El precio de la magia

Thetis tries to burn away Achilles' mortal nature

La mayoría de nosotros hemos recibido en más de una ocasión alguna advertencia acerca de los peligros de la práctica mágica. Muchas veces se trata tan sólo de un intento de hacernos volver al “buen camino” y buscarnos una ocupación más aceptada socialmente. Cuando seguimos por nuestro sendero, otras advertencias nos salen al encuentro; tarde o temprano algo nos recuerda que “todo tiene un precio”. Efectivamente el trabajo mágico entraña sus peligros, desde extraviarse hasta salir lastimado, y es verdad que todo tiene un precio, pero lo mismo que decimos de la magia podríamos aplicarlo a la vida en general. Sin embargo, es bueno tener en cuenta que a menudo el trabajo mágico actúa como una poderosa lente de aumento, y si entramos a él con nuestro cortejo de miedos y complejos, lo primero que obtendremos serán unos miedos y complejos agrandados, y el reto de lidiar con ellos.

Cuando era adolescente inicié un trabajo mágico concreto que empezó a dar muy buenos resultados mucho antes de lo previsto, y en lugar de celebrarlo me asusté y paralicé todo el asunto… En aquel caso había motivos, ya que posiblemente de haber continuado hubiera conseguido algo que en realidad no quería para nada. Aunque no fue la mejor manera de proceder, fue un aprendizaje amortizado a lo largo de los años. Sin embargo, me hace pensar en las veces que nos asustamos a nosotros mismos a la luz de nuestros primeros resultados comprobables, especialmente cuando la cadena de acontecimientos que nos los trae se salta alegremente los cauces previsibles por nuestro modo de pensar ordinario.

Por triste que suene, en muchas ocasiones los trabajos mágicos nos sirven para sentirnos mejor. A veces, se trata de una manera bonita de entretenernos y no llegar nunca a ningún lado, mientras que otras, estos actos forman una cadena de pequeños pasos graduales que nos llevan realmente donde queremos. Esto puede ser una elección, o puede ser simplemente consecuencia del miedo que podemos llegar a tener respecto a las fuerzas y métodos con los que trabajamos, o incluso del miedo a nuestro propio poder.

Personalmente no estoy demasiado interesada en esas formas de magia que constituyen un hobby moderno, o en las que funcionan del mismo modo que funcionaría contratar a una banda para que de una paliza a alguien que nos ha molestado. Cuando hablo de magia soy consciente de que es un término muy amplio y dado a equívocos, pero suelo referirme al camino que nos lleva, precisamente, más allá de los límites preestablecidos (por otros, o por nosotros mismos) acerca de lo que es, o no, posible manifestar en nuestra vida.

Sospecho que aquellos que se obsesionan con “el precio a pagar”, son precisamente los más reacios a hacerlo, algo así como la señora que es capaz de retrasar más de diez minutos una larga fila en la caja del supermercado porque el sistema de cobro no ha detectado una diferencia de precio de unos pocos céntimos.

Todo en la vida tiene un precio, unas veces en dinero y la mayoría en otros recursos como tiempo, atención o energías. Pasamos el día pagando por nuestras elecciones sin echarnos las manos a la cabeza, ni siquiera pensamos en ello. De vez en cuando nos timan y nos llevamos una pequeña (o gran) decepción, pero la sobrevivimos. Incluso en ocasiones un precio elevado nos parece justificado porque damos un gran valor a aquello a lo que nos permite acceder.

Cuando las cosas no están yendo del todo bien en nuestras vidas vale la pena hacer un análisis del modo en el que estamos gestionando nuestros recursos personales (económicos o de otro tipo). Pero cuando alguien habla del “precio a pagar” con voz tenebrosa, no está hablando de administrar correctamente los recursos, sino de culpa; como si ese precio a pagar fuera un castigo a los pobres mortales que se osan enredarse con temas prohibidos. Y muchas veces una parte de nosotros se deja persuadir por el tono de esa voz, como un niño al que aterrorizan con alguna historia macabra.  Parte de nuestras tareas como practicantes consiste en rescatar a todos esos niños aterrorizados que por supuesto no dicen que tienen miedo a los perros, al vecino o a la parte de atrás de la casa, pero que no se han vuelto a acercar a ellos desde el día que les contaron la historia en cuestión.

