0 Al Este del Sol, al Oeste de la Luna 0

reginald knowles

Hubo un tiempo en el que aceptar que nunca podemos dar por cierto que veremos otra primavera era más sencillo. En aquel pasado, el paisaje era el escenario, y no había otra iluminación que la proporcionada por el sol, la luna o el fuego. La huella viva en la memoria de lo terrible y maravilloso hacia incecesarios trucos y embelesamientos. En esas noches crueles y bellísimas hombres, mujeres y todo tipo de espírituas y criaturas se reunían, y así mismo se reunían sus glorias y sus miserias, y compartían las historias que hacían de su vida algo más que mera supervivencia.

Aún hoy, si por algún motivo nos vemos momentáneamente liberados de las redes del convencionalismo, notamos cómo cuando la oscuridad gana terreno, y el frío araña los cristales de nuestras ventanas, renace un impulso al relato, al tejido común de la palabra sobre el silencio helado. Un sombrío mendigo, anciano y ranqueante, toca a nuestra puerta y si decidimos darle cobijo, descubrimos que lo sigue un desfile interminable de recuerdos, una corte innumerable de historias que, siendo ajenas, podemos reconocer y, siendo nuestras, no nos pertenecen por completo.

Un programa largo y relativamente denso, como los platos que se cocinan en invierno y por los mismos motivos. Dos cuentos noruegos nos servirán de guía en este recorrido por las noches más oscuras del año: Al Este del Sol, al Oeste de la Luna y Valemon el Rey Oso Blanco, compilados por los folkloristas Peter Christen Asbjørnsen y Jørigen Moe, y publicados por primera vez en 1841.

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Imagen: Reginald L. Knowles y Horace J. Knowles, para Norse Fairy Tales, 1910

Demian, Hermann Hesse

La magdalena penitente del espejo, George de la Tour

Cada hombre no es solamente él; también es el punto único y especial, en todo caso importante y curioso, donde, una vez y nunca más, se cruzan los fenómenos del mundo de una manera singular. (…)

No puedo adjudicarme el título de sabio. He sido un hombre que busca, y aún lo sigo siendo; pero ya no busco en las estrellas y en los libros, sino que comienzo a escuchar las enseñanzas que me comunica mi sangre. Mi historia no es agradable, no es dulce y armoniosa como las historias inventadas. Tiene un sabor a disparate y a confusión, a locura y a sueño, como la vida de todos los hombres que ya no quieren seguir engañándose a sí mismos.

 Hermann Hesse, Demian, 1919

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Imagen: Georges de La Tour, Magdalena penitente, c. 1635/1640

 

 

¿Qué harás, buscador?

Frederic,_Lord_Leighton_-_Perseus_and_Andromeda_-_Google_Art_Project

¿Qué haras, buscador, cuando encuentres? Cuando en la oscura profundidad de la cueva la impía garra destroce tu corazón. Cuando tu corazón se abra como un fruto rojo y en un charco de sangre descubras ese centro aún palpitante que, por más que lo desees, se niega a morir.

¿Qué harás cuando, aniquilado por las fauces del dragón, sepas que ya no hay camino que pueda regresarte a lo que una vez fuiste, o creíste ser? ¿Qué harás cuando volver sea un dolor en tus ojos y el imperio diurno un pálido recuerdo?

¿Qué harás cuando el mundo te pertenezca? ¿Cómo asumirás el terrible peso, sabiendo -como ahora sabes- que no es más que un juego de niños?¿Cómo caminarás entre los hombres cuando la risa te sacuda por completo? Ellos te llamarán loco, con el mismo desdén que mostraste cuando estabas al otro lado y aquello parecía todo.

Has buscado toda tu vida -aprendiste bien que eso era lo que debías hacer -. Pero no estabas preparado para encontrar aquello que te esperaba. ¿Qué harás, buscador, cuándo encuentres? ¿Intentarás convencerte de que no ha sido más que un sueño?

Es lo que todos hacen.

Recibir es demasiado femenino, una terrible humillación para el héroe inquieto que se queda de este modo sin nada que ganar o demostrar. La recompensa, para él, es también el fin de la aventura, su muerte.

