, y tu cabeza me pertenece ahora. Puedo hacer con ella lo que me plazca. Puedo arrojarla a los perros y a las aves del cielo. Lo que los perros dejen, las aves devorarán… ¡Ah, Jokanaan, Jokanaan, eras el único hombre que amé! Todos los otros me resultaban un fastidio. ¡Pero tú eras hermoso! Tu cuerpo era una columna de marfil alzada sobre bases plateadas. Era un jardín lleno de palomas y lilas de plata. Era una torre de plata guarnecida con escudos de marfil. No había nada en el mundo tan blanco como tu cuerpo. No había nada en el mundo tan negro como tu cabello. Y en todo el mundo no había nada tan rojo como tu boca. Tu voz era un incensario que esparcía extraños perfumes, y cuando te miraba escuchaba una curiosa música. ¡Ah! ¿Por qué no me miraste, Jokanaan? Tras el manto de tus manos y tras el manto de tus blasfemias ocultaste tu rostro. Pusiste sobre tus ojos la venda de aquel que quiere ver a su dios. Bueno, ya has visto a tu dios, Jokanaan, pero a mí, a mí, tú nunca me viste. Si me hubieras visto me habrías amado. Yo te vi, y te amé. ¡Oh, cuanto te amé! Aun te amo, Jokanaan, sólo te amo a ti… Estoy sedienta de tu belleza; estoy hambrienta de tu cuerpo; y ni el vino ni las manzanas pueden apaciguar mi deseo. ¿Qué haré ahora, Jokanaan? Ahora que ni las inundaciones ni los grandes océanos pueden calmar mi pasión. Yo era una princesa, y tú me despreciaste. Yo era una virgen, y tú me arrebataste la pureza. Yo era casta, y tú llenaste mis venas con fuego… ¡Ah! ¿Por qué no me miras? Si me hubieras visto me habrías amado. Sé muy bien que me habrías amado, y el misterio del amor es más grande que el misterio de la muerte.”

Texto: Oscar Wilde; Salomé, tragedia en un acto (1904)
Fuente: Arsgravis

Imagen: ‘Salomé’, Lucien Lévy-Dhurmer, 1896

Una y otra vez, por siempre

 

Una vez más me tiendes tu copa de veneno.
Tus ojos brillan como brasas en la noche,
tu piel es mitad escamas, mitad áspero pelaje.
Como una rama me partiré, una vez más,
bajo la pisada de tus pezuñas.

Destrózame otra vez. Ámame.
Dame una nueva piel, permíteme olvidar.
Estoy cansada, quisiera quedarme aquí.
Yacente, inerme; mi cuerpo una colina
por la que transitan, atareadas, las hormigas.

Bajo la cúpula de las ramas que aún se tienden
al cielo, para alcanzar las estrellas,
aunque ya no se puedan ver.
Sobre los caminos de luz que se adentran
en la Tierra y discurren hacia
los secretos salones del Inframundo.

A veces lo único real es el dolor,
la herida que se abre como un umbral.
Para llevarme aún más lejos.

Muéleme, sóplame en el viento
allí donde van los recuerdos y las hojas muertas.
Entiérrame envuelta en las raíces que añoro,
las que fueron arrancadas.
Derrama en los ríos lo que queda de mí,
vacíame así, hasta adormecer el latido de la angustia.
Y deja que dance para ti, una vez más,
en el corazón del fuego,
flor y llama enlazadas,
convertidas en cenizas,
mientras otro mundo muere.

Devuélveme a la Vida con tu aliento
miel y leche, vino e higos.
Una y otra vez,

por siempre.

Imagen: Pan comforting Psique, Edward Coley Burne-Jones