Leonor de Isla

Según algunos autores, la leyenda de la  Mulata de Córdoba se basa en una mujer de nombre Leonor de Isla, quien durante la época colonial vivió en el puerto de Veracruz (México), donde se había ganado la fama de hechicera. Era una mulata libre, hija de español y africana, soltera, que rondaba los 26 años de edad y que había nacido en Cádiz, España.

Durante los procesos de Zugarramurdi una de las cuestiones que planteaban aquellos que querían eliminar el brote de brujomanía existente era cómo era posible que existieran tantas brujas en el norte, y no se conocieran casos similares en el sur. La conclusión a la que se llegó era que en el norte, dónde se hablaba y se sermoneaba continuamente sobre la brujería, se había extendido un pánico colectivo que fue desapareciendo a medida que dejaba de darse publicidad a la cuestión. Esto no significa que en el sur no se practicara la brujería o, cuanto menos, la hechicería.  Es posible que en el sur  ciertas prácticas brujeriles se vivieran con la tolerancia suficiente como para no desatar pánicos. Lo fascinante del caso de Leonor de Isla, es que a través de su historia, se pueden documentar prácticas del sur de la península que viajan hasta el otro lado del Atlántico y, junto a  sus practicantes, viven un proceso de adaptación al nuevo medio.

Leonor de Isla, había iniciado su aprendizaje en un lugar que pocos imaginarían; en el convento de La Candelaria de Cádiz, donde aprendió sus primeros conjuros mágicos. La monja a quien servía había recibido el Conjuro del Ánima Sola, que se usaba allí porque la abadesa del convento estaba deseosa de tener noticias de un hermano suyo, fraile franciscano en las Filipinas. Por más prohibido que estuviera, la abadesa, como otras mujeres, recurría a la adivinación. Había distintas maneras de hacerlo, una de ellas era recitando conjuros en los que se invocaba a los santos, a los demonios y a seres fantasmales.

La invocación al Ánima Sola, la última de las almas en pena del Purgatorio, menciona una serie de objetos sagrados para conjurar al ánima y así saber acerca del paradero de una persona: (…) el ara, con el alba, con la [h]ostia, con la sagrada misa, con el sacerdote que la consagra, y con el libro misal, y con el preste que se pone en el altar, y con la noche de Navidad, y con el santísimo Señor nuestro que en ella nació, y con la gratísima Virgen que lo parió, con el río Jordán, con la copa de Abraham, con las tribus de Israel, con la casa santa de Jerusalén (…) Así mismo, el conjuro implicaba un ritual preciso: debía recitarse mirando al mar. Leonor había constatado su efectividad, al realizarlo para tener noticias de un amante suyo que trabajaba en los galeones. A media noche, cuando estaba en su cama, “un pato grande con un ala quebrada, chorreando sangre”, subió a su lecho y “le dijo con voz lastimosa: mujer, ¿para qué me quieres? Déjame ir a descansar”. Como después sabría, su amigo había muerto de una herida en un brazo.

En la Nueva España Leonor continuó invocando al Ánima Sola. Una noche, en forma de abejorro, el Ánima entró a su habitación, en el momento mismo en que moría una hija que acababa de parir. La autora del estudio deduce que la muerte de la pequeña era el pago que recibía el Ánima por sus servicios. Hay varios casos e historias documentadas de ánimas o dobles con forma de insectos. En todo caso, los inquisidores de la Nueva España vieron en esta Ánima Sola al demonio, con quien Leonor había establecido un pacto implícito (el pacto explícito era el que se hacía por escrito, y el implícito simplemente al recurrir a él. En ambos casos se asumía que se comprometía a dar su alma al diablo a cambio de recibir su ayuda para realizar actos sobrenaturales).

No se sabe por qué causas Leonor llegó a Veracruz, ni desde cuando vivía allí. Lo que sabemos es que era dueña de una posada, y que la hostelería no era su único medio de sustento, pues lo alternaba con la hechicería y seguramente con el favor económico de algunos de sus amantes. Esto le permitió sobrevivir, e incluso, poseer artículos de lujo. Es posible que algunos de estos artículos los adquiriera como pago a sus servicios como hechicera. Todas sus posesiones fueron rematadas en la plaza pública para financiar su estancia en la cárcel.

El vecindario sabía que tenía un amante llamado Francisco Bonilla, carpintero. Una vez discutieron y él la abandonó. A media noche, en compañía de otras mujeres,  Leonor murmuró un conjuro para provocar el regreso de su amante. Al parecer, los rezos de aquella noche tuvieron el efecto deseado y Bonilla volvió a sus brazos. Otra práctica mágica documentada , y de la que todos hemos oído hablar alguna vez, es que Leonor daba a beber a su amante, sin que él lo supiera, sangre menstrual diluida en chocolate, una bebida de origen indígena, muy consumida durante el virreinato. Muchas mujeres novohispanas realizaron este hechizo, casi siempre con el fin de “amansar”, es decir, doblegar a los hombres. Además, Leonor poseía un amplio repertorio de recetas mágicas. Conocedora de la herbolaria tradicional, también recogía hierbas a determinadas horas y las ponía también en el chocolate, para ser ingeridas, o debajo de la mesa o detrás de la puerta de la calle.

En la hechicería se ha creído que ciertas plantas tienen género, por lo cual se emplearon en la fabricación de pócimas amatorias. Con este propósito las hechiceras sevillanas (y las catalanas también)  recogían helecho, al que llamaban falaguera (en catalán falguera). La recolectaban en el campo, durante las noches, e incluso, se ha documentado una cancioncilla que cantaban en la noche de San Juan, asociada a ritos mágicos: “En el puerto hay una hierba/ que se llama falaguera, / y en la Noche  de San Juan / florece, gana y se seca”. Si bien desconocemos las plantas concretas que recogía la mulata, es evidente que sus conocimientos provenían de esta clase de farmacopea tradicional de origen español. (De todos modos también en la magia prehispánica parece que varias plantas tuvieron designaciones genéricas. Una de ellas fue el puyomate, que tenía dos funciones distintas: atraer o frenar el amor. Una curandera indígena decía emplear “dos palitos, hechos muñecos”, cada uno, de sexo distinto, para tener fortuna en el amor y el juego.)

