Antecomienzo, José Ángel Valente

 

No detenerse.

Y cuando ya parezca

que has naufragado para siempre en los ciegos meandros

de la luz, beber aún en la desposesión oscura,

en donde sólo nace el sol radiante de la noche.

Pues también está escrito que el que sube

hacia ese sol no puede detenerse

y va de comienzo en comienzo

por comienzos que no tienen fin.

                                                                                  José Ángel Valente, 1976

Algunas noches mi corazón pertenece a las fieras

Arthur_Wardle_-_The_Enchantress, 1901

 

Algunas noches mi corazón pertenece a las fieras.
No importa cuan gruesos sean los muros, ni cuan largas las distancias.
No importa bajo cuanto maquillaje haya aprendido a disfrazarme.

Aún escucho la llamada, el latido bajo tierra, el silbido entre las hojas.

No  importa mi falta de pureza,
la vergüenza de la domesticación,
la corrupción en que vivo.

Aún escucho la llamada, el crepitar de las llamas, el discurrir de las aguas.

Les digo que no merezco su mirada,
que no merezco las estrellas sobre esta cabeza llena de marañas,
que no merezco que esta tierra sostenga la blandura excesiva de mi cuerpo maltratado.

Y ellas se ríen, encendiendo mi sangre con sus rugidos, arrancándome la piel.
Porque conocen el hechizo que me convoca, el llamado que me arrastra.
Porque conocen el nombre de este corazón que les pertenece.

Algunas noches muero.
Caigo. Me hundo.
Me desintegro,
como una tripa desovillada,
en una masa de anónimos gusanos.
Luego ellos llegan,
como fuegos
danzan a mi alrededor,
vuelven a tejerme,
y me levantan con sus cantos.

Porque conocen la ígnea cualidad de mi Deseo,
enterrada bajo muchas capas de tierra,
envuelta en raíces,
convertida en semilla.

Así, en la Oscuridad, nos reunimos.
Y el Alba contempla ese largo abrazo nuestro,
deshecho en las lágrimas de una lluvia ligera.

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Imagen: Arthur Wardle, The Enchantress, 1901

 

Continúa desde donde lo dejaste

Hiremy.Hirschl.Adolf.Souls.on.the.Banks.of.the.Acheron

La semana pasada, coincidiendo con el inicio de la popularmente temida retrogradación de mercurio, presentamos un nuevo podcast, “Humo y Espejos“. Esto, que puede parecer un descuido, o una torpeza a la hora de planificar, pero en esta etapa de vida en la que me encuentro he aprendido a abrazar muchas cosas temidas, incluidos los eclipses y las retrogradaciones planetarias.

¿Cuántas vidas llevas gastadas? ¿Cuántas veces has empezado desde cero? A determinadas edades es posible que te haya ocurrido en varias ocasiones, y es un tipo de aventura que he coleccionado con absoluta entrega. Algo en mí amaba tanto la violenta sensación de verme desterrada, vencida y aplastada como el energizante contacto con aquello que, en la peor de las situaciones, nos impulsa a levantarnos de nuevo. Sin embargo, algo fallaba en esta narración existencial. Efectivamente, cada vez te levantas más fuerte y sabiendo un par de cosas más respecto a la anterior etapa, pero esto por sí sólo no abre las puertas al verdadero cambio.

Como un Sísifo condenado en crecimiento exponencial, yo podía cargar cada vez rocas más pesadas y subir montañas más altas – agregaré que también podía contemplar paisajes más hermosos como compensación -, pero el resultado era el mismo una y otra vez, a partir de cierto punto tocaba empezar de cero. Otra roca, otra montaña, otro paisaje, sí; pero roca, montaña y paisaje al fin. Una variación infinita de las mismas cosas no es exactamente lo que uno puede llamar transformación, a menos que esté tratando de engañarse un poco a sí mismo tratando de adormecer esa creciente sensación de frustración que se abre paso desde el fondo de la conciencia.

