TN 02 – El oro de las hadas

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Capítulo II
Donde se habla de cosas que no son lo que parecen

Bienvenidos a la Torre Negra, en el capítulo de hoy hablaremos del oro de las hadas. Cómo se gana, cómo se trae del Otro Mundo, cómo se desvanece al amanecer, o nos transforma por completo… Y además, del sabor a queso y los filtros de instagram. Con el cuento de Madre Holda, y la leyenda de les Dones d’Aigua de les Estunes.

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TN 01 – Pies de cabra

Capítulo I
Donde se presenta un Experimento

Bienvenidos a la Torre Negra…

Encontrad un rincón cómodo entre estos muros de piedra antigua, cerca del fuego, y escuchad, porque para explicar dónde estamos y qué hacemos aquí, empezaré contándoos una historia. Porque, cómo sabéis, todas las historias, todos los cuentos, todas las leyendas tienen varias versiones. Y aquella que nos llega, que resuena en nosotros, que nos acompaña a lo largo del tiempo, es la que se encargará de abrir o cerrar determinadas puertas. Vayamos al encuentro de lo Terrible y lo Maravilloso.


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La Via Nocturna

… O cómo hacer lo que debe ser hecho con nocturnidad y alevosía. De qué hablamos cuando diferenciamos la Vía Diurna y la Vía Nocturna. (Texto bilingüe)

El Gremi de l'Art

CATALÀ

La Via Nocturna

compendium maleficarum vol Compendium Maleficarum, 1608

Parlem de bruixes. Del vol de la bruixa. L’any 906 el Canon Episcopi recull la creença que certes dones segueixen a Diana en la seva cavalcada pels cels nocturns. Es considera a les creients “dones al·lucinades”, que seran amonestades per creure en aquesta superstició. Tot i així, als segles XIV-XV el vol de les bruixes, i el mal que son capaces de causar, s’accepten com una terrible realitat contra la que és necessari adoptar mesures dràstiques. La bruixeria és la darrera de les heretgies perseguides per la Inquisició, un culte a l’enemic del déu cristià i un perill per a la comunitat que ha d’ésser eradicat de la faç de la terra.

El model educatiu en el que hem crescut tendeix a emfatitzar la capacitat llibertadora de l’Edat de la Raó. Però, en parlar de l’Edat Moderna, s’esquiva convenientment el fet de que…

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El pájaro azul, Charles Bukowski

Blue-Jay-Zoom

 

He visto en mi sueño un magnífico pájaro azul, agobiado por una parvada de ávidas palomas grises y ruidosas. Su imagen me ha acompañado todo el día. Luego, encuentro las palabras. Traer aquí a Bukowski es otra de tantas cosas que nunca pensé que haría.

El pájaro azul

hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy demasiado duro para él,
le digo, quédate ahí, no voy a
dejar que nadie te
vea.
hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero derramo whisky sobre él e inhalo
humo de cigarro
y las putas y los camareros
y los dependientes del colmado
nunca se dan cuenta de que
él
está ahí.

hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy demasiado duro para él,
le digo, quédate escondido, ¿es que quieres
complicarme la vida?
¿quieres joderme los
trabajos?
¿quieres arruinar las ventas de mis libros en
Europa?
hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy demasiado listo, sólo lo dejo salir
de noche, algunas veces,
cuando todos duermen.
Le digo, sé que estás ahí,
así que no estés
triste.
luego lo regreso al encierro,
y aún canta un poco
allí, no lo he dejado morir
por completo
y dormimos juntos
así
con nuestro
pacto secreto
y es tan bonito como
para hacer llorar
a un hombre, pero yo no
lloro,
¿lloras tú?

Charles Bukowski

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Imagen: Eric Sweet, Blue Jay (fragmento).

Tiempo

Toshiyuki Enoki

Mientras contemos con tiempo, todo puede suceder, pero nuestro tiempo no es un recurso infinito: Nadie sabe el tiempo que le ha sido concedido para caminar sobre esta tierra. El tiempo es una de mis peores obsesiones, al grado que guardo más reproches por los días gastados en vano, que por ninguna herida. Porque me sé lenta, porque soy impaciente, porque nunca he sabido atesorarlo con el cuidado que merecía.

No hace mucho alguien me decía que las corrientes de la vida adulta no han sido capaces de arrastrarme lejos de aquello que tiene sentido para mí, aunque esto me haya llevado por caminos torcidos. Pero es sólo porque una parte de mí se ha dedicado a robar tiempo del tiempo que yo sentía que debía y entregaba sin reservas a otras mil cosas. Mientras yo me esforzaba por adaptarme a los roles que me tocaban a cada momento, era mi Sombra quien alimentaba a escondidas, con restos y migajas cuando no había nada mejor, el anhelo de otra forma de existir, y el recuerdo de ciertas grandezas ante las que las exigencias del mundo deben ser doblegadas.

