Algunas noches mi corazón pertenece a las fieras

Arthur_Wardle_-_The_Enchantress, 1901

 

Algunas noches mi corazón pertenece a las fieras.
No importa cuan gruesos sean los muros, ni cuan largas las distancias.
No importa bajo cuanto maquillaje haya aprendido a disfrazarme.

Aún escucho la llamada, el latido bajo tierra, el silbido entre las hojas.

No  importa mi falta de pureza,
la vergüenza de la domesticación,
la corrupción en que vivo.

Aún escucho la llamada, el crepitar de las llamas, el discurrir de las aguas.

Les digo que no merezco su mirada,
que no merezco las estrellas sobre esta cabeza llena de marañas,
que no merezco que esta tierra sostenga la blandura excesiva de mi cuerpo maltratado.

Y ellas se ríen, encendiendo mi sangre con sus rugidos, arrancándome la piel.
Porque conocen el hechizo que me convoca, el llamado que me arrastra.
Porque conocen el nombre de este corazón que les pertenece.

Algunas noches muero.
Caigo. Me hundo.
Me desintegro,
como una tripa desovillada,
en una masa de anónimos gusanos.
Luego ellos llegan,
como fuegos
danzan a mi alrededor,
vuelven a tejerme,
y me levantan con sus cantos.

Porque conocen la ígnea cualidad de mi Deseo,
enterrada bajo muchas capas de tierra,
envuelta en raíces,
convertida en semilla.

Así, en la Oscuridad, nos reunimos.
Y el Alba contempla ese largo abrazo nuestro,
deshecho en las lágrimas de una lluvia ligera.

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Imagen: Arthur Wardle, The Enchantress, 1901

 

El susurro de las Sombras

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Nadie puede escapar de la Sombra, pero unas veces aliviados y otras apenados, despertamos y nos aferramos casi con desesperación a la luz de la vigilia, hasta que en nuestro anhelo de seguridad, este exceso va secando lentamente nuestras vidas. Lo contrario tal vez sea comprender que más que andar por un firme suelo bajo nuestros pies, somos llevados en una corriente mayor que nosotros, en la que nuestra identidad no es más que un ligero parpadeo de la existencia.

Huímos de lo que vemos en nuestros sueños y pesadillas, de lo que llegamos a percibir cada vez que escapamos de nuestro propio control. Nos decimos que no es real, y lo que ocurre es que habla otro idioma, más antiguo, primitivo… Olvidamos, en este esfuerzo heredado y colectivo, que la luz del día es sólo otra forma de distorsión a la que aprendimos a rendir pleitesía, y a la que a menudo convertimos, llevados por nuestra ignorancia, en el tirano que no debiera ser.

La sombra late bajo tierra, es potencialidad. Un lodo oscuro y nutricio compuesto de aquello que escapa al tiempo porque ya fue, o espera ser. Esta es la función de aquel que se adentra en las sombras, abrir camino a la serpiente bajo tierra para que pueda acompañarlo a la luz del día, en lugar de tratar de diseccionarla, para que revivivifique los suelos, renovando su fertilidad. Por esto es necesaria la muerte del héroe, rindiendo su ciego orgullo de conquistador, abriéndolo como un umbral a la manifestación de lo que, hasta el momento permanecía oculto. En el mundo de las sombras la conciencia debe permanecer despierta, con el fin de guardar en la memoria las impresiones recibidas, pero debe permanecer también inanimada, para no alterarlas con la torpeza de sus imperativos dictados diurnos. Una vez vencido y entregado, una vez convertido en en umbral, el héroe volverá a levantarse, con vigor renovado, convertido en heraldo de esas potencias rescatadas del Inframundo.

El temor a la Serpiente no es otro que el temor a la pérdida del control o la esquiva “razón”, al derrumbe de los muros que construimos para proteger lo que creemos ser, del mismo modo que trazamos fronteras en los mapas, del mismo modo que clasificamos nuestro universo y vendemos nuestras almas a cambio de poder convencernos de nuestras propias ficciones sobre el mundo, sobre nosotros mismos. A partir de aquí, incluso si se trata de nuestra propia percepción, todo cuanto contradiga estas seleccionadas ficciones será declarado enemigo, será combatido, reprimido, silenciado, exiliado y alimentará en las Sombras la Serpiente que no hemos sido capaces de traer a la luz. La misma Serpiente que, convertida ya en monstruo, irrumpirá cualquier día de forma violenta en esa falsa seguridad de nuestra existencia, destrozándola para liberarnos de nuestro encierro.

Aquello que vemos entre las Sombras no es real en los objetivos términos diurnos, pero esto no significa que sea falso, la Sombra es la parte del tapiz en la que se encuentran los nudos, de la que se deduce la técnica empleada en la creación de la imagen al otro lado. Ambas naturalezas, la diurna y la nocturna, se necesitan, se retroalimentan y forman parte de aquello que somos. Sólo el considerarlas inconexas conlleva la desgracia de la pérdida del sentido profundo, la pérdida de vitalidad y gusto por esta Vida que, en ausencia de equilibrio, llegamos a considerar un regalo sin valor, o una caprichosa imposición.

