Foc i cendres

Triumph of the Wolves

 

Desfulla els arbres, remou la terra roja. Camino com si pogués avocar-me al paisatge través dels ulls i vessar-me en la seva generosa amplada. Com si en el meu silenci pogués desterrar el soroll.  He retrobat vells escrits; torno a  llegir-los des de l’altra banda d’un riu que no recordo haver creuat. Els mateixos mots que llavors anunciaven, confirmen avui que avanço en cercles imperfectes, i retorno com un fantasma a les mateixes cruïlles, infinitament diferents en cada mirada.

Però prefereixo ser la bèstia que cerca per les vores del camins que una nina a la que hom vesteix i desvesteix, i fa jugar a les cases, i desfilar, encaixada a la força, per una infinitat d’oficis. Prefereixo estar trencada que en un pedestal. Prefereixo respirar lentament a través de les esquerdes que s’obren a cada batec. Prefereixo dansar quieta sobre els pedaços d’un món irrecuperable, com si així pogués assegurar que no retornarà mai. Prefereixo que la pluja mulli les ales de la papallona, devorant el seu vol, i una petja forana, indiferent,  l’enfonsi en el fang.

Les paraules em fugen pels turons del capvespre com un ramat espantat quan els llops de l’ombra s’atansen. S’hauria dit que res havia de canviar, però ara tot és diferent. Jo, com el poeta, em declaro -solemnement, pel que vaig ser- vençuda, i amb un somriure que no reconec em vaig acomiadant a cada glop que prenc del calze de la lluna. ¿Fins quin punt podem perdre’ns? ¿Fins quin punt no és la boira, o la foscor mateixa, el que ens guia quan el nostre esguard, esgotat, s’apaga?

No temo el meu destí de foc i cendres, àdhuc enyoro l’abraçada absoluta en la que cremen el límits de la pell i les màscares desgastades. L’absència momentània d’un horitzó que desapareix en un instant d’angoixa, robant-nos l’alè, per tornar-se a traçar en el següent.

Imatge. Triomph of wolves, Ernest Thompson-Seton, 1883

 

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Deshoja los árboles, remueve la tierra roja. Camino como si pudiera verterme en el paisaje a través de los ojos y derramarme en su generosa amplitud. Como si en mi silencio pudiera desterrar el ruido. He reencontrado viejos escritos; vuelvo a leerlos desde la otra orilla de un rio que no recuerdo haber cruzado. Las mismas palabras que entonces anunciaban, confirman hoy que avanzo en círculos imperfectos, y vuelvo como un fantasma a las mismas encrucijadas, infinitamente distintas en cada mirada.

Pero prefiero ser la bestia que busca por los bordes de los caminos que una muñeca a la se viste y se desviste, se la hace jugar a las casitas, y desfilar, encajada a la fuerza, por un sinfín de oficios. Prefiero estar rota que en un pedestal. Prefiero respirar lentamente a través de las grietas que se abren a cada latido. Prefiero danzar quita sobre los pedazos de un mundo irrecuperable, como si así pudiera asegurarme de que nunca volverá. Prefiero que la lluvia moje las alas de la mariposa, devorando su vuelo, y que una huella extraña, indiferente, la hunda en el barro.

Las palabras me huyen por las colinas del atardecer como un rebaño espantado cuando los lobos de la sombra se aproximan. Se habría dicho que nada cambiaría, pero ahora todo es distinto. Yo, como el poeta, me declaro – solemnemente, por lo que fui- vencida, y con una sonrisa que no reconozco me voy despidiendo a cada sorbo que tomo del cáliz de la luna. ¿Hasta qué punto podemos perdernos? ¿Hasta qué punto no es la niebla, o la oscuridad misma, la que nos guía cuando nuestra mirada, agotada, se apaga?

No temo mi destino de fuego y cenizas, incluso añoro ese abrazo absoluto en el que arden los límites de la piel y las máscaras desgastadas. La ausencia momentánea de un horizonte que desaparece en un angustioso instante, robando nuestro aliento, para volverse a trazar en el siguiente.

Imagen. Triomph of wolves, Ernest Thompson-Seton, 1883

Terra, Joan Vinyoli

Takato Yamamoto
Takato Yamamoto, Woman in branches

 

La Terra

Arbre de càntic a mercè
de vents contraris a la terra,
meu estatge, la terra
m’ha nodrit les arrels:
la muntanya i el bosc,
el ponent i l’aurora,
són dintre meu, són ja la meva sang.

Diré tan sols: empara’m, terra,
damunt la teva falda i en els ulls
posa’m la mà feixuga de silenci.
M’adormiré en la tarda blava
dels teus ulls.

Joan Vinyoli, El Callat, 1946

 

No només en el llampec que enlluerna anunciant aquell brogit que farà tremolar el sòl sota els nostres peus, sinó també en la humil remor de la pluja que arrossega suaument la terra, creant senders insospitats al seu pas atzarós.

Un dia, i un altra dia, com denes en un collar que el temps va desgranant, les corrents desvetllades ens porten en elles, mentre allò que fórem va perdent-se en la callada tenebra de l’oblit. L’esbarzer amb les seves urpes, la roca amb el seu coltell, fan seva la pell que deixem pel camí,  i ja no ens dol el sacrifici, si es que se’n pot dir sacrifici de l’alliberament dels vells límits, de la dissolució de les fronteres del nostre ésser. No ens dol, però si fes mal, tant se valdria, amarats ja del daurat del capvespre de tardor, de l’aurora hivernal.