La magia es, en gran parte, capacidad de transformación propia o del entorno. Puede que estemos trabajando para mejorar nuestra economía y perdamos nuestro trabajo, y la lógica perversa salte a primera línea y señale el “justo” castigo a nuestro atrevimiento. En otras versiones, nos hablará de la maldad de las entidades con las que trabajamos, o puede que señale los fallos del método que hemos seguido, o nos diga que las cosas han salido mal porque no se nos dan bien estas cosas. El despido puede ser una consecuencia de nuestro trabajo mágico, y no suele ser un trance demasiado agradable, pero no tiene porqué ser un castigo.

En la mitología griega Demeter, mientras recorría el mundo disfrazada de anciana buscando a su hija Perséfone, cuidó del pequeño Demofonte. Con la intención de hacerlo inmortal, a espaldas de sus padres lo ungía con ambrosía y lo exponía al fuego, para eliminar su parte mortal. El rápido crecimiento del niño levantó sospechas, de modo que una noche entraron por sorpresa en la estancia, vieron al niño en las llamas y se acusó a Demeter de pretender matarlo. Allí la diosa, furiosa, reveló su identidad, pero el proceso había sido interrumpido, y según las versiones del mito Demofonte permaneció mortal, o murió.
El mismo procedimiento empleó Tetis para tratar de hacer inmortal a su hijo Aquiles, ella es sorprendida por Peleo, su esposo, quien interrumpe con una acusación furiosa a la madre. Tetis volvió en ese momento al mar, regresando sólo a llorar la muerte de Aquiles, ya adulto.

Es un buen recordatorio de que, cuando llamamos a determinadas fuerzas, debemos dejarlas terminar lo que estan haciendo, aunque nuestros ojos ordinarios no comprendan el proceso completo. No se trata de buscar el consuelo fácil, de decir en voz alta que “todo irá a mejor”, sino de confiar en que así es. Que nosotros hacemos la parte que nos corresponde en nuestra cotidianidad, y las fuerzas con las que trabajamos (externas o internas), se encargan del resto a su manera (como expertos en lo suyo que son).

La magia mueve cosas, rompe cosas, nos sacude para liberarnos de aquello que nos impide llegar allí donde en realidad queremos llegar. Muchas veces no se trata de que nuestro objetivo no esté bien formulado, sino que no estamos del todo preparados para abrazar su realización. En otras ocasiones, nuestro trabajo mágico parece tener un éxito inmediato y vivimos con euforia el maravilloso cumplimiento de nuestro deseo… pero con el tiempo nos adormilamos, y se escurre de nuestras manos. Esto no significa ni que el deseo no fuera válido, ni que el modo de conseguirlo tuviera algo de malo, ni que las fuerzas con las que trabajamos nos hayan engañado, sino que hemos dejado de alimentar aquello que hacía posible que lo que conseguimos formara parte de nuestras vidas. Puede que creamos incluso que es demasiado bueno para que forme parte de ellas. así que por un ratito está bien, pero luego volvemos a lo de siempre. La mente hace estas cosas y puede ser entretenido aprender a desactivar esta clase de autosabotajes.

El precio a pagar por las cosas que queremos ser, tener  o experimentar puede ser alto y puede ir en aumento, pero no tiene nada de negativo. Nos obliga a conocernos mejor, a prestar atención, a ser resolutivos, y a que salirnos de lo convencional sea una opción natural para nosotros. Como cualquier ejercicio, al principio puede demandar más esfuerzo, pero con el tiempo llega a naturalizarse hasta que lo que nos apetece, para evitar el estancamiento, es subir un peldaño más. En la mayoría de ocasiones pagar ese precio es algo que se disfruta, del mismo modo que disfrutamos pagando la cuenta de un restaurante caro cuando podemos permitírnoslo.

Por más que hable de sacudidas, rupturas y demás tragedias egoicas temporales, la magia también nutre, enciende, inicia, repara y nos aporta otras experiencias agradables, intensas y tan reales como las primeras que no se le agradecen tan a menudo, pero que aquí vamos a revindicar. Nos da cierta independencia respecto a las circunstancias, de forma que cuando el rol marca que deberíamos estar llorando por las esquinas estamos en realidad bastante bien, sin sentirnos mal por ello. Nos hace ver y considerar más elementos que aquellos con los que nuestra mente ordinaria aprendió a jugar el juego de la vida. Más piezas, más tablero, y multitud de oportunidades y movimientos que descubrimos por el simple hecho de estar ahí prestando atención e ir probando.

Y aunque todo tiene un precio la verdad es que, de vez en cuando, también caen regalos.

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Imagen: Tetis preparándose para introducir a Aquiles en el fuego.


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