Continúa desde donde lo dejaste

Hiremy.Hirschl.Adolf.Souls.on.the.Banks.of.the.Acheron

La semana pasada, coincidiendo con el inicio de la popularmente temida retrogradación de mercurio, presentamos un nuevo podcast, “Humo y Espejos“. Esto, que puede parecer un descuido, o una torpeza a la hora de planificar, pero en esta etapa de vida en la que me encuentro he aprendido a abrazar muchas cosas temidas, incluidos los eclipses y las retrogradaciones planetarias.

¿Cuántas vidas llevas gastadas? ¿Cuántas veces has empezado desde cero? A determinadas edades es posible que te haya ocurrido en varias ocasiones, y es un tipo de aventura que he coleccionado con absoluta entrega. Algo en mí amaba tanto la violenta sensación de verme desterrada, vencida y aplastada como el energizante contacto con aquello que, en la peor de las situaciones, nos impulsa a levantarnos de nuevo. Sin embargo, algo fallaba en esta narración existencial. Efectivamente, cada vez te levantas más fuerte y sabiendo un par de cosas más respecto a la anterior etapa, pero esto por sí sólo no abre las puertas al verdadero cambio.

Como un Sísifo condenado en crecimiento exponencial, yo podía cargar cada vez rocas más pesadas y subir montañas más altas – agregaré que también podía contemplar paisajes más hermosos como compensación -, pero el resultado era el mismo una y otra vez, a partir de cierto punto tocaba empezar de cero. Otra roca, otra montaña, otro paisaje, sí; pero roca, montaña y paisaje al fin. Una variación infinita de las mismas cosas no es exactamente lo que uno puede llamar transformación, a menos que esté tratando de engañarse un poco a sí mismo tratando de adormecer esa creciente sensación de frustración que se abre paso desde el fondo de la conciencia.

Una ha empezado desde cero más veces de las que puede contar, desde ambas orillas del Atlántico, y el asunto empezaba a dejar de ser divertido incluso para esa parte retorcida de nuestro ser que se deleita con este tipo de cosas. Sabiendo que no son “los demás”, ni “la vida”, los que nos hacen pasar por este tipo de experiencias, los nuevos inicios tenían ya algo de falso y desgastado. Dentro de esta piel se produjo un auténtico colapso. La inercia me llevaba a ese engañoso encanto de las “primaveras”, de los “nuevos inicios”; pero en realidad no dejaba de ser la misma película existencial, ahora con un presupuesto mayor que permitiría hacerla “mejor”, prometerme a mí misma que esta vez sería “la buena”.  Pero algo más fuerte en mí, francamente asqueado, se negaba de forma rotunda a participar por enésima vez en el remake -con la colaboración de otros actores, otros escenarios, o alguna poética variación en el guión redactada en un alardeo de generosidad hacia mí misma- de esa vieja película eternamente frustrada.

La última roca que cayó colina abajo creó en mi una necesidad real de transformación para la que ni siquiera bastaba con quemar todo cuanto se hubiera filmado hasta el momento en la memoria. La última roca que rodó colina abajo siguió rodando hasta perderse por una de esas grutas que llevan a los estratos inferiores del Inframundo y yo, colmada de hastío, decidí seguirla. Ciertamente, se podía profundizar mucho más, y entonces, un montón de términos a los que estamos poéticamente acostumbrados cobraron una vida salvaje e impredecible me superaba, revelándose como realidades que me sacudieron como nada lo había hecho antes.

Allí comprendí – entre otras cosas- que no serviría de nada empezar de nuevo, que durante años había dando vueltas desesperadamente, tratando de evitar ese peligroso centro me llamaba cada vez con más urgencia, tratando de esquivar ese fuego cegador, esa oscuridad absoluta que atravesamos al crecer o transformarnos. También entendí que al mundo exterior le parecería genial si seguía dando vueltas y esquivando el centro un buen puñado de años más, o lo que me quede de vida, porque esta clase de cosas quedan fuera de su dominio. Y que el hallazgo de la grieta Infernal era una especie de rara suerte que no pensaba desaprovechar. Benditos sean el aburrimiento y la desazón.