Otra de las habilidades de Leonor fue la adivinación por medio de la suerte de las habas, que había aprendido en Cádiz. Esta adivinación fue muy exitosa en España, y después, en la Nueva España. La suerte de las habas recibió también el nombre de “arte morisca”, lo cual hace suponer que los moriscos fueron quienes más la emplearon. Los cristianos viejos veían a judíos, moriscos y gitanos como culturas primitivas o arcaicas, poseedoras de saberes y poderes mágicos. Algunos sanadores moriscos fueron célebres, como Ramón Ramírez, en las tierras fronterizas entre Aragón y Castilla la Vieja, donde se le consideraba un hombre sabio. Sus conocimientos derivaban de la medicina popular morisca, practicada, sobre todo por los varones de las comunidades. Algunas referencias hacen pensar que las habas (y otras semillas y granos) no sólo eran empleadas en adivinación,  por ejemplo, el fraile Juan de Bustamante, procesado en Perú por hechicero, aseguró que “sabía hacer una haba morisca, con la cual se podía hacer invisible si se la ponía bajo la lengua, y que le permitía además entrar por la rendija de una puerta.

En el proceso a Leonor se mencionan también algunos objetos mágicos. Entre los numerosos hechizos que poseía, Leonor tenía  “la carta de tocar o para el bien querer”, que, además de provocar una ardiente y desenfrenada pasión, garantizaba a las mujeres ser recordadas eternamente por sus amados. Había que frotarla en el cuerpo del hombre en cuestión los jueves, viernes y sábados santos.

La forma en que adquirió esta carta ilustra el proceso de transmisión de objetos mágicos, que clandestinamente pasaban de mano en mano, de un país a otro. La carta había sido regalada a una amiga por una mujer que había llegado de La Habana, Cuba, a Veracruz. Era un objeto considerado poderosísimo. La amiga se la había dado a Leonor y ésta, a su vez, había permitido que un hombre tuerto la transcribiera. En el mercado de objetos mágicos que por lo visto existía en el puerto de Veracruz, Leonor contó que un franciscano le había dado a su amiga Beatriz unas cedulillas, que eran buenas para la suerte y para librarse de heridas de arma. Obviamente, no estaban autorizadas por la Iglesia, y nos encontramos una vez más con un  religioso implicado en asuntos de brujería.

Se documenta también, que Leonor tenía la costumbre de rezar entre dientes, ya fuera cosiendo, bordando, o haciendo cualquier labor de la casa. Las palabras mágicas constituían una parte esencial de su vida cotidiana. Tenía particular devoción por Santa Marta, y siempre llevaba consigo una imagen de la misma, que un mulato del puerto veracruzano había pintado para ella. Encontramos varias versiones del Conjuro de Santa Marta del siglo XVI al XVIII en los archivos novohispanos. Estaba dirigido a los hombres, a fin de someterlos, obligarlos a volver, o bien, provocar impotencia. Existían dos tipos de conjuros: el de Marta la Buena y el de Marta la Mala. En este último, sólo se le llama Marta y recibe ayuda de diversos demonios para llevar a cabo el hechizo.

Marta, Martha, No la digna ni la sancta” (…) yo te conjuro con Barrabás, Satanás, Volcanás y cuantos diablos de Ynfierno son.”  El conjuro implicaba un ritual, se recitaba ante una imagen o estampa de la santa, por las noches y con tres velas encendidas. Leonor confesó haberlo recitado a petición de varias mujeres que habían sufrido el abandono de sus amantes, pues Marta “la socorría mucho siempre que la llamaba”.

La devoción a santa Marta ha estado ligada a diversas creencias populares. La leyenda dorada cuenta que desembarcó en Marsella y sometió a un dragón llamado La Tarasca, que asolaba a los pobladores de la comarca. Valientemente, la santa fue a buscarlo en un espeso bosque, donde lo halló devorando a un hombre. Lo asperjó con agua bendita y le mostró una cruz, y, atándolo con su ceñidor, lo condujo como un manso cordero a Tarascón, donde los pobladores lo lapidaron. Al domesticar al dragón, simbólicamente Marta domina y acaba con el Mal, convirtiéndose en heroína del cristianismo. La veneración a santa Marta,  tuvo su culto más remoto en Galicia y en Andalucía, donde estuvo más arraigado. Muchas hechiceras españolas invocaron a la santa en el ámbito de la magia amorosa; en este caso no se buscaba someter al mal, ni al dragón, sino al hombre.

Leonor de Isla estuvo posiblemente vinculada con otros marginados sociales españoles, de los cuales probablemente heredó algunas de sus sabidurías en materia de hechicería. Hemos hablado de los moriscos, otro pueblo acusado de ejercer la magia fue el de los gitanos. Habían llegado a España en tiempos de los Reyes Católicos, constituyendo un grupo minoritario, nómada y endogámico, con ritos y costumbres propios. Frecuentemente se les acusaba de practicar la magia y, en particular, la quiromancia. Fueron perseguidos por la Inquisición, en cuyos archivos se registran varios procesos relacionados con la magia.

La Corona española prohibió el paso al Nuevo Mundo de moriscos y gitanos, se implementó una política selectiva de los viajeros que iban al Nuevo Mundo, pero a pesar de éstas prohibiciones, mulatos y negros viajaron a América, como personal de servicio y  esclavos. La población de origen africano fue numerosa en la Nueva España, llegó de forma masiva, sobre todo en la primera mitad del siglo XVII, mezclándose rápidamente con otras etnias.  Se puede decir que en cierto modo la marginalidad hermana, al menos en aquella época, a diferentes etnias. Así mismo, el nomadismo y el desarraigo propiciaron las mezclas culturales y dieron movilidad a elementos propios de las tierras por las que pasaban.

La brujería diabólica procesada en el Nuevo Mundo, casi siempre fue ejercida por mulatos y negros. Las mulatas frecuentemente se vieron involucradas en delito de hechicería. Como Leonor de Isla, cultivaron la magia amorosa, que habían aprendido en España, entre los grupos de marginados españoles, que tradicionalmente habían acudido a la magia. Las mulatas solían ser intermediarias entre distintos miembros de la sociedad. Eran – o se las consideraba- insolentes y orgullosas y cuando era necesario sabían sacar  provecho de las flaquezas de los demás, proponiéndoles soluciones maravillosas a sus problemas no resueltos.

El proceso contra Leonor duró dos años, en los cuales fue interrogada sucesivamente. Sólo al final del proceso conoció el cargo que se le imputaba. Era común que los presos se desesperaran en los largos procesos que enfrentaban, sin saber cuál sería su destino final. La tardanza en resolver las causas que perseguía fue una táctica de la Inquisición para forzar a los reos a confesar todos sus delitos y delatar a quienes estuvieran involucrados. El caso de Leonor es un ejemplo ilustrativo al respecto, pues las vecinas que participaron las actividades brujeriles de Leonor, se fueron incriminando unas a otras.