A veces lo mejor de nosotros sobrevive como quien comete un crimen, como si en realidad no fuéramos merecedores de una vida propia… Releo comentarios de los últimos cinco, diez, quince años, siempre estrangulada por una crónica falta de minutos, pidiendo disculpas por no llegar a todo. Tal vez lo peor, lo más triste, es que todo este agobio, este sufrimiento prolongado día a día, semana a semana, mes a mes, este desangrarme contínuo, me llegó a parecer normal. De hecho, me llegó a parecer obligatorio. “Hay que esforzarse al máximo”, no?

El trabajo con la Sombra puede ser duro y desagradable en muchas ocasiones, pero a menudo es la única fuerza capaz de dar un buen golpe sobre la mesa en situaciones como ésta, y rescatarnos de las tampas en las que acabamos encerrados por ingenuos o descuidados. Así que, a pesar de que haya dado muchas sacudidas a una vida que yo creía que estaba bastante bien, siempre agradeceré a mi Sombra la reconquista de nuestro Tiempo, de cada uno los segundos que ahora compartimos y que no cederemos tan fácilmente.

 SeparadorImagen: Toshiyuki Enoki

 

Lo Maravilloso, Alejo Capentier

Wifredo Lam, el rumor de la tierra, 1950

“Lo maravilloso, buscado a través de los viejos clisés de la selva de Brocelianda, de los caballeros de la Mesa Redonda, del encantador Merlín y del ciclo de Arturo. Lo maravilloso, pobremente sugerido por los oficios y deformidades de los personajes de feria —¿no se cansarán los jóvenes poetas franceses de los fenómenos y payasos de la fête foraine, de los que ya Rimbaud se había despedido en su Alquimia del Verbo?—. Lo maravilloso, obtenido con trucos de prestidigitación, reuniéndose objetos que para nada suelen encontrarse: la vieja y embustera historia del encuentro fortuito del paraguas y de la máquina de coser sobre una mesa de disección, generador de las cucharas de armiño, los caracoles en el taxi pluvioso, la cabeza de león en la pelvis de una viuda, de las exposiciones surrealistas. O, todavía, lo maravilloso literario: el rey de la Julieta de Sade, el supermacho de Jarry, el monje de Lewis, la utilería escalofriante de la novela negra inglesa: fantasmas, sacerdotes emparedados, licantropías, manos clavadas sobre la puerta de un castillo.

Pero, a fuerza de querer suscitar lo maravilloso a todo trance, los taumaturgos se hacen burócratas. Invocado por medio de fórmulas consabidas que hacen de ciertas pinturas un monótono baratillo de relojes amelcochados, de maniquíes de costurera, de vagos monumentos fálicos, lo maravilloso se queda en paraguas o langosta o máquina de coser, o lo que sea, sobre una mesa de disección, en el interior de un cuarto triste, en un desierto de rocas. Pobreza imaginativa, decía Unamuno, es aprenderse códigos de memoria. Y hoy existen códigos de lo fantástico, basados en el principio del burro devorado por un higo, propuesto por los Cantos de Maldoror como suprema inversión de la realidad, a los que debemos muchos «niños amenazados por ruiseñores», o los «caballos devorando pájaros» de André Masson. Pero obsérvese que cuando André Masson quiso dibujar la selva de la isla de Martinica, con el increíble entrelazamiento de sus plantas y la obscena promiscuidad de ciertos frutos, la maravillosa verdad del asunto devoró al pintor, dejándolo poco menos que impotente frente al papel en blanco. (…)