Una ha empezado desde cero más veces de las que puede contar, desde ambas orillas del Atlántico, y el asunto empezaba a dejar de ser divertido incluso para esa parte retorcida de nuestro ser que se deleita con este tipo de cosas. Sabiendo que no son “los demás”, ni “la vida”, los que nos hacen pasar por este tipo de experiencias, los nuevos inicios tenían ya algo de falso y desgastado. Dentro de esta piel se produjo un auténtico colapso. La inercia me llevaba a ese engañoso encanto de las “primaveras”, de los “nuevos inicios”; pero en realidad no dejaba de ser la misma película existencial, ahora con un presupuesto mayor que permitiría hacerla “mejor”, prometerme a mí misma que esta vez sería “la buena”.  Pero algo más fuerte en mí, francamente asqueado, se negaba de forma rotunda a participar por enésima vez en el remake -con la colaboración de otros actores, otros escenarios, o alguna poética variación en el guión redactada en un alardeo de generosidad hacia mí misma- de esa vieja película eternamente frustrada.

La última roca que cayó colina abajo creó en mi una necesidad real de transformación para la que ni siquiera bastaba con quemar todo cuanto se hubiera filmado hasta el momento en la memoria. La última roca que rodó colina abajo siguió rodando hasta perderse por una de esas grutas que llevan a los estratos inferiores del Inframundo y yo, colmada de hastío, decidí seguirla. Ciertamente, se podía profundizar mucho más, y entonces, un montón de términos a los que estamos poéticamente acostumbrados cobraron una vida salvaje e impredecible me superaba, revelándose como realidades que me sacudieron como nada lo había hecho antes.

Allí comprendí – entre otras cosas- que no serviría de nada empezar de nuevo, que durante años había dando vueltas desesperadamente, tratando de evitar ese peligroso centro me llamaba cada vez con más urgencia, tratando de esquivar ese fuego cegador, esa oscuridad absoluta que atravesamos al crecer o transformarnos. También entendí que al mundo exterior le parecería genial si seguía dando vueltas y esquivando el centro un buen puñado de años más, o lo que me quede de vida, porque esta clase de cosas quedan fuera de su dominio. Y que el hallazgo de la grieta Infernal era una especie de rara suerte que no pensaba desaprovechar. Benditos sean el aburrimiento y la desazón.

La idea de empezar de nuevo, a menudo acompañada del desprecio por lo que fuimos o lo que hicimos -o no hicimos-, no es más que miedo disfrazado de jovialidad, inspiración o enamoramiento. El reto no consiste nunca empezar desde cero, en ese estado bienaventurado que nos exime de responsabilidades adquiridas en el pasado o de los remordimientos causados por el hecho de no haberlas atendido. El desafío es ir a ese punto en el que nos sentimos terriblemente decepcionados, traicionados, dolidos, resentidos o culpables y allí, en lugar de buscar compensación o cualquier otra forma de esquivar nuestros fallos o nuestra vulnerabilidad,  simplemente aceptarlos, digerirlos, disolverlos, reabsorverlos, recuperar lo que quedó encerrado en ellos, reutilizarlo. Comprender nuestro papel en el drama existencial al que contribuimos y del que somos cómplices, asumir la responsabilidad por nuestra vida y continuar con ella exactamente desde allí donde lo dejamos.

La roca de Sísifo no rodaba al llegar a la cima, sino justo antes de alcanzarla. Como en otros tormentos del Tártaro, la condena no consistía tanto en la repetición -al fin y al cabo todo nace y muere de forma cíclica- sino en la imposibilidad de alcanzar culminación alguna -la falta de desarrollo, de crecimiento, de transformación reales-. Empezar desde donde lo dejamos la última vez que las cosas no salieron como esperábamos implica atravesar la sombra, algunas veces la colectiva, pero siempre la propia. Aquí es donde aprendemos a apreciar esos temidos eclipses, esos odiados periodos retrógrados que nos empujan a interiorizar las enseñanzas del ligero y veloz Mercurio que a menudo no nos da tiempo a capta o a integrarr, el periodo retrógrado es una excelente ocasión para revisar, repensar, retomar, reconciliar, reequilibrar…

En el retrógrado, es donde nuestra visión de Mercurio deja de ser la de un adolescente dorado, recadero de los olímpicos, protector del comercio y los ladrones, para convertirse en la del Hermes psicopompo que guía a aquellos que atraviesan las regiones del Inframundo y trae de regreso a Perséfone. Aaron Cheak comenta al respecto “Hermes Chtonios está perfectamente en sintonía con el aspecto ‘retrógrado de Mercurio’ ya que desciende a los mundos invisibles justo como el planeta desciende por debajo del horizonte, haciéndose invisible al ojo desnudo, y resurgiendo sólo cuando el retrógrado se ha completado”.