El Tribunal, mediante la lectura pública de edictos, presionaba a la comunidad a confesar sus culpas y denunciar a los infractores de la fe cristiana. El proceso de Leonor fue provocado por la autodenuncia de  su vecina Juana de Valenzuela que se presentó a declarar a la inquisición porque  su confesor no la había querido absolver de sus pecados. Juana era viuda de un labrador, había nacido en Córdoba, España, y tenía alrededor de 30 años. Era una mujer sola y humilde y enemistada con Leonor. Durante dos años había observado la conducta transgresora de Leonor, que narró con lujo de detalles a los inquisidores.

También acusó a las compañeras de Leonor, entre ellas, a Isabel de la Parra, quien había  acompañado a la mulata a una encrucijada, donde, a media noche, hicieron cercos y conjuros para pedir a los demonios que el hombre a quien amaba Isabel regresara. Pero Juana, a su vez, fue acusada por sus comadres, quienes aseguraron que acostumbraba precisamente a hacer la suerte de las habas, ámbito en el que destacaba por sus aciertos. Juana admitió que lo había hecho por burla y entretenimiento, pero estando en la cárcel, había vuelto a consultar, a escondidas y en complicidad con otras mujeres, el oráculo. Juana enfermó en la cárcel inquisitorial y murió antes de que su proceso concluyera.

En el auto de fe fueron condenadas varias habitantes del puerto: Inés de Villalobos, por recitar oraciones “para fines deshonestos, mezclando cosas benditas y santas y el nombre de Dios y de sus santos, diciendo la oración de Santa Marta y santiguando el agua en una taza para los dichos efectos, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”; Lucía de Alcalá, por haber echado suertes, haber santiguado el agua “mirando en ella, a instancia suya una mujer preñada, para actos torpes y deshonestos y para saber de un hombre a quien trataba”; Catalina Ortiz, natural de un popular barrio sevillano, por vaticinar el porvenir, junto con sus amigas, utilizando la suerte de las habas; Catalina Bermúdez, por hacer una suerte en la que pidió a san Julián, san Erasmo y otros santos saber si su marido le era infiel; Juana Pérez, porque quiso adivinar con un sortilegio si el hombre a quien trataba se casaría con ella; Ana de Herrera, viuda, que echaba una suerte para que un amigo la quisiese bien, y Magdalena Hernández, nativa de Málaga, que hacía conjuros invocando a Barrabás y Satanás. La Inquisición perseguía a esos grupos de personas que participaban de una misma herejía (los llamaba complicidades) y se mostraba particularmente severa con ellos.

Todo parece indicar que cuando las herejías se cometían individualmente, la estrategia de la Inquisición era dejar que se consumieran en sí mismas, se diluyeran hasta desaparecer, conformándose en registrar denuncias, o bien, en recoger los instrumentos que se utilizaban, como oraciones, ensalmos y conjuros, y de esta manera, evitar su propagación. Pero el escándalo que causaba Leonor en el puerto de Veracruz debió ser tomado en cuenta para procesarla. Los testimonios reunidos coinciden en su fama como hechicera y su tendencia a proclamarlo. Sumado a lo anterior, el Puerto de Veracruz era el más importante del virreinato; ahí confluía una gran cantidad de viajeros que desembarcaban de la Península o de las islas caribeñas para diseminarse en el ancho territorio novohispano e, incluso, ir a regiones lejanas, como el virreinato de Perú. Si la función de la Inquisición era evitar la propagación de la herejía, había el peligro de que las creencias de Leonor se propagaran a confines lejanos.

Otro aspecto en su contra fueron los múltiples saberes hechiceriles que poseía Leonor. Preparaba diversos brebajes, conocía plantas con cualidades maravillosas, sabía adivinar con la suerte de las habas, invocaba a los demonios, recitaba conjuros mágicos, tenía un arsenal de herramientas rituales, como velas, estampas, cédulas, sahumerios, etc.; es decir, no se trataba de una mujer ingenua que había cometido una falta ocasional, sino de una profesional de la hechicería. A todo esto se añade el trato cotidiano que había establecido con un séquito de seres infernales: santa Marta la Mala, el Ánima Sola, Barrabás, Belcebú, etc., a los que veneraba y tenía a su servicio.

Contrariamente a lo que se dice en la leyenda,  Leonor nunca fue enviada a Ciudad de México, sino que fue sentenciada a salir en un auto de fe para su deshonra pública y a recibir cien azotes.  A este castigo se añadió su destierro de la Nueva España. Lo último que se sabe de ella es que pidió seis meses para cumplir con la orden, arguyendo que tenía varias dolencias.  Luego se pierde su huella.

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Fuente: Araceli Campos Moreno. “Un tipo popular en la Nueva España: la hechicera mulata. Análisis de un proceso inquisitorial”. Revista de Literaturas Populares XII-2 (2012): 401-435

La Mulata de Córdoba

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Todos tenemos una bruja preferida, la mía es la Mulata. La Mulata de Cordoba es una leyenda colonial mexicana muy conocida en todo el país, de la que existen diferentes versiones, y ha inspirado libros, pinturas e incluso, una ópera. La primera vez que escuché la historia, la recibí como un regalo, pues no es tan fácil encontrar una narración popular que presente a la hechicera como una heroina. Años más tarde descubriría que algunos autores apuntan a la existencia de una Mulata histórica, Leonor de Isla, y de las prácticas brujeriles mestizas en el mundo colonial, muchas de origen español, e incluso con influencias árabes. Pero primero, la leyenda:

Sucedió en el estado de Veracruz, al sur de México. En época colonial vivió allí una misteriosa mujer cuyo nombre se ha perdido en el tiempo, dado que por generaciones ha sido recordada simplemente como la Mulata de Córdoba. Dado que todo en ella parecía burlar y contradecir las estrictas reglas del mundo que habitaba, los rumores sobre su persona recorrían la ciudad.

Se decía que era hija de un caballero español y una africana, de quienes habría heredado una  extraordinaria belleza y una pequeña fortuna. Dedicaba sus días a procurar alivio a las dolencias de los menos favorecidos; curaba las heridas de los esclavos negros y daba limosna a los pobres. Pero era por su dominio en el arte de los filtros, los ungüentos y amuletos, que iban a visitarla aquellos aquejados de males del espíritu y gentes ricas que precisaban un remedio efectivo para curar el mal de amores, protegerse de las envidias o encontrar esposo.

Por todo esto la Mulata era a un mismo tiempo admirada y censurada por sus vecinos. No en pocas ocasiones las mismas damas que acudían a solicitar su ayuda albergaban oscuros sentimientos hacia aquella mujer, en parte salvaje, que sin duda se permitía demasiadas libertades. Otro tanto sucedía con aquellos caballeros que por el hecho de verla sola, ya la imaginaban como una más de sus propiedades.