La idea de empezar de nuevo, a menudo acompañada del desprecio por lo que fuimos o lo que hicimos -o no hicimos-, no es más que miedo disfrazado de jovialidad, inspiración o enamoramiento. El reto no consiste nunca empezar desde cero, en ese estado bienaventurado que nos exime de responsabilidades adquiridas en el pasado o de los remordimientos causados por el hecho de no haberlas atendido. El desafío es ir a ese punto en el que nos sentimos terriblemente decepcionados, traicionados, dolidos, resentidos o culpables y allí, en lugar de buscar compensación o cualquier otra forma de esquivar nuestros fallos o nuestra vulnerabilidad,  simplemente aceptarlos, digerirlos, disolverlos, reabsorverlos, recuperar lo que quedó encerrado en ellos, reutilizarlo. Comprender nuestro papel en el drama existencial al que contribuimos y del que somos cómplices, asumir la responsabilidad por nuestra vida y continuar con ella exactamente desde allí donde lo dejamos.

La roca de Sísifo no rodaba al llegar a la cima, sino justo antes de alcanzarla. Como en otros tormentos del Tártaro, la condena no consistía tanto en la repetición -al fin y al cabo todo nace y muere de forma cíclica- sino en la imposibilidad de alcanzar culminación alguna -la falta de desarrollo, de crecimiento, de transformación reales-. Empezar desde donde lo dejamos la última vez que las cosas no salieron como esperábamos implica atravesar la sombra, algunas veces la colectiva, pero siempre la propia. Aquí es donde aprendemos a apreciar esos temidos eclipses, esos odiados periodos retrógrados que nos empujan a interiorizar las enseñanzas del ligero y veloz Mercurio que a menudo no nos da tiempo a capta o a integrarr, el periodo retrógrado es una excelente ocasión para revisar, repensar, retomar, reconciliar, reequilibrar…

En el retrógrado, es donde nuestra visión de Mercurio deja de ser la de un adolescente dorado, recadero de los olímpicos, protector del comercio y los ladrones, para convertirse en la del Hermes psicopompo que guía a aquellos que atraviesan las regiones del Inframundo y trae de regreso a Perséfone. Aaron Cheak comenta al respecto “Hermes Chtonios está perfectamente en sintonía con el aspecto ‘retrógrado de Mercurio’ ya que desciende a los mundos invisibles justo como el planeta desciende por debajo del horizonte, haciéndose invisible al ojo desnudo, y resurgiendo sólo cuando el retrógrado se ha completado”.

La tierra es densa, se toma su tiempo, nos duele, nos recuerda lo inevitable de la decadencia de la carne y nuestra inevitable mortalidad, al punto que a menudo tratamos de rehuírla refugiándonos en fantasías aéreas, ensoñaciones acuáticas o ígneas pasiones. Pero la sabiduría ctónica, no sólo guarda en su seno la continuidad entre la vida y la muerte, sino que bajo su dominio se encuentran las claves de la estructura y el sustento, del crecimiento y la regeneración, y toda posibilidad de transmutación en esta nuestra existencia material. Vemos aquello que tememos, en vez de apreciar lo que tenemos gacias a una generosidad infinita, equiparable – para nosotros- a la del mismo Sol. La tierra no empieza nunca de cero, sus ciclos se suceden como una continuidad desde mucho antes de nuestra aparición como especie -y a pesar de ésta-, como un fluir imposible de detener.

Si quieres vivir algo realmente nuevo, algo distinto a lo que puede que hayas estado repitiendo con alguna variación durante décadas, mi consejo es que continúes desde donde lo dejaste, que pases conscientemente a través del Infierno, a través de las sombras, a través de los dolores del crecimiento y el desarrollo. No podemos volver atrás, ni podemos hacerlo “mejor”, no habrá una vez que sea “la buena”; esta clase de ideas no son más que una trampa mental tendida por el miedo a lo desconocido que, afortunadamente, no puede detenernos por más tiempo del que nosotros decidamos. Porque cuando nos asomamos más allá de la frontera trazada por nuestras experiencias, más allá de los límites que hemos usado para dar sentido a nuestra vida y lleva demasiado tiempo cobrándose a cambio nuestras energías y atención, asistimos atónitos a un decisivo cambio de contexto que nos libera de las cadenas que atesorábamos, y renueva cada faceta y cada detalle de nuestras existencias.