De nosotros depende,  atender o desoir las enseñanzas de la Serpiente, el susurro de las Sombras. De nosotros depende recorrer de forma deliberada o forzada la engañosa senda de la Muerte, y aquello en lo que empleamos cada segundo que se nos escapa con junto a los latidos de nuestro corazón.

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Imagen: Water Serpents. Gustav Klimt, 1907

Continúa desde donde lo dejaste

Hiremy.Hirschl.Adolf.Souls.on.the.Banks.of.the.Acheron

La semana pasada, coincidiendo con el inicio de la popularmente temida retrogradación de mercurio, presentamos un nuevo podcast, “Humo y Espejos“. Esto, que puede parecer un descuido, o una torpeza a la hora de planificar, pero en esta etapa de vida en la que me encuentro he aprendido a abrazar muchas cosas temidas, incluidos los eclipses y las retrogradaciones planetarias.

¿Cuántas vidas llevas gastadas? ¿Cuántas veces has empezado desde cero? A determinadas edades es posible que te haya ocurrido en varias ocasiones, y es un tipo de aventura que he coleccionado con absoluta entrega. Algo en mí amaba tanto la violenta sensación de verme desterrada, vencida y aplastada como el energizante contacto con aquello que, en la peor de las situaciones, nos impulsa a levantarnos de nuevo. Sin embargo, algo fallaba en esta narración existencial. Efectivamente, cada vez te levantas más fuerte y sabiendo un par de cosas más respecto a la anterior etapa, pero esto por sí sólo no abre las puertas al verdadero cambio.

Como un Sísifo condenado en crecimiento exponencial, yo podía cargar cada vez rocas más pesadas y subir montañas más altas – agregaré que también podía contemplar paisajes más hermosos como compensación -, pero el resultado era el mismo una y otra vez, a partir de cierto punto tocaba empezar de cero. Otra roca, otra montaña, otro paisaje, sí; pero roca, montaña y paisaje al fin. Una variación infinita de las mismas cosas no es exactamente lo que uno puede llamar transformación, a menos que esté tratando de engañarse un poco a sí mismo tratando de adormecer esa creciente sensación de frustración que se abre paso desde el fondo de la conciencia.

Una ha empezado desde cero más veces de las que puede contar, desde ambas orillas del Atlántico, y el asunto empezaba a dejar de ser divertido incluso para esa parte retorcida de nuestro ser que se deleita con este tipo de cosas. Sabiendo que no son “los demás”, ni “la vida”, los que nos hacen pasar por este tipo de experiencias, los nuevos inicios tenían ya algo de falso y desgastado. Dentro de esta piel se produjo un auténtico colapso. La inercia me llevaba a ese engañoso encanto de las “primaveras”, de los “nuevos inicios”; pero en realidad no dejaba de ser la misma película existencial, ahora con un presupuesto mayor que permitiría hacerla “mejor”, prometerme a mí misma que esta vez sería “la buena”.  Pero algo más fuerte en mí, francamente asqueado, se negaba de forma rotunda a participar por enésima vez en el remake -con la colaboración de otros actores, otros escenarios, o alguna poética variación en el guión redactada en un alardeo de generosidad hacia mí misma- de esa vieja película eternamente frustrada.

La última roca que cayó colina abajo creó en mi una necesidad real de transformación para la que ni siquiera bastaba con quemar todo cuanto se hubiera filmado hasta el momento en la memoria. La última roca que rodó colina abajo siguió rodando hasta perderse por una de esas grutas que llevan a los estratos inferiores del Inframundo y yo, colmada de hastío, decidí seguirla. Ciertamente, se podía profundizar mucho más, y entonces, un montón de términos a los que estamos poéticamente acostumbrados cobraron una vida salvaje e impredecible me superaba, revelándose como realidades que me sacudieron como nada lo había hecho antes.

Allí comprendí – entre otras cosas- que no serviría de nada empezar de nuevo, que durante años había dando vueltas desesperadamente, tratando de evitar ese peligroso centro me llamaba cada vez con más urgencia, tratando de esquivar ese fuego cegador, esa oscuridad absoluta que atravesamos al crecer o transformarnos. También entendí que al mundo exterior le parecería genial si seguía dando vueltas y esquivando el centro un buen puñado de años más, o lo que me quede de vida, porque esta clase de cosas quedan fuera de su dominio. Y que el hallazgo de la grieta Infernal era una especie de rara suerte que no pensaba desaprovechar. Benditos sean el aburrimiento y la desazón.

La idea de empezar de nuevo, a menudo acompañada del desprecio por lo que fuimos o lo que hicimos -o no hicimos-, no es más que miedo disfrazado de jovialidad, inspiración o enamoramiento. El reto no consiste nunca empezar desde cero, en ese estado bienaventurado que nos exime de responsabilidades adquiridas en el pasado o de los remordimientos causados por el hecho de no haberlas atendido. El desafío es ir a ese punto en el que nos sentimos terriblemente decepcionados, traicionados, dolidos, resentidos o culpables y allí, en lugar de buscar compensación o cualquier otra forma de esquivar nuestros fallos o nuestra vulnerabilidad,  simplemente aceptarlos, digerirlos, disolverlos, reabsorverlos, recuperar lo que quedó encerrado en ellos, reutilizarlo. Comprender nuestro papel en el drama existencial al que contribuimos y del que somos cómplices, asumir la responsabilidad por nuestra vida y continuar con ella exactamente desde allí donde lo dejamos.

