La Pantera, R. M. Rilke

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Su mirada, cansada de ver pasar
las rejas, ya no retiene nada más.
Cree que el mundo está hecho
de miles de rejas y, más allá, la nada.
Con su caminar blando, pasos flexibles y fuertes,
gira en redondo en un círculo estrecho;
al igual que una danza de fuerzas en torno a un centro
en el que, alerta, reside una voluntad imponente.
Algunas veces, se alza el telón de sus párpados,
mudo. Una imagen viaja hacia dentro,
recorre la calma en tensión de sus miembros
y, cuando cae en su corazón, se funde y desvanece.
Rainer Maria Rilke
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Aún recuerdo el cruce de calles por el que pasaba el autobús cuando la imagen llegó a mi mente: me sentía como un gatito abandonado en una caja bajo la lluvia, soltando maullidos agudos, arañando impotente las paredes de cartón. Me prometí que nunca más volvería a sentirme así.
Y nunca he vuelto a sentirme exactamente como aquel día, pero a lo largo de los años he coleccionado cierta variedad de abandonos, trampas y encierros. La pantera de Rilke también me ha acompañado a lo largo de las décadas, desde un primer encuentro adolescente en el que aquellos versos no parecían tener demasiado sentido para mí, hasta que se convirtió en el espejo incómodo de mi situación.
El destino nos persigue, tal vez, como un acertijo a resolver. Uno imagina a la pantera y la fascinación que ejerce su visión, su manera de moverse; luego maldice el camino que la condujo a la jaula de hierro, y a esa otra jaula, invisible, de la estereotipia. Así, mi pantera repetía los mismos movimientos mil veces, una detrás de otra, sin sentido alguno; sin recordar cómo empezó todo, sin imaginar ya que hubiera una manera de salir. Sin embargo, como bien señalaba Rilke, allí, en el centro, una fuerza muda, forjada para la caza, aguarda siempre el momento de escapar y volver a la selva, por más que la selva sea sólo el recuerdo de un sueño que corre con la sangre.
Un día desperté como una pantera abandonada bajo la lluvia en una caja de cartón, y la fuerza tanto tiempo contenida regresaba a borbotones, derramándose desde el centro y empapando cada uno de mis sentidos dormidos. Tan ridículo como se pueda imaginar, al reír el dolor relampagueó en las cicatrices demasiado recientes.
No es fácil el camino de regreso a esa selva imaginada, a ese abrazo prometido, que nos espera sin conocernos. Es necesrio reconquistar el cuerpo, saber qué hacer con esas fuerzas que han transformado nuestra manera de ver el mundo. Es necesario reconquistar el corazón, aceptar el origen maldito de esa oportunidad de vivir que parece llegar demasiado tarde. Y reconquistar el basto territorio del sueño y la vigilia, paso a paso, con cada torpeza y cada acierto.
Y así me acerco a los miedos, mirando a los ojos sus constantes amenazas, recordándoles que poco pueden hacerme ya que no haya sido hecho. Cada día más cerca de la selva añorada, del refugio de la sombra y la canción de la sangre, sigo los dictados de esa fuerza que se transforma bajo la luna, y me convierte en mil vidas bajo una sola piel que, a pesar de todo, avanza con paciencia de animal.

Las palabras vivas

CirceBarker1890

Las palabras me acompañan desde la infancia como una jauría de perros errantes. Cierto es que a veces muerden, que no saben dejarse conducir, pero adoro acurrucarme junto a ellas en el silencio nocturno, al borde del barranco, contemplando las estrellas como en un reflejo.

A veces que alguien diga demasiado pronto “me gusta cómo escribes” me ofende o me entristece, como si se hubiera obligado a reír de un chiste que en realidad no tenía demasiada gracia, como si en realidad no hubiera leído nada y tratara de llegar a mi centro por forzados atajos.

Cierto es que las palabras que me siguen, tratando cada una a su indisciplinada manera de explicar el mundo, tal vez no sean las más hermosas. Son por lo común tan simples como parecen, hijas del mestizaje, o bien extraviadas de sus sentidos primeros, ya olvidados. Todas tienen algo de indomables, cabras que mascan zarzas en un recodo del camino como si no pasara nada, con la expresión de quien trama algo inasequible a la imaginación común. Estas asilvestradas palabras que trotan a mi alrededor se estremecen horrorizadas ante los cumplidos bien domesticados, que con precisión de autómatas realizan las gracias que se esperan de ellos agitando la cola.

