TN07 – Rusalka

Rusalka, Lenka Šimečková, 2016

Capítulo VII
Donde las hadas se convierten en monstruos

Si hubo un cuento de hadas que cautivó a Europa en los inicios del mundo moderno, esa fue la historia de Ondina, escrita en 1811 por Friedrich de la Motte Fouqué. La novela, que aunó la tradición folclórica de Melusina con las ideas referentes a los habitantes de los reinos elementales de Paracelso, gozó de gran popularidad hasta principios del siglo XX y fue objeto de múltiples adaptaciones.

El cuento de La Sirenita de Andersen, publicado en 1837, posiblemente sea la más conocida de ellas. Sin embargo, existe una versión posterior a la obra de Andersen, pero más fiel en su espíritu a la original: Rusalka, ópera con libretto de J. Kvapil y música de A. Dvórak. En el mundo eslavo, una Rusalka es un espíritu de las aguas, que adquiere la apariencia de una hermosa doncella. Las rusalki danzan y cantan a la luz de la luna aunque en otras ocasiones se las considera seres terribles que seducen a los caminantes desprevenidos para ahogarlos en sus aguas. Otra figura de interés que aparece en esta versión es la bruja Jezibaba, uno de los nombres eslavos que recibe BabaYaga.

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Ilustración: Rusalka Rises, Lenka Šimečková

En los oscuros lugares del saber, P. Kingsley

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Si tienes suerte, lector, en algún momento de tu existencia te encontraras en un callejón sin ninguna salida.
O, para decirlo de otra manera: si tienes suerte, llegaras a una encrucijada y verás que el camino de la izquierda lleva al infierno, que el camino de la derecha lleva al infierno, que la carretera que tienes delante lleva al infierno y que, si intentas dar vuelta, terminarás en un completo infierno.
Todos los caminos te llevan al infierno y no hay escapatoria, no tienes alternativa, nada puede ya satisfacerte. En ese momento, si estás preparado, empezarás a descubrir dentro de ti lo que siempre has deseado, pero nunca has podido encontrar.
¿Y qué pasa si no tienes suerte?
Si no tienes suerte, sólo alcanzarás este punto cuando mueras. Y no será un buen panorama, porque seguirás deseando lo que ya no podrás tener jamás.


Peter Kingsley, En los oscuros lugares del saber, 1999.

Separador

Imagen: John R. Spencer Stanhope, Charon and Psique (fragmento),1883.

Endimión en Latmos, J. L. Borges

 

“Yo dormía en la cumbre y era hermoso
mi cuerpo, que los años han gastado.
Alto en la noche helénica, el centauro
demoraba su cuádruple carrera
para atisbar mi sueño. Me placía
dormir para soñar y para el otro
sueño lustral que elude la memoria
y que nos purifica del gravamen
de ser aquel que somos en la tierra.
Diana, la diosa que es también la luna,
me veía dormir en la montaña
y lentamente decendió a mis brazos
oro y amor en la encendida noche.
Yo apretaba los párpados mortales,
yo quería no ver el rostro bello
que mis labios de polvo profanaban.
Yo aspiré la fragancia de la luna
y su infinita voz dijo mi nombre.
Oh las puras mejillas que se buscan,
oh ríos del amor y de la noche,
oh el beso humano y la tensión del arco.
No sé cuánto duraron mis venturas;
Hay cosas que no miden los racimos
ni la flor ni la nieve delicada.
La gente me rehúye. Le da miedo
el hombre que fue amado por la luna.
Los años han pasado. Una zozobra
da horror a mi vigilia. Me pregunto
si aquel tumulto de oro en la montaña
fue verdadero o no fue más que un sueño.
Inútil repetirme que el recuerdo
de ayer y un sueño son la misma cosa.
Mi soledad recorre los comunes
caminos de la tierra, pero siempre
busco en la antigua noche de los númenes
la indiferente luna, hija de Zeus”.

Endimión en Latmos, Jorge Luis Borges, “Historia de la noche”, 1977

Imagen: Endimión y Selene, George Frederick Watts, (1869-1903)