El Otro Fuego

“(…) A penas salimos a los caminos del mundo, nos rodean señales, indicaciones, consejos, más o menos bienintencionados. Nos hacen creer que hay un manual, una fórmula del éxito, y nos describen las opciones que tenemos para concebir ese éxito en cada uno de los ámbitos de nuestra existencia; éxito material, éxito profesional, éxito amoroso, éxito espiritual… Y sin embargo, cuando la llama ha seguido viva durante el suficiente tiempo, llega un momento en el que lo convierte todo en cenizas y nos recuerda que ese será algún día también nuestro destino. Los caminos se retuercen para llevarnos dónde ellos quieren, alejándonos de nosotros mismos; las fórmulas nos van envenenando, volviéndonos cansados, rabiosos, porque al llegar a nuestras metas se convierten en humo, dejando un sabor de fracaso que tratamos de disimular torpemente con las habilidades que hemos ganado en nuestro sendero de extravío, un segundo antes de saltar con avidez a por otro falso logro.

Seas quien seas, vengas de donde vengas, conserva esa llama en ti. Reavívala cuando tengas oportunidad. Llegado el momento, arrasará con las ilusiones que nos alejan de la vida para encajarnos en su teatro de títeres, pintándonos una máscara y escribiendo un guion que nada tiene que ver con lo que llevas dentro, sino con lo que a otros les interesa que repitas. Conserva esa llama que te mantiene con vida, aunque a veces esto suponga un sacrificio, y no sólo un sacrificio material, sino la terrible pérdida de inocencia que implica observar las fuerzas que mueven el mundo, y los dominios que han asentado en tu propia mente.

Conserva esa llama y agradece que en algún momento te arrastre al abismo y te deje allí solo, o sola, sin poder hacer mucho más que pensar si realmente no hay otros caminos a parte de los que ahora has considerado, si no hay objetivos con más significado que aquellos que hasta ahora has perseguido. Conserva esa llama, aunque no puedas hacer más que mantener esos sueños de grandes alas, tan inapropiados a las circunstancias, y por amor a ellos hayas tenido que renunciar al confort de una vida de catálogo, a la seguridad de estar haciendo las cosas bien, o a la aprobación de propios y extraños. Conserva esa llama aunque te duela ver la facilidad con qué las lenguas zalameras se tornan viperinas y las palmaditas en puñaladas, sigue adelante porque ni las unas ni las otras son más que una ilusión. Y aunque una y otra vez te aconsejen, pidan, ordenen o exijan que bajes la cabeza, sigue adelante porque sólo aquello que nos inspira respeto genuino puede enseñarnos algo acerca de la humildad.

Conserva esa llama, deja que sea tu única compañía, tu guía. Interrógala acerca de todo aquello que es necesario corregir o dejar atrás, acerca de todas las heridas que arrastras, acerca de tus propias culpas, acerca de tus frustraciones, acerca de aquello por lo que sea que llegaste a este mundo, acerca de lo que tienes para dar y las maneras de hacerlo, acerca de lo que en verdad necesitas y cómo encontrarlo. Permite que te responda con la sinceridad de un espejo que no encontrarás nunca entre los hombres y no temas sus respuestas, porque nada puede haber que lleves contigo a lo que no estés sobreviviendo en este mismo instante. Y una vez tengas las respuestas, sigue adelante.

Sigue adelante aunque el camino te lleve de paseo a tus propios infiernos, tan aparentemente lejos de todo lo que un día deseaste llegar a tener, conocer o ser. Sigue adelante incluso si un día te pide el sacrificio de los sueños de grandes alas que tanto costó mantener con vida, por los que llegaste aquí, y te abandona, desnudo, delante de una simple puerta. Porque por esa puerta se cruza a la única vida que merece ser vivida, aquella en la que abrazarás lo que tu alma ha buscado por tanto tiempo, creyéndose perdida y maltratada, y su presencia será tan real como te hayas hecho tú en el proceso de deshacerte de todo aquello que nos sobra.(…)”

 ***

 

Así me hablo desde el pasado, en un texto reencontrado. Así me asalta el recuerdo del agónico esfuerzo contra esa ilusión que llamamos mundo, que terminó por vencerme. Tal vez sólo estoy aquí  porque es necesario decir que, aún consumiéndonos por completo en el intento de conservarla, en ocasiones la llama de nuestro ser termina por ahogarse en las brumas ponzoñosas de lo convencional. Que así morimos, aún en vida, derrotados y olvidados de nosotros mismos.

