El misterio del amor es más grande… Oscar Wilde

“¡Ah!, no me dejabas besar tu boca, Jokanaan. ¡Bueno! Ahora la besaré. La morderé con mis dientes como se muerde un fruto maduro. Sí, besaré tu boca, Jokanaan. Lo dije; ¿acaso no fue así? Lo dije. Ah! La besaré ahora… ¿Pero por qué no me miras, Jokanaan? Tus ojos que eran tan terribles, que estaban tan llenos de rabia y de desprecio, ahora están cerrados. ¿Por qué están cerrados? ¡Abre los ojos! ¡Levanta tus párpados, Jokanaan! ¿Por qué no quieres mirarme? ¿Acaso me temes, Jokanaan, y por eso no me miras…? Y tu lengua, que era como una roja serpiente escupiendo veneno, ya no se mueve, ya no suelta palabras, Jokanaan, esa víbora escarlata que arrojó su veneno sobre mí. ¿Es extraño, verdad? ¿Cómo es que la roja víbora ya no se mueve…? No querías tener nada conmigo, Jokanaan. Me rechazaste. Dijiste cosas terribles contra mí. ¡Hablaste de mí como si fuera una ramera, como a una mujer perdida, a mí, Salomé, hija de Herodías, princesa de Judea! Bueno, yo aún vivo, pero tú estás muerto, y tu cabeza me pertenece ahora. Puedo hacer con ella lo que me plazca. Puedo arrojarla a los perros y a las aves del cielo. Lo que los perros dejen, las aves devorarán… ¡Ah, Jokanaan, Jokanaan, eras el único hombre que amé! Todos los otros me resultaban un fastidio. ¡Pero tú eras hermoso! Tu cuerpo era una columna de marfil alzada sobre bases plateadas. Era un jardín lleno de palomas y lilas de plata. Era una torre de plata guarnecida con escudos de marfil. No había nada en el mundo tan blanco como tu cuerpo. No había nada en el mundo tan negro como tu cabello. Y en todo el mundo no había nada tan rojo como tu boca. Tu voz era un incensario que esparcía extraños perfumes, y cuando te miraba escuchaba una curiosa música. ¡Ah! ¿Por qué no me miraste, Jokanaan? Tras el manto de tus manos y tras el manto de tus blasfemias ocultaste tu rostro. Pusiste sobre tus ojos la venda de aquel que quiere ver a su dios. Bueno, ya has visto a tu dios, Jokanaan, pero a mí, a mí, tú nunca me viste. Si me hubieras visto me habrías amado. Yo te vi, y te amé. ¡Oh, cuanto te amé! Aun te amo, Jokanaan, sólo te amo a ti… Estoy sedienta de tu belleza; estoy hambrienta de tu cuerpo; y ni el vino ni las manzanas pueden apaciguar mi deseo. ¿Qué haré ahora, Jokanaan? Ahora que ni las inundaciones ni los grandes océanos pueden calmar mi pasión. Yo era una princesa, y tú me despreciaste. Yo era una virgen, y tú me arrebataste la pureza. Yo era casta, y tú llenaste mis venas con fuego… ¡Ah! ¿Por qué no me miras? Si me hubieras visto me habrías amado. Sé muy bien que me habrías amado, y el misterio del amor es más grande que el misterio de la muerte.”

Texto: Oscar Wilde; Salomé, tragedia en un acto (1904)
Fuente: Arsgravis

Imagen: ‘Salomé’, Lucien Lévy-Dhurmer, 1896

Un largo viaje

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Es un largo viaje, como aquellos con los que fantaseaba en mi tardía adolescencia. Lejos de terminarse, una vez más a las puertas del otoño, es momento de hacer una pausa antes de continuar. Este otro cuaderno es un desastre hecho a base de reflejos de un tránsito interminable, inconexo, desordenado, inconcluso, pero vivo.

He descendido a los reinos de la Sombra, he danzado en el destierro, he conocido a los demonios que lo habitan, he aprendido a tratar con ellos, con su dolor, su violencia, su voracidad. Me he permitido cosas terribles, sin culpa o arrepentimiento, aún sin saber que evitarían daños mayores. He escuchado la canción de las máscaras, y lo que hay detrás de ellas, a través de un tiempo anónimo desgajado de los relojes. He caminado descalza por la sendas del sueño y las estrellas, y vislumbrado los Resplandores.

He provocado mi enfermedad, y aprendo a destilar su cura.
La Vida es maravillosa, y también un chiste labrado en un humor finísimo.

