Una emigrada lituana y un barón inglés

8791526024657_MDEsta semana volví a El Libro Rojo para hablar de Marija Gimbutas y su obra “Diosas y Dioses de la Vieja Europa”. Es la segunda vez que toco el tema, como una de esas encrucijadas que, por más que desees dejar atrás, reencientras una y otra vez. A menos que uno quiera pasar de puntillas sobre el tema, o convertirse en un seguidor o detractor incondicional, la figura y la obra Gimbutas remiten a un profundo conflicto que atraviesa diversos niveles de reflexión.

Ahí está Gimbutas, sus aportaciones a la disciplina arqueológica/histórica, su vínculo subjetivo con aquello que identificó como “La Diosa”, su heroica historia personal y su poder mediático, aunque muchos no sepan aún quien fue. Y por otro, ahí está lo mucho que hay que matizar acerca de lo que dijo y la deriva de su carrera desde la arqueología al movimiento espiritual. Cada vez que tengo que hablar de Gimbutas dudo entre si presentar sus propuestas como algo novedoso o desfasado, porque resulta que es ambas cosas a la vez.

Es novedosa porque para mucha  la idea de “la Diosa”, la noción de un divino femenino en conexión con la tierra, la importancia del mito y el símbolo, és aún algo exótico y confrontante, y terriblemente necesario. Pero está desfasada porque lo cierto es que, desde la perspectiva metodológica, si sólo nos basamos en la interpretación libre e intuitiva de los símbolos hallados en la cultura material de antiguas civilizaciones,  es tan válido creer en una Gran Diosa como en Alienígenas Constructores de Pirámides.

Esto lo saben muy bien en History Chanel. Y esa es la visión que se tiene de la historia en general, o bien una justificación para nuestras propias ideas y tendencias, o bien es una obligación (en un mundo en el que la apariencia de cultura se presupone signo de status social), o bien se convierte en un entretenimiento o forma de evasión. En el fondo permanecen los mismos discursos polarizados, la misma manipulación emocional y la misma impotencia final. Lo que resulta más angustiante es la facilidad que tienen los polos para invertirse, cómo un discurso rompedor termina perpetuando las estructuras que en origen pretendía derrocar,  y aún convirtiéndose en cómplice del mismo.

Gimbutas (Lituania,1921) tiene una biografía fascinante, trabajando en condiciones de franca desventaja entre sus colegas, logró abrir el ámbito de la arqueología hacia los estudios lingüísticos e históricos, y a su relación con el folklore, el mito y el símbolo. Cambió el panorama de la interpretación arqueológica de su tiempo, y su propuesta consiguió llegar a un gran sector del público general. A partir de una lectura simbólica de las piezas halladas en sus excavaciones en Europa del Este, Gimbutas elaboró un relato de la vida en el neolítico como nunca se había visto antes, pues aún sobrevivía en muchos aspectos el prejuicio de la “humanidad primitiva”, simple, tosca, incapaz, etc.

Gimbutas describió el desarrollo local de una civilización floreciente, igualitaria, pacífica, abundante y prácticamente centrada en una religiosidad centrada en una divinidad femenina de múltiples formas. Gimbutas recuperó para la contemporaneidad la noción de una Época Dorada, un Paraíso Original. Después de la Segunda Guerra Mundial -de cuya violencia ella misma había sido víctima-, podría decirse que el mundo necesitaba precisamente ese respiro, la fe en una cultura pacífica y floreciente, la regeneración de la humanidad misma, alcanzable al abrazar otro orden de valores (de cuyo éxito, el discurso de Gimbutas parecía ser una prueba). “La Diosa” adorada por muchos grupos neopaganos o de la New Age debe mucho a Gimbutas y Robert Graves, y se puede pensar en ella como una figura que responde de forma precisa a las necesidades del momento en el que es invocada.

Pero para que la historia de un Paraíso Original funcione, se necesita identificar la causa de su pérdida. Muchos pueblos y mitologías han señalado un distanciamiento de las costumbres o la ruptura de algún tabú dentro de las comunidades afectadas, pero en occidente tenemos otra estrategia para explicar esta pérdida: el enemigo invasor. En el escenario creado por Gimbutas, ese enemigo exterior, absolutamente contrario, en el que se proyecta todo lo que molesta o no conviene al retrato idealizado de la Vieja Europa son los pueblos indoeuropeos, demonizados como portadores de todos los males: La violencia, la tiranía, el patriarcado, etc.

A pesar de la fuerte oposición que halló en el ámbito académico, su teoría de los kurganes (que explicar la llegada de los indoeuropeos) se considera aún en la actualidad bastante acertada, puntalizando precisamente que los pueblos indoeuropeos no llegaron sólo a través de invasiones violentas, sino también por medio del contacto cultural en contextos de convivencia e intercambio. Sin embargo, Gimbutas en su faceta popular, enfatizó aún más la violencia y el conflicto teóricamente impuestos por los indoeuropeos. Se produjera de forma intencional o no, el hecho de señalar un enemigo común era (y es) la clave para la identificación emocional del público con el mito moderno que habían generado Gimbutas y su idealización del pasado de la Vieja Europa.