La roca de Sísifo no rodaba al llegar a la cima, sino justo antes de alcanzarla. Como en otros tormentos del Tártaro, la condena no consistía tanto en la repetición -al fin y al cabo todo nace y muere de forma cíclica- sino en la imposibilidad de alcanzar culminación alguna -la falta de desarrollo, de crecimiento, de transformación reales-. Empezar desde donde lo dejamos la última vez que las cosas no salieron como esperábamos implica atravesar la sombra, algunas veces la colectiva, pero siempre la propia. Aquí es donde aprendemos a apreciar esos temidos eclipses, esos odiados periodos retrógrados que nos empujan a interiorizar las enseñanzas del ligero y veloz Mercurio que a menudo no nos da tiempo a capta o a integrarr, el periodo retrógrado es una excelente ocasión para revisar, repensar, retomar, reconciliar, reequilibrar…

En el retrógrado, es donde nuestra visión de Mercurio deja de ser la de un adolescente dorado, recadero de los olímpicos, protector del comercio y los ladrones, para convertirse en la del Hermes psicopompo que guía a aquellos que atraviesan las regiones del Inframundo y trae de regreso a Perséfone. Aaron Cheak comenta al respecto “Hermes Chtonios está perfectamente en sintonía con el aspecto ‘retrógrado de Mercurio’ ya que desciende a los mundos invisibles justo como el planeta desciende por debajo del horizonte, haciéndose invisible al ojo desnudo, y resurgiendo sólo cuando el retrógrado se ha completado”.

La tierra es densa, se toma su tiempo, nos duele, nos recuerda lo inevitable de la decadencia de la carne y nuestra inevitable mortalidad, al punto que a menudo tratamos de rehuírla refugiándonos en fantasías aéreas, ensoñaciones acuáticas o ígneas pasiones. Pero la sabiduría ctónica, no sólo guarda en su seno la continuidad entre la vida y la muerte, sino que bajo su dominio se encuentran las claves de la estructura y el sustento, del crecimiento y la regeneración, y toda posibilidad de transmutación en esta nuestra existencia material. Vemos aquello que tememos, en vez de apreciar lo que tenemos gacias a una generosidad infinita, equiparable – para nosotros- a la del mismo Sol. La tierra no empieza nunca de cero, sus ciclos se suceden como una continuidad desde mucho antes de nuestra aparición como especie -y a pesar de ésta-, como un fluir imposible de detener.

Si quieres vivir algo realmente nuevo, algo distinto a lo que puede que hayas estado repitiendo con alguna variación durante décadas, mi consejo es que continúes desde donde lo dejaste, que pases conscientemente a través del Infierno, a través de las sombras, a través de los dolores del crecimiento y el desarrollo. No podemos volver atrás, ni podemos hacerlo “mejor”, no habrá una vez que sea “la buena”; esta clase de ideas no son más que una trampa mental tendida por el miedo a lo desconocido que, afortunadamente, no puede detenernos por más tiempo del que nosotros decidamos. Porque cuando nos asomamos más allá de la frontera trazada por nuestras experiencias, más allá de los límites que hemos usado para dar sentido a nuestra vida y lleva demasiado tiempo cobrándose a cambio nuestras energías y atención, asistimos atónitos a un decisivo cambio de contexto que nos libera de las cadenas que atesorábamos, y renueva cada faceta y cada detalle de nuestras existencias.

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Imagen: Adolf Hirémy-Hirschl, Souls on the Banks of the Acheron, 1898
En la pintura aparece Hermes rodeado de las sombras de los difuntos recientes  que aguardan la llegada del barquero Caronte.

El Tigre en el templo

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Había una iglesia cerca de la selva, y las gentes del pueblo, congregadas en el patio de tierra adyacente festejaban bajo guirnaldas de flores mientras grandes jarras de barro que pasaban de unas manos a otras entre el bullicio. Pero el templo permanecía en silencio, y allí la frescura de las sombras se interumpía a penas por un rayo de sol que iluminaba el polvo flotando en el aire.

Por por el pasillo entre los bancos vi acercarse, con pasos tranquilos, al Tigre. Hermoso, inocente en su peligrosidad, su pelaje resplandeció unos segundos bajo la caricia furtiva del sol mientras seguía avanzando hasta la pila bautismal. Como una proyección última de las formas de la vida abriéndose paso, como la oscura promesa de la muerte que llega para todos en el momento menos esperado, la bestia era terriblemente hermosa; animada por un fuego de tierra que relucía en los ojos ambarinos.

Como un enorme gato se irguió sobre sus patas traseras, apoyó las garras delanteras en el mármol blanco, y con la lengua rosada bebió del agua bendita con tanta confianza como si se tratara de una ofrenda para él dispuesta.

Espiaba fascinante la escena tras el refugio ofrecido por el confesionario. Un enorme tigre bebiendo tranquilamente de la pila bautismal transformaba por completo el templo, no sólo alterando su atmósfera, sino golpeando con el peso de una montaña la estructura de palabras sobre las que se había levantado allí, como una extraña protuberancia en el territorio.