Recibir es demasiado femenino, implica hacer algo con aquello que se recibe, implica abrazar la propia muerte, asumir la propia mortalidad, y nutrir con esto el germen de esa semilla que, como a una cáscara, abandona el ser que fuimos, y toma impulso hacia un futuro completamente desconocido.

Por eso ninguno quiere encontrar en realidad.
Por eso se llaman a sí mismos buscadores.
Juegan a buscar lo que ya tienen,
es más seguro así.
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Imagen: Frederic Leighton, Perseo y Andrómeda, 1891

 

El espíritu del zorro literato, y Saint-Exupéry

zorro

El Sueño es un territorio extenso… a través de sus umbrales accedemos a conocimientos y realidades que generalmente nos estan veladas durante el tiempo de la vigília. Al igual que sucede con nuestra geografía física, cada sueño tiene un clima, un paisaje, unos habitantes e incluso un código propio. Hay sueños que no son más que los restos acumulados de memorias reticentes, hay otros que nos adentran a Mundos que parecen más reales que aquel en el que despertaremos. Hay lugares en el Sueño a los que llegamos en una única noche y, sin embargo, nos acompañan a lo largo de los años, a veces como un misterio personal por descifrar. Hay lugares en el Sueño por los que estamos de paso, y otros a los que volvemos siempre como a un segundo hogar.

Para mí, el Sueño configura un espacio y un tiempo sagrados para el encuentro con la Sombra, y todo lo que a través de ella permea hacia mí. Este es el motivo por el que me rehúso a programar mis sueños, a imponer la voluntad de mi conciencia en ellos. Los sueños que no nos dicen nada, los que no son significativos, los que no recordamos cumplen también su función, y nos dan el descanso necesario para funcionar en la vigilia. Antes que explotar este terreno para que rinda los resultados deseados por mi ego, prefiero cuidar este espacio para que las sombras, que requieren su tiempo, desarrollen su labor.  Las invito a contarme lo que necesito saber, y luego guardo silencio y presto atención. Recuperar el puente que vincula la experiencia onírica con la vigilia es recuperar una delicada red de senderos entre mundos o realidades; pero estos senderos se parecen más a las corrientes invisibles y cambiantes en las que viajan las aves que a las carreteras que surcan nuestra tierra como cicatrices de asfalto.

Hace algunas semanas, cuando empezaba a redactar algo acerca de la conexión con el territorio, tuve un sueño curioso. Estaba en un apartamento, en una zona urbana no demasiado bonita, ni recomendable; teníamos un patio y en su muro había un agujero. Un zorro decidía instalarse allí. No era un zorro como los que encontraríamos en el campo, sino algo así como la idealización de un zorro, una criatura de tamaño mucho mayor que se movia como una grácil pincelada de rojo fuego tras unos ojos verdes, brillantes e inteligentes.
Sorpendida – aunque honrada – por su presencia, lo único que se me ocurría decirle era “Eres demasiado hermoso para estar en un lugar como éste, no quiero domesticarte“. El zorro se reía, condescendiente, respondía “No estoy aquí para que me domestiques, estoy aquí porque me caes bien y me apetece. De todas formas no es domesticar. Vuélvelo a leer.”  Fin del sueño.

Al despertar obviamente recordé el Principito de Antoine de Saint Exupéry, obra a la que, sin haber leído, le tengo manía desde pequeña precisamente por  la famosa cita “domesticar es crear vínculos”, sacada del capítulo XXI. Teniendo en cuenta que en mi mente domesticar es sinónimo de dominar o someter lo salvaje a nuestros civilizados intereses, se comprenderá mi horror y mi manía a la sentencia. Pero era el tipo de sueño al que uno puede prestar atención, y realicé la correspondiente búsqueda rápida. A saber cómo, el zorro tenía razón. La palabra original es “apprivoiser”, que se puede traducir como domesticar, pero que tal vez sería más exacto traducir como “familiarizarse con”, lo que dejaría el texto así:

(…) -No -díjo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa “familiarizarse”? -volvió a preguntar el principito.
-Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa “crear vínculos… ”

(…)
Familiarízate conmigo -le dijo.
-Bien quisiera -le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas.
-Sólo se conocen bien las cosas con las que te familiarizas -dijo el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. (…)
-¿Qué debo hacer? -preguntó el principito.
-Debes tener mucha paciencia -respondió el zorro-. Te sentarás al principio ún poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca….