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Imagen: Adolf Hirémy-Hirschl, Souls on the Banks of the Acheron, 1898
En la pintura aparece Hermes rodeado de las sombras de los difuntos recientes  que aguardan la llegada del barquero Caronte.

Carta VIII, Rainer M. Rilke

A Seat on the Summit Charles Courtney Curran - 1920

(…)”Quien fuera llevado, casi sin preparación ni transición alguna, desde su aposento a la cúspide de una gran montaña, tendría que experimentar algo semejante. Se sentiría casi anonadado por una inseguridad sin igual y por el verse abandonado al capricho de algo que no tiene nombre. Le parecería estar cayendo, o se creería lanzado al espacio, o bien estallando en mil pedazos. ¡Qué enorme mentira debería inventar entonces su cerebro para alcanzar a recuperar el anterior estado de sus sentidos y devolverles su serenidad! Así se transforman, para quien se vuelva solitario, todas las distancias, todas las medidas. Muchos de estos cambios se producen de un modo repentino, brusco. Y, al igual que en aquel hombre transportado a la cima de una montaña, surgen entonces aprensiones insólitas, sensaciones extrañas, que parecen rebasar todo lo humanamente soportable. Pero es necesario que también esto lo vivamos. Debemos aceptar y asumir nuestra  existencia del modo más amplio posible. Todo, incluso lo inaudito, ha de ser viable en ella. Este es, en realidad, el único valor que se nos pide y exige: tener ánimo ante las cosas más extrañas, más portentosas y más inexplicables, que nos puedan acaecer.

El que los hombres hayan sido cobardes en este terreno ha causado infinito daño a la vida. Los sucesos a los que se da el nombre de “fenómenos” o de “apariciones”, el llamado “mundo espectral”, la muerte, todas esas cosas que nos son tan afines, han sido de tal modo desalojadas de la vida por el diario afán de defenderse de ellas, que los sentidos con que podríamos aprehenderlas se han atrofiado -¡y de Dios, ni hablar! Mas el miedo ante lo inexplicable no sólo ha empobrecido la existencia del individuo. También las relaciones de ser a ser han quedado cercenadas por él. Valga el símil, han sido descuajadas del cauce de un río caudaloso en posibilidades infinitas, para ser llevadas a un lugar yermo de la ribera, donde nada sucede. Pues no sólo por desidia se repiten las relaciones humanas con tan indecible monotonía y sin renovación alguna de un caso a otro, sino también por temor y recelo ante cualquier vivencia nueva y de imprevisible trascendencia, que uno cree superior a sus fuerzas. Pero sólo quien esté apercibido para todo, sólo quien no excluya nada de su existencia -ni siquiera lo que sea enigmático y misterioso- logrará sentir hondamente sus relaciones con otro ser como algo vivo. Sólo él estará en condiciones de apurar por sí mismo su propia vida. Pues en cuanto consideramos la existencia de cada individuo como una habitación mayor o menor, queda de manifiesto que los más sólo llegan a conocer apenas un rincón de su aposento. Un sitio junto a la ventana. O bien alguna estrecha faja del entarimado, que van y vienen recorriendo de un lado para otro. Así disfrutan de alguna seguridad…