El hecho es que, si la Mulata tuvo amores, fueron éstos discretos al punto que se llegó a decir que el motivo por el que desdeñaba a los hombres, no era otro que el de haber hecho sucumbir al mismo Diablo a sus encantos. Sea como fuera un día aquí, un día allí, se dejaba ir una maledicencia acerca de ella; que si en su casa flotaba un intenso olor a azufre, que si de vez en cuando se la podía ver bien de noche cruzando los cielos, que quién sabía hasta qué punto eran oscuras aquellas artes secretas de cuyo dominio le venía la fama.

Ya fuera debido a la amargura de una criolla celosa o al odio albergado en el corazón de un pretendiente no correspondido, finalmente las obras extraordinarias de la Mulata fueron denunciadas a la Inquisición. Cuando el Tribunal del Santo Oficio recopiló cuanto se había dicho y decía de ella, se la sentenció culpable de hechicería y pacto con el Diablo, y fue condenada a morir quemada en la Ciudad de México.

Los pobres y los esclavos por los que había hecho tanto bien lloraron su pérdida, y entre lamentos la despidieron como la familia que nunca llegó a conocer; mientras que las damas y caballeros a los que también había ayudado renegaban de ella y alimentaban las habladurías, como aliviados de que aquella que conocía los más oscuros de sus secretos fuera a desaparecer de la faz de la tierra. A pesar del amor de unos y el desprecio de otros, la Mulata conservó su porte sereno. Sólo de tanto en tanto sus ojos parecían brillar más de lo habitual y una misteriosa sonrisa se le dibujaba en el rostro.

La noche antes de su ejecución, en la mazmorra, pidió al carcelero que le llevara un pedazo de carbón. El hombre, sorprendido por la rareza de aquella solicitud, le aconsejó que en vez de aquello se encomendara a Dios por la salvación de su alma. Sin embargo, ante la insistencia de la Mulata, consideró que la proximidad de la muerte debía haber afectado su pensamiento y, compadeciéndose de ella, le llevó lo que pedía como última voluntad.

Antes de rayar el alba, la mañana del día en que iba a ser ejecutada, la Mulata llamó de nuevo al carcelero y con una sonrisa pícara le mostró un barco que había dibujado con el carbón en la pared de piedra:

– Buen día, carcelero; ¿podría decirme qué le falta a este navío?
– ¡Desgraciada mujer! – contestó el carcelero-. Si te arrepintieras de tus faltas no estarías a punto de morir.
– Anda, dime, ¿qué le falta a este navío?, – insistió la Mulata.
– ¿Por qué me lo preguntas? Le falta el mástil.
– Si eso le falta, eso tendrá – respondió enigmáticamente la Mulata.

Y el carcelero se retiró, intrigado de que aquella misteriosa mujer sus últimas horas dibujando, sin temor de la muerte. A la hora del crepúsculo, que era el tiempo fijado para la ejecución, el carcelero entró por tercera vez en el calabozo de la Mulata, y ella, sonriente, le preguntó:

– Carcelero, ¿Qué le falta a mi navío?…
– Desdichada mujer, pon tu alma en las manos de Dios Nuestro Señor y arrepiéntete de tus pecados. ¡A ese barco lo único que le falta es que navegue!
– Pues si vuestra merced lo quiere, si en ello se empeña, navegará y muy lejos…
– ¿¡Cómo!?
– Así.

Y diciendo esto, la Mulata, ligera como el viento, saltó al barco. Éste, despacio al principio y después rápido y a toda vela, navegó alejándose cada vez más, hasta desaparecer en el horizonte de carbón. El carcelero se quedó mudo, inmóvil, con los ojos salidos de sus órbitas, los cabellos de punta y la boca abierta.

Hay muchas cosas que me gustan de esta leyenda, pero lo que más me llamó la atención es que, al contrario que en tantos otros cuentos  de brujas, no parece haber en la Mulata ni una pizca de rencor por el bien hecho y no “recompensado”, ni un atisbo de deseo de venganza contra los acusadores. Y aunque la hechicera en la que tal vez se basa la leyenda, Leonor de Isla, es antes hechicera que bruja y parece actuar de forma mucho más humana, la Mulata en la leyenda entra en el mismo rol que esas hadas que se casan con un mortal, que en un momento dado las desprecia por su naturaleza, y simplemente desaparecen.

Ni los acusadores ni los malagradecidos podían, en realidad, retener a la Mulata ni hacerle daño, porque aquél no era su mundo.  Llegado el momento, la bruja regresa al lugar al que pertenece, y lo hace optando por la solución más absurda o, visto de otro modo, haciendo algo que a ojos del resto de aquellos que la rodeaban era imposible, tomando un camino para el que nadie había podido forjar aún un nombre.

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Fuego y cenizas

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Prueba esta meditación: Imagina que eres un bosque y el fuego que consume ese bosque.
Primero, centra tu atención en la parte de tí que es el bosque. Puedes temblar o jadear, sintiendo el sobresalto de tu solidez desintegrándose, tu forma cambiando. Cuando muevas tu atención a la parte de tí que es el fuego, puedes regocijarte en el gozo salvaje del poder y la liberación.
Puede ser tentador poner al fuego por encima del bosque, preferir abrasar a ser abrasado. Pero si quieres entender la pronoia en toda su magnitud, deberías apreciar ambos estados por igual. ¿Puedes imaginarte siendo el fuego y el bosque de forma simultánea? ¿Es factible para ti experimentar el profundo placer de su colaboración?
                                                                                                                       Rob Brezny, Pronoia

De vez en cuando en nuestras vidas despertamos una fuerza que yace durmiendo, confinada al exilio, bajo capas y capas de roca, tierra y conformismo. Algunas veces acudimos en su búsqueda de forma consciente, otras, él parece escuchar nuestra muda llamada de auxilio y se levanta como un titán desde las profundidades, destrozando todo a su paso. Siempre la imagino como una enorme ave de fuego, que despierta con el sonido de una ramita que se rompe, y encuentra por fin el motivo y el momento de desplegar sus alas gigantescas y batirlas contra el cielo que por tanto tiempo le ha sido negado. La elevación de este monstruo tiene la belleza de las cosas terribles, cada movimiento desafía el peso de las culpas que teóricamente deberíamos sentir por dejarlo salir, por no medir el daño que la expresión descontrolada de su fuerza ígnea pueda causar. Liberar al pájaro de fuego libera también determinadas fuerzas en nuestro interior que han sido ignoradas y relegadas reiteradamente. Podría hablar de nuestros propios demonios si somos capaces de imaginarlos como potencialidades y aspiraciones a los que por un motivo u otro no parecía adecuado atender o dejar florecer.