Dicho de otra forma, mucha gente quería abrazar la idea de un mundo o de una sociedad nuevos, pero muy pocos estaban dispuestos a aceptar su grado de participación o de responsabilidad en la creación de la situación que se pretendía superar (a pesar de que es precisamente la responsabilidad y participación sobre algo lo que nos da el poder para transformarlo). Lo podemos formular en presente también. A nuestra cultura le encanta ver al enemigo en los otros,  tener un oponente tan malvado que a su lado nuestras propias faltas parezcan intrascendentes, un enemigo tan poderoso que nos exima del esfuerzo de hacer algo por enfrentarlo y nos permita quejarnos al aire de lo injusto que es todo, como si alguien tuviera que venir y arreglarlo porque entra en el seguro que pagamos cada mes, pero de cuyo contrato nunca leímos la letra pequeña.

En lo que respecta a la historia, sabemos que la historia empezó como un género literario, pero llega al siglo XX como una disciplina académica, lo cuál la convierte en un curioso híbrido al que, por añadidura, todo el mundo quiere manipular a su favor. La historia requiere conjuntar dos capacidades humanas aparentemente contradictorias y opuestas: la razón y la imaginación. Una parte del trabajo consiste en recolectar datos de la forma más fiable y objetiva que esté al alcance, otra consiste en ponerlos en relación, aventurar una interpretación, e irla afinando a medida que aparezcen nuevos datos… Que en más de una ocasión, obligaran a volver al punto de partida. El investigador debe estar tan bien templado como el arma que maneja.

Colin-Renfrew-and-Marija-Gimbutas
Colin Renfrew y Marija Gimbutas

Nuestra cultura, centrada en el culto al individuo o la personalidad, busca siempre protagonistas para las historias en las que se inspira, del mismo modo que la creación de paraisos idealizados proyecta la sombra de los mismos hacia unos infiernos negados, la configuración del personaje idealizado proyecta todo lo que es rechazado en su némesis. Hablar de trabajos colectivos no resulta tan llamativo como presentar un nombre, una biografía. Si la imagen de un individuo destaca por encima de todos los que se han dedicado a continuar el trabajo que inició o inspiró, si parece que no exista otro remedio que estar a favor o en contra de lo que encarna, para encontrar cierto equilibrio y una visión completa de las cosas, deberemos identificar a su máximo oponente. Y en el caso de Gimbutas, éste bien pudiera ser Colin Renfrew.

Gimbutas y Renfrew, la emigrada lituana y el barón inglés, trabajaron conjuntamente en varias excavaciones, publicaron algunos trabajos en conjunto, defendian teorías contrarias respecto a la llegada de los indoeuropeos. Pero las críticas de Renfrew son en gran medida un llamado al sentido común (¿Tiene sentido ver en todo una intención religiosa? ¿Es suficiente la interpretación de los símbolos encontrados en las producciones materiales de una cultura para deducir su modo de vida?). Ambos fueron arqueólogos dedicados, pero allí donde Gimbutas destaca por su  intuición, inspiración o creatividad, Renfrew destaca por la revisión crítica de los métodos empleados en la arqueología, su interés por las posibilidades de los avances técnicos para lograr mayor precisión en las dataciones y su labor por  el estudio y la preservación de los yacimientos más allá de las piezas que se pudieran sacar de ellos. Renfrew ha dedicado toda su vida a la arqueología, Gimbutas – tal vez como reaccion a la descarada hostilidad que halló entre sus colegas y a la calidez de sus seguidores – se alejó cada vez más de la disciplina para perseguir objetivos que sin duda iban más allá del conocimiento del pasado, y de los que ya no es lícito hablar en términos arqueológicos, o incluso históricos, porque los trascienden.

A mi parecer aún son necesarias personas como Gimbutas y como Renfrew, aunque sus nombres nunca lleguen a ser conocidos, pero tal vez necesitemos con mayor urgencia personas capaces de reconocer la validez de ambas visiones, de lo imprescindible de su coexistencia y diálogo dentro y fuera de nosotros.

El documental dedicado a la figura de Gimbutas en 2004 lleva por título “Signs out of Time”, y hubiera sido difícil escoger algo que describiera mejor la trayectoria de Gimbutas, pues aunque partió de un tiempo y unos hallazgos concretos, pero derivó en las aguas de la atemporalidad y la analogía. Lo cual puede ser muy necesario, inspirador, e incluso más importante que las pretensiones originales, pero no puede presentarse como el fruto de una investigación científica, como algunos pretenden.

Lo cuál me parece absurdo e innecesario. Querer hacer pasar algo por ciencia, al mismo tiempo que desprecias los métodos científicos, desvela una inseguridad terrible y un desprecio aún mayor por los propios métodos. Aún hay demasiadas personas que quieren desesperadamente la validación científica, objetiva, que no pueden vivir sin ella, como si de esto dependiera su realidad. La ciencia no es más que un juego cuyas reglas no deben ser burladas, porque su único objetivo está en el tipo de conocimiento que se obtiene al seguirlas.  Este tipo de conocimiento no es útil en todos los ámbitos, resulta un poco absurdo en el Arte, por ejemplo.

