Verde Emperatriz

Thomas Edwin Mostyn Tutt'Art@ (13)

El camino que lleva al lugar de las ofrendas, está ahora bordeado de campos verdes. No asoman aún los brotes de la cosecha, sinó esa hierba espontánea que nace de la tierra revuelta, humedecida por las lluvias y acariciada por un sol joven.  En uno de los últimos paseos, este verdor captó toda mi atención, y me trajo el recuerdo de un tiempo en el que, como estudiante de Qabalah, parte del trabajo consistía en pintar las láminas del tarot de Foster Case. En el tarot de Case, el manto de la Emperatriz es verde, y dado que se emplean varias tonalidades de verde en el conjunto de arcanos, el “verde emperatriz” se convirtió  en un referente.

Miro los campos, y me doy cuenta que éste es el verdadero “verde emperatriz”, del que nuestras pinturas no eran más que una imitación, un tosco acercamiento. Una fotografía no podría captarlo, porque no es sólo un color, sino el resultado de una intersección de fuerzas: en él está la calidez del sol que regresa después del invierno, y la tierra misma maltratada por el arado, enternecida por la lluvia, entregada a dejar pasar a través de sus capas las nuevas generaciones, al tiempo que sostiene sus raíces. Una fotografía no puede captarlo, porque no es sólo un color, es algo que se ve, se respira y se siente al mismo tiempo.

Sospeché que, si uno pudiera cruzar la lámina empleándola como puerta o umbral, se encontraría justamente donde yo estaba aquella mañana. Y, como yo, probablemente se sentiría imbuido por esa abrumadora sensación que resulta de empezar a ver la maravilla que, de hecho, es posible que siempre estuviera allí.

Esto es parte de lo que el Territorio ha hecho conmigo, ayudarme a recuperar los sentidos perdidos y guiarme en la experiencia de un mundo al que sólo nuestra conciencia adormecida nos cierra las puertas, pero que está aquí mismo. Cuando la hierba del campo, el azul del cielo, el paso lento de las nubes majestuosas, el discurrir del agua en el lavadero, el viento que mece los árboles, el aleteo de las aves, nos salen al encuentro en su verdadera dimensión, cuando captamos un pedacito más de ella de lo que tenemos por costumbre, hay algo en nosotros que se derrumba como una vieja cúpula por la que entran los rayos de sol. Hay una derrota que es también liberación, una entrega mútua, un deleite en la plenitud del momento que parece escapar del tiempo.

Esto no viene a arrebatarme lo que aprendí acerca de la Emperatriz, de hecho, las sensaciones que mi cuerpo recibe al contacto con la experiencia del verde de los campos,  corren a vincularse con la referencia mental, aunque la excedan. Posiblemente saben dónde ir porque años atrás se creo un espacio en esta mente para ellas, y ahora ese espacio mental, habitado por su presencia, está siendo reformado, ampliado, matizado… Esto es algo que el Territorio y la Sombra han hecho por mí, a menudo puedo pasearme por el mundo mientras las sinconicidades florecen a mi alrededor, bajo mis pasos, sobre mi cabeza…

Este es el tiempo de la Emperatriz para mí, una segunda ronda a todo lo que una vez creí, una manera radicalmente distinta de ver (y estar) en lo de siempre, un amor por lo manifiesto que conlleva una profunda transformacion de todo lo conocido. Por primera vez en mi vida me detuve a abrazar mis terrores, por primera vez el Inframundo me llamó a sus profundidades, dónde del mismo modo que la Tierra se nutre de las hojas y los frutos caídos, devoré los despojos últimos de mi propio cadáver.

Y, como la Emperatriz, regreso grávida de este encuentro con la oscuridad.

Cargada con algunos proyectos a punto de salir a la luz, los últimos pasos se hacen pesados y, en ocasiones, me enojo con mi propia torpeza, experimento repentinos antojos o me pierdo en ensoñaciones; me pregunto si estarán bien colocados y bajo qué signo nacerán, me preocupa cómo los va a recibir el mundo de la superficie.
A ratos, experimento cierta reticencia a dejarlos ir, hasta que concedo que no serán sólo lo que yo he imaginado o planeado para ellos, que tendrán su propia trayectoria y no pueden pertenecerme por completo, que debo doblegarme a la fuerza que se agita y pugna por salir del cálido y seguro refugio de mi regazo, de mi silencio.

Será lo que deba ser.

Separador

Imagen: Thomas Edwin Mostyn, Womanhood, 1925

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