Endymion, John Keats

Hans Thoma 1886, Endymion.jpg

 

Una cosa bella es un gozo eterno:
Su hermosura incrementa; nunca
se perderá en la nada, sino que guardará
un refugio para nosotros, y un reposo
lleno de dulces sueños, salud, y calmo respirar.
Así, cada mañana, tejemos
una guirnalda de flores que nos ate a la tierra,
a pesar del desaliento, de la inhumana carencia
de naturalezas nobles, de los días lúgubres,
de todos los senderos insalubres y oscuros
trazados para nuestra búsqueda. A pesar de todo,
alguna forma de belleza levanta el velo mortuorio
de nuestros espíritus oscuros. Así el sol, la luna,
los árboles viejos y jóvenes, brotando sombras benditas
para las simples ovejas; Así los narcisos
y el verde mundo que moran; Así los claros arroyos
que hacen de sí un refrescante cobijo
contra el rigor de la estación calurosa; Así el claro en medio del bosque,
salpicado en abundancia de rosas almizcleras:
Así también es la grandeza de los condenados
que hemos imaginado para los muertos poderosos;
Todos los encantadores cuentos que hemos escuchado o leído:
Una inagotable fuente de néctar inmortal,
derramada sobre nosotros desde las fronteras del cielo.

No sentimos meramente estas esencias
por una única, breve, hora. Tal como los árboles
que susurran entorno al templo pronto
aúnan su ser al templo mismo, así la luna,
la pasión poética, la gloria infinita,
nos acechan hasta convertirse en una luz encendida
en nuestras almas, y se vinculan tan pronto a nosotros
que, ya sea que brille el sol o nos cubra la sombra,
debe permanecer con nosotros, o perecemos.”

 

“Endymion” (Libro I, v. 1-33), John Keats, 1884.

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Imagen: Endymion, Hans Thoma, 1886

0 Al Este del Sol, al Oeste de la Luna 0

reginald knowles

Hubo un tiempo en el que aceptar que nunca podemos dar por cierto que veremos otra primavera era más sencillo. En aquel pasado, el paisaje era el escenario, y no había otra iluminación que la proporcionada por el sol, la luna o el fuego. La huella viva en la memoria de lo terrible y maravilloso hacia incecesarios trucos y embelesamientos. En esas noches crueles y bellísimas hombres, mujeres y todo tipo de espírituas y criaturas se reunían, y así mismo se reunían sus glorias y sus miserias, y compartían las historias que hacían de su vida algo más que mera supervivencia.

Aún hoy, si por algún motivo nos vemos momentáneamente liberados de las redes del convencionalismo, notamos cómo cuando la oscuridad gana terreno, y el frío araña los cristales de nuestras ventanas, renace un impulso al relato, al tejido común de la palabra sobre el silencio helado. Un sombrío mendigo, anciano y ranqueante, toca a nuestra puerta y si decidimos darle cobijo, descubrimos que lo sigue un desfile interminable de recuerdos, una corte innumerable de historias que, siendo ajenas, podemos reconocer y, siendo nuestras, no nos pertenecen por completo.

Un programa largo y relativamente denso, como los platos que se cocinan en invierno y por los mismos motivos. Dos cuentos noruegos nos servirán de guía en este recorrido por las noches más oscuras del año: Al Este del Sol, al Oeste de la Luna y Valemon el Rey Oso Blanco, compilados por los folkloristas Peter Christen Asbjørnsen y Jørigen Moe, y publicados por primera vez en 1841.

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Imagen: Reginald L. Knowles y Horace J. Knowles, para Norse Fairy Tales, 1910

Flora, Ovidio

Primavera-Botticelli-Zefiro-Clori-Flora

 

 «Yo era Cloris, que ahora me llamo Flora(…) Cloris era, ninfa de las llanuras felices, donde sabes que antes afortunados hombres tenían su medio de vida; modesta como soy, se me hace duro exponer la belleza que tuve. Pero esa belleza le encontró a mi madre un dios por yerno. Era primavera; yo iba paseando; el Céfiro me descubrió, yo iba a alejarme. Me persiguió, yo huía; él era más fuerte. Y el Bóreas, que se había atrevido a llevarse un botín de la casa de Erecteo , había dado a su hermano pleno derecho para el pillaje. Sin embargo, enmendó su acto violento, dándome el nombre de esposa, y no tengo queja ninguna de mi matrimonio. Gozo de una primavera eterna: el año está siempre sonriente, los árboles tienen siempre hojas, la tierra siempre pastizales. Tengo en los campos que constituyen mi dote un jardín exuberante: el viento lo respeta, una fuente de agua cristalina lo riega. Mi marido cubrió este jardín de flores generosas y me dijo: “Tú, diosa, ostenta la soberanía de las flores”.
Yo quise muchas veces contar la serie de colores y no pude; su cantidad sobrepasaba la cuenta. Tan pronto como la escarcha y el rocío se sacudieron de las hojas y el follaje variado se entibió con los rayos del sol, acudieron las Horas, embutidas en sus ropas variopintas, y recogieron mis regalos en ligeros canastillos. Al punto se aproximaron las Cárites y tejieron coronas y guirnaldas que sirviesen para ceñir las cabelleras de los celestiales. Fui la primera en desparramar a lo ancho de los pueblos las nuevas simientes. Antes la tierra tenía un solo color.