Pero ningún sacrificio genuino puede ser desatendido.

En el abismo profundo existe una oscuridad que abraza cada estrella caída, un silencio cuyo canto hila un nuevo destino. En el seno de los Infiernos remotos la llama vuelve a nacer, con gozo e inocencia renovados. Y es un fuego de otro color, de otra naturaleza, el que ilumina y ciega en un temblor salvaje antes de ser irremediablemente empujado de vuelta a la superficie.

Tal vez sólo estoy aquí porque es necesario decir que siempre hay un sendero, por tortuoso que resulte. Que un fuego inextinguible habita el fondo de las cosas, y sólo aguarda, con paciencia infinita, el momento adecuado para darse a conocer.

Imagen: Franz von Stuck, The Sin (fragmento), 1893.

Una y otra vez, por siempre

 

Una vez más me tiendes tu copa de veneno.
Tus ojos brillan como brasas en la noche,
tu piel es mitad escamas, mitad áspero pelaje.
Como una rama me partiré, una vez más,
bajo la pisada de tus pezuñas.

Destrózame otra vez. Ámame.
Dame una nueva piel, permíteme olvidar.
Estoy cansada, quisiera quedarme aquí.
Yacente, inerme; mi cuerpo una colina
por la que transitan, atareadas, las hormigas.

Bajo la cúpula de las ramas que aún se tienden
al cielo, para alcanzar las estrellas,
aunque ya no se puedan ver.
Sobre los caminos de luz que se adentran
en la Tierra y discurren hacia
los secretos salones del Inframundo.

A veces lo único real es el dolor,
la herida que se abre como un umbral.
Para llevarme aún más lejos.

Muéleme, sóplame en el viento
allí donde van los recuerdos y las hojas muertas.
Entiérrame envuelta en las raíces que añoro,
las que fueron arrancadas.
Derrama en los ríos lo que queda de mí,
vacíame así, hasta adormecer el latido de la angustia.
Y deja que dance para ti, una vez más,
en el corazón del fuego,
flor y llama enlazadas,
convertidas en cenizas,
mientras otro mundo muere.

Devuélveme a la Vida con tu aliento
miel y leche, vino e higos.
Una y otra vez,

por siempre.

Imagen: Pan comforting Psique, Edward Coley Burne-Jones

 

 

 

Receptividad e inocencia

Arthur wardle, satyr resting with leopards

 

La receptividad no es un estado pasivo. Tampoco es un vacío a la espera de que cualquier cosa pase. Al urgirte a cultivar la receptividad, no quiero decir que te conviertas en alguien vago que carece de metas y reacciona ciegamente a cualquier cosa que la vida arroje ante ti.

La receptividad es una robusta disposición para ser sorprendido y movido, una vigorosa intención de estar consciente de todo aquello que no puedes controlar. Cuando eres receptivo en el sentido pronoiaco, tienes ideas firmes y una poderosa voluntad y un afan de diseminar tus particulares bendiciones, pero también te mueve la humilde certeza de que tienes mucho que aprender.

***

La mayoría de personas asocian inocencia con ingenuidad. La sabiduría convencional la considera propia de niños, locos y novatos faltos de sofisticación o experiencia para conocer las duras verdades de la vida.

Sin embargo, el Beauty and Truth Lab reconoce otro tipo de inocencia. Ésta se basa en la comprensión que el mundo cambia constantemente y por lo tanto merece ser visto de una forma nueva cada día. Esta forma alternativa de inocencia se nutre de una agresiva determinación para mantener limpiala imaginación de preconcepciones.

“Ignorancia es no conocer nada y ser atraído a lo bueno”, escribió Clarissa Pinkola Estes en Mujeres que corren con los lobos. “inocencia es conocerlo todo y aún así, ser atraído hacia lo bueno”.

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Rob Brezny, Pronoia, North Atlantic Books, Berkeley, 2009, pp.61-62
Imagen: Arthur Wardle, A satyr resting with leopards

Una visita al Libro Rojo

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No recuerdo con exactitud la primera vez que escuché a Ritxi Ostáriz en la radio, aún en Terra Incognita; pero no mucho después pasé una semana con la música de la Diablada de Oruro en la cabeza. Desde entonces hasta la fecha parece que la vida ha dado varias vueltas a ambos lados del micro, y el Libro Rojo, programa indispensable para todos aquellos interesados en “El regreso a las fuentes de lo sagrado”, llega al programa número 50.