La tierra es densa, se toma su tiempo, nos duele, nos recuerda lo inevitable de la decadencia de la carne y nuestra inevitable mortalidad, al punto que a menudo tratamos de rehuírla refugiándonos en fantasías aéreas, ensoñaciones acuáticas o ígneas pasiones. Pero la sabiduría ctónica, no sólo guarda en su seno la continuidad entre la vida y la muerte, sino que bajo su dominio se encuentran las claves de la estructura y el sustento, del crecimiento y la regeneración, y toda posibilidad de transmutación en esta nuestra existencia material. Vemos aquello que tememos, en vez de apreciar lo que tenemos gacias a una generosidad infinita, equiparable – para nosotros- a la del mismo Sol. La tierra no empieza nunca de cero, sus ciclos se suceden como una continuidad desde mucho antes de nuestra aparición como especie -y a pesar de ésta-, como un fluir imposible de detener.

Si quieres vivir algo realmente nuevo, algo distinto a lo que puede que hayas estado repitiendo con alguna variación durante décadas, mi consejo es que continúes desde donde lo dejaste, que pases conscientemente a través del Infierno, a través de las sombras, a través de los dolores del crecimiento y el desarrollo. No podemos volver atrás, ni podemos hacerlo “mejor”, no habrá una vez que sea “la buena”; esta clase de ideas no son más que una trampa mental tendida por el miedo a lo desconocido que, afortunadamente, no puede detenernos por más tiempo del que nosotros decidamos. Porque cuando nos asomamos más allá de la frontera trazada por nuestras experiencias, más allá de los límites que hemos usado para dar sentido a nuestra vida y lleva demasiado tiempo cobrándose a cambio nuestras energías y atención, asistimos atónitos a un decisivo cambio de contexto que nos libera de las cadenas que atesorábamos, y renueva cada faceta y cada detalle de nuestras existencias.

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Imagen: Adolf Hirémy-Hirschl, Souls on the Banks of the Acheron, 1898
En la pintura aparece Hermes rodeado de las sombras de los difuntos recientes  que aguardan la llegada del barquero Caronte.

Carta VIII, Rainer M. Rilke

A Seat on the Summit Charles Courtney Curran - 1920

(…)”Quien fuera llevado, casi sin preparación ni transición alguna, desde su aposento a la cúspide de una gran montaña, tendría que experimentar algo semejante. Se sentiría casi anonadado por una inseguridad sin igual y por el verse abandonado al capricho de algo que no tiene nombre. Le parecería estar cayendo, o se creería lanzado al espacio, o bien estallando en mil pedazos. ¡Qué enorme mentira debería inventar entonces su cerebro para alcanzar a recuperar el anterior estado de sus sentidos y devolverles su serenidad! Así se transforman, para quien se vuelva solitario, todas las distancias, todas las medidas. Muchos de estos cambios se producen de un modo repentino, brusco. Y, al igual que en aquel hombre transportado a la cima de una montaña, surgen entonces aprensiones insólitas, sensaciones extrañas, que parecen rebasar todo lo humanamente soportable. Pero es necesario que también esto lo vivamos. Debemos aceptar y asumir nuestra  existencia del modo más amplio posible. Todo, incluso lo inaudito, ha de ser viable en ella. Este es, en realidad, el único valor que se nos pide y exige: tener ánimo ante las cosas más extrañas, más portentosas y más inexplicables, que nos puedan acaecer.

El que los hombres hayan sido cobardes en este terreno ha causado infinito daño a la vida. Los sucesos a los que se da el nombre de “fenómenos” o de “apariciones”, el llamado “mundo espectral”, la muerte, todas esas cosas que nos son tan afines, han sido de tal modo desalojadas de la vida por el diario afán de defenderse de ellas, que los sentidos con que podríamos aprehenderlas se han atrofiado -¡y de Dios, ni hablar! Mas el miedo ante lo inexplicable no sólo ha empobrecido la existencia del individuo. También las relaciones de ser a ser han quedado cercenadas por él. Valga el símil, han sido descuajadas del cauce de un río caudaloso en posibilidades infinitas, para ser llevadas a un lugar yermo de la ribera, donde nada sucede. Pues no sólo por desidia se repiten las relaciones humanas con tan indecible monotonía y sin renovación alguna de un caso a otro, sino también por temor y recelo ante cualquier vivencia nueva y de imprevisible trascendencia, que uno cree superior a sus fuerzas. Pero sólo quien esté apercibido para todo, sólo quien no excluya nada de su existencia -ni siquiera lo que sea enigmático y misterioso- logrará sentir hondamente sus relaciones con otro ser como algo vivo. Sólo él estará en condiciones de apurar por sí mismo su propia vida. Pues en cuanto consideramos la existencia de cada individuo como una habitación mayor o menor, queda de manifiesto que los más sólo llegan a conocer apenas un rincón de su aposento. Un sitio junto a la ventana. O bien alguna estrecha faja del entarimado, que van y vienen recorriendo de un lado para otro. Así disfrutan de alguna seguridad…

