Complicidad del territorio

Golden Goddess, Michelle Janean Pier

Cuando hablamos de conexión con el territorio la literatura nos condiciona a pensar en lugares de poder. Sin embargo, no podemos olvidar que el primer territorio es nuestro cuerpo, el segundo, nuestra casa, y el tercero nuestro entorno inmediato. Estos no son sólo territorios con los que “conectamos“, sino que habitamos.
Cuando extendemos nuestros vínculos a la tierra que nos sostiene, al aire que respiramos, al resto de seres que laten en un lugar concreto, el Territorio responde. Formamos parte de una realidad que va más allá de los límites de nuestra piel y, al mismo tiempo, es capaz de permearla y afectarnos. A medida que tomamos conciencia de los vínculos que nos unen al entorno, empezamos a identificar los intercambios que se producen en esta relación, y del mismo modo que la afinidad puede hacer que dos personas ajusten el ritmo de sus pasos, de sus respiraciones, o del latido de sus corazones para sincronizarse, el Territorio con el que hemos conectado nos acompaña.

A día de hoy, cuando salgo a la terraza siento una afinidad completa con el paisaje que me recibe, pero no siempre ha sido así. Tras el cañaveral que crece en el lecho de un riachuelo en letargo, resiste una humilde pineda rodeada de campos de cereal. El sonido de las campanas llega en el aire de la tarde, cargado de recuerdos de otras gentes, y de noche se ven las estrellas y se escucha a las cigarras. Las urracas graznan entre las ramas, las palomas acuden a abrevarse a la fuente, los gatos desarrollan sus interesantísimas vidas entre la sombra y el sol y, de vez en cuando, si ellos no están, se asoma algún conejo. Cuando los vecinos sueltan a sus caballos, se les puede ver paciendo o trotando a sus anchas y oír sus relinchos. Pero cuando llegué, era incapaz de ver nada de todo esto, y de hecho, hubiera dado cualquier cosa por estar en cualquier otro lugar.

A penas empezaba a familiarizarme con el entorno, cuando un día llamé para preguntar si hacía falta algo de supermercado, y supe del incendio. Mi madre me habló, aún asustada, de cómo se había extendido el fuego, crepitando furioso y aparentemente incontrolable… En lugar de acercarse a nuestro edificio, se había adentrado en los campos, devorándolos. Cuando llegué el aire aún olía a humo, y los bomberos estaban apagando los últimos rescoldos. Los campos estaban negros, el sotobosque convertido en cenizas, pero a excepción de un pino que fue necesario talar, el resto de los árboles  habían resistido sin demasiados daños. Recuerdo haber intentado tranquilizar a mi madre diciendo: “Está bien, es triste y nos hemos asustado, pero está bien. Se han perdido un par de campos, pero volverán a crecer. Hemos perdido un pino, pero el resto sigue en pie, y con el sotobosque limpio, nos aseguramos que no haya otro incendio este verano. Y si miras afuera, se sigue viendo verde.”

Algunas horas después, al meterme en la cama, sentí que algo por dentro me decía “Igual tú”. Como de costumbre, tardé unos días en darme cuenta de que, efectivamente, en los últimos meses se había producido una especie de maravilloso incendio en mi vida. Algunas veces la única manera de salir de una trampa es llevarla hasta las últimas consecuencias, quemar los barcos para asegurar que nunca regresaremos. Fue un fuego intenso, crepitante y sinceramente delicioso danzando sin piedad sobre una cosecha que no estaba destinada a ser recogida, sino a ser entregada en sacrificio. Y por más que mi nariz, mi boca y mis ojos se llenaran con las cenizas de la pérdida, lo cierto es que el paisaje seguía siendo verde. Y allí estaba mi nuevo Territorio para constatarlo.

Nunca he tenido paciencia, y pocas veces medida. He tratado de disimularlo, pero siempre se me ha dado mal mentir; lo quiero todo, y lo quiero ya (y a poder ser, a mi manera)… Aún así, cada mañana salgo a la terraza, y contemplo los campos a través del verde, y pienso que no está tan lejos el día en el que el viento del verano haga ondear nuevas cosechas sobre la piel de la tierra. No hay que esperar a que el sol salga por el oeste; sólo dejar que esa tierra repose, acune nuevas semillas en su seno y las devuelva, generosa, a la luz del sol.

Y está perfectamente bien para mí.
Las arañas tienden y recogen cada día sus preciosas redes en la barandilla de la terraza… Siempre me gustó tener una araña en el balcón. Y tengo otras muchas razones para estar aquí, ahora.

Separador

Imagen: Golden Goddess, Michelle Janean Pier

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