Nuestra cultura ha pasado de tener una fe ciega en la divinidad omnipotente a depositarla en una abstracción idealizada de la Ciencia. Si el patrón original no se hubiera perpetuado gracias a esta sutil y superficial mutación, reconoceríamos tanto las limitaciones del ámbito objetivo, como la importancia del ámbito subjetivo. Es el caso del mismo perro con otro collar. Las historias que nos venden y compramos se disfrazan con datos, cifras, justificaciones objetivas y racionales, pero lo que nos mueve sigue siendo las emociones y los impulsos.  La  mitología surgida a partir del discurso de Gimbutas, es profundamente dualista y requiere de la identificación de un enemigo externo, más o menos abstracto.  Y esto, por más que lleve una divinidad femenina a la cabeza, no tiene nada de nuevo.

Una parte del trabajo del investigador en historia consiste en ver en qué nos parecemos a nuestros ancestros – no importa la época-, otra en saber apreciar las diferencias. Del mismo modo que sucede con los oráculos, lo más difícil de esta labor – cuando se toma en serio- es reconocer las proyecciones que derramamos cuando nos miramos en el pasado como un espejo. Estas proyecciones no pueden descartarse, deben ser identificadas y situadas donde corresponde. La proyección es siempre algo que nos regresa a la reflexión acerca de nuestra propia época, pero no nos dirá mucho acerca de los antepasados. En la medida en la que nos conocemos a nosotros mismos, podemos conocer a otros más por lo que son en ellos mismos que por lo que significan en función de nuestras necesidades. Lo mismo sucede con la historia (y con todo, así en general).

 

El Mirall Màgic / El Espejo Mágico

Presente desde la antiguedad en el inventario de las herramientas mágicas, las aplicaciones operativas del espejo son extensas y variadas y van más allá de sus usos folclóricos como objeto protector y propiciatorio, o como componente en la fabricación de talismanes más elaborados. Empleado con conocimiento y comprensión de sus facetas más profundas, el espejo en contexto ritual tiene la propiedad de potenciar los efectos de la conjuración y la clarividencia, y puede jugar un papel clave en la comunicación con espíritus y potencias, así como en iniciaciones y ritos de paso. […]

a través de El Mirall Màgic / El Espejo Mágico — El Gremi de l’Art

El Censor

11410763_1664159157188155_1467193674_n

 

Estamos en octubre de 2012, en México D.F. Mientras el mundo fantasea con su fin, limpio a conciencia la casa, y me preparo para celebrar Samhain y el Día de Muertos al mismo tiempo. Una parte de mí sabe perfectamente que no hay contradicción en esto, pero a menudo no es fácil de explicar, así que guardo silencio al respecto. La casa en la que vivo está en una colonia de sombría reputación y carece de suelo, pero el altar se verá majestuoso presidido por la cornamenta de venado rescatada de la buhardilla de mi jefa hace sólo unos días, qué casualidad. La miro y me recuerda a Niño Roto, y me hace pensar cómo, a veces, me gustaría que me llevara al otro lado, aún más lejos.

Me encanta preparar el Altar de Muertos. Voy y vengo como una abeja, completamente entregada a la labor, olvidada de mí misma. Es como tener diez años otra vez, sólo que algo retorcidos por el curso de la vida. Salgo al mercado a por papel picado y flores de cempasúchil. Y de camino la veo por el rabillo del ojo, sobre una sábana vieja, entre un montón de baratijas, restos de producción y trastos de segunda o tercera mano. Dorada y sonriente sobre la flor de loto, cuatro brazos. No la puedo identificar, pero es sin duda una divinidad hindú. En ese momento no pienso, sino siento, que ése no es su lugar, que no debe estar allí, y lo siento prácticamente como una ofensa. Sigo caminando.

Vuelvo a buscarla. Finjo desinterés, y pronto la tengo en mis manos por un precio irrisorio. Es ligera, pero aún así un gran peso. Yo no creo en los dioses, no en el sentido en que otros lo hacen; los dioses para mí son algo distante que de vez en cuando nos observa con curiosidad… Y sin embargo, la figurilla despierta en mí una idolatría insospechada; me acosa la necesidad de darle un lugar de honor, de ofrecerle velas e inciensos, de contemplar en silencio su belleza.

Al mismo tiempo, me siento ridícula por ello.

Investigo, cómo no. Es una imagen de Lakshmi. Cada año, por estas fechas, en India celebra el festival Diwali, en cierto modo un año nuevo. Entre otras tradiciones, las amas de casa limpian sus hogares y preparan altares para recibir a Lakshmi con alfombras de flores, incienso y lamparillas. Pienso “Ok, también es nuestro año nuevo; tenemos aquí un altar fabuloso, con flores y velas que señalan el camino para recibir la Visita. Posiblemente es lo más cercano que encuentres a un hogar, y desde luego es mejor que la acera de la calle”.