Si echáis una ojeada a la lista de programa e invitados que han pasado por sus páginas, podéis haceros una idea del honor que supone para la que escribe estar allí para tratar el tema de la brujería, por no hablar de la emoción de volver por unos minutos a la radio y reencontrar esas historias que los que me conocéis de hace algún tiempo sabéis que son mis preferidas; Los procesos de Sibila y Pierina, Las batallas nocturnas y la Caza Salvaje, el hombre lobo de Livonia y la Mulata de Córdoba… Con el privilegio que supone, además, poder confiar plenamente en que el discurso no va a ser tergiversado o retorcido en funcion de unos intereses concretos. Así que reitero mi admiración por todo el trabajo que hay detrás de cada programa de ELR, un enorme agradecimiento por la invitación, y mis mejores deseos -cuanto menos- para los próximos 50 programas.

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Bajo el creciente

Edwin Howland Blashfield, Spring scattering stars

También lloro de alegría, no creáis. El otro día, por ejemplo, salí a caminar por el campo; el creciente lunar brillaba claro sobre el azul limpio e intenso del cielo despejado, y el aire del atardecer traía consigo, suavemente, el olor del trigo y el hinojo. Verano, otra vez, en la piel y en el sueño. Verano de andar por los campos sin hacer nada, sin dar explicaciones, respirando el sol de la tarde, el brillo de las primeras estrellas. Otro botón desabrochado, otra correa suelta, otro nudo deshaciéndose en el pecho y las lágrimas asomando. De alegría, de comprensión, de asombro… Quién sabe desde cuándo o porqué estaban éstas escondidas, pero brotan finalmente, y se unen a la corriente que las espera y que una observa entre asustada y maravillada.

No todas las emociones son buenas, o malas, susceptibles de categorizar o merecedoras de atención. Algunas sólo necesitan pasar, como nubes por el cielo, cubrir por un momento el sol, traer cuatro gotas, o una enorme tempestad, pero pasar al fin y al cabo. Seguir fluyendo después por torrentes y ríos, por debajo de la tierra, deteniéndose en lagos y llegando eventualmente al mar donde volver a empezar, trazar el caprichoso recorrido del agua que despierta los secretos dormidos en la piedra. Y estas lágrimas que van surgiendo no son otra cosa que el bautismo desde el que mis ojos se abren a una luz desconocida hasta el momento.

Tuve una vida, empequeñecida, esquilmada… La Noche y el Fuego vinieron a despojarla de falsedades, a liberar a través de una herida inmensa el auténtico latido, preso bajo la superficie, a punto de ahogarse en su encierro. Volví entonces a respirar como un cuerpo abandonado en la orilla al que los azares resucitan tras un naufragio. Por necesarias que sean, las heridas duelen y el dolor nos retuerce de formas difíciles de comprender.

En el cruce de caminos, el Diablo se compadeció de mí, y a cambio de un pedacito de esa resplandeciente cordura nunca antes sacrificada,  puso en mis manos las llaves de un reino todavía por explorar. No sólo mi vida es nueva, también yo lo soy, como si no pudiera decidirme a adoptar una forma o tono definitivos, como si ni siquiera fuera ya necesario.

Crucé la frontera y regresé, algo de mí quedó del otro lado, como un pago; algo traje conmigo, como una semilla que se extiende y crece y da en abundancia su fruto, transformando cuanto la rodea. Y ahora, a veces, miro la Luna y el filo plateado por el que una vez corrió mi sangre, me reconforta. Otras veces abrazo la sombra en la que me siento segura, dejo que me cuente todo lo que desoí durante largos años y me era tan necesario. A veces simplemente me acurruco y agradezco estar viva, estar de este modo viva; como un fuego, como una gota, como una hierba o un animal.

Ya no quedan formas que guardar; temedme ahora con razón. Ahora que no hay yugo, ni brida, ni bozal, ni cadena, ni trampa, ni palabra que pueda someter lo que ha despertado en mí.  Tal vez mi vida empezó esa Noche, y da vértigo pensarlo, despojarse poco a poco de recuerdos, recolectar las nuevas estrellas que trajo consigo la primavera.

Escribirlo no es muy útil, pero también las palabras forman corriente… Aguardo en la orilla a que aparezca entre sus formas indefinidas el brillo inconfundible del pez soñado para lanzarme y darle caza.

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Imagen: Edwin Howland Blashfield, Spring scattering stars, 1927.