Así re-leído, el texto tenía otro sentido para mi. Se trataba de una mínima corrección, un afinar los conceptos [ La domesticación es un proceso en el que uno de los implicados en la relación impone su voluntad sobre el otro; la familiarización, sin embargo, conlleva una transformación mútua, por acercamiento y contacto de ambas partes], pero sobretodo se trató de una especie de guiño acerca de la interacción del mundo onírico con el vigil. Una anécdota para empezar a hablar del “trabajo” con sueños.

El zorro del sueño sabía cosas que mi conciencia no podía saber  – mi francés no da para tanto- , o tal vez fue a rescatarlas del fondo de mi memoria en un momento en quepodían tener sentido para mí. Una sincronicidad mínima que me invitaba a comprobar con un mensaje demasiado directo como para perder el tiempo buscando cosas como “qué significa soñar con zorros” o “el zorro como animal totémico/ de poder”, dándome un ejemplo de aquellos casos que resultan tan personales que una respuesta externa, general, localizable en una lista de correspondencias, carece de sentido.

El contexto es importante. Dado que mi lenguaje onírico tiene una clara preferencia por las formas animales, si debiera considerar cada animal que aparece en mis sueños como un “animal de poder” a mi disposición, podría hacer llorar de envidia al señor de las bestias. Por otra parte, los zorros reales que habitan los montes y los campos no leen libros y comentan al respecto – en todo caso, tienen otras cosas que enseñarnos-. No fue el “espíritu del zorro” lo que vino a visitarme, en todo caso, sería el espíritu del zorro literato. Naturalezas muy distintas pueden animar formas parecidas, lo cual no impide que cada experiencia pueda aportarnos algo valioso. Simplemente, se trata de tener paciencia, tener preparado el espacio y dar la bienvenida a las visitas cómo si fueran visitas de verdad, y no un programa mecánico de preguntas y respuestas automatizadas.

En la mayoría de casos no vendrán con grandes revelaciones, consejos o augurios -cuando lo hagan, seguramente marcaran un antes y un después en nuestras existencias-. En el sueño como en la vigilia, los aliados, los familiares, no son mascotas, ni bestias de carga. Así como es recomendable acercarse al mundo natural con delicadeza y respeto, también lo es en referencia al territorio onírico. Reparar el hilo quebrado, ganar la confianza de las sombras, de lo invisible. Quitarse los zapatos, dejar la mente del conquistador fuera de este espacio sagrado. Prestar atención, escuchar. Es mucho lo que tenemos que aprender antes de poder dejar una huella que no altere el manto de pétalos que pisamos, antes de poder articular una palabra con sentido en un reino al que nuestra larga ausencia nos devuelve como extraños.

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Imagen: Vulpes vulpes, Robert Farkas

Lo Maravilloso, Alejo Capentier

Wifredo Lam, el rumor de la tierra, 1950

“Lo maravilloso, buscado a través de los viejos clisés de la selva de Brocelianda, de los caballeros de la Mesa Redonda, del encantador Merlín y del ciclo de Arturo. Lo maravilloso, pobremente sugerido por los oficios y deformidades de los personajes de feria —¿no se cansarán los jóvenes poetas franceses de los fenómenos y payasos de la fête foraine, de los que ya Rimbaud se había despedido en su Alquimia del Verbo?—. Lo maravilloso, obtenido con trucos de prestidigitación, reuniéndose objetos que para nada suelen encontrarse: la vieja y embustera historia del encuentro fortuito del paraguas y de la máquina de coser sobre una mesa de disección, generador de las cucharas de armiño, los caracoles en el taxi pluvioso, la cabeza de león en la pelvis de una viuda, de las exposiciones surrealistas. O, todavía, lo maravilloso literario: el rey de la Julieta de Sade, el supermacho de Jarry, el monje de Lewis, la utilería escalofriante de la novela negra inglesa: fantasmas, sacerdotes emparedados, licantropías, manos clavadas sobre la puerta de un castillo.