Preparo para ella un pequeño altar aparte, no vayamos a mezclar más. Algo después, durante la celebración del 31 de octubre, recibo un mensaje muy claro que viene de ella: “Cruzarás un océano“. Me toma por sorpresa, lo interpreto como algo simbólico, por supuesto. Tres meses más tarde estoy bajando del avión; cargo con mi gato, el portátil y la figurilla de Lakshmi, de vuelta definitiva a Barcelona.  He perdido todo lo que creía que era mi vida, estoy destrozada. Y aún así…

Sé, aunque a mi ego le cueste admitirlo y lo experimente a través de una terrible desolación, que yo tampoco estaba en el lugar más adecuado para mí. Que, a pesar de pretender que todo iba bien, vivía para trabajar y aún así costaba llegar a fin de mes, que nunca habría esfuerzo suficiente de mi parte para que aquella casa funcionara correctamente, que mi pareja estaba repartiendo su atención en mil asuntos, pero no en nuestros proyectos comunes – incluida nuestra relación -, y que todo aquello se robaba la energía que necesitaba para los propios, además de haber afectado muy seriamente a mi salud. (Aquí mis patrones, esto no ha pasado sólo una vez…).

De forma que, a pesar de la resistencia de mi ego, entiendo que lo que sea que anime a esa misteriosa figurilla, ha decidido hacer por mí lo que yo hice por ella, sacarme de donde estaba, llevarme a una vida mejor, por más que se sienta como una muerte.

***

En los meses que siguieron a mi regreso a Barcelona, viví una suerte de gozoso renacimiento, mi salud se reestableció como por arte de magia, me reencontré con viejos compañeros de viaje, conocí algunos nuevos, surgieron muchos proyectos, encontré algo parecido a un hogar y – lo más importante- amé y fui amada con una intensidad nunca antes conocida. Todo el proceso tuvo sus momentos de dificultad, sin embargo, muchas veces parecía increíble estar accediendo a cuotas de felicidad tan altas.

Ahora vamos a ver cuán fuerte puede ser la resistencia de nuestros egos. A pesar de que yo intuía qué se encuentra detrás de la imagen de Lakshmi, a pesar de haber llegado a vislumbrar aquello que confiere una absoluta coherencia a su presencia en mi vida, aquella presencia me pesaba. Me pesaba por un lado porque no soy hindú, y todos sabemos que la apropiación cultural es horrible. Pero sobretodo me pesaba porque uno de los proyectos que me esperaban en Barcelona era la coordinación regional de la Pagan Federation, lo que implicaba vincularme de forma participativa y pública al paganismo europeo, y si ya era complicado explicar que conectas Samhain y el Día de Muertos, esto ya era demasiado.
Algo realmente perverso en mí insistía en que tener a Lakshmi en casa era una licencia que, de cara al público, no podía pasar de la anécdota. Algo rematadamente retorcido en mí me señalaba con el dedo y me condenaba por adorar a dioses extranjeros, y me gritaba que, a pesar de haber sido una de las experiencias más mágicas de mi existencia, debía avergonzarme de aquello y esconderlo. Porque no era adecuado. Porque qué iban a pensar de mí, nadie te va a tomar en serio.

Esta vez hacía falta que nadie lo dijera, que ninguna persona representara el papel de censor. Para eso tengo a mi terrible Censor Interior, siempre dispuesto a hacerme callar, atarme y maltratarme sin miramientos. Le encanta repetirme lo poco que valgo, lo mal que lo hago todo, que nadie me va a entender, que no merezco nada, que soy una carga, un peligro, una vergüenza o un foco de caos para la gente que quiero; que mis cuestionamientos son impertinentes, mis deseos pecaminosos, mi presencia inadecuada… Que me castiga por mi bien porque es necesario corregirme, callar, comportarme como una buena chica. Sonreír y hacer fotos bonitas, en vez de salir a danzar como una loca con los demonios al otro lado de las fronteras de la tierra del confort.

Espero no morir antes de poder superar el poder que el Censor tiene sobre mí, y por lo pronto empiezo por escribir las historias que le gustaría callarme, y dejarlas correr por el mundo, para su absoluta desesperación.

Pero el caso aquí es cómo el Censor se alía con el ego y sus resistencias ante irrupción de la experiencia mágica en la vida real. El ego, la noción de la persona que queremos conservar como una máscara ante el mundo, dice algo así como: “Querida entidad/potencia más allá de mis límites ¿serías tan amable de manifestarte en una forma socialmente aceptable? Quiero decir, ¿podrías esforzarte un poco por encajar en los modelos de bueno/malo, bello/horrible, proporcionados por la tradición/corriente que he escogido seguir y que comparto con mis amigos/público? Es que… necesito poder hablar de tí sin comprometer la imagen que quiero proyectar en mi entorno, entiéndelo. Es súper importante para mí. Si no usas el uniforme que corresponde  -como yo me esfuerzo tanto por hacer- tendré que silenciarte. Porque, ahora mismo, lo que me ofreces no conviene a mis intereses“.