Me vi urgida a abrirle la puerta, a pesar del miedo que sembraría entre la gente, había que encontrar una salida. Así, de primeras, uno podía pensar que el tigre había quedado atrapado en el edificio, uno podría haberlo pensado acaso si fuera otro tigre, si su movimiento fuera menos fluido y seguro ¿Cómo había entrado?

Si escucha la historia y dibuja en su mente la imagen de un tigre bebiendo agua de una pila bautismal, uno podría pensar que el Tigre estaba fuera de lugar; pero el Tigre era a la vez el suelo y los bancos, la sombra, el sol, el mármol… y parecía avanzar sobre un sí mismo desplegado con la sutileza de una flor que se abre por una superficie infinita, que incluía la muchedumbre al otro lado de los muros, la alegría por la celebración que llevaban a cabo y el pánico que experimentarían en unos minutos. Incluso yo era también Tigre, algo de aquel ser proyectado al otro lado del cristal de sus pupilas, y el gesto de abrir la puerta que había considerado mío, no era sino un impulso lanzado desde el misterio que ardía callado tras aquellos ojos.

Comprendí que los muros del templo eran una ilusión que pretendía limitar un espacio santo, como si la selva de la que vivíamos no lo fuera, que aquellos eran muros que nos separaban sólo de nosotros mismos. Comprendí que la sed es una necesidad profunda que debe ser satisfecha, que el deseo es una fuerza que avanza imparable hacia su destino, que es siempre comunión, y que todas las Aguas son sagradas.

No es el Tigre el que está atrapado.

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Imagen:
Amur Tiger Painting, David Stribbling.

 

Verde Emperatriz

Thomas Edwin Mostyn Tutt'Art@ (13)

El camino que lleva al lugar de las ofrendas, está ahora bordeado de campos verdes. No asoman aún los brotes de la cosecha, sinó esa hierba espontánea que nace de la tierra revuelta, humedecida por las lluvias y acariciada por un sol joven.  En uno de los últimos paseos, este verdor captó toda mi atención, y me trajo el recuerdo de un tiempo en el que, como estudiante de Qabalah, parte del trabajo consistía en pintar las láminas del tarot de Foster Case. En el tarot de Case, el manto de la Emperatriz es verde, y dado que se emplean varias tonalidades de verde en el conjunto de arcanos, el “verde emperatriz” se convirtió  en un referente.

Miro los campos, y me doy cuenta que éste es el verdadero “verde emperatriz”, del que nuestras pinturas no eran más que una imitación, un tosco acercamiento. Una fotografía no podría captarlo, porque no es sólo un color, sino el resultado de una intersección de fuerzas: en él está la calidez del sol que regresa después del invierno, y la tierra misma maltratada por el arado, enternecida por la lluvia, entregada a dejar pasar a través de sus capas las nuevas generaciones, al tiempo que sostiene sus raíces. Una fotografía no puede captarlo, porque no es sólo un color, es algo que se ve, se respira y se siente al mismo tiempo.

Sospeché que, si uno pudiera cruzar la lámina empleándola como puerta o umbral, se encontraría justamente donde yo estaba aquella mañana. Y, como yo, probablemente se sentiría imbuido por esa abrumadora sensación que resulta de empezar a ver la maravilla que, de hecho, es posible que siempre estuviera allí.

Esto es parte de lo que el Territorio ha hecho conmigo, ayudarme a recuperar los sentidos perdidos y guiarme en la experiencia de un mundo al que sólo nuestra conciencia adormecida nos cierra las puertas, pero que está aquí mismo. Cuando la hierba del campo, el azul del cielo, el paso lento de las nubes majestuosas, el discurrir del agua en el lavadero, el viento que mece los árboles, el aleteo de las aves, nos salen al encuentro en su verdadera dimensión, cuando captamos un pedacito más de ella de lo que tenemos por costumbre, hay algo en nosotros que se derrumba como una vieja cúpula por la que entran los rayos de sol. Hay una derrota que es también liberación, una entrega mútua, un deleite en la plenitud del momento que parece escapar del tiempo.

Esto no viene a arrebatarme lo que aprendí acerca de la Emperatriz, de hecho, las sensaciones que mi cuerpo recibe al contacto con la experiencia del verde de los campos,  corren a vincularse con la referencia mental, aunque la excedan. Posiblemente saben dónde ir porque años atrás se creo un espacio en esta mente para ellas, y ahora ese espacio mental, habitado por su presencia, está siendo reformado, ampliado, matizado… Esto es algo que el Territorio y la Sombra han hecho por mí, a menudo puedo pasearme por el mundo mientras las sinconicidades florecen a mi alrededor, bajo mis pasos, sobre mi cabeza…

Este es el tiempo de la Emperatriz para mí, una segunda ronda a todo lo que una vez creí, una manera radicalmente distinta de ver (y estar) en lo de siempre, un amor por lo manifiesto que conlleva una profunda transformacion de todo lo conocido. Por primera vez en mi vida me detuve a abrazar mis terrores, por primera vez el Inframundo me llamó a sus profundidades, dónde del mismo modo que la Tierra se nutre de las hojas y los frutos caídos, devoré los despojos últimos de mi propio cadáver.

Y, como la Emperatriz, regreso grávida de este encuentro con la oscuridad.