Sin embargo, ¡cuánto más humana es aquella inseguridad llena de peligros, que, en los cuentos de Poe, impulsa a los cautivos a palpar las formas de sus horribles mazmorras y a familiarizarse con los indecibles terrores de su estancia! Pero nosotros no somos presos. Ni trampas, ni redes, ni lazos, se hallan aparejados en torno nuestro. Ni hay nada que deba causarnos angustia o darnos tormento. Si hemos sido puestos en medio de la vida, es por ser éste el elemento al que mejor correspondemos, al que somos más adecuados. Además, por obra de una adaptación milenaria, nos hemos vuelto tan semejantes a esa vida, que cuando permanecemos inmóviles, apenas si -merced a un feliz mimetismo- se nos puede distinguir de cuanto nos rodea. Ninguna razón tenemos para recelar y desconfiar del mundo en que vivimos. Si entraña terrores, son nuestros terrores. Si contiene abismos, estos abismos nos pertenecen. Y si en él hay peligros, debemos procurar amarlos. Con tal que cuidemos de ordenar y ajustar nuestra vida conforme a ese principio que nos aconseja atenernos siempre a lo difícil, cuanto ahora nos parece ser lo más extraño acabará por sernos lo más familiar, lo mas fiel.” (…)

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Imagen: A Seat on the Summit, Charles Courtney Curran, 1920

Flora, Ovidio

Primavera-Botticelli-Zefiro-Clori-Flora

 

 «Yo era Cloris, que ahora me llamo Flora(…) Cloris era, ninfa de las llanuras felices, donde sabes que antes afortunados hombres tenían su medio de vida; modesta como soy, se me hace duro exponer la belleza que tuve. Pero esa belleza le encontró a mi madre un dios por yerno. Era primavera; yo iba paseando; el Céfiro me descubrió, yo iba a alejarme. Me persiguió, yo huía; él era más fuerte. Y el Bóreas, que se había atrevido a llevarse un botín de la casa de Erecteo , había dado a su hermano pleno derecho para el pillaje. Sin embargo, enmendó su acto violento, dándome el nombre de esposa, y no tengo queja ninguna de mi matrimonio. Gozo de una primavera eterna: el año está siempre sonriente, los árboles tienen siempre hojas, la tierra siempre pastizales. Tengo en los campos que constituyen mi dote un jardín exuberante: el viento lo respeta, una fuente de agua cristalina lo riega. Mi marido cubrió este jardín de flores generosas y me dijo: “Tú, diosa, ostenta la soberanía de las flores”.
Yo quise muchas veces contar la serie de colores y no pude; su cantidad sobrepasaba la cuenta. Tan pronto como la escarcha y el rocío se sacudieron de las hojas y el follaje variado se entibió con los rayos del sol, acudieron las Horas, embutidas en sus ropas variopintas, y recogieron mis regalos en ligeros canastillos. Al punto se aproximaron las Cárites y tejieron coronas y guirnaldas que sirviesen para ceñir las cabelleras de los celestiales. Fui la primera en desparramar a lo ancho de los pueblos las nuevas simientes. Antes la tierra tenía un solo color.

Fui la primera en hacer de la sangre del Terapneo una flor, y en sus hojas subsiste escrita la queja. También tú, Narciso, tienes tu nombre en los jardines cultivados; desgraciado, que no tema un doble. ¿A qué hablar de Croco o Atis o del hijo de Ciniras, de cuya herida quedó la gloria por mediación mía?
También Marte, si no lo sabes, nació gracias a mi arte. Ruego a Júpiter siga sin saberlo como hasta ahora. La sagrada Juno sintió que Júpiter no hubiese precisado su colaboración cuando Minerva nació sin madre. Iba a quejarse ante Océano de la acción de su marido; se detuvo ante mi puerta cansada por la fatiga. Al verla, le dije: “¿Qué te ha traído, hija de Saturno?”. Ella me explicó el sitio donde iba y añadió el motivo. Yo la consolaba con palabras amistosas: “No es con palabras —dijo— como tengo que aliviar mis cuitas. Si Júpiter ha sido padre, desdeñando la colaboración de su esposa, y él solo tiene el nombre de padre y madre, ¿por qué voy a desesperar yo de ser madre sin esposo, y parir sin contacto con varón, bajo condición de ser casta? Voy a probar toda clase de fármacos a lo largo de la ancha tierra y escudriñaré los mares y los rincones del Tártaro”. Su voz seguía su curso, pero en mi cara surgieron señales de duda. Dijo: “No sé qué poder, ninfa, pareces tener”. Quise prometerle ayuda tres veces, tres veces quedó agarrotada mi lengua; la razón de mi gran miedo era la cólera de Júpiter. “Préstame auxilio, por favor —dijo—, no descubriré al autor y pondré por testigo a la divinidad del agua estigia”.
“Lo que deseas —le dije— te lo proporcionará una flor que te enviaré de los huertos olemos; es flor única en mi jardín. El que me la regaló, me dijo: ‘Toca también con ella a una novilla estéril, será madre’. La toqué, y sin pasar ningún tiempo, era madre.” Inmediatamente, corté con mis dedos la flor resistente. Toqué a Juno y ella se quedó en estado cuando le toqué el vientre. Y ya embarazada entró por Tracia y las costas de la izquierda de la Propóntide; sus deseos se hicieron realidad y había nacido Marte. El cual, recordando que había nacido por mediación mía, me dijo: “Ten tú también un puesto en la ciudad de Rómulo”.