Una de las cosas que más me sorprende de mi ego es cómo intenta que me sienta avergonzada de todo, pero hace este tipo de cosas realmente ridículas cada dos por tres sin pestañear. Sin entrar en la naturaleza de los dioses u otras entidades, todo aquel que trata con la magia se vincula con la misma materia de la que están hechos los sueños. La magia es una experiencia subjetiva, incluso cuando sus efectos puedan verse en el lado objetivo de la realidad. Y en el mundo subjetivo las formas son fluidas, y no existe una respuesta única, las reglas son otras, el tiempo no es lineal, etc. Si intento adaptar los contenidos de mis sueños a las conveniencias del discurso que mi ego quiere defender, es posible que pierda demasiado en la traducción, de hecho, es posible perder lo esencial de la experiencia. Si, además, lo hago en busca de la confirmación o la validación externas de esta experiencia, asumo que no me atrevo a aceptar mi propia Vida sin el permiso previo de cualquier otra persona.

Me resulta imposible fingir que no he crecido en Barcelona, en el siglo XX, que no he pasado la vida recopilando historias mitológicas, que he visto muchas películas y he leído más libros… Puedo soñar prácticamente cualquier cosa y que ésta tenga un significado importante para mí. Tengo sueños temáticos, absurdos, abstractos, sueños que parecen cuentos, sueños anodinos, sueños terribles, y todo tipo de personajes circulan por ellos, como invitaciones que mi alma lanza a la conciencia para invitarla a adentrarse en los territorios ocultos. Puedo trabajar con estos elementos como medicinas específicas para mis dolencias, dentro o fuera de las tradiciones de las que formo parte. Y mi experiencia me hace pensar que posiblemente no sea la única a la que se le presentan oportunidades, incluso soluciones, a las que el ego cierra la puerta antes de tiempo, simplemente porque no encajan con sus lineamientos o tiene miedo que le estropeen la foto.

Aquí sigue Lakshmi, en el significado ultraespecífico que tiene su presencia en mi vida en este momento. No está sola, por supuesto, teniendo en cuenta que la novedad de la temporada es una corte de demonios. También tenemos ponis, por cierto.

Separador

Complicidad del territorio

Golden Goddess, Michelle Janean Pier

Cuando hablamos de conexión con el territorio la literatura nos condiciona a pensar en lugares de poder. Sin embargo, no podemos olvidar que el primer territorio es nuestro cuerpo, el segundo, nuestra casa, y el tercero nuestro entorno inmediato. Estos no son sólo territorios con los que “conectamos“, sino que habitamos.
Cuando extendemos nuestros vínculos a la tierra que nos sostiene, al aire que respiramos, al resto de seres que laten en un lugar concreto, el Territorio responde. Formamos parte de una realidad que va más allá de los límites de nuestra piel y, al mismo tiempo, es capaz de permearla y afectarnos. A medida que tomamos conciencia de los vínculos que nos unen al entorno, empezamos a identificar los intercambios que se producen en esta relación, y del mismo modo que la afinidad puede hacer que dos personas ajusten el ritmo de sus pasos, de sus respiraciones, o del latido de sus corazones para sincronizarse, el Territorio con el que hemos conectado nos acompaña.

A día de hoy, cuando salgo a la terraza siento una afinidad completa con el paisaje que me recibe, pero no siempre ha sido así. Tras el cañaveral que crece en el lecho de un riachuelo en letargo, resiste una humilde pineda rodeada de campos de cereal. El sonido de las campanas llega en el aire de la tarde, cargado de recuerdos de otras gentes, y de noche se ven las estrellas y se escucha a las cigarras. Las urracas graznan entre las ramas, las palomas acuden a abrevarse a la fuente, los gatos desarrollan sus interesantísimas vidas entre la sombra y el sol y, de vez en cuando, si ellos no están, se asoma algún conejo. Cuando los vecinos sueltan a sus caballos, se les puede ver paciendo o trotando a sus anchas y oír sus relinchos. Pero cuando llegué, era incapaz de ver nada de todo esto, y de hecho, hubiera dado cualquier cosa por estar en cualquier otro lugar.

A penas empezaba a familiarizarme con el entorno, cuando un día llamé para preguntar si hacía falta algo de supermercado, y supe del incendio. Mi madre me habló, aún asustada, de cómo se había extendido el fuego, crepitando furioso y aparentemente incontrolable… En lugar de acercarse a nuestro edificio, se había adentrado en los campos, devorándolos. Cuando llegué el aire aún olía a humo, y los bomberos estaban apagando los últimos rescoldos. Los campos estaban negros, el sotobosque convertido en cenizas, pero a excepción de un pino que fue necesario talar, el resto de los árboles  habían resistido sin demasiados daños. Recuerdo haber intentado tranquilizar a mi madre diciendo: “Está bien, es triste y nos hemos asustado, pero está bien. Se han perdido un par de campos, pero volverán a crecer. Hemos perdido un pino, pero el resto sigue en pie, y con el sotobosque limpio, nos aseguramos que no haya otro incendio este verano. Y si miras afuera, se sigue viendo verde.”