Las palabras son mágicas por derecho propio, no por imposición de un tópico. Existen guerras secretas entre ellas, largos procesos de esclavitud y rebelión que pasan desapercibidos ante el lector o el oyente que no se detiene a prestar atención. Las palabras – al menos éstas que me siguen y, en cierto modo, me han susurrado la mayor parte de lo que sospecho de la Vida- no están ahí para recoger aplausos, ni para que el que las escribe olvide que ellas tienen una vida propia, secreta e independiente; que nos acompañan pero no nos pertenecen, que a veces nos ayudan y otras nos ponen la zancadilla… Que de vez en cuando gruñen cuando no toca y muerden donde más duele, sí, pero por eso mismo acarician donde pocos llegan y alimentan lo invisible en nosotros.

Las palabras están vivas, a menos que se apague ese fuego que respiran y está hecho para contagiarse. Las palabras no son fáciles, como no lo son las personas, a menos que uno esté dispuesto a ignorarlas, a tratarlas como si fueran cosas a las que no se puede mirar a los ojos. Las palabras, como las personas – es lo que ocurre cuando nos damos la mano el trecho suficiente- son un desafío a la mente y al corazón, que no cualquiera está en condiciones de aceptar. Porque la herida duele, y la cura también. Porque a veces la alegría deslumbra y el gozo nos rompe.

Por eso el que ama las palabras ama el silencio, el espacio en el que ellas pueden desplegar sus alas sin prisa, abrirse como las extrañas flores que son, cada una según su particular naturaleza. Del silencio toman ellas la fuerza para manifestarse, y se adquiere la hondura para acogerlas y abrazarlas como merecen, como necesitan, para no morir antes de alcanzar la vida. Por eso a veces es mejor callar hasta que ellas salgan por su propio pie de la profunda cueva en la que soñaban su despertar y su encuentro.

No quiero que me digas que me entiendes, o que te gusta lo que escribo. Quiero saber si este puñado de palabras salvajes podría quemarte hasta los huesos como hizo conmigo; si abrirá en ti ese abismo por el que el universo se derrama constantemente por el mero placer de conocerse a sí mismo. No expliques nada, necesitaras del silencio; las huellas que dejan a su paso quedan danzando en los ojos, se gravan en el tacto. Las palabras no son sólo voz, ni tinta, ni promesa.

Puede que yo las quiera porque han sido mis compañeras por demasiado tiempo, pero aunque fueran siempre las fieras que a veces parecen, estas palabras que van vagando alrededor mío no son tristes animalillos de circo, no estan aquí para hacer trucos a cambio de aplausos. Podrán morder, o lamer, o ignorar, pero no van a dar la patita… Ni a creer cualquier respuesta que les salga al encuentro.

Imperfectas como yo misma, terrenas y orgullosas más allá de cualquier justificación posible, aspiran con descaro a grandezas mayores; respirar la luna, enraizar el fuego, despertar la antigua Magia y danzar en corro con todas aquellas cosas imposibles que ya no piden permiso para existir.

 SeparadorImagen: Circe, Wright Barker, 1898

El cazador en el bosque, P. Neruda

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Al bosque mío entro con raíces,
con mi fecundidad: De dónde
vienes?, me pregunta
una hoja verde y ancha como un mapa.
Yo no respondo. Allí
es húmedo el terreno
y mis botas se clavan, buscan algo,
golpean para que abran,
pero la tierra calla.

Callará hasta que yo comience a ser
substancia muerta y viva, enredadera,
feroz tronco del árbol erizado
o copa temblorosa.

Calla la tierra para que no sepan
sus nombres diferentes, ni su extendido idioma,
calla porque trabaja
recibiendo y naciendo:
cuanto muere recoge
como una anciana hambrienta:
todo se pudre en ella,
hasta la sombra,
el rayo,
los duros esqueletos,
el agua, la ceniza,
todo se une al rocío,
a la negra llovizna
de la selva.

El mismo sol se pudre
y el oro interrumpido
que le arroja
cae en el saco de la selva y pronto
se fundió en la amalgama, se hizo harina,
y su contribución resplandeciente
se oxidó como un arma abandonada.

Vengo a buscar raíces,
las que hallaron
el alimento mineral del bosque,
la substancia
tenaz, el cinc sombrío,
el cobre venenoso.

Esa raíz debe nutrir mi sangre.

Otra encrespada, abajo,
es parte poderosa
del silencio,
se impone como paso de reptil:
avanza devorando,
toca el agua, la bebe,
y sube por el árbol
la orden secreta:
sombrío es el trabajo
para que las estrellas sean verdes.

Pablo Neruda

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Imagen: Henri Rousseau, La encantadora de serpientes (fragmento), 1907