Sin embargo, ¡cuánto más humana es aquella inseguridad llena de peligros, que, en los cuentos de Poe, impulsa a los cautivos a palpar las formas de sus horribles mazmorras y a familiarizarse con los indecibles terrores de su estancia! Pero nosotros no somos presos. Ni trampas, ni redes, ni lazos, se hallan aparejados en torno nuestro. Ni hay nada que deba causarnos angustia o darnos tormento. Si hemos sido puestos en medio de la vida, es por ser éste el elemento al que mejor correspondemos, al que somos más adecuados. Además, por obra de una adaptación milenaria, nos hemos vuelto tan semejantes a esa vida, que cuando permanecemos inmóviles, apenas si -merced a un feliz mimetismo- se nos puede distinguir de cuanto nos rodea. Ninguna razón tenemos para recelar y desconfiar del mundo en que vivimos. Si entraña terrores, son nuestros terrores. Si contiene abismos, estos abismos nos pertenecen. Y si en él hay peligros, debemos procurar amarlos. Con tal que cuidemos de ordenar y ajustar nuestra vida conforme a ese principio que nos aconseja atenernos siempre a lo difícil, cuanto ahora nos parece ser lo más extraño acabará por sernos lo más familiar, lo mas fiel.” (…)

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Imagen: A Seat on the Summit, Charles Courtney Curran, 1920

El Tigre en el templo

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Había una iglesia cerca de la selva, y las gentes del pueblo, congregadas en el patio de tierra adyacente festejaban bajo guirnaldas de flores mientras grandes jarras de barro que pasaban de unas manos a otras entre el bullicio. Pero el templo permanecía en silencio, y allí la frescura de las sombras se interumpía a penas por un rayo de sol que iluminaba el polvo flotando en el aire.

Por por el pasillo entre los bancos vi acercarse, con pasos tranquilos, al Tigre. Hermoso, inocente en su peligrosidad, su pelaje resplandeció unos segundos bajo la caricia furtiva del sol mientras seguía avanzando hasta la pila bautismal. Como una proyección última de las formas de la vida abriéndose paso, como la oscura promesa de la muerte que llega para todos en el momento menos esperado, la bestia era terriblemente hermosa; animada por un fuego de tierra que relucía en los ojos ambarinos.

Como un enorme gato se irguió sobre sus patas traseras, apoyó las garras delanteras en el mármol blanco, y con la lengua rosada bebió del agua bendita con tanta confianza como si se tratara de una ofrenda para él dispuesta.

Espiaba fascinante la escena tras el refugio ofrecido por el confesionario. Un enorme tigre bebiendo tranquilamente de la pila bautismal transformaba por completo el templo, no sólo alterando su atmósfera, sino golpeando con el peso de una montaña la estructura de palabras sobre las que se había levantado allí, como una extraña protuberancia en el territorio.

Me vi urgida a abrirle la puerta, a pesar del miedo que sembraría entre la gente, había que encontrar una salida. Así, de primeras, uno podía pensar que el tigre había quedado atrapado en el edificio, uno podría haberlo pensado acaso si fuera otro tigre, si su movimiento fuera menos fluido y seguro ¿Cómo había entrado?

Si escucha la historia y dibuja en su mente la imagen de un tigre bebiendo agua de una pila bautismal, uno podría pensar que el Tigre estaba fuera de lugar; pero el Tigre era a la vez el suelo y los bancos, la sombra, el sol, el mármol… y parecía avanzar sobre un sí mismo desplegado con la sutileza de una flor que se abre por una superficie infinita, que incluía la muchedumbre al otro lado de los muros, la alegría por la celebración que llevaban a cabo y el pánico que experimentarían en unos minutos. Incluso yo era también Tigre, algo de aquel ser proyectado al otro lado del cristal de sus pupilas, y el gesto de abrir la puerta que había considerado mío, no era sino un impulso lanzado desde el misterio que ardía callado tras aquellos ojos.