¿Piensas tal vez que mi soberanía se limita únicamente a las tiernas coronas? Mi poder divino afecta también a los campos de labranza. Si las mieses cuajan bien las flores, habrá era rica; si cuaja bien la flor de la viña, habrá vino; si cuajan bien las flores del olivo, el año será muy fértil, y habrá producción de frutas ese año. Una vez que se pierde la flor, perecen con ella las arvejas y las habas, y perecen tus lentejas, Nilo, que llegas de tierras remotas. También los vinos florecen, encerrados trabajosamente en grandes barriles, y las heces cubren la superficie de los toneles. La miel es regalo mío; yo soy la que convoco los insectos que producirán la miel a las violetas, los codesos y los tomillos blanqueantes. Yo soy también la que hace lo mismo cuando los espíritus son exuberantes en los años de juventud y los cuerpos asimismo cobran vigor».

Ovidio, Fastos

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Imagen: La Primavera (detalle), Sandro Botticceli, 1480

 

El Tigre en el templo

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Había una iglesia cerca de la selva, y las gentes del pueblo, congregadas en el patio de tierra adyacente festejaban bajo guirnaldas de flores mientras grandes jarras de barro que pasaban de unas manos a otras entre el bullicio. Pero el templo permanecía en silencio, y allí la frescura de las sombras se interumpía a penas por un rayo de sol que iluminaba el polvo flotando en el aire.

Por por el pasillo entre los bancos vi acercarse, con pasos tranquilos, al Tigre. Hermoso, inocente en su peligrosidad, su pelaje resplandeció unos segundos bajo la caricia furtiva del sol mientras seguía avanzando hasta la pila bautismal. Como una proyección última de las formas de la vida abriéndose paso, como la oscura promesa de la muerte que llega para todos en el momento menos esperado, la bestia era terriblemente hermosa; animada por un fuego de tierra que relucía en los ojos ambarinos.

Como un enorme gato se irguió sobre sus patas traseras, apoyó las garras delanteras en el mármol blanco, y con la lengua rosada bebió del agua bendita con tanta confianza como si se tratara de una ofrenda para él dispuesta.

Espiaba fascinante la escena tras el refugio ofrecido por el confesionario. Un enorme tigre bebiendo tranquilamente de la pila bautismal transformaba por completo el templo, no sólo alterando su atmósfera, sino golpeando con el peso de una montaña la estructura de palabras sobre las que se había levantado allí, como una extraña protuberancia en el territorio.

Me vi urgida a abrirle la puerta, a pesar del miedo que sembraría entre la gente, había que encontrar una salida. Así, de primeras, uno podía pensar que el tigre había quedado atrapado en el edificio, uno podría haberlo pensado acaso si fuera otro tigre, si su movimiento fuera menos fluido y seguro ¿Cómo había entrado?