Cargada con algunos proyectos a punto de salir a la luz, los últimos pasos se hacen pesados y, en ocasiones, me enojo con mi propia torpeza, experimento repentinos antojos o me pierdo en ensoñaciones; me pregunto si estarán bien colocados y bajo qué signo nacerán, me preocupa cómo los va a recibir el mundo de la superficie.
A ratos, experimento cierta reticencia a dejarlos ir, hasta que concedo que no serán sólo lo que yo he imaginado o planeado para ellos, que tendrán su propia trayectoria y no pueden pertenecerme por completo, que debo doblegarme a la fuerza que se agita y pugna por salir del cálido y seguro refugio de mi regazo, de mi silencio.

Será lo que deba ser.

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Imagen: Thomas Edwin Mostyn, Womanhood, 1925

¿Qué harás, buscador?

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¿Qué haras, buscador, cuando encuentres? Cuando en la oscura profundidad de la cueva la impía garra destroce tu corazón. Cuando tu corazón se abra como un fruto rojo y en un charco de sangre descubras ese centro aún palpitante que, por más que lo desees, se niega a morir.

¿Qué harás cuando, aniquilado por las fauces del dragón, sepas que ya no hay camino que pueda regresarte a lo que una vez fuiste, o creíste ser? ¿Qué harás cuando volver sea un dolor en tus ojos y el imperio diurno un pálido recuerdo?

¿Qué harás cuando el mundo te pertenezca? ¿Cómo asumirás el terrible peso, sabiendo -como ahora sabes- que no es más que un juego de niños?¿Cómo caminarás entre los hombres cuando la risa te sacuda por completo? Ellos te llamarán loco, con el mismo desdén que mostraste cuando estabas al otro lado y aquello parecía todo.

Has buscado toda tu vida -aprendiste bien que eso era lo que debías hacer -. Pero no estabas preparado para encontrar aquello que te esperaba. ¿Qué harás, buscador, cuándo encuentres? ¿Intentarás convencerte de que no ha sido más que un sueño?

Es lo que todos hacen.

Recibir es demasiado femenino, una terrible humillación para el héroe inquieto que se queda de este modo sin nada que ganar o demostrar. La recompensa, para él, es también el fin de la aventura, su muerte.

Recibir es demasiado femenino, implica hacer algo con aquello que se recibe, implica abrazar la propia muerte, asumir la propia mortalidad, y nutrir con esto el germen de esa semilla que, como a una cáscara, abandona el ser que fuimos, y toma impulso hacia un futuro completamente desconocido.

Por eso ninguno quiere encontrar en realidad.
Por eso se llaman a sí mismos buscadores.
Juegan a buscar lo que ya tienen,
es más seguro así.
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Imagen: Frederic Leighton, Perseo y Andrómeda, 1891

 

Foc i cendres

Triumph of the Wolves

 

Desfulla els arbres, remou la terra roja. Camino com si pogués avocar-me al paisatge través dels ulls i vessar-me en la seva generosa amplada. Com si en el meu silenci pogués desterrar el soroll.  He retrobat vells escrits; torno a  llegir-los des de l’altra banda d’un riu que no recordo haver creuat. Els mateixos mots que llavors anunciaven, confirmen avui que avanço en cercles imperfectes, i retorno com un fantasma a les mateixes cruïlles, infinitament diferents en cada mirada.

Però prefereixo ser la bèstia que cerca per les vores del camins que una nina a la que hom vesteix i desvesteix, i fa jugar a les cases, i desfilar, encaixada a la força, per una infinitat d’oficis. Prefereixo estar trencada que en un pedestal. Prefereixo respirar lentament a través de les esquerdes que s’obren a cada batec. Prefereixo dansar quieta sobre els pedaços d’un món irrecuperable, com si així pogués assegurar que no retornarà mai. Prefereixo que la pluja mulli les ales de la papallona, devorant el seu vol, i una petja forana, indiferent,  l’enfonsi en el fang.

Les paraules em fugen pels turons del capvespre com un ramat espantat quan els llops de l’ombra s’atansen. S’hauria dit que res havia de canviar, però ara tot és diferent. Jo, com el poeta, em declaro -solemnement, pel que vaig ser- vençuda, i amb un somriure que no reconec em vaig acomiadant a cada glop que prenc del calze de la lluna. ¿Fins quin punt podem perdre’ns? ¿Fins quin punt no és la boira, o la foscor mateixa, el que ens guia quan el nostre esguard, esgotat, s’apaga?

No temo el meu destí de foc i cendres, àdhuc enyoro l’abraçada absoluta en la que cremen el límits de la pell i les màscares desgastades. L’absència momentània d’un horitzó que desapareix en un instant d’angoixa, robant-nos l’alè, per tornar-se a traçar en el següent.

Imatge. Triomph of wolves, Ernest Thompson-Seton, 1883

 

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Deshoja los árboles, remueve la tierra roja. Camino como si pudiera verterme en el paisaje a través de los ojos y derramarme en su generosa amplitud. Como si en mi silencio pudiera desterrar el ruido. He reencontrado viejos escritos; vuelvo a leerlos desde la otra orilla de un rio que no recuerdo haber cruzado. Las mismas palabras que entonces anunciaban, confirman hoy que avanzo en círculos imperfectos, y vuelvo como un fantasma a las mismas encrucijadas, infinitamente distintas en cada mirada.