Comprendí que los muros del templo eran una ilusión que pretendía limitar un espacio santo, como si la selva de la que vivíamos no lo fuera, que aquellos eran muros que nos separaban sólo de nosotros mismos. Comprendí que la sed es una necesidad profunda que debe ser satisfecha, que el deseo es una fuerza que avanza imparable hacia su destino, que es siempre comunión, y que todas las Aguas son sagradas.

No es el Tigre el que está atrapado.

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Imagen:
Amur Tiger Painting, David Stribbling.

 

¿Qué harás, buscador?

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¿Qué haras, buscador, cuando encuentres? Cuando en la oscura profundidad de la cueva la impía garra destroce tu corazón. Cuando tu corazón se abra como un fruto rojo y en un charco de sangre descubras ese centro aún palpitante que, por más que lo desees, se niega a morir.

¿Qué harás cuando, aniquilado por las fauces del dragón, sepas que ya no hay camino que pueda regresarte a lo que una vez fuiste, o creíste ser? ¿Qué harás cuando volver sea un dolor en tus ojos y el imperio diurno un pálido recuerdo?

¿Qué harás cuando el mundo te pertenezca? ¿Cómo asumirás el terrible peso, sabiendo -como ahora sabes- que no es más que un juego de niños?¿Cómo caminarás entre los hombres cuando la risa te sacuda por completo? Ellos te llamarán loco, con el mismo desdén que mostraste cuando estabas al otro lado y aquello parecía todo.

Has buscado toda tu vida -aprendiste bien que eso era lo que debías hacer -. Pero no estabas preparado para encontrar aquello que te esperaba. ¿Qué harás, buscador, cuándo encuentres? ¿Intentarás convencerte de que no ha sido más que un sueño?

Es lo que todos hacen.

Recibir es demasiado femenino, una terrible humillación para el héroe inquieto que se queda de este modo sin nada que ganar o demostrar. La recompensa, para él, es también el fin de la aventura, su muerte.

Recibir es demasiado femenino, implica hacer algo con aquello que se recibe, implica abrazar la propia muerte, asumir la propia mortalidad, y nutrir con esto el germen de esa semilla que, como a una cáscara, abandona el ser que fuimos, y toma impulso hacia un futuro completamente desconocido.

Por eso ninguno quiere encontrar en realidad.
Por eso se llaman a sí mismos buscadores.
Juegan a buscar lo que ya tienen,
es más seguro así.
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Imagen: Frederic Leighton, Perseo y Andrómeda, 1891

 

Carta VII, Rainer M. Rilke

Entre 1902 y 1908 el poeta alemán Rainer María Rilke (Praga, 1875- Val-Mont, 1926) mantuvo correspondencia con un joven, Franz Xaver Kappus, quien inicialmente le escribió pidiéndole su opinión sobre algunos versos. Fueron publicadas en 1929, bajo el título “Cartas a un joven Poeta“. En la Carta VIII he visto siempre un paralelismo con esta época invernal en la que la primavera se anuncia, sí, pero como algo pendiente de confirmar. Un momento en el que la semilla debe desgarrar la piel o la cáscara que la cubre y abrirse paso hacia la luz, a través de la tierra, en un viaje largo y agotador, antes de tener siquiera la oportunidad de desplegar sus hojas. La primavera temprana puede ser muy dura y también triste, sin embargo encierra el secreto del crecimiento más hondo.
 