Pero, a fuerza de querer suscitar lo maravilloso a todo trance, los taumaturgos se hacen burócratas. Invocado por medio de fórmulas consabidas que hacen de ciertas pinturas un monótono baratillo de relojes amelcochados, de maniquíes de costurera, de vagos monumentos fálicos, lo maravilloso se queda en paraguas o langosta o máquina de coser, o lo que sea, sobre una mesa de disección, en el interior de un cuarto triste, en un desierto de rocas. Pobreza imaginativa, decía Unamuno, es aprenderse códigos de memoria. Y hoy existen códigos de lo fantástico, basados en el principio del burro devorado por un higo, propuesto por los Cantos de Maldoror como suprema inversión de la realidad, a los que debemos muchos «niños amenazados por ruiseñores», o los «caballos devorando pájaros» de André Masson. Pero obsérvese que cuando André Masson quiso dibujar la selva de la isla de Martinica, con el increíble entrelazamiento de sus plantas y la obscena promiscuidad de ciertos frutos, la maravillosa verdad del asunto devoró al pintor, dejándolo poco menos que impotente frente al papel en blanco. (…)

Pero es que muchos se olvidan, con disfrazarse de magos a poco costo, que lo maravilloso comienza a serlo de manera inequívoca cuando surge de una alteración de la realidad (el milagro), de una revelación privilegiada de la realidad, de una iluminación inhabitual o singularmente favorecedora de las inadvertidas riquezas de la realidad, de una ampliación de las escalas y categorías de la realidad, percibidas con particular intensidad en virtud de una exaltación del espíritu que lo conduce a un modo de «estado límite». Para empezar, la sensación de lo maravilloso presupone una fe. Los que no creen en santos no pueden curarse con milagros de santos, ni los que no son Quijotes pueden meterse, en cuerpo, alma y bienes, en el mundo de Amadís de Gaula o Tirante el Blanco. Prodigiosamente fidedignas resultan ciertas frases de Rutilio en Los trabajos de Persiles y Segismunda, acerca de hombres transformados en lobos, porque en tiempos de Cervantes se creía en gentes aquejadas de manía lupina. Asimismo el viaje del personaje, desde Toscana a Noruega, sobre el manto de una bruja. Marco Polo admitía que ciertas aves volaran llevando elefantes entre las garras, y Lutero vio de frente al demonio a cuya cabeza arrojó un tintero. Víctor Hugo, tan explotado por los tenedores de libros de lo maravilloso, creía en aparecidos, porque estaba seguro de haber hablado, en Guernesey, con el fantasma de Leopoldina. A Van Gogh bastaba con tener fe en el Girasol, para fijar su revelación en una tela. De ahí que lo maravilloso invocado en el descreimiento —como lo hicieron los surrealistas durante tantos años— nunca fue sino una artimaña literaria, tan aburrida, al prolongarse, como cierta literatura onírica «arreglada», ciertos elogios de la locura, de los que estamos muy de vuelta. No por ello va a darse la razón, desde luego, a determinados partidarios de un regreso a lo real —término que cobra, entonces, un significado gregariamente político—, que no hacen sino sustituir los trucos del prestidigitador por los lugares comunes del literato «enrolado» o el escatológico regodeo de ciertos existencialistas. Pero es indudable que hay escasa defensa para poetas y artistas que loan el sadismo sin practicarlo, admiran el supermacho por impotencia, invocan espectros sin creer que respondan a los ensalmos, y fundan sociedades secretas, sectas literarias, grupos vagamente filosóficos, con santos y señas y arcanos fines —nunca alcanzados—, sin ser capaces de concebir una mística válida ni de abandonar los más mezquinos hábitos para jugarse el alma sobre la temible carta de una fe.

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Alejo Carpentier, Prólogo a El Reino de este Mundo,  1949
Imagen: Wifredo Lam, El rumor de la tierra, 1950