Pero es que muchos se olvidan, con disfrazarse de magos a poco costo, que lo maravilloso comienza a serlo de manera inequívoca cuando surge de una alteración de la realidad (el milagro), de una revelación privilegiada de la realidad, de una iluminación inhabitual o singularmente favorecedora de las inadvertidas riquezas de la realidad, de una ampliación de las escalas y categorías de la realidad, percibidas con particular intensidad en virtud de una exaltación del espíritu que lo conduce a un modo de «estado límite». Para empezar, la sensación de lo maravilloso presupone una fe. Los que no creen en santos no pueden curarse con milagros de santos, ni los que no son Quijotes pueden meterse, en cuerpo, alma y bienes, en el mundo de Amadís de Gaula o Tirante el Blanco. Prodigiosamente fidedignas resultan ciertas frases de Rutilio en Los trabajos de Persiles y Segismunda, acerca de hombres transformados en lobos, porque en tiempos de Cervantes se creía en gentes aquejadas de manía lupina. Asimismo el viaje del personaje, desde Toscana a Noruega, sobre el manto de una bruja. Marco Polo admitía que ciertas aves volaran llevando elefantes entre las garras, y Lutero vio de frente al demonio a cuya cabeza arrojó un tintero. Víctor Hugo, tan explotado por los tenedores de libros de lo maravilloso, creía en aparecidos, porque estaba seguro de haber hablado, en Guernesey, con el fantasma de Leopoldina. A Van Gogh bastaba con tener fe en el Girasol, para fijar su revelación en una tela. De ahí que lo maravilloso invocado en el descreimiento —como lo hicieron los surrealistas durante tantos años— nunca fue sino una artimaña literaria, tan aburrida, al prolongarse, como cierta literatura onírica «arreglada», ciertos elogios de la locura, de los que estamos muy de vuelta. No por ello va a darse la razón, desde luego, a determinados partidarios de un regreso a lo real —término que cobra, entonces, un significado gregariamente político—, que no hacen sino sustituir los trucos del prestidigitador por los lugares comunes del literato «enrolado» o el escatológico regodeo de ciertos existencialistas. Pero es indudable que hay escasa defensa para poetas y artistas que loan el sadismo sin practicarlo, admiran el supermacho por impotencia, invocan espectros sin creer que respondan a los ensalmos, y fundan sociedades secretas, sectas literarias, grupos vagamente filosóficos, con santos y señas y arcanos fines —nunca alcanzados—, sin ser capaces de concebir una mística válida ni de abandonar los más mezquinos hábitos para jugarse el alma sobre la temible carta de una fe.

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Alejo Carpentier, Prólogo a El Reino de este Mundo,  1949
Imagen: Wifredo Lam, El rumor de la tierra, 1950

Entrañas

Langlois, Jerome Martin Cassandra Begging Minerva for Vengeance

 

¿Qué habita en tus entrañas?

Todas las puertas cerradas, bajadas las persianas, sellado cada resquicio por el que podía asomarse la luz de una verdad dolorosa. Día a día, año tras año, como si el encierro pudiera guardarnos de la bestia que aguarda tras los límites del artificio. No queria ver, no quería oír, no quería saber lo que sabía. Pero la bestia que aguarda en los límites de nuestra seguridad es la bestia que duerme en nuestras entrañas.

Cada vez que la amabilidad era una soga deslizada entorno a un cuello demasiado confiado. Algo no está bien. Cada vez que las palabras tejían un paño de mentiras para ocultar la intención de la daga. Esto huele tan fuerte que hiere mi olfato. Arañaba mis adentros, como una fiera dando vueltas en un pozo. Hay enemigos tras esas sonrisas conciliadoras. Ojos brillantes abiertos en la oscuridad del olvido forzado. Sabes perfectamente lo que está pasando. Déjame salir, me necesitas. Y el dolor volvía, cada vez más intenso.

Algunas veces, presa del hambre, del frío, de la misma urgencia de sus desesperadas advertencias, se equivocó. Aún así, demasiado pocas. Toda una vida desoyéndola,  culpándola, culpándome, sintiendo vergüenza… Porque es sabido que la intuición es un don para almas sabias que transitan por la tierra con pasos leves y correctos, no un demonio que grita desgarrado desde las tripas. No el monstruo que te advierte contra aquellos en quien has puesto tus últimas reservas de confianza, con un saber que duele más que la herida anticipada.

Efectivamente, la necesitaba. Con la intensidad con que uno puede llegar a necesitarse a sí mismo. Por cada náusea en presencia de quienes no me querían bien, pero algo querían de mí. Por cada ardiente punzada cuando las palabras se enredaban en cadenas interminables mientras ojos callados, temerosos, las contradecían.

Mi saber no es el del clarividente, no es un cálculo tampoco, sino un olfato que susurra si estoy atenta, y me sacude como un terremoto si trato de negarlo. Todas las historias tienen muchas versiones, pero el engaño – propio, ajeno- tiene un olor particular. Yo encerré este saber con la violencia con la que Crono hundió a sus hijos en el seno de Gea, él me respondió con la violencia con la que Zeus, emergiendo, lo desterró. Así la bestia me abrió desde dentro, como una flor de carne expuesta a una oscura luz, y devoró pacientemente lo que quedaba de mí -capa tras capa, máscara tras máscara- para devolverme a la pureza del barro pisoteado, soplando en mis labios inertes un nuevo aliento, entregándome a una vida en la que somos indivisibles.

Así que sigo transitando por el mundo, y veces sé de cosas que se esconden tras las apariencias, incapaz de negarlas por molestas que sean; Un presente envenenado, un hurto subrepticio, el hambre de un llamado a deshora, el llanto que la tierra debería haber tragado, pero vuelve una y otra vez como una maldición. Puede que calle, pero las sé.

Y tú también.
¿Qué habita en tus entrañas?
¿Vas a escucharlo, a dejarlo salir? ¿Tendrá que romperte, como a mí?

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Imagen: Jerôme Martin Langlois, Cassandra Begging Minerva for Vengeance,1810