Carta VIII

 Borgeby Gard, Fladie (Suecia), 12 de agosto de 1904
(…) Usted ha tenido muchas y grandes tristezas, que ya pasaron, y me dice que incluso el paso de esas tristezas fue para usted duro y motivo de desazón. Pero yo le ruego que considere si ellas no han pasado más bien por en medio de su vida misma. Si en usted no se transformaron muchas cosas. Y si, mientras estaba triste, no cambió en alguna parte -en cualquier parte- de su ser. Malas y peligrosas son tan sólo aquellas tristezas que uno lleva entre la gente para sofocarlas. Cual enfermedades tratadas de manera superficial y torpe suelen eclipsarse para reaparecer tras breve pausa, y hacen erupción con mayor violencia. Se acumulan dentro del alma y son vida. Pero vida no vivida, despreciada, perdida, por cuya causa se puede llegar a morir.
Si nos fuese posible ver más allá de cuanto alcanza y abarca nuestro saber, y hasta un poco más allá de las avanzadillas de nuestro sentir, tal vez sobrellevaríamos entonces nuestras tristezas más confiadamente que nuestras alegrías. Pues son ésos los momentos en que algo nuevo, algo desconocido, entra en nosotros. Nuestros sentidos enmudecen, encogidos, espantados. Todo en nosotros se repliega. Surge una pausa llena de silencio, y lo nuevo, que nadie conoce, se alza en medio de todo ello y calla…
Yo creo que casi todas nuestras tristezas son momentos de tensión que experimentamos como si se tratara de una parálisis. Porque ya no percibimos el vivir de nuestros sentidos enajenados, y nos encontramos solos con lo extraño que ha penetrado en nosotros. Porque se nos arrebata por un instante todo cuanto nos es familiar, habitual. Y porque nos hallamos en medio de una transición, en la cual no podemos detenernos.
Por eso pasa la tristeza. Lo nuevo que está en nosotros, lo recién llegado, nos entra en el corazón, se desliza en su cámara más recóndita, y ya tampoco está allí: está en la sangre. Y no alcanzamos a saber lo que fue… Sería fácil hacernos creer que no sucedió nada. Sin embargo nos transformamos como se transforma una casa en la que ha entrado un huésped. No podemos decir quién ha llegado. Quizás nunca logremos saberlo. Pero muchos indicios nos revelan que el porvenir entra de ese modo en nuestra vida para transformarse en nosotros mucho antes de acontecer. Por esto es tan importante permanecer solitario y alerta cuando se está triste. Pues el instante aparentemente yerto y sin suceso en que el porvenir nos penetra, se halla mucho más cerca de la vida que aquel otro momento, ruidoso y accidental, en que el futuro nos acaece como si proviniese de fuera.
Cuanto más callados, cuanto más pacientes y sinceros sepamos ser en nuestras tristezas, tanto más profunda y resueltamente se adentra lo nuevo en nosotros. Tanto mejor lo hacemos nuestro, y con tanto mayor intensidad se convierte en nuestro propio destino. Así, cuando más tarde surge el día en que lo futuro “acontece” -es decir: cuando al brotar de dentro de nosotros pasa a los demás-, nos sentimos íntimamente más afines, más allegados a él. (…)
Volviendo a hablar de la soledad, aparece cada vez más claramente que ella no es en rigor, nada que se pueda tomar o dejar. Y es que somos solitarios. Uno puede querer engañarse a este respecto y obrar como si no fuese así; esto es todo. ¡Pero cuánto más vale reconocer que somos efectivamente solitarios, y hasta partir de esta base! Así, por cierto, ocurrirá que sintamos vértigo, pues nos vemos privados de todos los puntos de referencia en que solía descansar nuestra vista. Ya no hay nada cercano. Y todo lo que es lejano está infinitamente lejos. Quien fuera llevado, casi sin preparación ni transición alguna, desde su aposento a la cúspide de una gran montaña, tendría que experimentar algo semejante. Se sentiría casi anonadado por una inseguridad sin igual y por el verse abandonado al capricho de algo que no tiene nombre. Le parecería estar cayendo, o se creería lanzado al espacio, o bien estallando en mil pedazos. ¡Qué enorme mentira debería inventar entonces su cerebro para alcanzar a recuperar el anterior estado de sus sentidos y devolverles su serenidad! Así se transforman, para quien se vuelva solitario, todas las distancias, todas las medidas. Muchos de estos cambios se producen de un modo repentino, brusco. Y, al igual que en aquel hombre transportado a la cima de una montaña, surgen entonces aprensiones insólitas, sensaciones extrañas, que parecen rebasar todo lo humanamente soportable. Pero es necesario que también esto lo vivamos. Debemos aceptar y asumir nuestra existencia del modo más amplio posible. Todo, incluso lo inaudito, ha de ser viable en ella. Este es, en realidad, el único valor que se nos pide y exige: tener ánimo ante las cosas más extrañas, más portentosas y más inexplicables, que nos puedan acaecer.