De modo que un día cualquiera, en el que estamos demasiado agotados o aburridos, el pájaro de fuego siente que lo llamamos por su nombre y acude en nuestro auxilio a su majestuosa y terrible manera. Se trata de una experiencia intensa, que remueve hasta los cimientos el orden habitual de nuestra vida. El ave nos lleva a contemplar el borde del mundo, donde nos empapamos de infinito y por un segundo eterno nos parece entrever lo que se extiende más allá de sus bordes…  Pero como si se tratara de un sueño despertamos en el mismo suelo de siempre, rodeados de cenizas. Una y otra vez, a lo largo de los años, he asistido al despertar del ave de fuego en mi vida. He volado con él y  he despertado entre las ruinas de lo que un día fuera mi mundo. Y cada vez me he preguntado qué había hecho mal, qué hacia falta para continuar la danza encantada más allá de las estrellas en vez de despertar con el sabor de la ceniza en los labios.

A pesar de lo que la publicidad nos quiera hacer creer, el paso de los años puede ser maravilloso. A mí me ha servido para volver a los mismos lugares y situaciones y sorprenderme contemplándolos desde perspectivas muy diferentes, creandome tal vez la fantasía de que algo habré aprendido. El caso es que la última vez que desperté rodeada de ruinas y cenizas de un mundo perdido, pude apreciar claramente la oportunidad que suponían. La experiencia con el ave de fuego es intensa, maravillosa y en ocasiones aterradora, y en contraste el mundo roto y abandonado como un cascarón partido parece demasiado pálido, vacío, silencioso, desprovisto de emoción. La imagen de un bosque consumido por las llamas es triste y dolorosa, y vernos así, sin una idea de lo que va a suceder a continuación, suele llenarnos de desasosiego.

Sin embargo, a su debido tiempo, y especialmente si ponemos en ello nuestro cuidado y empeño, los bosques resurgen, porque han dejado sus semillas bajo la tierra. Muchas mitologías antiguas nos relatan que el mundo surgió de un huevo. Tal vez el ave de fuego se eleva a los cielos para estar a la distancia adecuada para ser el sol que ilumine ese nuevo mundo que crecerá de la cáscara que abandona a nuestros pies. Creo que cuando somos capaces de verlo de este modo, el luto por lo perdido se va diluyendo a favor del agradecimiento por la oportunidad que la situación representa. Nos encontramos ante un nuevo mundo que pugna por nacer, alimentándose de los restos de su predecesor, dispuesto a retarlo en esplendor. Un nuevo mundo que confía en nuestros cuidados, para crecer a nuestro alrededor y darnos sus frutos. A medida que acompañamos al nuevo mundo en este paciente crecimiento en el que todo ocurre exactamente al ritmo que debe ocurrir, es posible que reencontremos tesoros que habíamos descuidado, que volvamos a apreciar la grandeza de las pequeñas cosas y entendamos que no es que nuestro viejo mundo estuviera demasiado agotado, sino que tal vez nuestros ojos se habían ido empañando.

 SeparadorImagen: The Firebird

Quiso la noche… Carles Riba

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X

Quiso la noche que noche fuésemos
también nosotros, térreos
como la sombra y los animales
que vagan desnudos a la caza del deleite.

El aire, entre tu pecho y mi pecho,
se cargó de hondas sales;
corríamos en fuentes abismales;
enlunábamos islas de olvido.

Nuestra vida, pobre si la entendíamos
según la luz, se había expandido
en una ardiente, oscura flor.

Todo cambiaba en la Aventura:
si me mirabas, no era yo;
si reías, no eras impura.

Carles Riba, Salvatge Cor, 1952

Rosa

X

La nit volgué que fóssim nit
nosaltres mateixos, terrals
com l’ombra i com els animals
que erren nus, caçant el delit.

L’aire, del teu pit al meu pit,
es carregà de fondes sals;
corríem en fonts abismals;
enllunàvem illes d’oblit.

Pobra, entesa, la nostra vida,
segons la llum, s’era expandida
en una ardent obscura flor.

Tot canviava en l’Aventura:
si em miraves, no era jo;
si reies, no eres impura.

Carles Riba, Salvatge Cor, 1952

Rosa

Imagen: Franz von Stuck, The kiss of the Sphinx (fragmento), 1895

El Carnero Negro

Siempre he sido muy maniática con las fuentes, de forma que cuando una historia, cuento o leyenda no resultaba claramente rastreable, había que apartarla a un lado hasta conseguir al menos un indicio para situarla. Este es el motivo por el que durante más de una década el cuento del Carnero Negro, ha permanecido en mi colección particular de relatos.  En aquel tiempo lejano en el que no existía Google, realizaba yo mis primeras búsquedas en la red, y fui a dar con una página que recuerdo chilena, o tal vez argentina, en la que este cuento aparecía como un relato folklórico de la zona. Por aquel entonces no era el tipo de cuentos de brujas que me interesaban, así que ni siquiera lo guardé. Sin embargo, algo en él me llamó de tal manera que su recuerdo ha vuelto una y mil veces a mi memoria a través de los años, entendiendo cada vez más los motivos. Por más que en los últimos años he tratado de reencontrar el texto, o al menos alguna referencia al mismo, ninguno de mis intentos ha tenido éxito.

Escribo aquí el relato del Carnero Negro tal como la recuerdo, consciente de que mi mente pueda haber rellenado los huecos; algo que sería una abominación al hablar de historia, pero que de alguna manera resulta perfectamente lícito en los cuentos, que parecen contener una vida propia que revolotea en la necesidad de pasar de una imaginación a otra. Podría no haber existido nunca como relato folklórico, ser una invención de un narrador moderno, pero llegó a mí y parte ahora hacia donde quiera que deba llegar, porque es su momento.

Hace muchos años vivía una pastorcilla de origen humilde. Salía cada día del pueblo con la luz del alba y no regresaba hasta el anochecer, y pasaba el día solitaria en el monte con sus animales, sin relacionarse con otros jóvenes, por lo que no estaba muy contenta. Un día, bajo un gran árbol en un recodo del camino, apareció un enorme carnero negro. Al principio, temió que aquella bestia la fuera a atacar, pero el carnero permaneció tranquilo, mirándola fijamente bajo las ramas.

De este modo, la curiosidad venció al miedo, y la joven se fue acercando al animal hasta que éste dejó que lo acariciara. Al día siguiente, volvió a encontrar al carnero negro en el mismo lugar, y ya sin miedo fue a saludarlo. Pasaron días, semanas y meses, y la joven y el animal se hicieron amigos; cada día el carnero negro aparecía en el mismo recodo, y ya sin ningún miedo ella lo acariciaba y lo adornaba con guirnaldas de flores silvestres, él la acompañaba, y se hubiera dicho que sólo le faltaba darle conversación.