Algunes tardes quelcom crida, i jo em deixo portar, lluny de les veus del món, pels camins deserts entre els camps remoguts, fins el que ens queda de bosc. Jec sota el brancatge de l’alzina, en un jaç de roca i fulles seques, sobre la terra humida. Respiro el fred i sento el batec que ens uneix, mentre la nit va estenent-se al nostre voltant com un vel de foscor. Del laberint dels Salons Soterranis, grimpen per les arrels els càntics del cor de l’estiu, refugiat en la sina de la terra, com el foc de llar primera.

Sento la mort en cada alenar,  conscient de que allò que em conforma ha canviat com els colors d’aquest paratge que ens empara. A través de la cúpula de les fulles, des del nostre cel ferit, s’escola encara la llum d’alguns estels. Moro en cada alenar, de la mateixa manera que viuré quan no quedi res del que he estat, quan tota jo sigui ja terra.

Moren les paraules en creuar el llindar, superades per allò que voldríen dir però no acabaran mai de copsar, regna el silenci. Anem pels marges, amb tot el que som, alè i batec, ossos i carn, lliurant-nos, extraviant-nos, meravellats alhora de la nostra fragilitat, i de la força callada que s’amaga al darrera i ens empeny a través de les ombres i la llum.

 

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La Tierra

Árbol de cántico a merced
de vientos contrarios a la tierra,
mi morada, la tierra
ha nutrido mis raíces:
la montaña y el bosque,
el poniente y la aurora,
son en mi, son ya mi sangre.

Diré tan solo: ampárame, tierra,
sobre tu regazo y en los ojos
ponme la mano pesada de silencio.
Me dormiré en la tarde azul
de tus ojos.

Joan Vinyoli, El Callat, 1946

No sólo en el relámpago que deslumbra anunciando aquel ruido que hará temblar el suelo bajo nuestros pies, sino también en el humilde rumor de la lluvia que arrastra suavemente la tierra, creando senderos insospechados a su azaroso paso.

Un día, y otra día, como cuentas en un collar que el tiempo va desgranando, las corrientes desveladas nos llevan en ellas, mientras lo que fuimos va perdiéndose en la callada tiniebla del olvido. La zarza con sus garras, la roca con su cuchillo, hacen suya la piel que dejamos por el camino, y ya no nos duele el sacrificio, si es que puede llamarse sacrificio de la liberación de los viejos límites, de la disolución de las fronteras de nuestro ser. No nos duele, pero si lo hiciera, no importaría, empapados ya del dorado del atardecer de otoño, de la aurora invernal.

Algunas tardes algo llama, y ​​yo me dejo llevar, lejos de las voces del mundo, por los caminos desiertos entre los campos removidos, hasta lo que nos queda de bosque. Yazgo bajo el ramaje de la encina, en un lecho de roca y hojas secas, sobre la tierra húmeda. Rrespiro el frío y siento el latido que nos une, mientras la noche va extendiéndose a nuestro alrededor como un velo de oscuridad. Del laberinto de los Salones Subterráneos, trepan por las raíces los cánticos del corazón del verano, refugiado en el seno de la tierra, como el fuego del hogar primero.

Siento la muerte en cada aliento,  consciente de que lo que me conforma ha cambiado como los colores de este paraje que nos ampara. A través de la cúpula de las hojas, desde nuestro cielo herido, se cuela aún la luz de algunas estrellas. Moro en cada respirar, al igual que viviré aún cuando no quede nada de lo que he sido, cuando toda yo sea ya tierra.

Mueren las palabras al cruzar el umbral, superadas por lo que quisieran decir pero no acabarán nunca de alcanzar, reina el silencio. Vamos por los márgenes, con todo lo que somos, aliento y latido, huesos, carne; librándonos, extraviándonos, maravillados al mismo tiempo de nuestra fragilidad y de la callada fuerza que se esconde detrás de ella y nos empuja a través de las sombras y la luz. 

Afrodita, Briton Rivière

Briton_Rivière_-_Aphrodite_02

Briton Rivière, Afrodita , 1902

Conocido sobretodo como pintor de animales, Rivière pintó temas clásicos y bíblicos, involucrando invariablemente a animales, y sus obras resultaron muy populares durante el clasicismo tardío victoriano. Afrodita es un ejemplo convincente del trabajo de Rivière; la escena muestra a la diosa del amor y la belleza rodeada por un grupo de animales salvajes, aparentemente encantados. A diferencia de la mayoría de los pintores, Rivière no se centró en el potencial erótico del sujeto, sino que eligió una escena inusual derivada del himno homérico a Afrodita (siglos VIII-VI aC). El fragmento específico está adjunto al reverso de la pintura:

Afrodita

Allí se vistió con prendas hermosas
La diosa amante de la risa. Adornada de oro
Ella se apresuró en su camino hacia el Monte de Ida,
de muchas fuentes, madre de las bestias salvajes,
Y en su cortejo, el lobo gris y el oso,
el león de ojos agudos y la pantera de patas rápidas,
insaciable de ciervos, acudían obsequiosos.

Himno homérico a Afrodita