Algunas noches mi corazón pertenece a las fieras

Arthur_Wardle_-_The_Enchantress, 1901

 

Algunas noches mi corazón pertenece a las fieras.
No importa cuan gruesos sean los muros, ni cuan largas las distancias.
No importa bajo cuanto maquillaje haya aprendido a disfrazarme.

Aún escucho la llamada, el latido bajo tierra, el silbido entre las hojas.

No  importa mi falta de pureza,
la vergüenza de la domesticación,
la corrupción en que vivo.

Aún escucho la llamada, el crepitar de las llamas, el discurrir de las aguas.

Les digo que no merezco su mirada,
que no merezco las estrellas sobre esta cabeza llena de marañas,
que no merezco que esta tierra sostenga la blandura excesiva de mi cuerpo maltratado.

Y ellas se ríen, encendiendo mi sangre con sus rugidos, arrancándome la piel.
Porque conocen el hechizo que me convoca, el llamado que me arrastra.
Porque conocen el nombre de este corazón que les pertenece.

Algunas noches muero.
Caigo. Me hundo.
Me desintegro,
como una tripa desovillada,
en una masa de anónimos gusanos.
Luego ellos llegan,
como fuegos
danzan a mi alrededor,
vuelven a tejerme,
y me levantan con sus cantos.

Porque conocen la ígnea cualidad de mi Deseo,
enterrada bajo muchas capas de tierra,
envuelta en raíces,
convertida en semilla.

Así, en la Oscuridad, nos reunimos.
Y el Alba contempla ese largo abrazo nuestro,
deshecho en las lágrimas de una lluvia ligera.

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Imagen: Arthur Wardle, The Enchantress, 1901

 

El viaje, Baudelaire

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” (…) ¡Oh Muerte! ¡Oh capitán! ¡Tiempo es ya! ¡Alzad el ancla!
Nos hastía esta tierra, ¡Oh muerte! ¡Aparejemos!
¡Si son negros los cielos y la mar cual la tinta,
nuestros pechos ya sabes que están llenos de rayos!

¡Viértenos tu veneno y que él nos reconforte!
¡Queremos, tanto el fuego los cerebros nos quema,
en el abismo hundirnos, ¿Cielo, Infierno, qué importa?,
al fondo de lo ignoto para encontrar lo nuevo!”

“El viaje”, Charles Baudelaire, Las flores del mal, 1868

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Imagen: Carlos Schwabe, Spleen and Ideal, 1907

Diotima acerca de Eros, Platón

Eugène Médard (French, 1847-1887), L_Amour et Psyche

–   ¿Ves, pues – dijo ella-, que tampoco tú consideras dios a Eros?

–   ¿Qué puede ser, entonces, Eros? – dije yo- ¿Un mortal?

–   En absoluto.

–   ¿Pues qué entonces?

–    Como en los ejemplos anteriores – dijo- algo intermedio entre lo mortal y lo inmortal.

–    ¿Y qué es ello, Diotima?

–    Un gran demon, Sócrates. Pues también todo lo demónico está entre la divinidad y lo mortal.

– ¿Y qué poder tiene? – dije yo.

– Interpreta y comunica a los dioses las cosas de los hombres y a los hombres las de los dioses, súplicas y sacrificios de los unos, y de los otros órdenes y recompensas por los sacrificios. Al estar en medio de unos y otros llena el espacio entre ambos, de suerte que todo queda unido consigo mismo como un continuo. A través de él funciona toda la adivinación y el arte de los sacerdotes relativa tanto a los sacrificios como a los ritos, ensalmos, toda clase de mántica y la magia. La divinidad no tiene contacto con el hombre, sino que es a través de este demon como se produce todo contacto entre dioses y hombres, tanto como si están despiertos como si están durmiendo. Y así, el que es sabio en tales materias es un hombre demónico, mientras que el que lo es en cualquier otra cosa, ya sea en las artes o en los trabajos manuales, es un simple artesano. Estos démones, en efecto, son numerosos y de todas clases, y uno de ellos es también Eros.