Algunas horas después, al meterme en la cama, sentí que algo por dentro me decía “Igual tú”. Como de costumbre, tardé unos días en darme cuenta de que, efectivamente, en los últimos meses se había producido una especie de maravilloso incendio en mi vida. Algunas veces la única manera de salir de una trampa es llevarla hasta las últimas consecuencias, quemar los barcos para asegurar que nunca regresaremos. Fue un fuego intenso, crepitante y sinceramente delicioso danzando sin piedad sobre una cosecha que no estaba destinada a ser recogida, sino a ser entregada en sacrificio. Y por más que mi nariz, mi boca y mis ojos se llenaran con las cenizas de la pérdida, lo cierto es que el paisaje seguía siendo verde. Y allí estaba mi nuevo Territorio para constatarlo.

Nunca he tenido paciencia, y pocas veces medida. He tratado de disimularlo, pero siempre se me ha dado mal mentir; lo quiero todo, y lo quiero ya (y a poder ser, a mi manera)… Aún así, cada mañana salgo a la terraza, y contemplo los campos a través del verde, y pienso que no está tan lejos el día en el que el viento del verano haga ondear nuevas cosechas sobre la piel de la tierra. No hay que esperar a que el sol salga por el oeste; sólo dejar que esa tierra repose, acune nuevas semillas en su seno y las devuelva, generosa, a la luz del sol.

Y está perfectamente bien para mí.
Las arañas tienden y recogen cada día sus preciosas redes en la barandilla de la terraza… Siempre me gustó tener una araña en el balcón. Y tengo otras muchas razones para estar aquí, ahora.

Separador

Imagen: Golden Goddess, Michelle Janean Pier

Fuego y cenizas

the_firebird_by_koyomi_chaan-d5co308

Prueba esta meditación: Imagina que eres un bosque y el fuego que consume ese bosque.
Primero, centra tu atención en la parte de tí que es el bosque. Puedes temblar o jadear, sintiendo el sobresalto de tu solidez desintegrándose, tu forma cambiando. Cuando muevas tu atención a la parte de tí que es el fuego, puedes regocijarte en el gozo salvaje del poder y la liberación.
Puede ser tentador poner al fuego por encima del bosque, preferir abrasar a ser abrasado. Pero si quieres entender la pronoia en toda su magnitud, deberías apreciar ambos estados por igual. ¿Puedes imaginarte siendo el fuego y el bosque de forma simultánea? ¿Es factible para ti experimentar el profundo placer de su colaboración?
                                                                                                                       Rob Brezny, Pronoia

De vez en cuando en nuestras vidas despertamos una fuerza que yace durmiendo, confinada al exilio, bajo capas y capas de roca, tierra y conformismo. Algunas veces acudimos en su búsqueda de forma consciente, otras, él parece escuchar nuestra muda llamada de auxilio y se levanta como un titán desde las profundidades, destrozando todo a su paso. Siempre la imagino como una enorme ave de fuego, que despierta con el sonido de una ramita que se rompe, y encuentra por fin el motivo y el momento de desplegar sus alas gigantescas y batirlas contra el cielo que por tanto tiempo le ha sido negado. La elevación de este monstruo tiene la belleza de las cosas terribles, cada movimiento desafía el peso de las culpas que teóricamente deberíamos sentir por dejarlo salir, por no medir el daño que la expresión descontrolada de su fuerza ígnea pueda causar. Liberar al pájaro de fuego libera también determinadas fuerzas en nuestro interior que han sido ignoradas y relegadas reiteradamente. Podría hablar de nuestros propios demonios si somos capaces de imaginarlos como potencialidades y aspiraciones a los que por un motivo u otro no parecía adecuado atender o dejar florecer.

De modo que un día cualquiera, en el que estamos demasiado agotados o aburridos, el pájaro de fuego siente que lo llamamos por su nombre y acude en nuestro auxilio a su majestuosa y terrible manera. Se trata de una experiencia intensa, que remueve hasta los cimientos el orden habitual de nuestra vida. El ave nos lleva a contemplar el borde del mundo, donde nos empapamos de infinito y por un segundo eterno nos parece entrever lo que se extiende más allá de sus bordes…  Pero como si se tratara de un sueño despertamos en el mismo suelo de siempre, rodeados de cenizas. Una y otra vez, a lo largo de los años, he asistido al despertar del ave de fuego en mi vida. He volado con él y  he despertado entre las ruinas de lo que un día fuera mi mundo. Y cada vez me he preguntado qué había hecho mal, qué hacia falta para continuar la danza encantada más allá de las estrellas en vez de despertar con el sabor de la ceniza en los labios.

A pesar de lo que la publicidad nos quiera hacer creer, el paso de los años puede ser maravilloso. A mí me ha servido para volver a los mismos lugares y situaciones y sorprenderme contemplándolos desde perspectivas muy diferentes, creandome tal vez la fantasía de que algo habré aprendido. El caso es que la última vez que desperté rodeada de ruinas y cenizas de un mundo perdido, pude apreciar claramente la oportunidad que suponían. La experiencia con el ave de fuego es intensa, maravillosa y en ocasiones aterradora, y en contraste el mundo roto y abandonado como un cascarón partido parece demasiado pálido, vacío, silencioso, desprovisto de emoción. La imagen de un bosque consumido por las llamas es triste y dolorosa, y vernos así, sin una idea de lo que va a suceder a continuación, suele llenarnos de desasosiego.