Pero prefiero ser la bestia que busca por los bordes de los caminos que una muñeca a la se viste y se desviste, se la hace jugar a las casitas, y desfilar, encajada a la fuerza, por un sinfín de oficios. Prefiero estar rota que en un pedestal. Prefiero respirar lentamente a través de las grietas que se abren a cada latido. Prefiero danzar quita sobre los pedazos de un mundo irrecuperable, como si así pudiera asegurarme de que nunca volverá. Prefiero que la lluvia moje las alas de la mariposa, devorando su vuelo, y que una huella extraña, indiferente, la hunda en el barro.

Las palabras me huyen por las colinas del atardecer como un rebaño espantado cuando los lobos de la sombra se aproximan. Se habría dicho que nada cambiaría, pero ahora todo es distinto. Yo, como el poeta, me declaro – solemnemente, por lo que fui- vencida, y con una sonrisa que no reconozco me voy despidiendo a cada sorbo que tomo del cáliz de la luna. ¿Hasta qué punto podemos perdernos? ¿Hasta qué punto no es la niebla, o la oscuridad misma, la que nos guía cuando nuestra mirada, agotada, se apaga?

No temo mi destino de fuego y cenizas, incluso añoro ese abrazo absoluto en el que arden los límites de la piel y las máscaras desgastadas. La ausencia momentánea de un horizonte que desaparece en un angustioso instante, robando nuestro aliento, para volverse a trazar en el siguiente.

Imagen. Triomph of wolves, Ernest Thompson-Seton, 1883

Terra, Joan Vinyoli

Takato Yamamoto
Takato Yamamoto, Woman in branches

 

La Terra

Arbre de càntic a mercè
de vents contraris a la terra,
meu estatge, la terra
m’ha nodrit les arrels:
la muntanya i el bosc,
el ponent i l’aurora,
són dintre meu, són ja la meva sang.

Diré tan sols: empara’m, terra,
damunt la teva falda i en els ulls
posa’m la mà feixuga de silenci.
M’adormiré en la tarda blava
dels teus ulls.

Joan Vinyoli, El Callat, 1946

 

No només en el llampec que enlluerna anunciant aquell brogit que farà tremolar el sòl sota els nostres peus, sinó també en la humil remor de la pluja que arrossega suaument la terra, creant senders insospitats al seu pas atzarós.

Un dia, i un altra dia, com denes en un collar que el temps va desgranant, les corrents desvetllades ens porten en elles, mentre allò que fórem va perdent-se en la callada tenebra de l’oblit. L’esbarzer amb les seves urpes, la roca amb el seu coltell, fan seva la pell que deixem pel camí,  i ja no ens dol el sacrifici, si es que se’n pot dir sacrifici de l’alliberament dels vells límits, de la dissolució de les fronteres del nostre ésser. No ens dol, però si fes mal, tant se valdria, amarats ja del daurat del capvespre de tardor, de l’aurora hivernal.

Algunes tardes quelcom crida, i jo em deixo portar, lluny de les veus del món, pels camins deserts entre els camps remoguts, fins el que ens queda de bosc. Jec sota el brancatge de l’alzina, en un jaç de roca i fulles seques, sobre la terra humida. Respiro el fred i sento el batec que ens uneix, mentre la nit va estenent-se al nostre voltant com un vel de foscor. Del laberint dels Salons Soterranis, grimpen per les arrels els càntics del cor de l’estiu, refugiat en la sina de la terra, com el foc de llar primera.

Sento la mort en cada alenar,  conscient de que allò que em conforma ha canviat com els colors d’aquest paratge que ens empara. A través de la cúpula de les fulles, des del nostre cel ferit, s’escola encara la llum d’alguns estels. Moro en cada alenar, de la mateixa manera que viuré quan no quedi res del que he estat, quan tota jo sigui ja terra.

Moren les paraules en creuar el llindar, superades per allò que voldríen dir però no acabaran mai de copsar, regna el silenci. Anem pels marges, amb tot el que som, alè i batec, ossos i carn, lliurant-nos, extraviant-nos, meravellats alhora de la nostra fragilitat, i de la força callada que s’amaga al darrera i ens empeny a través de les ombres i la llum.

 

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La Tierra

Árbol de cántico a merced
de vientos contrarios a la tierra,
mi morada, la tierra
ha nutrido mis raíces:
la montaña y el bosque,
el poniente y la aurora,
son en mi, son ya mi sangre.

Diré tan solo: ampárame, tierra,
sobre tu regazo y en los ojos
ponme la mano pesada de silencio.
Me dormiré en la tarde azul
de tus ojos.

Joan Vinyoli, El Callat, 1946

No sólo en el relámpago que deslumbra anunciando aquel ruido que hará temblar el suelo bajo nuestros pies, sino también en el humilde rumor de la lluvia que arrastra suavemente la tierra, creando senderos insospechados a su azaroso paso.

Un día, y otra día, como cuentas en un collar que el tiempo va desgranando, las corrientes desveladas nos llevan en ellas, mientras lo que fuimos va perdiéndose en la callada tiniebla del olvido. La zarza con sus garras, la roca con su cuchillo, hacen suya la piel que dejamos por el camino, y ya no nos duele el sacrificio, si es que puede llamarse sacrificio de la liberación de los viejos límites, de la disolución de las fronteras de nuestro ser. No nos duele, pero si lo hiciera, no importaría, empapados ya del dorado del atardecer de otoño, de la aurora invernal.