No soy ya la que fui, de la que tanto me costó despedirme; no soy tampoco la que seré, esa desconocida que lenta pero inevitablemente me va invadiendo día a día, noche a noche, trayendo consigo viejos cantos que son nuevos para mí. Pero estoy aquí, y escribo a ráfagas, como quien se esfuerza por no olvidar un sueño al despertar, por no olvidar el camino recorrido aún cuando no haya vuelta atrás, sabiendo que se acerca el momento de reincorporarse al Mundo, pero ya nunca por completo.

Que se acerca el momento de traducir en formas comprensibles lo que he aprendido a 4 centímetros de mi piel, pero no siempre.

Este cuaderno seguirá siendo una amalgama de reflejos aparentemente inconexos, desordenados, inconclusos, porque así es la vida y, de vez en cuando, uno capta ese extraño sentido del humor suyo.

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Imagen: The white wolf woman, David Joaquin.

La rosa de Paracelso, J.L. Borges

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Nunca se sabe de dónde puede llegarnos una buena historia. Había en el mercado de Coyoacan – quiero creer que allí sigue- una pequeña herboristeria prodigiosa, en la que entre otros implementos para la vida bruja comprábamos cierto tipo de velas que no he vuelto a encontrar. En recipientes de cristal, quemaban limpias durante horas y horas, tiñendo suavemente el aire con sus aromas; coco, guayaba, vainilla, limon, canela, alumbre, rosa… Cada semana íbamos a buscar una o dos, y aunque lo cierto es que funcionaban muy bien para el trabajo mágico, muchas veces lo hacíamos simplemente por el placer de encenderlas, observar la danza de su llama y respirar aquellas fragancias. Es posible que las cosas funcionaran aún mejor entonces.
En cualquier caso, en una de aquellas etiquetas tan poco pretenciosas, concretamente la que pertenecía a la rosa, en lugar de las oraciones o instrucciones que suelen acompañar este tipo de productos, se escondía agazapada en un anónimo resumen la historia de “la rosa de Paracelso”, que yo reencontraría más tarde en la forma literaria, supongo que original, de Borges.

Hay historias que nos esperan o nos buscan. Me alegro de haberla encontrado en aquella etiqueta, en vez de entre las páginas de un libro, que es donde les han contado a las historias que deben estar. Así sé – o me convenzo- que era para mí, que también a veces busco y espero agazapada en lugares insospechados. Cada inusual encuentro me parece digno de celebración.

La Rosa de Parcelso

“En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del sótano, Paracelso pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo. Atardecía. El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares. Levantarse para encender la lámpara de hierro era demasiado trabajo. Paracelso, distraído por la fatiga, olvidó su plegaria. La noche había borrado los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta. El hombre, soñoliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de sus hojas. Entró un desconocido. También estaba muy cansado. Paracelso le indicó un banco; el otro se sentó y esperó. Durante un tiempo no cambiaron una palabra.

El maestro fue el primero que habló.

-Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente -dijo no sin cierta pompa-. No recuerdo la tuya. ¿Quién eres y qué deseas de mí?

-Mi nombre es lo de menos -replicó el otro-. Tres días y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis haberes.

Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa. Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le había dado la espalda para encender la lámpara. Cuando se dio vuelta advirtió que la mano izquierda sostenía una rosa. La rosa lo inquietó.

Se recostó, juntó la punta de los dedos y dijo:

-Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no serás nunca mi discípulo.

-El oro no me importa -respondió el otro-. Estas monedas no son más que una prueba de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer a tu lado el camino que conduce a la Piedra.

Paracelso dijo con lentitud:

-El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta.

El otro lo miró con recelo. Dijo con voz distinta:

-Pero, ¿hay una meta?

Paracelso se rió.

-Mis detractores, que no son menos numerosos que estúpidos, dicen que no y me llaman un impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que «hay» un Camino.

Hubo un silencio, y dijo el otro:

-Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos años. Déjame cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino.

-¿Cuándo? -dijo con inquietud Paracelso.

-Ahora mismo- dijo con brusca decisión el discípulo.

Habían empezado hablando en latín; ahora en alemán.

El muchacho elevó en el aire la rosa.

-Es fama -dijo- que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi vida entera.

-Eres muy crédulo -dijo el maestro-. No he menester de la credulidad; exijo la fe.

El otro insistió.

-Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la resurrección de la rosa.

Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con ella.

-Eres crédulo -dijo-. ¿Dices que soy capaz de destruirla?

-Nadie es incapaz de destruirla- dijo el discípulo.

-Estás equivocado. ¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿Crees que el primer Adán en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba?