Sin embargo, a su debido tiempo, y especialmente si ponemos en ello nuestro cuidado y empeño, los bosques resurgen, porque han dejado sus semillas bajo la tierra. Muchas mitologías antiguas nos relatan que el mundo surgió de un huevo. Tal vez el ave de fuego se eleva a los cielos para estar a la distancia adecuada para ser el sol que ilumine ese nuevo mundo que crecerá de la cáscara que abandona a nuestros pies. Creo que cuando somos capaces de verlo de este modo, el luto por lo perdido se va diluyendo a favor del agradecimiento por la oportunidad que la situación representa. Nos encontramos ante un nuevo mundo que pugna por nacer, alimentándose de los restos de su predecesor, dispuesto a retarlo en esplendor. Un nuevo mundo que confía en nuestros cuidados, para crecer a nuestro alrededor y darnos sus frutos. A medida que acompañamos al nuevo mundo en este paciente crecimiento en el que todo ocurre exactamente al ritmo que debe ocurrir, es posible que reencontremos tesoros que habíamos descuidado, que volvamos a apreciar la grandeza de las pequeñas cosas y entendamos que no es que nuestro viejo mundo estuviera demasiado agotado, sino que tal vez nuestros ojos se habían ido empañando.

 SeparadorImagen: The Firebird

El precio de la magia

Thetis tries to burn away Achilles' mortal nature

La mayoría de nosotros hemos recibido en más de una ocasión alguna advertencia acerca de los peligros de la práctica mágica. Muchas veces se trata tan sólo de un intento de hacernos volver al “buen camino” y buscarnos una ocupación más aceptada socialmente. Cuando seguimos por nuestro sendero, otras advertencias nos salen al encuentro; tarde o temprano algo nos recuerda que “todo tiene un precio”. Efectivamente el trabajo mágico entraña sus peligros, desde extraviarse hasta salir lastimado, y es verdad que todo tiene un precio, pero lo mismo que decimos de la magia podríamos aplicarlo a la vida en general. Sin embargo, es bueno tener en cuenta que a menudo el trabajo mágico actúa como una poderosa lente de aumento, y si entramos a él con nuestro cortejo de miedos y complejos, lo primero que obtendremos serán unos miedos y complejos agrandados, y el reto de lidiar con ellos.

Cuando era adolescente inicié un trabajo mágico concreto que empezó a dar muy buenos resultados mucho antes de lo previsto, y en lugar de celebrarlo me asusté y paralicé todo el asunto… En aquel caso había motivos, ya que posiblemente de haber continuado hubiera conseguido algo que en realidad no quería para nada. Aunque no fue la mejor manera de proceder, fue un aprendizaje amortizado a lo largo de los años. Sin embargo, me hace pensar en las veces que nos asustamos a nosotros mismos a la luz de nuestros primeros resultados comprobables, especialmente cuando la cadena de acontecimientos que nos los trae se salta alegremente los cauces previsibles por nuestro modo de pensar ordinario.

Por triste que suene, en muchas ocasiones los trabajos mágicos nos sirven para sentirnos mejor. A veces, se trata de una manera bonita de entretenernos y no llegar nunca a ningún lado, mientras que otras, estos actos forman una cadena de pequeños pasos graduales que nos llevan realmente donde queremos. Esto puede ser una elección, o puede ser simplemente consecuencia del miedo que podemos llegar a tener respecto a las fuerzas y métodos con los que trabajamos, o incluso del miedo a nuestro propio poder.

Personalmente no estoy demasiado interesada en esas formas de magia que constituyen un hobby moderno, o en las que funcionan del mismo modo que funcionaría contratar a una banda para que de una paliza a alguien que nos ha molestado. Cuando hablo de magia soy consciente de que es un término muy amplio y dado a equívocos, pero suelo referirme al camino que nos lleva, precisamente, más allá de los límites preestablecidos (por otros, o por nosotros mismos) acerca de lo que es, o no, posible manifestar en nuestra vida.

Sospecho que aquellos que se obsesionan con “el precio a pagar”, son precisamente los más reacios a hacerlo, algo así como la señora que es capaz de retrasar más de diez minutos una larga fila en la caja del supermercado porque el sistema de cobro no ha detectado una diferencia de precio de unos pocos céntimos.

Todo en la vida tiene un precio, unas veces en dinero y la mayoría en otros recursos como tiempo, atención o energías. Pasamos el día pagando por nuestras elecciones sin echarnos las manos a la cabeza, ni siquiera pensamos en ello. De vez en cuando nos timan y nos llevamos una pequeña (o gran) decepción, pero la sobrevivimos. Incluso en ocasiones un precio elevado nos parece justificado porque damos un gran valor a aquello a lo que nos permite acceder.