Un día, sin embargo, al llegar al recodo del camino en vez lugar su carnero la esperaba un caballero vestido de negro, que la saludó amistosamente. La joven, sorprendida y un tanto abrumada se mostró cortés y pasó de largo, algo triste por la ausencia del carnero. Pero los días que siguieron, encontró siempre al caballero en el recodo del camino. Poco a poco los saludos se hicieron más relajados, hasta que el joven se ganó su confianza. Y una tarde de verano, le confesó su intención de contraer matrimonio con ella.

La familia a penas podía creer la suerte que habían tenido, un joven que parecía adinerado quería desposar a su hija. Así que las bodas se celebraron rápidamente y sin hacer demasiadas preguntas, y la joven partió a su nueva casa llena de alegría. Y así siguió hasta que un día que su esposo no se encontraba en casa recibió la visita de unas mujeres del pueblo. Extrañada porque normalmente no recibía visitas, las atendió lo mejor que supo, y después de un tiempo de charla le confesaron que habían ido a advertirla acerca de su esposo. “¿No te parece extraño que pase tanto tiempo fuera de casa? Hemos advertido que nunca va a misa, ni siquiera los domingos. Pero, además, desde que él llegó, hay un enorme perro negro que deambula por las calles. Tu esposo tiene que ser un brujo, niña y eso no es bueno.”

Al prinpicio la joven no hizo demasiado caso a las mujeres y sus sospechas, pues era muy feliz en todos los momentos que pasaba junto a su esposo, pero las mujeres del pueblo volvieron en más ocasiones, primero con nuevas advertencias, más tarde con acusaciones que incrementaban en gravedad. Las ausencias se prolongaban cada vez más, y las dudas crecían, de forma que el miedo empezó a crecer en el interior de la joven, incapaz de preguntar directamente a su esposo por la naturaleza de sus ocupaciones.

Finalmente, el joven fue acusado y quemado por brujo, y sus restos fueron enterrados cerca de la casa. Las mujeres vinieron a decirle que era necesario hacer aquello, y que ahora podía encontrar un nuevo esposo. Pero estando ya en la cama acostada t dispuesta a dormir, la joven oyó la voz de su difunto esposo, llamándola por su nombre. Al principio creyó que se trataba de pesadillas, pero cada noche la voz cada día llegaba de forma más clara a sus oídos, estando bien despierta, y era como tenerlo allí mismo.

Asustada, acudió al párroco del pueblo, explicando lo sucedido. El párroco le explicó que el alma de su esposo vivía aún en los huesos que no se habían quemado, y que para expulsarla definitivamente debía machacarlos y lanzarlos al río. Y la joven así lo hizo, y al instante se arrepintió de su traición, porque había destruido lo último que le quedaba de su verdadero amor. Aquella noche sólo hubo silencio en su recámara y aquella pena, poco a poco, la fue ahogando hasta que también ella murió.

Aunque el cuento hable de brujería, siempre me recordó en su primera parte al mito del rapto de Europa (Zeus transformado en un toro blanco seduce a la ninfa ganandose su confianza hasta que ella lo monta y él se la lleva mar adentro), y en la segunda a la historia de Eros y Psique (desde las críticas de la comunidad al esposo y la incitación a la traición, hasta el modo en que falla la última prueba impuesta por Venus para recuperar a su amado). Y puede que sea este fondo mítico el que dota de fuerza a la narración, y aunque en cierto modo puede recordar también la historia de Barba Azul, resulta curioso que, en un relato popular, el brujo (o bruja) no sea un ser completamente malvado. De hecho, aquí el brujo no parece hacer nada más que saltarse la misa y adquirir formas animales (lo que lo identifica como brujo, especialmente teniendo en cuenta que esos animales son un carnero y un perro negros), pero el pueblo entero va a por él y la esposa inconsciente cede a esa presión del común, incluso contra sus propias percepciones e intereses.

Estoy casi segura de que en la versión que leí no aparecía, pero en mi mente, cuando los huesos (el alma ósea) llama a la joven esposa, no es para torturarla, sino para darle instrucciones precisas acerca de cómo devolverlo a la vida. Para mí, éste es un cuento que habla de los caminos a medias y las oportunidades perdidas. La joven se siente  ya desde su familiaridad con el carnero, siente esa afinidad con el brujo y su mundo, y sin embargo, a pesar de casarse con él no llega a formular las preguntas adecuadas para participar de sus conocimientos. Luego, cede a la presión del entorno cuando todos señalan que aquella compañía es mala para ella, y no es capaz de defenderlo y defenderse a sí misma. Renuncia incluso a la última oportunidad de rescatar el vínculo, de regenerar lo perdido (como en tantas otras historias de hadas, brujas y divinidades, aparece la posibilidad de devolver a la vida a través de los huesos), y sólo cuando ya se ha cerrado las puertas se da cuenta que aquello a lo que ha renunciado era precisamente aquello que la hacía feliz, o lo que desde perspectivas más brujeriles podríamos considerar su destino. Una vez perdido, e incapaz de integrarse en la comunidad (a la que, por otra parte nunca perteneció por completo y que no tiene demasiado que ofrecer), languidece de pena hasta morir, que es lo que nos sucede cuando traicionamos, negamos o incluso matamos una parte realmente importante de nosotros mismos.

Advertidos estamos.

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Imagen: Baa, Baa Black Sheep, Paula Rego, 1989.

El Vuelo

Algunas personas lo llaman, no sin razón, “el camino torcido”; pero para mí la brujería reside, precisamente, allí donde los caminos terminan. Un precipicio en el que el universo nos devuelve la mirada como un desafío, invitándonos a volver por dónde hemos venido, o a saltar a lo desconocido. En ocasiones nos gusta acercarnos al límite simplemente para mirar nuestro viejo mundo desde allí. Durante años nos planteamos si será realmente posible ir más allá, dar un paso adelante y dejarnos engullir por el vacío.

Otras veces nuestro momento llega, por un tropiezo, por un acto de locura, valentía o rendición. Porque ya no hay nada que perder o nada a lo que queramos regresar, y el viento nos ha embriagado con su canción y nos ha ofrecido su mano. Porque el mundo que conocíamos se ha apagado entre nuestros brazos, pero seguimos vivos, y necesitamos rescatar el fuego y volver a encenderlo, o al menos apagarnos con él.