Platón, El Banquete, ca. 385–370 a.n.e.

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Imagen: Eugène Médard (1847-1887), L’Amour et Psyche.

El susurro de las Sombras

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Nadie puede escapar de la Sombra, pero unas veces aliviados y otras apenados, despertamos y nos aferramos casi con desesperación a la luz de la vigilia, hasta que en nuestro anhelo de seguridad, este exceso va secando lentamente nuestras vidas. Lo contrario tal vez sea comprender que más que andar por un firme suelo bajo nuestros pies, somos llevados en una corriente mayor que nosotros, en la que nuestra identidad no es más que un ligero parpadeo de la existencia.

Huímos de lo que vemos en nuestros sueños y pesadillas, de lo que llegamos a percibir cada vez que escapamos de nuestro propio control. Nos decimos que no es real, y lo que ocurre es que habla otro idioma, más antiguo, primitivo… Olvidamos, en este esfuerzo heredado y colectivo, que la luz del día es sólo otra forma de distorsión a la que aprendimos a rendir pleitesía, y a la que a menudo convertimos, llevados por nuestra ignorancia, en el tirano que no debiera ser.

La sombra late bajo tierra, es potencialidad. Un lodo oscuro y nutricio compuesto de aquello que escapa al tiempo porque ya fue, o espera ser. Esta es la función de aquel que se adentra en las sombras, abrir camino a la serpiente bajo tierra para que pueda acompañarlo a la luz del día, en lugar de tratar de diseccionarla, para que revivivifique los suelos, renovando su fertilidad. Por esto es necesaria la muerte del héroe, rindiendo su ciego orgullo de conquistador, abriéndolo como un umbral a la manifestación de lo que, hasta el momento permanecía oculto. En el mundo de las sombras la conciencia debe permanecer despierta, con el fin de guardar en la memoria las impresiones recibidas, pero debe permanecer también inanimada, para no alterarlas con la torpeza de sus imperativos dictados diurnos. Una vez vencido y entregado, una vez convertido en en umbral, el héroe volverá a levantarse, con vigor renovado, convertido en heraldo de esas potencias rescatadas del Inframundo.

El temor a la Serpiente no es otro que el temor a la pérdida del control o la esquiva “razón”, al derrumbe de los muros que construimos para proteger lo que creemos ser, del mismo modo que trazamos fronteras en los mapas, del mismo modo que clasificamos nuestro universo y vendemos nuestras almas a cambio de poder convencernos de nuestras propias ficciones sobre el mundo, sobre nosotros mismos. A partir de aquí, incluso si se trata de nuestra propia percepción, todo cuanto contradiga estas seleccionadas ficciones será declarado enemigo, será combatido, reprimido, silenciado, exiliado y alimentará en las Sombras la Serpiente que no hemos sido capaces de traer a la luz. La misma Serpiente que, convertida ya en monstruo, irrumpirá cualquier día de forma violenta en esa falsa seguridad de nuestra existencia, destrozándola para liberarnos de nuestro encierro.

Aquello que vemos entre las Sombras no es real en los objetivos términos diurnos, pero esto no significa que sea falso, la Sombra es la parte del tapiz en la que se encuentran los nudos, de la que se deduce la técnica empleada en la creación de la imagen al otro lado. Ambas naturalezas, la diurna y la nocturna, se necesitan, se retroalimentan y forman parte de aquello que somos. Sólo el considerarlas inconexas conlleva la desgracia de la pérdida del sentido profundo, la pérdida de vitalidad y gusto por esta Vida que, en ausencia de equilibrio, llegamos a considerar un regalo sin valor, o una caprichosa imposición.

De nosotros depende,  atender o desoir las enseñanzas de la Serpiente, el susurro de las Sombras. De nosotros depende recorrer de forma deliberada o forzada la engañosa senda de la Muerte, y aquello en lo que empleamos cada segundo que se nos escapa con junto a los latidos de nuestro corazón.

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Imagen: Water Serpents. Gustav Klimt, 1907