Algunas tardes algo llama, y ​​yo me dejo llevar, lejos de las voces del mundo, por los caminos desiertos entre los campos removidos, hasta lo que nos queda de bosque. Yazgo bajo el ramaje de la encina, en un lecho de roca y hojas secas, sobre la tierra húmeda. Rrespiro el frío y siento el latido que nos une, mientras la noche va extendiéndose a nuestro alrededor como un velo de oscuridad. Del laberinto de los Salones Subterráneos, trepan por las raíces los cánticos del corazón del verano, refugiado en el seno de la tierra, como el fuego del hogar primero.

Siento la muerte en cada aliento,  consciente de que lo que me conforma ha cambiado como los colores de este paraje que nos ampara. A través de la cúpula de las hojas, desde nuestro cielo herido, se cuela aún la luz de algunas estrellas. Moro en cada respirar, al igual que viviré aún cuando no quede nada de lo que he sido, cuando toda yo sea ya tierra.

Mueren las palabras al cruzar el umbral, superadas por lo que quisieran decir pero no acabarán nunca de alcanzar, reina el silencio. Vamos por los márgenes, con todo lo que somos, aliento y latido, huesos, carne; librándonos, extraviándonos, maravillados al mismo tiempo de nuestra fragilidad y de la callada fuerza que se esconde detrás de ella y nos empuja a través de las sombras y la luz. 

El espíritu del zorro literato, y Saint-Exupéry

zorro

El Sueño es un territorio extenso… a través de sus umbrales accedemos a conocimientos y realidades que generalmente nos estan veladas durante el tiempo de la vigília. Al igual que sucede con nuestra geografía física, cada sueño tiene un clima, un paisaje, unos habitantes e incluso un código propio. Hay sueños que no son más que los restos acumulados de memorias reticentes, hay otros que nos adentran a Mundos que parecen más reales que aquel en el que despertaremos. Hay lugares en el Sueño a los que llegamos en una única noche y, sin embargo, nos acompañan a lo largo de los años, a veces como un misterio personal por descifrar. Hay lugares en el Sueño por los que estamos de paso, y otros a los que volvemos siempre como a un segundo hogar.

Para mí, el Sueño configura un espacio y un tiempo sagrados para el encuentro con la Sombra, y todo lo que a través de ella permea hacia mí. Este es el motivo por el que me rehúso a programar mis sueños, a imponer la voluntad de mi conciencia en ellos. Los sueños que no nos dicen nada, los que no son significativos, los que no recordamos cumplen también su función, y nos dan el descanso necesario para funcionar en la vigilia. Antes que explotar este terreno para que rinda los resultados deseados por mi ego, prefiero cuidar este espacio para que las sombras, que requieren su tiempo, desarrollen su labor.  Las invito a contarme lo que necesito saber, y luego guardo silencio y presto atención. Recuperar el puente que vincula la experiencia onírica con la vigilia es recuperar una delicada red de senderos entre mundos o realidades; pero estos senderos se parecen más a las corrientes invisibles y cambiantes en las que viajan las aves que a las carreteras que surcan nuestra tierra como cicatrices de asfalto.

Hace algunas semanas, cuando empezaba a redactar algo acerca de la conexión con el territorio, tuve un sueño curioso. Estaba en un apartamento, en una zona urbana no demasiado bonita, ni recomendable; teníamos un patio y en su muro había un agujero. Un zorro decidía instalarse allí. No era un zorro como los que encontraríamos en el campo, sino algo así como la idealización de un zorro, una criatura de tamaño mucho mayor que se movia como una grácil pincelada de rojo fuego tras unos ojos verdes, brillantes e inteligentes.
Sorpendida – aunque honrada – por su presencia, lo único que se me ocurría decirle era “Eres demasiado hermoso para estar en un lugar como éste, no quiero domesticarte“. El zorro se reía, condescendiente, respondía “No estoy aquí para que me domestiques, estoy aquí porque me caes bien y me apetece. De todas formas no es domesticar. Vuélvelo a leer.”  Fin del sueño.

Al despertar obviamente recordé el Principito de Antoine de Saint Exupéry, obra a la que, sin haber leído, le tengo manía desde pequeña precisamente por  la famosa cita “domesticar es crear vínculos”, sacada del capítulo XXI. Teniendo en cuenta que en mi mente domesticar es sinónimo de dominar o someter lo salvaje a nuestros civilizados intereses, se comprenderá mi horror y mi manía a la sentencia. Pero era el tipo de sueño al que uno puede prestar atención, y realicé la correspondiente búsqueda rápida. A saber cómo, el zorro tenía razón. La palabra original es “apprivoiser”, que se puede traducir como domesticar, pero que tal vez sería más exacto traducir como “familiarizarse con”, lo que dejaría el texto así:

(…) -No -díjo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa “familiarizarse”? -volvió a preguntar el principito.
-Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa “crear vínculos… ”

(…)
Familiarízate conmigo -le dijo.
-Bien quisiera -le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas.
-Sólo se conocen bien las cosas con las que te familiarizas -dijo el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. (…)
-¿Qué debo hacer? -preguntó el principito.
-Debes tener mucha paciencia -respondió el zorro-. Te sentarás al principio ún poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca….