Fui la primera en hacer de la sangre del Terapneo una flor, y en sus hojas subsiste escrita la queja. También tú, Narciso, tienes tu nombre en los jardines cultivados; desgraciado, que no tema un doble. ¿A qué hablar de Croco o Atis o del hijo de Ciniras, de cuya herida quedó la gloria por mediación mía?
También Marte, si no lo sabes, nació gracias a mi arte. Ruego a Júpiter siga sin saberlo como hasta ahora. La sagrada Juno sintió que Júpiter no hubiese precisado su colaboración cuando Minerva nació sin madre. Iba a quejarse ante Océano de la acción de su marido; se detuvo ante mi puerta cansada por la fatiga. Al verla, le dije: “¿Qué te ha traído, hija de Saturno?”. Ella me explicó el sitio donde iba y añadió el motivo. Yo la consolaba con palabras amistosas: “No es con palabras —dijo— como tengo que aliviar mis cuitas. Si Júpiter ha sido padre, desdeñando la colaboración de su esposa, y él solo tiene el nombre de padre y madre, ¿por qué voy a desesperar yo de ser madre sin esposo, y parir sin contacto con varón, bajo condición de ser casta? Voy a probar toda clase de fármacos a lo largo de la ancha tierra y escudriñaré los mares y los rincones del Tártaro”. Su voz seguía su curso, pero en mi cara surgieron señales de duda. Dijo: “No sé qué poder, ninfa, pareces tener”. Quise prometerle ayuda tres veces, tres veces quedó agarrotada mi lengua; la razón de mi gran miedo era la cólera de Júpiter. “Préstame auxilio, por favor —dijo—, no descubriré al autor y pondré por testigo a la divinidad del agua estigia”.
“Lo que deseas —le dije— te lo proporcionará una flor que te enviaré de los huertos olemos; es flor única en mi jardín. El que me la regaló, me dijo: ‘Toca también con ella a una novilla estéril, será madre’. La toqué, y sin pasar ningún tiempo, era madre.” Inmediatamente, corté con mis dedos la flor resistente. Toqué a Juno y ella se quedó en estado cuando le toqué el vientre. Y ya embarazada entró por Tracia y las costas de la izquierda de la Propóntide; sus deseos se hicieron realidad y había nacido Marte. El cual, recordando que había nacido por mediación mía, me dijo: “Ten tú también un puesto en la ciudad de Rómulo”.

¿Piensas tal vez que mi soberanía se limita únicamente a las tiernas coronas? Mi poder divino afecta también a los campos de labranza. Si las mieses cuajan bien las flores, habrá era rica; si cuaja bien la flor de la viña, habrá vino; si cuajan bien las flores del olivo, el año será muy fértil, y habrá producción de frutas ese año. Una vez que se pierde la flor, perecen con ella las arvejas y las habas, y perecen tus lentejas, Nilo, que llegas de tierras remotas. También los vinos florecen, encerrados trabajosamente en grandes barriles, y las heces cubren la superficie de los toneles. La miel es regalo mío; yo soy la que convoco los insectos que producirán la miel a las violetas, los codesos y los tomillos blanqueantes. Yo soy también la que hace lo mismo cuando los espíritus son exuberantes en los años de juventud y los cuerpos asimismo cobran vigor».

Ovidio, Fastos

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Imagen: La Primavera (detalle), Sandro Botticceli, 1480

 

El Discípulo, Oscar Wilde

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Cuando murió Narciso el estanque que amaba mudó de un cáliz de aguas dulces a uno de lágrimas saladas, y las Oréades acudieron sollozando a través de los bosques para confortar al estanque con su canto.

Y cuando vieron que el estanque había mudado de un cáliz de aguas dulces a uno de lágrimas saladas, soltaron las verdes trenzas de sus cabellos y lloraron, diciendo al estanque: “No nos sorprende que plañas de este modo a Narciso, tan hermoso como era”.