Así que damos un paso, y luego otro, y no hay suelo ya bajo nuestros pies. Cruzando la frontera, rigen otras leyes. Atrás quedan la piel y las palabras que habitamos, y remontamos el vuelo en formas propias que nos eran desconocidas, descubriendo nuevos sentidos, viviendo sin pretender siquiera entender. Transitando los caminos sin nombre, las antiquísimas corrientes en las que uno se funde y se vuelve a forjar a intervalos, fuera del tiempo.

Despertamos en la orilla, como las sobras de un naufragio. Despertamos a nuestra vida de cada día, como después de haber soñado algo terriblemente extraño y hermoso, más real que la vigila. Nos reincorporamos al traqueteo constante de las horas conocidas, hacemos recados, barremos la casa, damos de comer al gato. Pero no somos ya los mismos; ahora la tenebrosa alegría discurre por nuestras venas aguardando enamorada el próximo salto al vacío.

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Imagen: Ecstasy, Maxfield Parrish, 1930

Problemas mayores, mejores y más interesantes

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¿Existe algo más peligroso que levantarse por la mañana y no tener nada de que preocuparse, sin problemas para resolver, sin fricción para calentarte? Ese estado puede ser una amenaza para tu salud, porque de no tratarse, incita un anhelo inconsciente por cualquier viejo problema tonto que pueda despertar algún entusiasmo.

La adquisición de problemas es una necesidad humana fundamental. Es tan crucial para tu bienestar como conseguir comida, aire, agua, sueño y amor.  Te defines a ti mismo – de hecho, te haces a ti mismo – a través de los enigmas que atraes y resuelves. Las personas más creativas del planeta son aquellas que seleccionan las preguntas más grandes y difíciles y luego van a la búsqueda de los recursos necesarios para encontrar las respuestas.

La sabiduría convencional considera que los mejores problemas son aquellos que nos ponen en situaciones duras. Supuestamente no hay ganancia sin dolor.Y supuestamente el estrés es un estímulo incomparable a la hora de recurrir a recursos que anteriormente no estaban disponibles o permanecían latentes. El aforismo de Nietzsche, “Lo que no me mata me hace más fuerte”, ha alcanzado el estatus de una verdad última.

Estamos de acuerdo a medias. Está claro que el estrés también acompaña a muchos problemas mediocres que tienen poco poder para hacernos más inteligentes. El dolor frecuentemente no genera ganancia. Todos somos propensos a habituarnos, incluso a volvernos adictos, a molestias persistentes que van y vienen sin despertar a ninguno de nuestros genios dormidos.

Existen, además, otra clase de dificultades – llamémosle el delicioso dilema – que no se alimentan de la angustia ni tampoco la generan. Por el contrario, son divertidas y vigorizantes, y por lo general florecen cuando se siente una profunda sensación de estar en casa en el mundo. El problema de escribir mi libro es un buen ejemplo. He disfrutado manejando los desafíos perplejos con los que me ha enfrentado.

Imagina una vida en la que al menos la mitad de tus dilemas coincidan con este perfil. Actúa como si al ser la alegría tu estado mental predominante, fuera más probable atraer problemas útiles. Considera la posibilidad de que estar en circunstancias inquietantes pueda reducir tu capacidad de soñar los enigmas que más necesitas; que quizá es difícil plantearse las mejores preguntas cuando estás preocupado luchando en la retaguardia contra molestias aburridas o humillantes que te han invadido durante muchas lunas.

Predicción: Como aspirante a amante de la pronoia, tendrás un creciente don para gravitar hacia problemas más salvajes, más húmedos, más interesantes. Cada vez te sentirás más atraído por el tipo de ganancia que no requiere dolor. Estarás tan vivo y despierto que te alejarás alegremente de tu zona de confort hacia tus fronteras personales, mucho antes de verte obligado a hacerlo por medio de patadas divinas en el culo.

La definición de “felicidad” en el “Diccionario foráneo de Memes Pronoíacos” del Beauty and Truth Lab es “estado de ánimo que resulta de cultivar problemas interesantes y útiles”.

(…)

“Debemos sentirnos entusiasmados con los problemas que enfrentamos y nuestra capacidad para lidiar con ellos”, dice Robert Anton Wilson. “Resolver problemas es una de las más altas y más sensuales de todas nuestras funciones cerebrales”.

Rob Brezny, Pronoia, North Atlantic Books, Berkeley, 2009, pp.61-62
Imagen: François Fressinier

El precio de la magia

Thetis tries to burn away Achilles' mortal nature

La mayoría de nosotros hemos recibido en más de una ocasión alguna advertencia acerca de los peligros de la práctica mágica. Muchas veces se trata tan sólo de un intento de hacernos volver al “buen camino” y buscarnos una ocupación más aceptada socialmente. Cuando seguimos por nuestro sendero, otras advertencias nos salen al encuentro; tarde o temprano algo nos recuerda que “todo tiene un precio”. Efectivamente el trabajo mágico entraña sus peligros, desde extraviarse hasta salir lastimado, y es verdad que todo tiene un precio, pero lo mismo que decimos de la magia podríamos aplicarlo a la vida en general. Sin embargo, es bueno tener en cuenta que a menudo el trabajo mágico actúa como una poderosa lente de aumento, y si entramos a él con nuestro cortejo de miedos y complejos, lo primero que obtendremos serán unos miedos y complejos agrandados, y el reto de lidiar con ellos.

Cuando era adolescente inicié un trabajo mágico concreto que empezó a dar muy buenos resultados mucho antes de lo previsto, y en lugar de celebrarlo me asusté y paralicé todo el asunto… En aquel caso había motivos, ya que posiblemente de haber continuado hubiera conseguido algo que en realidad no quería para nada. Aunque no fue la mejor manera de proceder, fue un aprendizaje amortizado a lo largo de los años. Sin embargo, me hace pensar en las veces que nos asustamos a nosotros mismos a la luz de nuestros primeros resultados comprobables, especialmente cuando la cadena de acontecimientos que nos los trae se salta alegremente los cauces previsibles por nuestro modo de pensar ordinario.

Por triste que suene, en muchas ocasiones los trabajos mágicos nos sirven para sentirnos mejor. A veces, se trata de una manera bonita de entretenernos y no llegar nunca a ningún lado, mientras que otras, estos actos forman una cadena de pequeños pasos graduales que nos llevan realmente donde queremos. Esto puede ser una elección, o puede ser simplemente consecuencia del miedo que podemos llegar a tener respecto a las fuerzas y métodos con los que trabajamos, o incluso del miedo a nuestro propio poder.