Así re-leído, el texto tenía otro sentido para mi. Se trataba de una mínima corrección, un afinar los conceptos [ La domesticación es un proceso en el que uno de los implicados en la relación impone su voluntad sobre el otro; la familiarización, sin embargo, conlleva una transformación mútua, por acercamiento y contacto de ambas partes], pero sobretodo se trató de una especie de guiño acerca de la interacción del mundo onírico con el vigil. Una anécdota para empezar a hablar del “trabajo” con sueños.

El zorro del sueño sabía cosas que mi conciencia no podía saber  – mi francés no da para tanto- , o tal vez fue a rescatarlas del fondo de mi memoria en un momento en quepodían tener sentido para mí. Una sincronicidad mínima que me invitaba a comprobar con un mensaje demasiado directo como para perder el tiempo buscando cosas como “qué significa soñar con zorros” o “el zorro como animal totémico/ de poder”, dándome un ejemplo de aquellos casos que resultan tan personales que una respuesta externa, general, localizable en una lista de correspondencias, carece de sentido.

El contexto es importante. Dado que mi lenguaje onírico tiene una clara preferencia por las formas animales, si debiera considerar cada animal que aparece en mis sueños como un “animal de poder” a mi disposición, podría hacer llorar de envidia al señor de las bestias. Por otra parte, los zorros reales que habitan los montes y los campos no leen libros y comentan al respecto – en todo caso, tienen otras cosas que enseñarnos-. No fue el “espíritu del zorro” lo que vino a visitarme, en todo caso, sería el espíritu del zorro literato. Naturalezas muy distintas pueden animar formas parecidas, lo cual no impide que cada experiencia pueda aportarnos algo valioso. Simplemente, se trata de tener paciencia, tener preparado el espacio y dar la bienvenida a las visitas cómo si fueran visitas de verdad, y no un programa mecánico de preguntas y respuestas automatizadas.

En la mayoría de casos no vendrán con grandes revelaciones, consejos o augurios -cuando lo hagan, seguramente marcaran un antes y un después en nuestras existencias-. En el sueño como en la vigilia, los aliados, los familiares, no son mascotas, ni bestias de carga. Así como es recomendable acercarse al mundo natural con delicadeza y respeto, también lo es en referencia al territorio onírico. Reparar el hilo quebrado, ganar la confianza de las sombras, de lo invisible. Quitarse los zapatos, dejar la mente del conquistador fuera de este espacio sagrado. Prestar atención, escuchar. Es mucho lo que tenemos que aprender antes de poder dejar una huella que no altere el manto de pétalos que pisamos, antes de poder articular una palabra con sentido en un reino al que nuestra larga ausencia nos devuelve como extraños.

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Imagen: Vulpes vulpes, Robert Farkas

Tiempo

Toshiyuki Enoki

Mientras contemos con tiempo, todo puede suceder, pero nuestro tiempo no es un recurso infinito: Nadie sabe el tiempo que le ha sido concedido para caminar sobre esta tierra. El tiempo es una de mis peores obsesiones, al grado que guardo más reproches por los días gastados en vano, que por ninguna herida. Porque me sé lenta, porque soy impaciente, porque nunca he sabido atesorarlo con el cuidado que merecía.

No hace mucho alguien me decía que las corrientes de la vida adulta no han sido capaces de arrastrarme lejos de aquello que tiene sentido para mí, aunque esto me haya llevado por caminos torcidos. Pero es sólo porque una parte de mí se ha dedicado a robar tiempo del tiempo que yo sentía que debía y entregaba sin reservas a otras mil cosas. Mientras yo me esforzaba por adaptarme a los roles que me tocaban a cada momento, era mi Sombra quien alimentaba a escondidas, con restos y migajas cuando no había nada mejor, el anhelo de otra forma de existir, y el recuerdo de ciertas grandezas ante las que las exigencias del mundo deben ser doblegadas.

A veces lo mejor de nosotros sobrevive como quien comete un crimen, como si en realidad no fuéramos merecedores de una vida propia… Releo comentarios de los últimos cinco, diez, quince años, siempre estrangulada por una crónica falta de minutos, pidiendo disculpas por no llegar a todo. Tal vez lo peor, lo más triste, es que todo este agobio, este sufrimiento prolongado día a día, semana a semana, mes a mes, este desangrarme contínuo, me llegó a parecer normal. De hecho, me llegó a parecer obligatorio. “Hay que esforzarse al máximo”, no?

El trabajo con la Sombra puede ser duro y desagradable en muchas ocasiones, pero a menudo es la única fuerza capaz de dar un buen golpe sobre la mesa en situaciones como ésta, y rescatarnos de las tampas en las que acabamos encerrados por ingenuos o descuidados. Así que, a pesar de que haya dado muchas sacudidas a una vida que yo creía que estaba bastante bien, siempre agradeceré a mi Sombra la reconquista de nuestro Tiempo, de cada uno los segundos que ahora compartimos y que no cederemos tan fácilmente.

 SeparadorImagen: Toshiyuki Enoki