“¿Acaso era hermoso Narciso?” , preguntó el estanque.

“¿Quién podría saberlo mejor que tú?’ respondieron las Oréades. “Alguna vez pasó a nuestro lado, pero era a ti a quien buscaba, y yacía en tus orillas mirando abajo, hacia ti, y en el espejo de tus aguas contemplaba su propia belleza”.

Y el estanque respondió, ‘Pero yo amé a Narciso porque, cuando yacía en mis orillas y miraba abajo, hacia mí, en el espejo de sus ojos yo veía mi propia belleza reflejada”.

Oscar Wilde, Poemas en Prosa, 1894

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Imagen: Eco y Narciso, John William Waterhouse, 1903

En los oscuros lugares del saber, P. Kingsley

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Si tienes suerte, lector, en algún momento de tu existencia te encontraras en un callejón sin ninguna salida.
O, para decirlo de otra manera: si tienes suerte, llegaras a una encrucijada y verás que el camino de la izquierda lleva al infierno, que el camino de la derecha lleva al infierno, que la carretera que tienes delante lleva al infierno y que, si intentas dar vuelta, terminarás en un completo infierno.
Todos los caminos te llevan al infierno y no hay escapatoria, no tienes alternativa, nada puede ya satisfacerte. En ese momento, si estás preparado, empezarás a descubrir dentro de ti lo que siempre has deseado, pero nunca has podido encontrar.
¿Y qué pasa si no tienes suerte?
Si no tienes suerte, sólo alcanzarás este punto cuando mueras. Y no será un buen panorama, porque seguirás deseando lo que ya no podrás tener jamás.


Peter Kingsley, En los oscuros lugares del saber, 1999.

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Imagen: John R. Spencer Stanhope, Charon and Psique (fragmento),1883.

Endimión en Latmos, J. L. Borges

 

“Yo dormía en la cumbre y era hermoso
mi cuerpo, que los años han gastado.
Alto en la noche helénica, el centauro
demoraba su cuádruple carrera
para atisbar mi sueño. Me placía
dormir para soñar y para el otro
sueño lustral que elude la memoria
y que nos purifica del gravamen
de ser aquel que somos en la tierra.
Diana, la diosa que es también la luna,
me veía dormir en la montaña
y lentamente decendió a mis brazos
oro y amor en la encendida noche.
Yo apretaba los párpados mortales,
yo quería no ver el rostro bello
que mis labios de polvo profanaban.
Yo aspiré la fragancia de la luna
y su infinita voz dijo mi nombre.
Oh las puras mejillas que se buscan,
oh ríos del amor y de la noche,
oh el beso humano y la tensión del arco.
No sé cuánto duraron mis venturas;
Hay cosas que no miden los racimos
ni la flor ni la nieve delicada.
La gente me rehúye. Le da miedo
el hombre que fue amado por la luna.
Los años han pasado. Una zozobra
da horror a mi vigilia. Me pregunto
si aquel tumulto de oro en la montaña
fue verdadero o no fue más que un sueño.
Inútil repetirme que el recuerdo
de ayer y un sueño son la misma cosa.
Mi soledad recorre los comunes
caminos de la tierra, pero siempre
busco en la antigua noche de los númenes
la indiferente luna, hija de Zeus”.

Endimión en Latmos, Jorge Luis Borges, “Historia de la noche”, 1977

Imagen: Endimión y Selene, George Frederick Watts, (1869-1903)

Afrodita, Briton Rivière

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Briton Rivière, Afrodita , 1902

Conocido sobretodo como pintor de animales, Rivière pintó temas clásicos y bíblicos, involucrando invariablemente a animales, y sus obras resultaron muy populares durante el clasicismo tardío victoriano. Afrodita es un ejemplo convincente del trabajo de Rivière; la escena muestra a la diosa del amor y la belleza rodeada por un grupo de animales salvajes, aparentemente encantados. A diferencia de la mayoría de los pintores, Rivière no se centró en el potencial erótico del sujeto, sino que eligió una escena inusual derivada del himno homérico a Afrodita (siglos VIII-VI aC). El fragmento específico está adjunto al reverso de la pintura:

Afrodita

Allí se vistió con prendas hermosas
La diosa amante de la risa. Adornada de oro
Ella se apresuró en su camino hacia el Monte de Ida,
de muchas fuentes, madre de las bestias salvajes,
Y en su cortejo, el lobo gris y el oso,
el león de ojos agudos y la pantera de patas rápidas,
insaciable de ciervos, acudían obsequiosos.

Himno homérico a Afrodita