(…) Sin embargo, ¡cuánto más humana es aquella inseguridad llena de peligros, que, en los cuentos de Poe, impulsa a los cautivos a palpar las formas de sus horribles mazmorras y a familiarizarse con los indecibles terrores de su estancia! Pero nosotros no somos presos. Ni trampas, ni redes, ni lazos, se hallan aparejados en torno nuestro. Ni hay nada que deba causarnos angustia o darnos tormento. Si hemos sido puestos en medio de la vida, es por ser éste el elemento al que mejor correspondemos, al que somos más adecuados. Además, por obra de una adaptación milenaria, nos hemos vuelto tan semejantes a esa vida, que cuando permanecemos inmóviles, apenas si -merced a un feliz mimetismo- se nos puede distinguir de cuanto nos rodea. Ninguna razón tenemos para recelar y desconfiar del mundo en que vivimos. Si entraña terrores, son nuestros terrores. Si contiene abismos, estos abismos nos pertenecen. Y si en él hay peligros, debemos procurar amarlos. Con tal que cuidemos de ordenar y ajustar nuestra vida conforme a ese principio que nos aconseja atenernos siempre a lo difícil, cuanto ahora nos parece ser lo más extraño acabara por sernos lo más familiar, lo mas fiel. ¿Cómo podríamos olvidarnos de aquellos mitos antiguos que presiden el origen de todos los pueblos, esos mitos de los dragones que en el momento supremo se transforman en princesas? Quizá sean todos los dragones de nuestra vida, princesas que sólo esperan vernos alguna vez resplandecientes de belleza y valor. Quizá todo lo terrible no sea, en realidad, nada sino algo indefenso y desvalido, que nos pide auxilio y amparo…
No debe, pues, azorarse, querido señor Kappus, cuando una tristeza se alce ante usted, tan grande como nunca vista. Ni cuando alguna inquietud pase cual reflejo de luz, o como sombra de nubes sobre sus manos y por sobre todo su proceder. Ha de pensar más bien que algo acontece en usted. Que la vida no le ha olvidado. Que ella le tiene entre sus manos y no lo dejará caer. ¿Por qué quiere excluir de su vida toda inquietud, toda pena, toda tristeza, ignorando -como lo ignora- cuánto laboran y obtan en usted tales estados de ánimo? ¿Por qué quiere perseguirse a sí mismo, preguntándose de dónde podrá venir todo eso y a dónde irá a parar? ¡Bien sabe usted que se halla en continua transición y que nada desearía tanto como transformarse! Si algo de lo que en usted sucede es enfermizo, tenga en cuenta que la enfermedad es el medio por el cual un organismo se libra de algo extraño. En tal caso, no hay más que ayudarle a estar enfermo. A poseer y dominar toda su enfermedad, facilitando su erupción, pues en ello consiste su progreso. ¡En usted, querido señor Kappus, suceden ahora tantas cosas!… Debe tener paciencia como un enfermo y confianza como un convaleciente. Pues quizá sea usted lo uno y lo otro a la vez. Aun más: es usted también el médico que ha de vigilarse a sí mismo. Pero hay en toda enfermedad muchos días en que el médico nada puede hacer sino esperar. Esto, sobre todo, es lo que usted debe hacer ahora, mientras actúe como su propio médico.
No se observe demasiado. Ni saque prematuras conclusiones de cuanto le suceda. Deje simplemente que todo acontezca como quiera. De otra suerte, harto fácilmente incurriría en considerar con ánimo lleno de reproches a su propio pasado; que, desde luego, tiene su parte en todo cuanto ahora le ocurra. Pero lo que sigue obrando en usted como herencia de los errores y anhelos de su mocedad, no es lo que ahora recuerda y condena. Las circunstancias anormales de una infancia solitaria y desamparada son tan difíciles, tan complejas, se hallan expuestas y abandonadas a tantas influencias y, al mismo tiempo, tan desprendidas de todos los verdaderos vínculos vitales, que cuando en tales condiciones se desliza un vicio, no se le debe llamar vicio sin más ni más. ¡Hay que ser de todos modos tan cauto, tan prudente, con los nombres! ¡Es tan frecuente que toda una vida se quiebre y quede rota por el mero nombre de un crimen! No por la acción misma, personal y sin nombre, que acaso respondiere a un determinado menester de esa vida, y hubiera podido ser admitida y absorbida por ella sin esfuerzo alguno. Si el consumir tantas energías le parece grande a usted, es sólo porque exagera el valor de la victoria. No está en ella lo grande que usted cree haber realizado, si bien tiene razón en su sentir. Lo grande está en que ahí ya existió algo que usted pudo poner en lugar de aquel artificioso fraude, algo real y verdadero. Sin esto, su victoria sólo habría resultado ser una reacción moral, sin importancia ni sentido, mientras que así ha llegado a formar parte de su vida. (…)