Si escucha la historia y dibuja en su mente la imagen de un tigre bebiendo agua de una pila bautismal, uno podría pensar que el Tigre estaba fuera de lugar; pero el Tigre era a la vez el suelo y los bancos, la sombra, el sol, el mármol… y parecía avanzar sobre un sí mismo desplegado con la sutileza de una flor que se abre por una superficie infinita, que incluía la muchedumbre al otro lado de los muros, la alegría por la celebración que llevaban a cabo y el pánico que experimentarían en unos minutos. Incluso yo era también Tigre, algo de aquel ser proyectado al otro lado del cristal de sus pupilas, y el gesto de abrir la puerta que había considerado mío, no era sino un impulso lanzado desde el misterio que ardía callado tras aquellos ojos.

Comprendí que los muros del templo eran una ilusión que pretendía limitar un espacio santo, como si la selva de la que vivíamos no lo fuera, que aquellos eran muros que nos separaban sólo de nosotros mismos. Comprendí que la sed es una necesidad profunda que debe ser satisfecha, que el deseo es una fuerza que avanza imparable hacia su destino, que es siempre comunión, y que todas las Aguas son sagradas.

No es el Tigre el que está atrapado.

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Imagen:
Amur Tiger Painting, David Stribbling.

 

Verde Emperatriz

Thomas Edwin Mostyn Tutt'Art@ (13)

El camino que lleva al lugar de las ofrendas, está ahora bordeado de campos verdes. No asoman aún los brotes de la cosecha, sinó esa hierba espontánea que nace de la tierra revuelta, humedecida por las lluvias y acariciada por un sol joven.  En uno de los últimos paseos, este verdor captó toda mi atención, y me trajo el recuerdo de un tiempo en el que, como estudiante de Qabalah, parte del trabajo consistía en pintar las láminas del tarot de Foster Case. En el tarot de Case, el manto de la Emperatriz es verde, y dado que se emplean varias tonalidades de verde en el conjunto de arcanos, el “verde emperatriz” se convirtió  en un referente.

Miro los campos, y me doy cuenta que éste es el verdadero “verde emperatriz”, del que nuestras pinturas no eran más que una imitación, un tosco acercamiento. Una fotografía no podría captarlo, porque no es sólo un color, sino el resultado de una intersección de fuerzas: en él está la calidez del sol que regresa después del invierno, y la tierra misma maltratada por el arado, enternecida por la lluvia, entregada a dejar pasar a través de sus capas las nuevas generaciones, al tiempo que sostiene sus raíces. Una fotografía no puede captarlo, porque no es sólo un color, es algo que se ve, se respira y se siente al mismo tiempo.

Sospeché que, si uno pudiera cruzar la lámina empleándola como puerta o umbral, se encontraría justamente donde yo estaba aquella mañana. Y, como yo, probablemente se sentiría imbuido por esa abrumadora sensación que resulta de empezar a ver la maravilla que, de hecho, es posible que siempre estuviera allí.

Esto es parte de lo que el Territorio ha hecho conmigo, ayudarme a recuperar los sentidos perdidos y guiarme en la experiencia de un mundo al que sólo nuestra conciencia adormecida nos cierra las puertas, pero que está aquí mismo. Cuando la hierba del campo, el azul del cielo, el paso lento de las nubes majestuosas, el discurrir del agua en el lavadero, el viento que mece los árboles, el aleteo de las aves, nos salen al encuentro en su verdadera dimensión, cuando captamos un pedacito más de ella de lo que tenemos por costumbre, hay algo en nosotros que se derrumba como una vieja cúpula por la que entran los rayos de sol. Hay una derrota que es también liberación, una entrega mútua, un deleite en la plenitud del momento que parece escapar del tiempo.

Esto no viene a arrebatarme lo que aprendí acerca de la Emperatriz, de hecho, las sensaciones que mi cuerpo recibe al contacto con la experiencia del verde de los campos,  corren a vincularse con la referencia mental, aunque la excedan. Posiblemente saben dónde ir porque años atrás se creo un espacio en esta mente para ellas, y ahora ese espacio mental, habitado por su presencia, está siendo reformado, ampliado, matizado… Esto es algo que el Territorio y la Sombra han hecho por mí, a menudo puedo pasearme por el mundo mientras las sinconicidades florecen a mi alrededor, bajo mis pasos, sobre mi cabeza…

Este es el tiempo de la Emperatriz para mí, una segunda ronda a todo lo que una vez creí, una manera radicalmente distinta de ver (y estar) en lo de siempre, un amor por lo manifiesto que conlleva una profunda transformacion de todo lo conocido. Por primera vez en mi vida me detuve a abrazar mis terrores, por primera vez el Inframundo me llamó a sus profundidades, dónde del mismo modo que la Tierra se nutre de las hojas y los frutos caídos, devoré los despojos últimos de mi propio cadáver.