Cuando las cosas no están yendo del todo bien en nuestras vidas vale la pena hacer un análisis del modo en el que estamos gestionando nuestros recursos personales (económicos o de otro tipo). Pero cuando alguien habla del “precio a pagar” con voz tenebrosa, no está hablando de administrar correctamente los recursos, sino de culpa; como si ese precio a pagar fuera un castigo a los pobres mortales que se osan enredarse con temas prohibidos. Y muchas veces una parte de nosotros se deja persuadir por el tono de esa voz, como un niño al que aterrorizan con alguna historia macabra.  Parte de nuestras tareas como practicantes consiste en rescatar a todos esos niños aterrorizados que por supuesto no dicen que tienen miedo a los perros, al vecino o a la parte de atrás de la casa, pero que no se han vuelto a acercar a ellos desde el día que les contaron la historia en cuestión.

La magia es, en gran parte, capacidad de transformación propia o del entorno. Puede que estemos trabajando para mejorar nuestra economía y perdamos nuestro trabajo, y la lógica perversa salte a primera línea y señale el “justo” castigo a nuestro atrevimiento. En otras versiones, nos hablará de la maldad de las entidades con las que trabajamos, o puede que señale los fallos del método que hemos seguido, o nos diga que las cosas han salido mal porque no se nos dan bien estas cosas. El despido puede ser una consecuencia de nuestro trabajo mágico, y no suele ser un trance demasiado agradable, pero no tiene porqué ser un castigo.

En la mitología griega Demeter, mientras recorría el mundo disfrazada de anciana buscando a su hija Perséfone, cuidó del pequeño Demofonte. Con la intención de hacerlo inmortal, a espaldas de sus padres lo ungía con ambrosía y lo exponía al fuego, para eliminar su parte mortal. El rápido crecimiento del niño levantó sospechas, de modo que una noche entraron por sorpresa en la estancia, vieron al niño en las llamas y se acusó a Demeter de pretender matarlo. Allí la diosa, furiosa, reveló su identidad, pero el proceso había sido interrumpido, y según las versiones del mito Demofonte permaneció mortal, o murió.
El mismo procedimiento empleó Tetis para tratar de hacer inmortal a su hijo Aquiles, ella es sorprendida por Peleo, su esposo, quien interrumpe con una acusación furiosa a la madre. Tetis volvió en ese momento al mar, regresando sólo a llorar la muerte de Aquiles, ya adulto.

Es un buen recordatorio de que, cuando llamamos a determinadas fuerzas, debemos dejarlas terminar lo que estan haciendo, aunque nuestros ojos ordinarios no comprendan el proceso completo. No se trata de buscar el consuelo fácil, de decir en voz alta que “todo irá a mejor”, sino de confiar en que así es. Que nosotros hacemos la parte que nos corresponde en nuestra cotidianidad, y las fuerzas con las que trabajamos (externas o internas), se encargan del resto a su manera (como expertos en lo suyo que son).

La magia mueve cosas, rompe cosas, nos sacude para liberarnos de aquello que nos impide llegar allí donde en realidad queremos llegar. Muchas veces no se trata de que nuestro objetivo no esté bien formulado, sino que no estamos del todo preparados para abrazar su realización. En otras ocasiones, nuestro trabajo mágico parece tener un éxito inmediato y vivimos con euforia el maravilloso cumplimiento de nuestro deseo… pero con el tiempo nos adormilamos, y se escurre de nuestras manos. Esto no significa ni que el deseo no fuera válido, ni que el modo de conseguirlo tuviera algo de malo, ni que las fuerzas con las que trabajamos nos hayan engañado, sino que hemos dejado de alimentar aquello que hacía posible que lo que conseguimos formara parte de nuestras vidas. Puede que creamos incluso que es demasiado bueno para que forme parte de ellas. así que por un ratito está bien, pero luego volvemos a lo de siempre. La mente hace estas cosas y puede ser entretenido aprender a desactivar esta clase de autosabotajes.

El precio a pagar por las cosas que queremos ser, tener  o experimentar puede ser alto y puede ir en aumento, pero no tiene nada de negativo. Nos obliga a conocernos mejor, a prestar atención, a ser resolutivos, y a que salirnos de lo convencional sea una opción natural para nosotros. Como cualquier ejercicio, al principio puede demandar más esfuerzo, pero con el tiempo llega a naturalizarse hasta que lo que nos apetece, para evitar el estancamiento, es subir un peldaño más. En la mayoría de ocasiones pagar ese precio es algo que se disfruta, del mismo modo que disfrutamos pagando la cuenta de un restaurante caro cuando podemos permitírnoslo.

Por más que hable de sacudidas, rupturas y demás tragedias egoicas temporales, la magia también nutre, enciende, inicia, repara y nos aporta otras experiencias agradables, intensas y tan reales como las primeras que no se le agradecen tan a menudo, pero que aquí vamos a revindicar. Nos da cierta independencia respecto a las circunstancias, de forma que cuando el rol marca que deberíamos estar llorando por las esquinas estamos en realidad bastante bien, sin sentirnos mal por ello. Nos hace ver y considerar más elementos que aquellos con los que nuestra mente ordinaria aprendió a jugar el juego de la vida. Más piezas, más tablero, y multitud de oportunidades y movimientos que descubrimos por el simple hecho de estar ahí prestando atención e ir probando.

Y aunque todo tiene un precio la verdad es que, de vez en cuando, también caen regalos.

Separador

Imagen: Tetis preparándose para introducir a Aquiles en el fuego.