 

Imagen: Carl Vilhelm Holsøe (1863 – 1935).

En los oscuros lugares del saber, P. Kingsley

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Si tienes suerte, lector, en algún momento de tu existencia te encontraras en un callejón sin ninguna salida.
O, para decirlo de otra manera: si tienes suerte, llegaras a una encrucijada y verás que el camino de la izquierda lleva al infierno, que el camino de la derecha lleva al infierno, que la carretera que tienes delante lleva al infierno y que, si intentas dar vuelta, terminarás en un completo infierno.
Todos los caminos te llevan al infierno y no hay escapatoria, no tienes alternativa, nada puede ya satisfacerte. En ese momento, si estás preparado, empezarás a descubrir dentro de ti lo que siempre has deseado, pero nunca has podido encontrar.
¿Y qué pasa si no tienes suerte?
Si no tienes suerte, sólo alcanzarás este punto cuando mueras. Y no será un buen panorama, porque seguirás deseando lo que ya no podrás tener jamás.


Peter Kingsley, En los oscuros lugares del saber, 1999.

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Imagen: John R. Spencer Stanhope, Charon and Psique (fragmento),1883.

Endimión en Latmos, J. L. Borges

 

“Yo dormía en la cumbre y era hermoso
mi cuerpo, que los años han gastado.
Alto en la noche helénica, el centauro
demoraba su cuádruple carrera
para atisbar mi sueño. Me placía
dormir para soñar y para el otro
sueño lustral que elude la memoria
y que nos purifica del gravamen
de ser aquel que somos en la tierra.
Diana, la diosa que es también la luna,
me veía dormir en la montaña
y lentamente decendió a mis brazos
oro y amor en la encendida noche.
Yo apretaba los párpados mortales,
yo quería no ver el rostro bello
que mis labios de polvo profanaban.
Yo aspiré la fragancia de la luna
y su infinita voz dijo mi nombre.
Oh las puras mejillas que se buscan,
oh ríos del amor y de la noche,
oh el beso humano y la tensión del arco.
No sé cuánto duraron mis venturas;
Hay cosas que no miden los racimos
ni la flor ni la nieve delicada.
La gente me rehúye. Le da miedo
el hombre que fue amado por la luna.
Los años han pasado. Una zozobra
da horror a mi vigilia. Me pregunto
si aquel tumulto de oro en la montaña
fue verdadero o no fue más que un sueño.
Inútil repetirme que el recuerdo
de ayer y un sueño son la misma cosa.
Mi soledad recorre los comunes
caminos de la tierra, pero siempre
busco en la antigua noche de los númenes
la indiferente luna, hija de Zeus”.

Endimión en Latmos, Jorge Luis Borges, “Historia de la noche”, 1977

Imagen: Endimión y Selene, George Frederick Watts, (1869-1903)

TN06 – Ojos de Estrella

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Capítulo VI
Donde desde lo más profundo se mira a lo más alto

A las puertas del Solsticio, en el corazón del invierno, en uno de los periodos más mágicos del año nos reunimos para compartir historias, como muchos antes que nosotros lo hicieron. Fuera, en la oscuridad, multitud de espíritus cabalga sobre el viento helado, como si el sueño de tierra, dormida bajo un manto de hielo corporeizara caprichosas imágenes en la bruma, mientras en su vientre las semillas empiezan a germinar. Todo en lo profundo de esta noche es un último canto de despedida a lo que fue, y una promesa encendida de lo que está por venir.

Así lo hemos notado a lo largo del tiempo, y hemos tratado de traducir en cantos, en ritos o en mitos que danzan entorno a un Misterio que no puede ser explicado, sino experimentado. El cuento de esta noche también es especial, y nos llega de Finlandia, de la mano de Zacrhis Topelius. Lleva por título Ojos de Estrella.

 

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Ilustración: Summer night, Akageno Saru