Y, como la Emperatriz, regreso grávida de este encuentro con la oscuridad.

Cargada con algunos proyectos a punto de salir a la luz, los últimos pasos se hacen pesados y, en ocasiones, me enojo con mi propia torpeza, experimento repentinos antojos o me pierdo en ensoñaciones; me pregunto si estarán bien colocados y bajo qué signo nacerán, me preocupa cómo los va a recibir el mundo de la superficie.
A ratos, experimento cierta reticencia a dejarlos ir, hasta que concedo que no serán sólo lo que yo he imaginado o planeado para ellos, que tendrán su propia trayectoria y no pueden pertenecerme por completo, que debo doblegarme a la fuerza que se agita y pugna por salir del cálido y seguro refugio de mi regazo, de mi silencio.

Será lo que deba ser.

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Imagen: Thomas Edwin Mostyn, Womanhood, 1925

No debe usted…, Hermann Hesse

'Pomegranate'. Hades and Persephone.

“No debe usted entregarse a deseos en los que no cree. Sé lo que desea. Pero tiene que saber renunciar a esos deseos o desearlos de verdad. Cuando llegue a pedir con la plena seguridad de que su deseo va a ser cumplido, éste será satisfecho. Sin embargo, usted desea y al mismo tiempo se arrepiente de ello con miedo. Hay que superar eso.”

Hermann Hesse, Demian, 1919
Imagen: Pommegranate, Zelda Devon

¿Qué harás, buscador?

Frederic,_Lord_Leighton_-_Perseus_and_Andromeda_-_Google_Art_Project

¿Qué haras, buscador, cuando encuentres? Cuando en la oscura profundidad de la cueva la impía garra destroce tu corazón. Cuando tu corazón se abra como un fruto rojo y en un charco de sangre descubras ese centro aún palpitante que, por más que lo desees, se niega a morir.

¿Qué harás cuando, aniquilado por las fauces del dragón, sepas que ya no hay camino que pueda regresarte a lo que una vez fuiste, o creíste ser? ¿Qué harás cuando volver sea un dolor en tus ojos y el imperio diurno un pálido recuerdo?

¿Qué harás cuando el mundo te pertenezca? ¿Cómo asumirás el terrible peso, sabiendo -como ahora sabes- que no es más que un juego de niños?¿Cómo caminarás entre los hombres cuando la risa te sacuda por completo? Ellos te llamarán loco, con el mismo desdén que mostraste cuando estabas al otro lado y aquello parecía todo.

Has buscado toda tu vida -aprendiste bien que eso era lo que debías hacer -. Pero no estabas preparado para encontrar aquello que te esperaba. ¿Qué harás, buscador, cuándo encuentres? ¿Intentarás convencerte de que no ha sido más que un sueño?

Es lo que todos hacen.

Recibir es demasiado femenino, una terrible humillación para el héroe inquieto que se queda de este modo sin nada que ganar o demostrar. La recompensa, para él, es también el fin de la aventura, su muerte.

Recibir es demasiado femenino, implica hacer algo con aquello que se recibe, implica abrazar la propia muerte, asumir la propia mortalidad, y nutrir con esto el germen de esa semilla que, como a una cáscara, abandona el ser que fuimos, y toma impulso hacia un futuro completamente desconocido.

Por eso ninguno quiere encontrar en realidad.
Por eso se llaman a sí mismos buscadores.
Juegan a buscar lo que ya tienen,
es más seguro así.
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Imagen: Frederic Leighton, Perseo y Andrómeda, 1891