Personalmente no estoy demasiado interesada en esas formas de magia que constituyen un hobby moderno, o en las que funcionan del mismo modo que funcionaría contratar a una banda para que de una paliza a alguien que nos ha molestado. Cuando hablo de magia soy consciente de que es un término muy amplio y dado a equívocos, pero suelo referirme al camino que nos lleva, precisamente, más allá de los límites preestablecidos (por otros, o por nosotros mismos) acerca de lo que es, o no, posible manifestar en nuestra vida.

Sospecho que aquellos que se obsesionan con “el precio a pagar”, son precisamente los más reacios a hacerlo, algo así como la señora que es capaz de retrasar más de diez minutos una larga fila en la caja del supermercado porque el sistema de cobro no ha detectado una diferencia de precio de unos pocos céntimos.

Todo en la vida tiene un precio, unas veces en dinero y la mayoría en otros recursos como tiempo, atención o energías. Pasamos el día pagando por nuestras elecciones sin echarnos las manos a la cabeza, ni siquiera pensamos en ello. De vez en cuando nos timan y nos llevamos una pequeña (o gran) decepción, pero la sobrevivimos. Incluso en ocasiones un precio elevado nos parece justificado porque damos un gran valor a aquello a lo que nos permite acceder.

Cuando las cosas no están yendo del todo bien en nuestras vidas vale la pena hacer un análisis del modo en el que estamos gestionando nuestros recursos personales (económicos o de otro tipo). Pero cuando alguien habla del “precio a pagar” con voz tenebrosa, no está hablando de administrar correctamente los recursos, sino de culpa; como si ese precio a pagar fuera un castigo a los pobres mortales que se osan enredarse con temas prohibidos. Y muchas veces una parte de nosotros se deja persuadir por el tono de esa voz, como un niño al que aterrorizan con alguna historia macabra.  Parte de nuestras tareas como practicantes consiste en rescatar a todos esos niños aterrorizados que por supuesto no dicen que tienen miedo a los perros, al vecino o a la parte de atrás de la casa, pero que no se han vuelto a acercar a ellos desde el día que les contaron la historia en cuestión.

La magia es, en gran parte, capacidad de transformación propia o del entorno. Puede que estemos trabajando para mejorar nuestra economía y perdamos nuestro trabajo, y la lógica perversa salte a primera línea y señale el “justo” castigo a nuestro atrevimiento. En otras versiones, nos hablará de la maldad de las entidades con las que trabajamos, o puede que señale los fallos del método que hemos seguido, o nos diga que las cosas han salido mal porque no se nos dan bien estas cosas. El despido puede ser una consecuencia de nuestro trabajo mágico, y no suele ser un trance demasiado agradable, pero no tiene porqué ser un castigo.

En la mitología griega Demeter, mientras recorría el mundo disfrazada de anciana buscando a su hija Perséfone, cuidó del pequeño Demofonte. Con la intención de hacerlo inmortal, a espaldas de sus padres lo ungía con ambrosía y lo exponía al fuego, para eliminar su parte mortal. El rápido crecimiento del niño levantó sospechas, de modo que una noche entraron por sorpresa en la estancia, vieron al niño en las llamas y se acusó a Demeter de pretender matarlo. Allí la diosa, furiosa, reveló su identidad, pero el proceso había sido interrumpido, y según las versiones del mito Demofonte permaneció mortal, o murió.
El mismo procedimiento empleó Tetis para tratar de hacer inmortal a su hijo Aquiles, ella es sorprendida por Peleo, su esposo, quien interrumpe con una acusación furiosa a la madre. Tetis volvió en ese momento al mar, regresando sólo a llorar la muerte de Aquiles, ya adulto.

Es un buen recordatorio de que, cuando llamamos a determinadas fuerzas, debemos dejarlas terminar lo que estan haciendo, aunque nuestros ojos ordinarios no comprendan el proceso completo. No se trata de buscar el consuelo fácil, de decir en voz alta que “todo irá a mejor”, sino de confiar en que así es. Que nosotros hacemos la parte que nos corresponde en nuestra cotidianidad, y las fuerzas con las que trabajamos (externas o internas), se encargan del resto a su manera (como expertos en lo suyo que son).

La magia mueve cosas, rompe cosas, nos sacude para liberarnos de aquello que nos impide llegar allí donde en realidad queremos llegar. Muchas veces no se trata de que nuestro objetivo no esté bien formulado, sino que no estamos del todo preparados para abrazar su realización. En otras ocasiones, nuestro trabajo mágico parece tener un éxito inmediato y vivimos con euforia el maravilloso cumplimiento de nuestro deseo… pero con el tiempo nos adormilamos, y se escurre de nuestras manos. Esto no significa ni que el deseo no fuera válido, ni que el modo de conseguirlo tuviera algo de malo, ni que las fuerzas con las que trabajamos nos hayan engañado, sino que hemos dejado de alimentar aquello que hacía posible que lo que conseguimos formara parte de nuestras vidas. Puede que creamos incluso que es demasiado bueno para que forme parte de ellas. así que por un ratito está bien, pero luego volvemos a lo de siempre. La mente hace estas cosas y puede ser entretenido aprender a desactivar esta clase de autosabotajes.

El precio a pagar por las cosas que queremos ser, tener  o experimentar puede ser alto y puede ir en aumento, pero no tiene nada de negativo. Nos obliga a conocernos mejor, a prestar atención, a ser resolutivos, y a que salirnos de lo convencional sea una opción natural para nosotros. Como cualquier ejercicio, al principio puede demandar más esfuerzo, pero con el tiempo llega a naturalizarse hasta que lo que nos apetece, para evitar el estancamiento, es subir un peldaño más. En la mayoría de ocasiones pagar ese precio es algo que se disfruta, del mismo modo que disfrutamos pagando la cuenta de un restaurante caro cuando podemos permitírnoslo.

Por más que hable de sacudidas, rupturas y demás tragedias egoicas temporales, la magia también nutre, enciende, inicia, repara y nos aporta otras experiencias agradables, intensas y tan reales como las primeras que no se le agradecen tan a menudo, pero que aquí vamos a revindicar. Nos da cierta independencia respecto a las circunstancias, de forma que cuando el rol marca que deberíamos estar llorando por las esquinas estamos en realidad bastante bien, sin sentirnos mal por ello. Nos hace ver y considerar más elementos que aquellos con los que nuestra mente ordinaria aprendió a jugar el juego de la vida. Más piezas, más tablero, y multitud de oportunidades y movimientos que descubrimos por el simple hecho de estar ahí prestando atención e ir probando.

Y aunque todo tiene un precio la verdad es que, de vez en cuando, también caen regalos.

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Imagen: Tetis preparándose para introducir a Aquiles en el fuego.