-No estamos en el Paraíso -dijo tercamente el muchacho-; aquí, bajo la luna, todo es mortal.

Paracelso se había puesto en pie.

-¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso?

-Una rosa puede quemarse -dijo con desafío el discípulo.

-Aún queda fuego en la chimenea -dijo Paracelso-. Si arrojaras esta rosa a las brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa es eterna y que sólo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que la vieras de nuevo.

-¿Una palabra? -dijo con extrañeza el discípulo-. El atanor está apagado y están llenos de polvo los alambiques. ¿Qué harías para que resurgiera?

Paracelso le miró con tristeza.

-El atanor está apagado -repitió- y están llenos de polvo los alambiques. En este tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos.

-No me atrevo a preguntar cuáles son -dijo el otro con astucia o con humildad.

-Hablo del que usó la divinidad para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraíso en que estamos y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseña la ciencia de la Cábala.

El discípulo dijo con frialdad:

-Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de la rosa. No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo.

Paracelso reflexionó. Al cabo dijo:

-Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas. Deja, pues, la rosa.

El joven lo miró, siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo:

-Además, ¿quién eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ¿Qué has hecho para merecer semejante don?

El otro replicó tembloroso:

-Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos años que estudiaré a tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la rosa. No te pediré nada más. Creeré en el testimonio de mis ojos.

Tomó con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso había dejado sobre el pupitre y la arrojó a las llamas. El color se perdió y sólo quedó un poco de ceniza. Durante un instante infinito esperó las palabras y el milagro.

Paracelso no se había inmutado. Dijo con curiosa llaneza:

-Todos los médicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador. Quizá están en lo cierto. Ahí está la ceniza que fue la rosa y que no lo será.

El muchacho sintió vergüenza. Paracelso era un charlatán o un mero visionario y él, un intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes mágicas eran vanas.

Se arrodilló, y le dijo:

-He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor exigía de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea más fuerte y seré tu discípulo y al cabo del Camino veré la rosa.

Hablaba con genuina pasión, pero esa pasión era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿Quién era él, Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no había nadie?

Dejarle las monedas de oro sería una limosna. Las retomó al salir. Paracelso lo acompañó hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre sería bienvenido. Ambos sabían que no volverían a verse.

Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja. La rosa resurgió. ”

J.L. Borges, La memoria de Shakespeare, 1983

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Imagen: Edward Burne-Jones, The Pilgrim and the Heart of the Rose, 1890

La elección de Odiseo, Pierre Louÿs

Vittorio Emanuele Bressanin – Modestia e vanità (1899)

(…) El sabio Prodicos de Cos, que florecía a fines del siglo V de nuestra era, es el autor del célebre apólogo que San Basilio recomendaba para las meditaciones cristianas: Heracles entre la Virtud y el Vicio. Sabemos que Heracles optó por la primera, lo que le permitió realizar algunos grandes crímenes contra las Ciervas, las Amazonas, las Manzanas de Oro y los Gigantes.

Si Prodicos se hubiera detenido allí, sólo habría escrito una fábula de un simbolismo bastante fácil: pero era un buen filósofo, y su conjunto de historias, Las Horas, dividido en tres partes, presentaba las verdades morales según los distintos aspectos que comprenden, en las tres edades de la vida. A los niños le gustaba proponer como ejemplo la elección austera de Heracles; a los jóvenes contaba, sin duda, la elección voluptuosa de Paris, e imagino que a los hombres maduros les decía más o menos esto:

– Un día Odiseo cazaba al pie de las montañas de Delfos, cuando encontró en su camino a dos vírgenes tomadas de la mano. Una tenía cabellos de violetas, ojos transparentes y labios graves; le dijo: “Yo soy Aretea”. La otra tenía párpados débiles, manos delicadas y senos tiernos; le dijo: “Yo soy Trifera”. Y las dos continuaron: “Elige entre nosotras”. Pero el sutil Odiseo respondió sabiamente: ” ¿Cómo elegiría? Sois inseparables. Los ojos que os han visto pasar a la una sin la otra sólo sorprendieron una sombra estéril. Así como la virtud sincera no se priva de los placeres eternos que la voluptuosidad le concede, del mismo modo la molicie iría mal sin una cierta grandeza del alma. Os seguiré a ambas. Mostradme el camino.” En cuando terminó de hablar, las dos visiones se fundieron y Odiseo supo que había hablado a la gran diosa Afrodita. (…)

Pierre Louÿs, Afrodita, 1896

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Imagen: Vittorio Emanuele Bressanin, Modestia e vanità , 1899